No hay general que aguante un cañonazo de $50,000 pesos

palabras de mi General Obregón.

 

¿Cuánto cree usted que vale, en términos de mercado, un nuevo canal de tv abierta? ¿Cuánto cree usted que vale, en términos de sinergia, que se autorice la fusión Televisa-Iusacell? ¿Cuánto cree usted que vale, en términos de $12,000 millones, ahorrarse la multa de $12,000 millones que la CFC (Comisión Federal de Competencia) impuso a Telcel? Todos esos son cañonazos de aquellos pesos que mencionaba Obregón, y todos tienen un ingrediente específico: se relacionan con monopolios.

Leí recientemente un artículo de Denise Dresser, interesante como todo lo que ella escribe. Habla de un dominio absoluto de la economía mexicana a mano de grupos oligopólicos: bancos, tv abierta, telefonía, gas LP, cemento, harina de maíz, pollo y huevo, leche, carnes procesadas, pan empacado, distribución de medicinas. Leo también una declaración de Nicola Brandt, economista senior de la OCDE para México: “el hogar promedio en México gasta 30% de su ingreso en mercados monopólicos y oligopólicos”. En una nota relacionada, la CFC estima que cada familia mexicana transfiere $75,000 a las empresas oligopólicas.

No sería necesario entregar a las autoridades el párrafo anterior como informe ejecutivo –no tendrían tiempo de leer algo más amplio- para concluir que los monopolios son dañinos para la sociedad. Hay muchísimos ejemplos que nos explican con lujo de detalles lo malo que son. Actualmente Correos México ha mejorado su servicio, y coincidió con que se abrieron las puertas a las mensajerías privadas como UPS, DHL, Redpack, etc., pero yo me acuerdo cuando las cosas se perdían ahí adentro de correos y nunca se sabía cuándo llegarían. Antier me enviaron desde Houston una caja con libros, ahora la recibí. Yo envié esta semana un libro a Xalapa por correo, y llegó esta semana, pero esto hubiera sido impensable hace algunos años cuando Correos tenía el monopolio de los envíos.

En un artículo que publico hoy (20.1.2012) en mi sitio hablo de las razones por las que Europa se convirtió en la región dominante del mundo para el siglo XIX: fueron muchas y muy complejas, pero la más importante es que en Europa hubo competencia entre los países por hacer mejores barcos, disponer de mejores cartas de navegación, mejorar la tecnología armamentista, abrir nuevos mercados; por ejemplo, todos estamos al corriente de la competencia feroz que hubo en América para reclamar una tajada mayor de terreno: españoles, portugueses, franceses e ingleses se disputaron cerca de 50 millones de km2. ¿Por qué no se los disputaron los chinos y los rusos y los japoneses, que estaban en Asia? Porque en esos tres lugares no había competencia. Entre ellos estaban lo suficientemente alejados como para no estorbarse, e internamente tenían un gobierno central al que le interesaba mantener las cosas como estaban, en vez de estimular los avances tecnológicos; se ahorraron las molestias de la investigación y se perdieron sus frutos. Así sucedió que los europeos, aguijoneados por la ambición y la curiosidad natural del hombre, y sin el estorbo de los monopolios, se convirtieron en los amos del mundo, y ahora es EEUU el heredero de esa cultura, esa mentalidad y ese privilegio.

Le atribuyen a un personaje MUY importante de los medios mexicanos una entrevista en donde le preguntaron: “Oiga Don Fulano, ¿por qué en su televisión predominan los programas idiotas”? Don Fulano contestó con toda honestidad: “es que los mexicanos son idiotas, y necesitan programas hechos a su medida.” Efectivamente, la televisión abierta sigue inundándonos de programas basura; no todos, afortunadamente, pero un gran porcentaje. El duopolio que ahora padecemos ha llegado a un punto de equilibrio en donde ninguno de los dos hace olas para no alborotar el gallinero, y ambos mantienen un nivel de programación digno de Don Fulano. De vez en cuando sucede que Televisa y TV Azteca se atacan con todo, pero recientemente se vio que ya aprendieron a agruparse y presentar frente unido ante las autoridades en vez de dividirse ante ellos como en el pleito que tuvieron con Slim, cuando unos y otros se acusaban de monopolistas.

La respuesta de Don Fulano la he escuchado también en una versión ligeramente diferente: “la programación es basura, porque eso es lo que pide el auditorio”, justificando de esa manera la paupérrima contribución de los medios electrónicos a elevar el nivel cultural (por decirlo en general) del público. Yo cuestiono esto porque es como hablar de la gallina y el huevo: el público está en ese nivel tan bajo, entre otras muchas razones, porque la mayoría de los programas que ve o que oye son de calidad cercana a cero; una programación diferente contribuiría a elevar ese nivel.

Pero este no es problema de los monopolios, porque aquí en México, al igual que en EEUU con los industriales favorecidos con las concesiones del ferrocarril hacia 1880, lo que importa a esas empresas es su lucro personal. Salvo excepciones que casi siempre están ligadas a la personalidad del dueño, las empresas siguen la ley del menor esfuerzo: si no hay necesidad de hacer algo, no lo hacen, y esa es la sabiduría concentrada en la máxima norteamericana: if ain’t broken, don’t fix it (si no está roto, no lo compongas). Esperar que por generación espontánea la tv abierta en México empiece a producir programas de la calidad de OnceTV o de Canal 22 es inútil: aquellas empresas tratarán de hacer dinero al menor costo posible, con el método que ya conocen bien y que les da buenos resultados.

Por otro lado, no sería adecuado que el Estado interviniera para decidir lo que se transmite y lo que no. La solución que está al alcance de la mano es abrir la tv abierta a la competencia efectiva, es decir, impedir que el duopolio crezca. Un tercer competidor, independiente de esos dos y que no haga crecer otra cabeza a alguna otra Hidra de Lerna (animal mitológico que enfrentó Heracles: le cortaba una cabeza y le aparecían dos nuevas cabezas), por ejemplo permitiendo que Telmex incremente su tamaño haciéndose de una tv abierta. El Estado tiene la obligación de velar por los intereses de la sociedad, no de producir nuevos ricos para Forbes (Rusia, otro país que se parece a México, también tiene lugares honrosos en Forbes), y en lo que se refiere a monopolios, es obligación del Estado combatirlos.

La posible fusión Televisa-Iusacell tiene la misma dimensión que darle a Slim un canal de tv abierta: se haría más grande un grupo ya de por sí monstruoso, y en opinión mía deben impedirse ambas maniobras.

Por otro lado, la CFC ha demostrado su debilidad de varias maneras. La más significativa en este momento es lo que parece que a fin de cuentas será un petardo, la multa de $12,000 millones a Telmex por prácticas monopólicas. El asunto cayó en manos de los abogados y se convirtió en festín de tiburones: Telmex objetó la presencia de Eduardo Pérez Motta al momento de la decisión final, Pérez Motta se amparó, la SCJN atrajo el caso y al final salió con un resultado cuyas aristas jurídicas ignoro (y además no me interesan) pero que al final dejó fuera de la jugada a Pérez Motta, quien estaba impulsando la multa. No me interesan las argucias legales porque si hay un monopolio en este país es Telmex, y las prácticas monopólicas perjudican a la población. Si los señores Magistrados encontraron que la ley decía otra cosa, será un clavo más a este ataúd que todos estamos fabricando para México.

Por otro lado la tv abierta, lo mismo que la radio comercial, son concesiones, es decir, favores que discrecionalmente otorga la Autoridad a particulares para ejercer cierta actividad. El gobierno no está obligado a dar concesiones, y tiene la facultad de retirarlas cuando encuentra razones de peso, lo que necesariamente significa aplicar un criterio humano, es decir, discrecional.

El gobierno ha errado el rumbo en este asunto de la tv abierta y las fusiones: ha permitido que se convierta en asunto de litigios. No hay manera de que el gobierno pueda pagar los sueldos que paga Televisa o Telcel a sus abogados; no es milagro entonces que estas empresas interpongan cuanto recurso ponga a su disposición la ley para anular o entorpecer el asunto hasta que soplen vientos políticos más convenientes, por ejemplo un cambio de Presidente.

El gobierno tiene la sartén por el mango: retirar o negar las concesiones. Por ejemplo, ante la apertura del nuevo canal, en mi opinión debería plantear de inicio la imposibilidad de participar a cualquier empresa ligada de cualquier manera a Televisa, a TV Azteca o a Telcel. Que entren nuevos participantes y que efectivamente compitan, no que hagan una reunión en lo oscurito los que ya están y acuerden la manera de repartirse el pastel sin necesidad de hacer tantas olas.

Porque uno de los efectos nocivos de los monopolios es que corrompen a los funcionarios y debilitan al gobierno. ¿Puede usted imaginarse cuánto dinero extraoficial puede haber en juego en los tres asuntos que mencioné al principio? ¿Cuántos funcionarios conoce usted que resistirían ese cañonazo?

Y finalmente, un gobierno que entrega a un particular una parte sustancial de la actividad económica, o un sector importante de la vida del país, es un gobierno que está entregando el poder y debilitándose; en este momento lo estamos viendo con la victoria de Telcel en la SCJN sobre aquel amparo, que impedirá a Pérez Motta decidir si se aplica la mega multa o no.

¿Qué cree usted que pase? ¿Multarán a Telmex o no?

Yo creo que es un petardo, y que el gobierno está malgastando su pólvora en infiernitos.

 

Vamos a ver de qué color pinta el verde

también, de mi General Obregón.

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