1-Ensayo de fuga.

La película norteamericana Get the gringo (atrapen al gringo) nos cuenta la historia de un estafador que huye de la policía norteamericana a lo largo de la frontera con México en un Grand Marquis modelo 93, grande y fuerte como pocos para aguantar el mal trato. En la persecución matan al compañero del chofer Mel Gibson, quien al final decide que es mejor atravesar la barda fronteriza para aterrizar en México y que lo atrapen aquí los federales. El coche queda destrozado, el chofer herido, y una bolsa con dólares en el asiento trasero; la policía considera que hay razones suficientes para encerrarlo, se reparten el dinero y dejan el asunto de la acusación formal y el juicio para un futuro mejor, mientras averiguan quién era ese payaso que les cayó con dólares del otro lado.

La cárcel donde va a dar está ubicada en una indefinida ciudad fronteriza de México, y el nuevo huésped descubre que es una ciudad en sí misma, donde viven los presos con sus mujeres e hijos, hay venta y tráfico de lo que se necesite, hay oficios productivos, los vigilantes hacen la vista gorda ante todas las irregularidades y el preso influyente, Javi, junto con sus amigos, controlan la prisión y gozan de privilegios como poder salir de la cárcel, regresando para el conteo al anochecer. Es como si se caminara adentro de una ciudad con calles estrechas, puestos improvisados en todos lados y viviendas divididas por barrotes o por telas colgadas o por tablones; todo el ambiente está musicalizado por esa cumbre de la creación artística, la música grupera.

5000 canciones más adelante, como dice Mel Gibson al narrar la película, se ha dado cuenta de la organización de la cárcel; sus habilidades son la observación, los dedos ágiles y la estafa. Se sabe solo y poco apto para el liderazgo, por eso procura pasar desapercibido, identificar a los reos y saber con quién puede contar y para qué. Conoce a un homólogo, un niño que lo observa sustrayendo algo y lo chantajea para que comparta sus cigarros; el niño resulta intocable porque tiene el mismo tipo de sangre que Javi, el prisionero líder, quien está enfermo y puede necesitar en cualquier momento una transfusión de esa sangre infrecuente. El niño y el gringo se hacen amigos, cómplices, comparten observaciones y desarrollan una extraña relación padre-hijo que los vuelve solidarios en su mala fortuna; la madre del niño ve con suspicacia esa relación, pero termina por aceptarla porque identifica a Mel Gibson como un criminal hábil y menos peligroso que el resto de los que están ahí.

Los policías mexicanos siguen sin averiguar quién es ese preso, se han repartido el dinero pero no saben qué hacer con el gringo, nada diferente a esperar que el tiempo resuelva su suerte y la longitud de su condena. Los que sí saben quién es son los norteamericanos, que buscan la manera de averiguar dónde quedó aquel estafador, descubren que es en la cárcel y organizan una reunión con sus colegas mexicanos para pedirles amablemente una extradición no oficial. Los mexicanos sospechan que algo se traen sus colegas, se niegan y les refutan, sin saber el cargo específico pero convencidos de que es válido acusarlos: “los policías mexicanos y los gringos son igual de corruptos, la única diferencia es que nosotros somos honestamente corruptos”. Callando y otorgando, los norteamericanos se regresan y buscan otras maneras de resolver su problema; éste es el momento cumbre de la película.

Mel Gibson se entera en forma vaga de que su valor y su riesgo han subido y decide organizar su fuga. La consigue en medio de un operativo y regresa a EEUU para arreglar de una vez por todas su problema. Organiza una serie de estafas en donde pone a sus enemigos uno en contra de otro, el jefe mayor a quien había estafado es anulado, y finalmente puede regresar a México para atender los dos asuntos que más le interesaban. Averigua dónde tiraron los restos de su Grand Marquis, va al deshuesadero y halla debajo de los forros de la amplia cajuela algunos cientos de miles de dólares. El otro asunto es el niño y su mamá, a quienes ayuda a escapar y se ven en la última escena, como una familia feliz, tomando el sol en una playa de México.

Los créditos finales están musicalizados con una estupenda perversión de un tema que se hizo popular hace años: “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así…”, pero cambiado en “soy culero porque el mundo me ha hecho así…” respetando la melodía, la orquesta y el espíritu de aquella canción de rebeldía color de rosa. Después del estribillo, continúa una canción totalmente diferente, rítmica y muy latina, con la palabra “culero” repetida con obsesión y con inteligencia musical.

Superficialmente la película es un thriller, con mucho para pensar a ambos lados de la frontera. Por parte de México, son obvios el horror y la degradación del sistema carcelario mexicano, bastante bien actuado por la misma película; los comentarios norteamericanos (en el sitio http://www.imdb.com/title/tt1567609/board/threads/) son de sorpresa, indignación, temor, prevención ante el horror y el peligro que son esas cárceles, y con algo de razón dicen que un país en donde el sistema carcelario es corrupto es necesariamente un país corrupto. Fallan ambos lados en identificar una de las causas de fondo de tanta corrupción: el tráfico de armas (legales o ilegales) de EEUU a México, instrumentos de trabajo de tantos grupos delictivos; ambos lados fallan también en identificar la corresponsabilidad de las autoridades de los dos países para que haya tanta violencia en México.

2-Fugas verdaderas.

El pasado 20 de Septiembre nos despertamos con la noticia de que habían escapado 131 presos del penal de Piedras Negras, Coah. En las investigaciones posteriores se averiguó que la cárcel no tenía cámaras de vigilancia, que los reos habían salido por la puerta principal y no por un túnel, que habían llegado algunas camionetas suburban no autorizadas a la prisión y que en ellas escaparon los reos. Se genera una enorme confusión, y una vergüenza nacional para las autoridades de Coahuila, enseguida la asignación correspondiente de culpas: el director del penal es arraigado junto con los vigilantes, el gobernador procura no asomar la cabeza en esos días y envía a su Procurador a dar la cara, algunos fugados caen, otros muchos siguen en libertad.

En Febrero de 2012 hubo otra fuga masiva, en la cárcel de Apodaca, N.L. Se organizó una batalla campal en donde murieron 44 reos, que fue aprovechada por otros 30 para escapar. Le toca a Nuevo León asumir la vergüenza del problema, naturalmente los guardias de la cárcel y sus autoridades son señalados como culpables, se sabe que habían dejado entrar, armados, a los presos de un grupo a la crujía donde estaba el otro grupo, se rumora y no llega a saberse a ciencia cierta quiénes participaron, ni quiénes huyeron, ni qué intereses entre las autoridades protegieron y permitieron que sucediera ese evento; a alguien se le ocurre culpar al gobierno federal (sic), que no da suficiente presupuesto para las cárceles estatales y por eso hay tanta fuga.

Los últimos años han sido una sucesión de vergüenzas para el sistema penitenciario en México, principalmente por las fugas ocurridas. Inevitablemente sale a la luz que las condiciones son semejantes a las imaginadas en Get the gringo, que la corrupción es generalizada, que las cárceles sirven para guardar a algún tiempo a sujetos que cuando regresan a la libertad han afianzado sus relaciones y mejorado sus habilidades. Se debaten las razones de que todas esas fugas han ocurrido en cárceles estatales, y que en los últimos años hubo cero escapes de las federales; no se llega a conclusiones, mucho menos a soluciones.

3-Datos.

Un análisis superficial de nuestro sistema penitenciario arroja una lista de catástrofes. Además del hacinamiento y falta de higiene, vale la pena analizarlo desde el punto de vista del preso. Los delincuentes tienen escasa o nula conciencia de culpabilidad y más bien consideran que fue culpa de mala suerte o de falta de relaciones el que hayan caído ahí; ven tantos ejemplos execrables en las filas de funcionarios públicos que ellos se preguntan, con justa razón, por qué les toca a ellos nada más estar a la sombra; al salir lo hacen con gran sed de venganza y mejor preparados que como entraron para continuar ejerciendo su profesión. Las cárceles están gobernadas por grupos de delincuentes, quienes a sus conveniencias otorgan privilegios y castigos entre la población. Los funcionarios que por mala suerte son puestos al mando de las cárceles enfrentan una situación consumada en donde hay poco que puedan hacer, y deciden solidarizarse o hacerse de la vista gorda ante la enormidad de los problemas. Los grandes funcionarios siguen manejando los grandes hilos de la política y los destinos nacionales, tratando de pensar lo menos posible en el sistema carcelario.

En el número de Octubre, 2012, la revista Nexos publica un artículo de Fernando Escalante Gonzalbo que se llama Crimen organizado, la dimensión imaginaria, donde analiza la información que se difunde acerca de ilícitos graves que suceden en el país, centrado en los crímenes. Dice el autor que esa información es deliberadamente vaga: no proporciona nombres, ni antecedentes, ni hechos comprobables, ni testigos; todo es hablar en general del asunto, como si se tratara de desorientar y no de informar a la opinión pública. Cita declaraciones contradictorias de funcionarios, rumores recogidos, repetidos y aumentados en el camino, números imaginarios y muy pocos hechos tangibles. Desde la perspectiva de las autoridades, hay tres alternativas (no excluyentes):

  1. Son extremadamente ineptos y tratan de cubrir con esa cortina de humo su mal trabajo
  2. Están coludidos con los grupos criminales y tratan de cubrir con esa cortina de humo a sus socios.
  3. Actualmente hay tantos crímenes que no es posible atacarlos uno por uno.

Dentro de esta desinformación las conclusiones concretas son inasibles, la única conclusión válida es que existe un gran problema, porque los crímenes han dejado de ser casos y se han convertido en estadísticas, que es otra manera de validar, tristemente, la tercera alternativa. La realidad en el país varía mucho, concentrando los problemas en los estados frontera con EEUU y disminuyendo en otros puntos; Aguascalientes es un punto relativamente blanco, pero Coahuila y Nuevo León son lugares con una enorme problemática.

4-… y te sacarán los ojos.

El 4 de octubre asesinaron al hijo de Humberto Moreira en Cd. Acuña, Coah. Tratándose de una persona ligada a un nombre importante en la política mexicana, inmediatamente hubo duelo nacional, grandes movilizaciones policiacas, las aprehensiones de rigor y uno que otro fiasco nacional, como el del policía que fue encerrado porque se llama igual que uno de los presuntos asesinos. La opinión pública protesta abiertamente porque identifica que hay muertos de primera clase y muertos que nada más son estadísticas, porque a unos se les dispensan editoriales y honores y a otros nada más, si acaso, su expediente; internamente, todo mexicano reflexiona que quizá se está aplicando en este caso la Ley del Talión. Cría curvos y te sacarán los ojos, dice el refrán, pienso que valdría la pena hacerle un lugar en esos letreros inútiles de “Misión, Visión, Objetivos” que cuelgan en las paredes de muchas secretarías.

Toda muerte violenta es un hecho lamentable. En estos tiempos sólo unas pocas son obra de la casualidad, la mayoría han sido cultivadas en este invernadero de flores del mal que es la descomposición que vive el país. Favorecer a un grupo delictivo por encima de otro es incubar violencia, y para el funcionario que actúa así, significa acumular enemigos. Estos funcionarios lo hacen a sabiendas del perjuicio social que ocasionan, pero donde se está dañando a entes abstractos y categorías filosóficas como pueblo, justicia y bienestar público; no consideran estar dañando a Juan Pérez ni a los jóvenes que ven caminando en la plaza, piensan que el daño es “en general” e invisible. Estos funcionarios hacen lo que hacen confiando en su buena suerte o en su escudo de protección, pensando que no les llegará a ellos ninguna consecuencia de sus actos.

Lamentablemente, porque toda muerte violenta es lamentable, no es así. Humberto Moreira, que está pasando a la historia como uno de los peores gobernadores, siente ahora en carne propia los resultados de la violencia que existe en nuestro país. Los motivos concretos de este caso palidecen junto a la certeza de que en los últimos 80 años se ha cultivado con tanto afán al arte de atracar al país desde los puestos públicos, que esta cadena sin fin de robos, latrocinios, estafas, contubernios e ilícitos ha creado una situación que se está saliendo de control y está llegando inclusive a los mismos políticos.

Como decía arriba, los presos pueden argumentar que por qué no los acompañan a la sombra todos los funcionarios de los que saben que han robado, estafado, desfalcado: ¿qué cátedra de moral puede enseñar el gobierno a los reclusos? A la miseria de estar encerrado, los presos añaden la conciencia de que otros, igual o más culpables que ellos, están fuera; no es sorpresa que salgan con sed de venganza. El mal ejemplo de muchos funcionarios es como una pirámide: el gober y sus compadres acaparan los mejores asuntos, enseguida dejan al funcionario menor las pequeñas mordidas por acelerar un trámite o detener una multa, y al resto de los aspirantes a delincuentes les dejan el robo de poca monta o la organización criminal.

No justifico los ilícitos, especialmente los de tipo patrimonial, por una razón principal:

  1. El afán desmedido de dinero y de riquezas es el origen de la inmensa mayoría de los crímenes. Revise usted las tragedias de Shakespeare y verá que el dinero y las pasiones son los principales temas, la humanidad no ha inventando gran cosa en cuanto a conducta básica. Los grupos que ahora se disputan las rutas para el trasiego de droga y el control de las plazas, lo hacen por el dinero que obtendrán. El constructor que entrega una obra de mala calidad lo hace así porque está coludido con las autoridades o porque tiene que mocharse con el jefe, y escamotea en calidad lo que tiene que repartir.

5-El pueblo, ¿inocente?

Los ilícitos patrimoniales en el gobierno necesariamente implican la participación de otros funcionarios y de civiles, como los amigos o familiares a cargo de las empresas en las que se realiza la dispersión del dinero sustraído a las arcas públicas. Por esta misma razón, pienso que es injusto satanizar al gobierno y culparlo de todos nuestros males (también hay que hacer un espacio a los partidos políticos). Que contribuye en gran medida, es cierto, pero el gobierno no obliga a nadie a participar en esos actos, así como el agente de tránsito no puede obligarme a dar mordida, aunque la pida con el cuento de “mire, joven, yo quiero ayudarle…” Todos los civiles que participan o han participado en esos ilícitos son tan culpables como los funcionarios, y lamentablemente veo en esta repetición la mayor señal de descomposición nacional, porque es como si muchos mexicanos no roban porque no pueden, no porque no quieren. Hace años era una anécdota común, hasta un chiste, que alguien comentara que le había hecho justicia la Revolución, porque iba a entrar a trabajar en el gobierno y podría echar el gato a retozar. Recuerdo que no nos escandalizábamos, era una parte del folklor del país.

Dentro de esta situación tan difícil que vivimos, no hay que esperar una solución por parte del gobierno, porque la cadena de intereses y complicidades que llevó al poder a esas personas y que les permite mantenerse ahí genera una telaraña en la cual su margen de acción se reduce significativamente. Hay que exigirles y denunciar lo que veamos incorrecto, pero por nuestra parte, cuando menos, hagamos la contribución de no contribuir a esta descomposición.

Permítame insistir, para terminar, en la educación. No hace falta que lea un libro de moral, lea o vea la versión de Roman Polanski (en película) de la tragedia de Shakespeare llamada Macbeth, donde admirará algunas consecuencias de la ambición desmedida. Leer educa.

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