Alemania tuvo una historia muy diferente de Francia y de Inglaterra durante la Edad Media y hasta el siglo XIX: mientras París y Londres consolidaban su poder como las ciudades más importantes en sus regiones, imponiendo gobernantes, usos y costumbres al resto de los franceses y los ingleses, Alemania permaneció dividida en una multitud de principados, ducados, reinos, condados, estados medianos y chicos, que tenía cada uno su propio gobernante, su estructura de gobierno, en muchas ocasiones hasta su propia moneda, y estaban unidos mediante una confederación que fue el Sacro Imperio Romano Germánico hasta 1806, cuando Napoleón abolió esa historia iniciada por Carlomagno mil años antes. Después de Napoleón se consolidaron dos países germanos como los más importantes: Austria y Prusia; en 1871, bajo Bismarck, Prusia unificó a Alemania en un solo estado, el Imperio Alemán.

El gobierno, las costumbres y la manera de hablar un mismo idioma cambian de región a región; nos entendemos los latinoamericanos y españoles, pero sabemos claramente por el acento y por las palabras usadas de dónde viene cada quien. Alemania, con su multitud de estados, fragmentó a lo largo de siglos el idioma alemán de forma tal que los del sur, en Baviera, no podían entenderse con los del norte, digamos en Hamburgo. Durante el medioevo, gracias a la herencia romana y a la influencia de la Iglesia Católica, el latín se estableció en toda Europa como el idioma que la gente culta conocía y en la que se escribía y se hablaba cuando quería uno hacerse entender por personas de otros países. El latín, además, era el idioma oficial de la Iglesia, la lengua en que se celebraba la Misa y se administraban los sacramentos, los evangelios y la Biblia estaban en latín, conocido por la gente culta y fuera del alcance de la masa del pueblo.

En estas circunstancias históricas –una Alemania fragmentada en muchos pequeños reinos, sin un idioma dominante, dividido en dialectos- nació y vivió Martín Lutero (1483-1546). Era un monje agustino que aprendió griego, latín y hebreo, y que se rebeló contra lo que en su opinión eran prácticas injustas y predatorias de la Iglesia Católica. En esos años el Papa quería juntar dinero para construir la Basílica de San Pedro, y consideró que era adecuado vender pedazos de eternidad para disponer del dinero suficiente para la construcción. Este fue el famoso tema de las Indulgencias: el cristiano pagaba a la Iglesia cierta cantidad, y a cambio del dinero sus pecados eran perdonados, o se acortaba su pena en el Purgatorio. Lutero consideró un fraude y un abuso de poder por parte del Papa, y publicó en 1517 en la Iglesia de Todos los Santos en la ciudad de Wittenberg sus famosas 95 Tesis, en donde señalaba lo que en su criterio eran abusos y errores de la práctica de la religión católica. Lutero fue llamado al orden, lo conminaron a que abjurara de sus errores, él se mantuvo en su posición y empezó el Cisma de Occidente, la Reforma Protestante, en donde los católicos se dividieron en dos bandos que hasta la fecha permanecen.

Hay dos factores determinantes del éxito de la Reforma Protestante (en el sentido de que se dio y subsistió nada más, no  pretendo aquí iniciar un debate religioso). El primer factor fue que la imprenta de tipos móviles había sido inventada recientemente por Gutenberg, precisamente en Alemania. Lutero sacó ventaja a la nueva tecnología y sus 95 Tesis fueron impresas y difundidas en alemán, con lo que pudieron ser leídas… por quien supiera leer y también supiera alemán. Lutero se enfrentaba a una especie de nudo gordiano: quería difundir su punto de vista entre el pueblo, precisamente entre aquellos que eran víctimas del abuso de la venta de indulgencias; ¿en qué idioma? Podía hacerlo en latín, con lo que excluiría a todo el pueblo y convertiría su posición en un debate teológico entre expertos; no podía hacerlo en “alemán”, porque existían decenas de dialectos más o menos inteligibles entre ellos, pero no existía una base común de entendimiento, no existía un idioma alemán.

Una circunstancia fortuita ayudó a Lutero a crear la solución. Después de que fue convocado a abjurar de sus errores en la Dieta de Worms (1521) y que él se mantuvo en su posición, fue declarado hereje y ordenada su aprehensión por el Emperador Carlos V. Pero se adelantaron los enviados de Federico III, Elector de Sajonia, quienes secuestraron y tomaron bajo su protección a Lutero, y lo enviaron a la seguridad del Castillo de Wartburg donde dispuso de una habitación, escritorio, papel y pluma para escribir lo que tuviera que escribir. En esa famosa habitación tradujo el Nuevo Testamento del griego al alemán. ¿A cuál alemán? A un idioma creado por él, algo parecido a lo que hizo Dante cuando escribió la Divina Comedia y sentó las bases del italiano moderno, respetando las enormes diferencias y méritos literarios de una obra y de otra.

Lutero quería difundir lo que era la palabra de Dios y ponerla al alcance de la gente, no podía hacerlo en latín y tendría que escoger algo que la gente hablara o al menos se pareciera a lo que la gente hablaba. Los muchos dialectos del alemán que había entonces se dividían en dos grupos: alto alemán y bajo alemán; los adjetivos “alto” y “bajo” no tienen connotación de mérito, sino de altitud del terreno: al sur de Alemania están montañas como los Alpes, ese era el alto alemán (hoch Deutsch), al norte era terreno plano, casi al nivel del mar, ese era el bajo alemán. Lutero conocía las variaciones del norte y del sur, y cuando traducía el Nuevo Testamento, y más adelante la Biblia, salía a la plaza y al mercado a escuchar hablar a la gente, a aprehender la forma en que ellos hablaban y a diseñar un idioma que fuera un punto medio, un puente de unión entre los alemanes. Deliberadamente hizo a un lado refinamientos en la forma de hablar, buscó algo llano que el pueblo pudiera entender.

El Nuevo Testamento traducido por Lutero fue impreso y vendido como pan caliente. Cualquier persona que tuviera nociones de lectura conseguía uno, encontrando la Palabra de Dios –versión Lutero- en un idioma que podía entender. Era algo que la Iglesia Católica nunca había proporcionado –la palabra de Dios en lengua vernácula- y por primera vez en su vida podían leer e imaginar a Jesús, hablando al pueblo como si fuera parte del pueblo. Años después, y hasta el final de su vida, Lutero estuvo trabajando en la traducción de la Biblia, en donde siguió el mismo principio: escribir en forma tal que el pueblo le entendiera. Por el lado católico se nombraron comisiones de expertos que examinaron los errores teológicos de Lutero y los condenaron, el Papa lo excomulgó junto con todos sus seguidores, pero Lutero se había adelantado y había tenido la genial idea mercadotécnica de dirigirse al pueblo en forma que el pueblo lo entendiera; era el único que lo hacía así en ese momento, y consiguió efectivamente que muchos adoptaran su doctrina. Buena o mala, correcta o equivocada (dependiendo del bando en que uno esté), la doctrina de Lutero era la única que el pueblo conocía, porque la doctrina católica estaba en latín. La Biblia de Lutero fue impresa en centenas de miles, y quizá un 20% de los hogares en Alemania adquirieron una. El número es extraordinario, porque representaba el salto de cero a 20%, entre los hogares que tuvieron algún libro en Alemania durante siglos, y los que tenían cuando menos la Biblia a fines del siglo XVI; fue un baño de alfabetización para el pueblo alemán, fue el mover todo el pueblo de la ignorancia casi absoluta de libros a conocer un libro importante. La gente común y corriente ejercía a conciencia el acto de leer y tratar de entender  la Biblia, y después de algunos años, esas mismas personas del pueblo participaban, a su manera, en debates teológicos. Alemania se alfabetizó gracias a Lutero.

Religión y política nunca han estado separadas, y muchos príncipes aprovecharon la oportunidad para sacudirse el yugo de Roma y se declararon protestantes. Alemania, que ya estaba dividida en muchos principados y reinos, añadía una nueva división, pintando de un color los reinos católicos y de otro los protestantes.

Pero Alemania consiguió un enorme factor de unificación: el lenguaje. La obra escrita de Lutero, principalmente sus traducciones del Nuevo Testamento y de la Biblia, fijaron una variedad del Alemán diseñada de forma tal que la mayoría de los alemanes podían entender. Con este acto dio a los habitantes de esa región europea una lengua común, que sin Lutero, posiblemente en el curso de los siglos pudieron haber evolucionado sus dialectos hasta un grado tal que en el norte se hablara hoy en día Hamburgués y en Austria el idioma Austriaco. Los dialectos regionales persisten todavía, pero los alemanes disponen el Hochdeutsch para entenderse entre sí. Después de Lutero vinieron Goethe, Schiller, von Kleist y otros muchos escritores que eligieron para sus obras el idioma que les dejó la Reforma.

La palabra Deutsch (= idioma alemán) tiene un significado etimológico que no poseen los otros idiomas europeos. La palabra Español viene naturalmente de España, y ésta viene de Hispania, el nombre de la región en los tiempos romanos; la palabra Ruso viene de Rusia, y ésta viene de Русский (russkiy = ruso), y ésta viene de Rus, los primeros pobladores de la región de Kiev. Inglés viene de Inglaterra, Francés de Francia y así sucesivamente, el nombre del país genera de manera natural un sustantivo para el idioma. En alemán, la palabra Deutsch significa en germánico antiguo “perteneciente al pueblo”, y en efecto, es difícil encontrar algo más enraizado en un pueblo que su propio idioma.

Lutero  está en el mismo grupo que Cervantes, Shakespeare, Dante y Pushkin: aquellos que dieron forma definitiva al idioma de su país.

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