Cuando yo estudiaba la secundaria, interno con los Maristas en Guadalajara, existía entre nosotros el dicho “la campana es la voz de Dios”, como un símbolo de la obediencia que debíamos tener al reglamento y a las instrucciones de los profesores, porque no eran ellos los que ordenaban sino Dios a través de ellos. A los catorce años y en 1965 yo no cuestionaba la voz de la campana y trataba de seguir las instrucciones divinas, aunque muchas veces me escapaba del recreo en común para ir a tocar el piano piano, y el director me regañaba a medias, probablemente porque el manual que a él le enseñaron no consideraba el caso de un estudiante que no quería jugar futbol sino tocar el piano, y no estaba tan seguro de que eso estuviera mal, porque yo acompañaba la oración matutina y las clases de canto al piano. Con el paso de los años y la acumulación de experiencias y conocimientos, llegué a la conclusión de que la campana no era necesariamente la voz de Dios, sino lo que los Maristas consideraban adecuado hacer en cada momento, señalado por la campana; en todo caso, ninguno de ellos aseguró haber subido al Sinaí y regresado con instrucciones y horarios para tocar la campana. Ahora pienso que la campana tenía muchos aciertos –disciplinarnos, obligarnos a dividir el día en actividades y a sacar provecho del tiempo-, pero que como cualquier obra humana, podía ser cuestionada y mejorada. No le perdí el respeto, pero dejó de ser la voz de Dios.

Esta pequeña historia ilustra lo que a un nivel mucho mayor ha sucedido con las relaciones entre el hombre y la ley. Durante siglos se cultivó el concepto de Ley como algo superior, cercano a lo sagrado, que trasciende al individuo y está ahí porque es lo mejor para todos. Los inconvenientes que la ley podía causar a cualquier persona eran algo que se debía aceptar sin buscar explicación ni mucho menos intentando quebrar la ley. Dura lex, sed lex (la ley es dura, pero es la ley) es el adagio latino que sintetiza lo esperado de parte del ciudadano: sométete a la ley, no está en ti cuestionarla.

En algunos grupos sociales se aceptan ciertas leyes por provenir de una autoridad superior, Dios: la Ley Mosaica para los judíos, el Evangelio para los cristianos, el Corán para los musulmanes, y cada religión tiene sus divisiones, exégetas y autoridades, reflejando que esa Ley, por muy divina que se considere, es filtrada e interpretada por los humanos, dividida y a veces distorsionada.

Muchas leyes promulgadas no tienen nada de superior, como la provisión que quiso imponer Javier Duarte al término de su mandato, de “reservar” el manejo de los dineros en Veracruz para impedir que le escarbaran más adelante, o las leyes ad-hoc que inventaban los bolcheviques para acusar de contrarrevolucionario a cualquiera que se les opusiera, y llevarlo al paredón. O el famoso Artículo 58 del código penal soviético, que daba al Estado una patente de corso para investigar, detener y condenar a cualquiera por lo que se antojara al fiscal.

En otros casos, no se trata de leyes sino de imposiciones del vencedor a los vencidos, como el Tratado de Brest-Litovsk que terminó la guerra entre Alemania y Rusia en 1918 y quitaba a Rusia partes importantes de su Imperio, como Polonia y Ucrania. Ese tratado tuvo corta vida, porque entró EEUU a la guerra, y junto con Inglaterra y Francia derrotaron a Alemania, deshicieron Brest-Litovsk y castigaron a Alemania quitando parte de su territorio, separando a Prusia Oriental del resto del país por una franja de terreno que le dieron a Polonia, el Corredor de Danizig. Este asunto se convirtió en la manzana de la discordia veinte años después y fue el pretexto para que Hitler atacara a Polonia, porque no quería devolver ese corredor que veinticinco años antes pertenecía a Alemania. Como Alemania perdió la guerra y la historia la escriben los vencedores, ahora se enseña que esa acción de Hitler fue una agresión, y no una medida para recuperar algo que le pertenecía a Alemania.

Existe actualmente una presión mundial para que los países vivan bajo el Imperio de la Ley, en oposición al imperio de la fuerza, o de ausencia de leyes, de corrupción generalizada o de falta de respeto por la ley. Efectivamente se necesitan leyes claras y justas para que un país pueda funcionar adecuadamente. La Naturaleza y las relaciones humanas aborrecen los vacíos y tratan de llenarlos; en ausencia de leyes tendremos la ley del más fuerte o la ley de la selva, por eso necesitamos leyes. El problema que yo veo es que a cualquier cosa que haya pasado por el ritual consagrado se le puede llamar ley, como los que mencioné arriba.

Efectivamente, como una consecuencia del internet y a difusión global e instantánea de las noticias, la gente está muchísimo más enterada hoy en día de lo que estaba hace cincuenta o cien años, ya no digamos siglos atrás. Una cosa que hemos aprendido es cómo se hacen y cómo NO se hacen las leyes, por ejemplo el Congreso Mexicano con sus legisladores faltistas que no resuelven los asuntos y le dejan un montón de pendientes a la siguiente Legislatura.

La gente está ahora enterada de leyes cocinadas al vapor y de imposiciones. Por ejemplo, Trump les torció el brazo a los republicanos que hasta hace poco eran partidarios acérrimos de la disciplina fiscal, para que aprobaran la reciente ley fiscal en donde está previsto un crecimiento del endeudamiento por US$1.5 teras (1.5 millones de millones de dólares). Otro hecho que se conoce es cuando una ley está creada para favorecer abiertamente a ciertos grupos, por ejemplo la asignación del presupuesto de campañas políticas, que es prácticamente un monopolio de los partidos políticos. Los mejor enterados son los propios políticos, como Ricardo Anaya del PAN, que tiene cero posibilidades de ser elegido presidente en 2018 y sin embargo maniobró para quedar como candidato; por qué, es la pregunta obligada, y yo pienso que es por el manejo del presupuesto que le va a tocar ejercer. O López Obrador, que a falta de ingresos claros podemos pensar que cada seis años se postula para presidente y de ahí saca para “aguantar” otros seis años. Los partidos políticos son un negocio, gracias al presupuesto que se asignan legalmente.

Otro conocimiento que tiene la gente en la actualidad son las grandes ausencias como una adecuada Ley de Salud en los Estados Unidos, donde casi cualquier país le pone la muestra, por ejemplo México con su Seguro Social. Pero nosotros padecemos una gran ausencia legislativa: obligaciones claras y estrictas para que los partidos políticos justifiquen el dinero que se les otorga, tanto para su gasto corriente como para las campañas. Así como el SAT exige a cada contribuyente la presentación de declaraciones mensuales, que deben estar sustentadas con facturas electrónicas emitidas y con gastos amparados en facturas, así el SAT debería exigir a los partidos que dieran cuentas precisas del dinero recibido. Esta ausencia permite que aparezcan en el aeropuerto de Toluca maletas con $25 millones, destinadas según el Estado de Veracruz al pago de un proveedor; esto sucedió en las elecciones presidenciales del 2012, pero fue pura casualidad.

Yo percibo que actualmente la gente no tiene, ni lejanamente, el respeto que anteriormente se tenía a la ley, entre otras razones por ejemplos como los mencionados arriba. El hombre actual ya no cree en ningún bien superior, sino en la defensa o mejora de nuestros intereses, y lo que tienen la posibilidad de hacerlo, crean leyes como instrumento de sus intereses, como los republicanos en Estados Unidos o los políticos de cualquier partido en México. No sé cuántas calamidades más tendremos que padecer los humanos antes de aprender que es posible y necesario crear leyes justas que sean efectivamente un Contrato Social que represente los intereses de la mayoría, sin privilegiar a ningún grupo.

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