Solzhenitsyn, Aleksandr: El desconocido de Krechetovka

 
El escritor ruso más famoso del siglo XX es Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008). Su fecha de nacimiento coincidió con el inicio de la revolución comunista, probablemente hubiera sido una vida un tanto mejor que la de la mayoría de los rusos nacidos el sur de Rusia, cerca del Mar Caspio y del Mar Negro. Su padre murió cuando él era un niño pero su madre había heredado una propiedad rural; nunca pudo explotarla como se debía porque en esos años se vivió la Guerra Civil, peleando rusos blancos contra rojos; ganaron los rojos, los antiguos propietarios y campesinos ricos fueron tachados de kulaks –término peyorativo: en México diríamos “campesino rico hijo de p…”, y las grandes propiedades fueron colectivizadas. Los años fueron terribles en todos aspectos: lucha de clases que significó pleito de todos contra todos, hambre, escasez, persecuciones, hambruna, terror, finalmente guerra contra Alemania; la contemplación de estos eventos formó el carácter de Solzhenitsyn y lo templó. Su madre lo alentó a reflexionar y a estudiar, y como pudo ingresó a la universidad para estudiar matemáticas. Peleó en el Ejército Rojo durante la 2ª Guerra Mundial pero al terminar el conflicto fue arrestado porque en su correspondencia había criticado a Stalin, e inició ahí su peregrinación por los “campos”. De su experiencia en el gulag sacó un cúmulo de recuerdos que convirtió después en libros que no pudieron ser publicados en la URSS en forma regular, pero circularon copias en samizdat (самиздат = auto edición), alguna se filtró a Occidente y fue impreso ahí para todo el público. Solzhenitsyn se convirtió, por su fama en otros países y por su espíritu inquebrantable, en una pesadilla para las autoridades soviéticas: era demasiado importante para desaparecerlo y no había manera de negociar con él. Finalmente fue expatriado, vivió en Estados Unidos y regresó a Rusia poco antes de su muerte. Su resistencia mental y física –sobrevivió al cáncer de estómago-, su honestidad, la claridad y maestría con que expuso las atrocidades del gulag, mucho peores que lo que hicieron los alemanes en la 2ª Guerra Mundial, convirtieron al maestro en el símbolo, al menos para Occidente, de lo que es el espíritu ruso y su capacidad de resistencia y supervivencia ante adversidades desconocidas en cualquier otro lugar, con excepción de China. Hay autores considerados a la par que él dentro de los rusos, pero muchos de ellos son poetas y la poesía no sobrevive el viaje de la traducción; somos afortunados en que la narrativa de Solzhenitsyn pueda ser conocida en español y que sus descripciones del gulag soviético sean claras, vívidas, horrendas, y fuente inagotable de reflexión para nosotros, aunque no las leamos en original.
El desconocido de Krechetovka es una narración lineal, breve; un día en la vida de un guardia militar en una estación de ferrocarril que está cerca del frente de guerra contra los alemanes. Las pequeñas minucias de las personas que llegan a verlo, la tarde lluviosa y fría, la noche que sigue goteando el agua del cielo a través de los techos, la sospecha despertada por un visitante casual, un ex combatiente en el frente, un okruzhenzi, casta que estaba marcada para la perdición porque había estado en contacto con Occidente, aunque lo hubiera hecho peleando en defensa de la Patria. En el curso de una larga conversación, en la cual advertimos los pequeños detalles del uniforme del guarda, la avidez con que toma un poco de comida el okruzhenzi, el diálogo que hace sospechar al guarda y que finalmente lo obliga a enviarlo a prisión –sin seguridad de tener razón; sin convicción de que fuera lo correcto-, todo eso es narrado en un estilo plano, no exaltado, casi monótono pero que se vuelve exasperante para la imaginación del lector, porque Solzhenitsyn lo convierte a uno en espectador de primera fila sin voz ni voto en esa escena de miseria, como lo son todas las de guerra a partir del día en que Homero terminó de escribir su epopeya.
Encontré la edición que reseño en alguna librería de viejo; las pastas casi rotas, despegadas las hojas. Quizá fui encuadernador en una encarnación anterior, porque uno de los placeres que he descubierto recientemente es resanar (sería excesivo el verbo restaurar) los libros maltratados que adquiero; probablemente costó diez pesos esta joya que la suerte puso en mis manos. Veo con alegría que en el centro de mi ciudad, por la calle de Matamoros, se han ubicado varias librerías de viejo; si eres mi vecino, te invito a visitarlas.
Aleksandr Solzhenitsyn: Cuentos en miniatura.
EMECÉ Editores
Buenos Aires, 1971
180 páginas
(120 corresponden a
El desconocido de Krechetovka.)

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