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Gracias a la generosidad del traductor Jorge Brash, llegó a mis manos el segundo volumen de las memorias de Artur Rubinstein, publicado en español por la Universidad Veracruzana: con la misma calidad, buena presentación, en hojas de un color amarillento –como haciendo juego con la edad que alcanzó el maestro-, un español que transmite fielmente lo que escribió el autor, tengo frente a mí un libro que invita a leerlo, a releer pasajes, a hacer notas y a utilizar muchos separadores, por los numerosos lugares en donde uno podría fijar la atención. Agradezco a Jorge su atención, y en reciprocidad escribo esta reseña con el deseo de que usted, después de leer mis apuntes, se decida a comprarlo.

La vida de Rubinstein podemos dividirla en tres grandes etapas; es una división arbitraria, pero útil para entender el desarrollo de su personalidad. La primera parte es la que cubre el primer volumen de sus memorias, hasta 1917 cuando tenía treinta años. Él mismo dice en el epílogo a ese volumen que decidió deliberadamente bajar la cortina en ese punto, “desde entonces mi vida cambió de color y avanzó en un paso más estable”. Podríamos pensar que sentó cabeza, como decimos en México, pero todavía no fue así: hasta que se casó con Nela Mlynarska en 1932, la fama decía que Rubinstein distribuía equitativamente el tiempo entre el vino, las mujeres y las canciones; él corrigió: “lo niego categóricamente: el 99% de mi tiempo era para las mujeres”.  El primer volumen está dedicado a su esposa Nela, con las siguiente palabras: “para Nela, por cuarenta años mi esposa y amiga, quien me animó a escribir este libro y ha mostrado tan hermosa comprensión de mis años jóvenes y aventureros.” En el segundo volumen no podía repetir las palabras, y las cambió junto con la persona: “para Annabelle, mi devota amiga y compañera, con mi amor y gratitud.” Annabelle fue la secretaria de sus últimos años, la última mujer que lo amó, la que se tomó junto a él una última fotografía, con un Rubinstein de 95 años, viejo y cadavérico, a unos días de su muerte.

La tercera etapa de su vida fue a partir de su matrimonio, oficialmente asentado y dedicado a su arte y a su familia. En las memorias así se lee, entre líneas aparece la duda, y en otros libros escritos sobre el maestro aparece una verdad más cruda sobre Rubinstein el hombre, las conquistas que siguió haciendo por toda su vida, sus problemas con uno de sus hijos, la entrada en su vida de Annabelle, la separación de su familia y la muerte en Ginebra en 1982. Había nacido en 1887, y su vida justifica con creces los dos volúmenes que él mismo escribió y la numerosa bibliografía que existe sobre el maestro.

Rubinstein escribe con más soltura el primer volumen, y el perdón que pide a Nela parece más bien retórico, porque los artistas justifican con su arte todos sus excesos, principalmente los de la juventud. Existen aventuras también en el segundo volumen, pero son las de un hombre maduro, que llega a extremos –según su testimonio- de soportar a su lado la presencia de una hermosa cantante, Gabriella Besanzoni, en un viaje por Rumania, Grecia y Egipto, porque tenía la intención de casarse con Nela. Esto fue hacia fines de la década de los veintes: Rubinstein recibió una noticia –el hermano de Nela pregunta si tus intenciones con ella con serias- y Rubinstein se enoja porque la etiqueta de educación de la gente bien nacida indicaba que eso no se debía hacer, pero de cualquier manera regresa a Varsovia desde París, y encuentra a una Nela que accede a hablar con él y le dice, en pocas palabras, que todo mundo le ha advertido que Rubinstein es un tarambana, incapaz de sentar cabeza, que se gasta en fiestas y en las cartas todo el dinero que gana, que cuando puede acepta invitaciones de gente rica y que no le conviene. Rubinstein le dice que él ha sido así, probablemente le promete pedirle perdón públicamente en sus memorias, pero le asegura que la ama y que se va a hacer la última gira para obtener el dinero necesario para darle la vida que ella merece. Saliendo de Varsovia se van él y la Besanzoni, oficialmente nada más como acompañantes de viaje, y en cuanto puede se libera de ella. Nela le había dicho que había otro pianista –entre líneas: más serio que Rubinstein- interesado en ella y que le proponía matrimonio, y Nela cumple su amenaza, porque se casa con él. La noticia le llega a Rubinstein en su última gira, y simbólicamente se gasta en las cartas el millón de francos que había ahorrado para su boda.

La mayor parte de las aventuras que Rubinstein tuvo después de casarse se pueden leer entre líneas en sus memorias, o de preferencia en otras obras, como por ejemplo la de Harvey Sachs (Rubinstein: a life), que narra con más franqueza la vida de Rubinstein, y que también ofrece opiniones de personas importantes en la música y que estuvieron relacionadas con su personaje.

El joven maestro llegó en tren a la ciudad de México en 1919. Tenía comprometidos una serie de conciertos en varios teatros de la ciudad, que en esos momentos tenía el atractivo de estar en medio de una revolución: las emociones siempre ayudan al arte, y Rubinstein vivió intensamente ese México que ya no existe. El primer programa fue tocado en un excelente Steinway, ante un público menor a trescientos, porque el manager de la sesión, Mr. Rivera, había hecho una mala labor de promoción. Rubinstein se convenció a sí mismo que esos trescientos eran la élite de los que hubieran llenado el teatro, y tocó con todo su corazón, con la intención de llegar a los corazones de su audiencia; nos dice que logró su objetivo. Después del concierto llegó Gabriela Besanzoni, que también tenía compromisos en México, gritando Questo mascalzone!, en referencia a Mr. Rivera, pero llegó acompañada de Mr. Rafael Sánchez, un hombre de relaciones y de medios en México, que ofreció ayudar para quitarse de encima a Rivera y organizar una serie de conciertos como se debía; entre la explicaciones dadas, sobresalía la de que antiguamente Mr. Rivera había sido empresario de toros y creyó que era lo mismo contratar toreros que pianistas. Rubinstein tocó 26 conciertos en el Teatro Arbeu, aprovechó para estudiar el piano, para conocer los buenos restaurantes de México, para ir al teatro Esperanza Iris, para escuchar a Gabriella Besanzoni cantar Carmen y darse cuenta cómo el público mexicano se volvía loco por ella; él mismo fue llevado en hombros por las calles, desde el teatro hasta su hotel, probablemente por un público que no distinguía mucho entre las corridas de toros y los conciertos.

También se acuerda Rubinstein de lo que tocó –de hecho, se acuerda de casi todo- y nos habla de Iberia, de Albéniz; su propio arreglo al Pájaro de fuego de Stravinski; Tristan, de Wagner-Liszt; varias piezas de Chopin, que lo acompaban toda su vida; un “terrible” arreglo del Himno Nacional, de Manuel M. Ponce, que tuvo que tocar en cada concierto. Les pagaban con monedas de oro de $20, y a él y Gabriella les gustaba abrir sus cofres cuando estaban en el hotel, contar las monedas y calcular lo que representaría ese oro, cuando hubieran regresado a Europa.

Unos años después regresó Rubinstein a México, tocó en Bellas Artes ante un público más civilizado, más del gusto del pianista: “la audiencia estaba compuesta de la nueva próspera burguesía y mucho extranjeros, principalmente Norteamericanos, que habían venido a ayudar (sic) el desarrollo de los recursos naturales de este rico país, rico en petróleo y minerales”. El público de México fue catalogado por Rubinstein entre sus favoritos, junto al de España y al de Roma, lugares en donde siempre lo recibieron bien, lo trataron como a un nacional, y le pedían invariablemente que regresara. Hace una reflexión interesante sobre el talento artístico del país: dice que después de recorrer toda América, llegó a la conclusión de que los brasileños y los mexicanos eran por naturaleza los más dotados para la música en todo el continente. No tenían la vasta educación musical de EEUU o Europa, pero eran músicos natos. A mí me sorprende este juicio, porque cada vez que me encuentro en una reunión donde hay que cantar Las Mañanitas, no hay dos voces que canten la misma nota, y si nos va bien en el canto es porque empezamos y terminamos al mismo tiempo, no porque hayamos cantado en el mismo tono. Pero yo no conozco toda América, posiblemente en Argentina y en Colombia se desafinen todavía más. Ya entrados en juicios, el maestro dice que los alemanes aprenden más completamente la música que cualquier otro pueblo, pero ellos aprenden la música, mientras que los rusos, por ejemplo, tienen un entendimiento natural de la música, y cita el caso de los campesinos en Rusia que al regresar a sus casas, después de sus labores, cantan espontáneamente a capella y a varias voces.

El mundo que conoció Rubinstein fueron las salas de conciertos, los hoteles de lujo y las casas de los nobles y magnates de todas partes del mundo. Se movía en su elemento tratando con ellos, y como él mismo lo confiesa con algo de pena, hacía dinero gracias a la vida en la miseria que llevaron Mozart, Schubert y Beethoven. En nuestros tiempos es chocante leer que desayunó con el Marqués N., comió con la Duquesa de S. y cenó en casa de los Condes de E., pero él lo cuenta con naturalidad, como parte que fue de su mundo, en el que se sintió a gusto y al que le supo sacar partido. A veces hubo dificultades, y las cuenta con el mismo entusiasmo que los triunfos. Un día fue despertado por el valet, con la noticia de  que la Princesa de Polignac quería hablar con él.

“Querido Arthur,” empezó ella en su voz nasal, “me gustaría mucho que dieras un concierto en mi casa. Todos mis amigos estarán encantados de escucharte.” Después de una pequeña pausa, añadió, “por supuesto, completamente profesional. ¿Cuál es tu honorario por estas apariciones en privado?” Yo siempre odié discutir de dinero con los amigos. “Querida Princesa,” le respondí, “será un honor y un placer tocar para sus invitados e inclusive más para usted, pero por favor discuta los términos con mi representante, M. de Valmaléte.”

El representante informó el monto, la princesa se indignó diciendo que no vendía cigarros y dulces a sus invitados para compensar el gasto, y declaró que era imposible puesto que se trataba de un evento estrictamente privado. Rubinstein se enojó, “ella es una de las mujeres más ricas en París y me rehúsa el miserable honorario que cobro por mis conciertos.” “Tienes razón,” le contestó M. De Valmaléte, “los empresarios franceses son bastante tacaños, pero estos millonarios americanos son todavía peor. Hay que insistir en ese honorario.”

Lo crea o no lo crea el lector, la Princesa rehusó pagar esa cantidad y se canceló el trato, termina diciendo Rubinstein.

Conoció a todos los músicos que vivieron en ese siglo, a los del bando moderno y a los del tradicional. Por razones diferentes, admiró y apreció tanto el arte como las personas de Stravinski y Rachmaninof, ambos rusos y polos opuestos en materia musical. Stravinski estaba una vez desesperado por hacer algo de dinero y se le ocurrió dar conciertos. Después de asistir a uno de ellos, Rubinstein le dijo: “mira Igor, tú tocas tan feo el piano, con un sonido como de martillo, que serías capaz de hacerme odiar mi amado instrumento. Pero por otro lado, tú eres el compositor vivo más importante. ¿Por qué no compones algo de música que sea apropiado para ti? No intentes hacer legatos ni hacer cantar la melodía. Compón algo percusivo, adecuado para tus manos de compositor y no de pianista.” Stravinski escuchó el consejo y la siguiente vez que se vieron le agradeció a Rubinstein la sugerencia y le platicó lo bien que iban sus propios conciertos.

Otro día resultó que un amigo en Los Angeles organizó una reunión donde estaba invitado Rubinstein, pero se le ocurrió llevar también a Stravinski y Rachmaninof. Cuando los vio llegar, pensó que esa reunión iba a terminar en catástrofe, porque ambos músicos se despreciaban, se envidiaban, no se comprendían, y se detestaban. Prefirió alejarse del lugar de la batalla, y esperó un rato a que se oyeran gritos. Nada de gritos, solamente las voces de todos los invitados platicando. Decidió buscar a los rijadores, y se los encontró sentados en sendos sillones, tomando una copa, hablando como viejos amigos y quejándose de sus respectivos managers y del poco dinero que obtenían de sus composiciones y sus interpretaciones. Rubinstein descubrió ahí que habrá siempre algo que hermane a todos los músicos: el odio por sus representantes.

El arte de Rubinstein es uno de los mejores de todos los tiempos. El maestro cultivó a lo largo de su vida, posiblemente a pesar de sí mismo, estorbado por sus muchísimas aventuras, el sentido de naturalidad y de proporción al interpretar una obra. Compare usted, por ejemplo, las interpretaciones del Nocturno #19 en mi menor, Op. 72 No. 1 de Chopin, en las versiones de Rubinstein y de Horowitz: el primero lo toca como debe de ser, con un discurso fluido, en donde cada nota y cada frase se siguen una a otra en una secuencia natural, sin sobresaltos, sin cimas ni simas. La interpretación de Horowitz, por el contrario, es de una concentración excepcional, produciendo sonidos de dolor, de angustia, de resignación, con ese maravilloso touché que nadie ha podido igualar. La interpretación de Rubinstein da la sensación de plenitud, de armonía; la de Horowitz, de lucha interna, sufrimiento, inconclusa: como si fuera una ventana abierta durante unos pocos minutos al alma de un condenado.

Escuche usted la Sonta póstuma D.960, en si bemol mayor, de Schubert, en la versión de Rubinstein. El maestro dice, hablando de esta sonata, que Schubert fue el único compositor que podía mirar directamente a la muerte, algo semejante a lo que escribió Arrau: “es una sonata escrita en la proximidad de la muerte”, no nada más por la cercanía en el calendario; está fechada en Septiembre de 1828, y Schubert murió el siguiente Noviembre a los 31 años. El segundo movimiento, posiblemente el más hermoso de toda la obra, lo describió Rubinstein así: “este movimiento es como la muerte. Nada hay tan cercano como su música para mostrarnos lo que se siente la muerte.” Toda la obra tiene una característica muy personal a Schubert: el término abrupto de un discurso musical para empezar, otra vez abruptamente, el siguiente discurso. Rubinstein es maravilloso para lograr continuidad en este discurso musical roto, principalmente en el último movimiento, donde el autor expone un tema sencillo, hasta trivial, estirado a la manera de Schubert, terminado bruscamente, interrumpido el silencio por otro tema, fuerte y contrastante. Toda la obra, tocada por Rubinstein, tiene ese sentido de naturalidad que el maestro supo darle a la mayoría de sus interpretaciones.

Aquí están el segundo y tercer movimientos de la Sonata de Schubert que menciono, interpretadas por Rubinstein:

 

Yo crecí creyendo que Rubinstein era un especialista en Chopin, y que siendo polaco, su compositor favorito sería Chopin. Muchos años después leí en las notas de un disco donde el maestro interpreta el Concierto No. 24 de Mozart que no era así, que su músico favorito era Mozart; me sorprendió la noticia, mi apreciación de Rubinstein era más cercana a las obras de Chopin que a las de Mozart. Años después, a medida que me hago más viejo, entiendo mejor la apreciación del maestro, de que Mozart era el favorito, de que Mozart tenía que ser el favorito: “interpretar a Mozart es una prueba de nuestra franqueza. Tenemos que ser simples. Es casi imposible ser simple. He luchado toda mi vida por ser simple, y debería ser el objetivo de nuestras vidas musicales, adquirir esta simplicidad.” Rubinstein se refería al concierto de Mozart No. 17, pero podría haberlo dicho para cualquiera de sus obras.

A los 92 años dio su último concierto, en Londres; vivió cinco años más y todavía le alcanzó el ánimo para abandonar a su mujer e irse con su secretaria cuarentona, Annabelle Whitestone. Tuvo y consiguió en su vida casi todo lo que quiso, pero por lo que se le recordará es por su música.

Hay una discografía muy amplia de él, y yo le recomiendo con mucho entusiasmo todos los conciertos de Mozart que grabó, los Nocturnos completos de Chopin, algunas sonatas de Beethoven, como la Patética, el Claro de Luna y la Appassionatta, y principalmente la última que grabó, la sonata no. 18 en mi bemol mayor, que cuando apareció el disco LP vino acompañada de las Fantasiestücke Op. 12 de Schuman. Esta grabación es memorable por la calidad de la interpretación y porque el maestro la hizo cuando ya estaba ciego. Algún secreto tenía Rubinstein, porque después de que quiso suicidarse en Berlín, cuando joven, salió transformado del incidente y decidido a amar la vida con toda su alma y con todas sus consecuencias. Decía que nunca conoció a un nombre que fuera más feliz que él, y describe el proceso de su ceguera como quien cuenta un viaje, no como quien cuenta el avance de una desgracia.

Probablemente nunca entenderemos esta joie de vivre, pero podremos alegrarnos la vida y asimilar mejor nuestras tristezas oyendo las interpretaciones de Rubinstein. Acepte un consejo de quien ha escuchado música casi todos los días, durante los últimos cincuenta años: compre algunos discos de Rubinstein y disfrútelos con su familia o con sus amigos. Y si llegó al final de este artículo, consiga el libro que estoy reseñando, ya que yo narro las aventuras de Rubinstein de trasmano, y él lo hace en primera persona.

 


Artur Rubinstein: Mi larga vida.
Traducción de Jorge Brash.
Universidad Veracruzana, Xalapa, 2012.
 Si desea obtener el libro, me comenta Jorge Brash que lo tienen en Librería Bonilla: (www.libreriabonilla.com.mx), de México DF.
O bien, puede contactarse directamente a la editorial:
diredit@uv.mx,
tel. 228 818 5980, 228 818 1388.

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