En los buenos tiempos de Díaz Ordaz y Echeverría abundaban los chistes políticos. Al encontrarse con un amigo, frecuentemente el saludo era “¿ya te sabes el último chiste de Echeverría?” Eso ha pasado a la historia, los mexicanos hemos perdido el sentido del humor, la agudeza, o simplemente ahora hay demasiadas vías para canalizar la curiosidad y ya no queda suficiente energía para los chistes. Algunos eran realmente buenos, como éste atribuido a Díaz Ordaz, un hombre bastante feo:

“Señor Presidente, por ahí andan diciendo que usted tiene dos caras”, pregunta un reportero. Díaz Ordaz se queda pensando un rato, y contesta: “No es así. ¿Usted cree que si yo tuviera dos caras, andaría con la calle con esta cara?” De Díaz Ordaz cuentan, al igual que de Julio César, que tenía gente rondando los lugares populares de reunión para oír los chistes que contaban sobre él, y repetirlos después en su presencia.

A finales del sexenio de Zedillo estrenaron la película La ley de Herodes, que me pareció una extraordinaria parodia del cine mexicano, y colaboró con algunos votos para que ganara Fox. Después, tuvimos que esperar más de doce años para estrenar la siguiente parodia, La Dictadura Perfecta, que se quedó muy corta con respecto al antecedente. Ambas películas son del director Luis Estrada, pero solamente la primera, en mi opinión,  logró captar la esencia de la política mexicana, representada por el político por equivocación Juan Vargas, actuado extraordinariamente bien por Damián Alcázar.

Juan Vargas languidece como funcionario de cuarta en un pueblo de quinta categoría, pero es nombrado alcalde por el gobernador cuando linchan al antecesor. Vargas no sabe qué hacer con el puesto, y como novato en la política, cree que se trata de hacer las cosas bien pero rápidamente se da cuenta que no tiene dinero para hacer obras. Va con el secretario de gobierno (Pedro Armendáriz Jr.), le explica el problema y no obtiene dinero, pero averigua una fórmula mágica: le dan una copia de la Constitución y una pistola, diciéndole que busque la manera de inventar leyes para extraer impuestos, ayudado por la pistola si fuera necesario. Vargas empieza a entender cómo funcionan las cosas y empieza a probar las mieles del poder, porque al disponer de dinero, un poquito se queda con él, recibe algún soborno, luego cobra en especie en un burdel y de esta manera, antes de que se dé cuenta, ya es tan corrupto como cualquier político veterano.

La película está llena de referencias a la política mexicana, tal como la vemos los ciudadanos: con desprecio y como objeto de burla, pero elevada a otro nivel por las actuaciones, los dichos, los hechos, todos fueron sacados del folklor político mexicano con gran tino, y que dan a cada cada oportunidad de recordar algo que le contaron antes y que ahora ve en la película. Por ejemplo, Vargas inventa una colecta “para electrificar al pueblo”, pero se roba el dinero y en la inauguración nada más planta un solo poste, el de la fotografía. El secretario de gobierno lo recibe y le da ánimos para seguir adelante; quiere reforzar su convicción partidista y saca un broche con los colores nacionales convertidos en insignia del partido, y se lo pega en la solapa del traje diciendo “el mismo señor Presidente me lo dio”. Cuando sale Vargas, aparece abierto el cajón del escritorio del secretario, lleno de broches tricolores. La vida de Vargas es un columpio entre las miles del poder y el dinero por un lado, y las maromas que tiene que hacer para seguir adelante. Aprende bien la lección, puesto que en la última escena está hablando como miembro del Congreso, planeando llegar a gobernador, por qué no a presidente, ante un auditorio de diputados o senadores, todos muy serios y con lentes oscuros.

La Dictadura Perfecta es una burla a las meteduras de pata del presidente Peña Nieto cuando hace declaraciones, cargándole injustamente hasta aquella de Fox cuando dijo “los mexicanos hacen en Estados Unidos trabajos que ni los negros quieren”.  Con esa entrevista se abre la película y siguen las acciones febriles de la Dirección de Comunicación Social, que analizan la manera de minimizar el daño a la imagen del presidente por la declaración. Deciden desviar la atención y ofrecer a la opinión pública un chivo expiatorio para que se entretenga con él, el gobernador Carmelo Vargas (el mismo alcalde primerizo en La ley de Herodes), quien como muchos gobernadores ha acumulado suficientes crímenes para ser condenado diez veces al infierno. Ahora que la pelota llegó a la cancha del gobernador, éste se acerca a la televisora para discutir el asunto y llegar a un arreglo, que finalmente se consigue a través de un patrocinio $ustancioso donde se muestran las cosas buenas que ha hecho Vargas. Convierten en noticia de oro el secuestro de una niña y los esfuerzos del gobierno para rescatarla, la televisora negocia un contrato con los padres para obtener la exclusiva de reportajes; el gobernador, gran aficionado a las telenovelas, se las arregla para estar cerca de la actriz principal, y en 2018 Vargas gana la presidencia, su esposa es aquella actriz principal.

A pesar de ser obras del mismo equipo, la diferencia de calidades entre una y otra es enorme. La primera logra sintetizar el carácter del político mexicano –ambicioso, pero que no se note; servil; disciplinado a los intereses del partido; dispuesto a lo que sea por avanzar; ignorante y desinteresado de las necesidades del pueblo- y arma una historia creíble, que un funcionario bueno para nada de repente sea encumbrado al poder y que en el camino aprenda todas las mañas. Los recursos dramáticos y los eventos usados no son frecuentes en el cine de México, y esa frescura e innovación contribuyó a la gran aceptación de la película. Por el contrario, La Dictadura Perfecta es una antología de gags cinematográficos y de escenas que de una manera u otra, todos hemos presenciado. Las referencias a, y las acciones dentro de la televisión, ya las hemos visto… en televisión. Repetir sin mayor adorno la historia de cuando le preguntaron a Peña Nieto por el precio del kilo de tortillas y contestó “no soy la señora de la casa” es como contar por centésima vez el mismo chiste; además, esta historia, aunque es conocida de todos, no encaja en la narración de la historia. El actor que la hace de presidente quizá tenga un parecido a Peña Nieto, pero no tiene nada que hacer junto a la actuación maestra de Pedro Armendáriz Jr. en la otra película.

La Dictadura Perfecta podría ser una moraleja sobre el enorme poder de la prensa, pero le falta mucho para lograrlo. No hay suficiente contraste entre los personajes, las actuaciones y los argumentos parecen sacados de una telenovela. Por ejemplo, la escena donde el dueño de la televisora recibe a enviados del gobierno para discutir asuntos importantes es en un edificio moderno, pero desangelado y sin carácter, en contraste con la mexicanísima y bien lograda oficina del secretario de gobierno en La ley de Herodes.

El mismo nombre está fuera de lugar, en todo caso “la dictadura perfecta” encajaría mejor como título de la otra película. En resumen, la más nueva película de Luis Estrada deja mucho que desear como sátira política, parecería un ejercicio de estudiante de cine y no la película de un director veterano. Sin embargo, como contribución al cine político es valiosa; por otro lado creo que quedan elementos más que suficientes para narrar, inclusive para superar el desgano y el desinterés con que la mayoría de los mexicanos observamos a la política, después de que nos dimos cuenta que en este país, democracia con y sin elecciones es lo mismo.

24.8.2015

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