Nuestro conocimiento sobre China es muy elemental: ese país es grande, hay muchos chinos, escriben con caracteres ideográficos, exportan mercancía de pésima calidad y mercancía de óptima calidad, se están convirtiendo en la primera potencia mundial. Cómo ha sucedido, no lo sabemos. Por qué China, que ha vivido bajo un régimen comunista durante muchos años se vuelve ahora una potencia mundial y sin embargo Rusia, que tuvo también un régimen comunista, está pobre y depende casi exclusivamente de sus exportaciones de gas, tampoco lo sabemos. Me incluyo en la ignorancia; en el caso mío es tan obvio, que mis hijas, en dos cumpleaños al hilo, me regalaron sendos libros sobre China. Entendí la indirecta, hay que estudiar a China. Desempolvé un libro de Henry Kissinger que había comprado (On China), donde este diplomático norteamericano expone su idea de lo que es China hoy, cómo se está moviendo y hacia dónde podría llegar. Basándome principalmente en esta obra, el episodio que narro en el artículo es una buena forma de empezar a estudiar a China, porque es ilustrativa, al hacer palpable la ignorancia que la mayoría de los occidentales tenemos acerca de China.

El affaire Macartney sucedió en 1793. Gran Bretaña quería abrir sus mercados en Asia, y envió al diplomático Lord George Macartney a China con la intención de conseguir permiso de las autoridades para establecerse ahí, abrir representaciones comerciales y hacer negocios con China. La misión fracasó, porque no consiguió nada, salvo experiencia. Sin embargo, fue un aprendizaje que los británicos hicieron de la mentalidad china y de su realidad como empresarios en esa parte de Asia. Después de que les falló el intento diplomático, buscaron forzar la situación, es decir obligaron a China a que aceptara la presencia inglesa en su territorio y que les concediera privilegios para hacer negocios. Literalmente forzaron la situación, puesto que la segunda vez que intentaron establecer relaciones comerciales con China fue introduciendo dos argumentos favoritos: las drogas y la guerra; así se originaron las Guerras del Opio. Este artículo tratará con la misión de Macartney, y después trataré las Guerras del Opio, tema que en nuestro tiempo tienen mucha actualidad.

Los británicos acaban de aprender la lección amarga de que es muy difícil mantener la unidad con partes lejanas de su propio país: Estados Unidos se había independizado en 1783. Las ideas de Adam Smith, que en buena medida eran una reflexión sobre el carácter de los ingleses y del país, estaban siendo puestas en práctica, enfocando sus esfuerzos más al avance comercial que a la conquista; con una mentalidad muy pragmática, desearían la conquista, pero si lo veían inconveniente estaban dispuestos a manejar otros métodos menos agresivos. Inglaterra tenía la flota más poderosa del mundo en esa época, pero también tenían una flota mercante, y una y otra se utilizaban para el mismo fin, en la combinación que las circunstancias lo exigieran. Nominalmente cristiana y en la práctica adoradora del dinero, esta nación se comportaba entonces adelantándose a su época, viendo para más adelante, cuando las conquistas territoriales dejarían de ser la primera alternativa al engrandecimiento de un estado, y cederían su paso a los avances económicos, que en aquella época eran principalmente el intercambio de materias primas, y algunos trabajos de cerámica, porcelana, y principalmente el té.

China era China desde hacía 3000 años. Ya existía como país en la época de Cristo, y durante los siglos fue desarrollando una cultura muy propia, relativamente aislada del resto del mundo, y terminaron por encerrarse en sí mismos en vez de salir a otras partes del mundo a explorar, conocer, descubrir, y potencialmente crecer. Esta mentalidad chinocéntrica –que está mencionada en mi artículo Causas del dominio europeo– fue la razón principal de que aunque hacia 1400, aunque tenían mejores barcos y mayores conocimientos náuticos que los europeos, desecharon esa aventura por inútil y se encerraron adentro de sí mismos.

China es muy grande, más de 9 millones de km2, con fronteras naturales: al sur y al oriente está limitada por el mar, al norte y al poniente por los desiertos y por las enormes montañas del Himalaya. Tiene una amplia zona, hacia el sureste, que está regada por ríos muy abundantes y que desde milenios se ha aprovechado para la agricultura. Sufrieron invasiones y conquistas de las tribus del norte, pero los chinos terminaron por asimilar a los conquistadores, que a la postre se volvieron tan chinos como los que ya estaban ahí. La extensión del país, el potencial agrícola bien explotado, y la gran población que vive ahí desde hace siglos crearon un mundo que les hizo creer, con razón, que no necesitaban del resto del mundo; en efecto, durante muchos años fueron la primera economía del mundo, y producían y tenían adentro de sus fronteras todo lo que necesitaban. En 1793 el emperador era el Señor de los Cielos, uno de sus muchos títulos y probablemente de los menores; nos han llegado traducidos, perdiendo en el paso a través de varias lenguas el significado original en chino. El emperador reinaba sobre el mejor pueblo, en el mejor de los países, en el lugar que los Cielos le habían designado a Él para que los representara; ellos hacían realidad, y la vivían, esa idea curiosa que tuvo alguna vez Abel Quezada cuando escribió su libro El mejor de los mundos imposibles. El resto de los pueblos eran bárbaros, de cultura despreciable, de maneras de conducirse inapropiadas, con nada que ofrecer a China, excepto sumisión al emperador. Cuando llegaba alguien de fuera y por una grandísima suerte era admitido a presencia del Emperador, el visitante tenía que pasar por el ritual de koutou, que se hacía hincándose repetidamente, y al final tocando tres veces con la frente el suelo; cualquier cosa que el extranjero trajera para el emperador era presentada como una ofrenda, y si acaso recibía algo del emperador, debería considerarse un favor de los cielos.

A primera vista, la cultura británica y la china eran mundos absolutamente diferentes: uno venía de la herencia judeo-cristiana, influida por griegos y romanos, y el otro era un heredero de Confucio, filósofo que vivió de 551 a 479 A.C. En el fondo había grandes semejanzas, porque muchas de las enseñanzas de Confucio eran prácticamente las mismas que las de Cristo, especialmente su Regla de Oro: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; esta regla equivale a aquel mandamiento predicado por Cristo, cuando le preguntaron por el mandamiento más grande: “amarás a Dios por sobre todas las cosas; el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es decir, en teoría ambos pueblos deberían de conducirse entre ellos mismos, y en su trato con los demás siguiendo estas dos reglas, pero en la práctica cada pueblo desarrolló sus propias perversiones y olvidó, en todo menos en nombre, el origen de donde venía su mentalidad.

Se enfrentaron entonces dos maneras de pensar: la pragmática Inglaterra, que había vivido por siglos entre pares, luchando, aliándose, ganando, perdiendo, y entendiendo que no podía dar por sentado nada, puesto que todo había que ganárselo. China tenía siglos siendo China: la más poderosa, la única, la que no necesitaba de nadie más. ¿Qué podían llegar a ofrecerle estos bárbaros? ¿De qué manera podrían llegar a presentar algo que conmoviera al Emperador y le hiciera cambiar reglas consagradas por los siglos? China era superior al resto de los demás pueblos, así lo probaban 3000 años de historia; China había sobrevivido a todo y ya era China cuando Harald Hardrada moría en la batalla de Hastings; ya había sido China cuando los romanos se aventuraron a conquistar Inglaterra; los bárbaros extranjeros tendrían que postrarse ante el emperador y esperar el favor que Él quisiera otorgarles, pero no podían exigir nada.

Y el asunto se atoró. Los ingleses llegaron, solicitaron audiencia con el Emperador, y el séquito de ayudantes del Emperador los entretuvo durante semanas y meses discutiendo cortésmente con ellos la forma en que habían de presentarse ante el monarca, insistiendo con obstinación en el koutou. Siempre obsequiosos, nunca buscando la discusión o el enfrentamiento directo, exasperaban a los ingleses con su cara impasible, impenetrable para los occidentales, que no estando familiarizados con esa cultura, no sabían interpretar ni los gestos, ni el tono de voz, ni el mensaje, ni lo que estaban haciendo ahí. Los ayudantes eran parte de un ejército de miles de burócratas que rodeaba al Emperador, que mantenía la distancia entre el monarca y su pueblo, como un símbolo de la diferencia abismal entre un chino y el Emperador, tanto como la hay entre la tierra y el cielo. Hay una película china (Héroe) donde el protagonista va obteniendo mediante hazañas sucesivas el derecho a postrarse cada vez más cerca ante el Emperador: primero a 100 pasos, luego a 50, luego a 20, etc., que muestra con colores de cineasta virtuoso esa idea de la inmensidad que separaba al súbdito del monarca. Esta distancia física que separaba al Emperador de sus súbditos era un símbolo de su jerarquía, y se aplicaba a todos los hombres, no nada más para los chinos.

Todas estas cosas eran incomprensibles para los ingleses. Los reyes eran reyes, pero nada de mandatos divinos y cosas de ese estilo; el único país que quedaba en Europa bajo una teocracia era Rusia, en el otro extremo estaba Inglaterra, monarquía constitucional desde la Carta Magna en 1214. Podían transigir en algo, por ejemplo, vistiéndose como chinos; lamentablemente la vestimenta venía junto con la afrenta moral de que el vestido chino era más adecuado para postrarse ante el Emperador que el vestido europeo. Al final transigieron ambas partes, conviniendo en un protocolo que no era ni europeo ni chino: Macartney fue conducido ante el emperador, le dijo a través de algún intérprete lo que tenía que decirle, escuchó al intérprete decir lo que el Emperador le contestaba, y se regresó a Inglaterra con muchos regalos, mucha cortesía china, y las manos vacías de acuerdos comerciales. Lo regresaron de vuelta a Inglaterra con una carta que decía

 “…tú, oh Rey, que vives en los confines de muchos mares, impelido por tu humilde deseo de tomar parte en los beneficios de nuestra civilización, has despachado una misión que lleva respetuosamente tu memoria… objetos extraños y costosos no me interesan. Si yo he ordenado que las ofrendas de tributo enviadas por ti, oh Rey, sean aceptadas, esto ha sido solamente en consideración por el espíritu que te movió a ti a enviarlas desde lejos… como tu embajador puede ver por él mismo, nosotros poseemos todas las cosas.”

Los ingleses, humillados, aprendieron la lección. Los chinos, orgullosos, siguieron como estaban. Pocos años después, los barcos de guerra ingleses –que habían tenido que mejorarse a lo largo de siglos, por haber tomado parte en innumerables batallas- derrotaron con facilidad a la armada china y se apostaron frente a algunas de sus ciudades del sur, amenazando entrar más al territorio, navegando río arriba. Ese fue el resultado de las Guerras del Opio, que narraré en otro artículo.

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