Anna en el cuello

 

I

Después de la boda no quedó ni un bocadillo; los recién casados habían bebido champagne, cambiaron de ropa y salieron a la estación del tren. Junto con el alegre baile de la boda y la cena, junto con la música y las danzas, jornada en peregrinación de doscientas verstas. Muchos aprobaban esto, diciendo que Modest Alekseich ocupaba un alto cargo y no era joven, una boda ruidosa podría ser, quizás, no completamente decorosa; sí, triste era escuchar música cuando un oficial de 52 años se casa con una joven que apenas cumplía 18. Decían ellos que esta jornada al monasterio era emprendida por Modest Alekseich, como persona de principios, principalmente para dar a entender a su joven esposa que en el matrimonio él daba el primer lugar a religión y moral.

Acompañaron a los recién casados. La multitud de compañeros de trabajo y familiares esperaba que el tren saliera para gritar hurra, y Piotr Leontich, el padre, con sombrero de copa y uniforme de maestro, ya bebido y muy pálido, se estiró hacia la ventana con su copa y dijo suplicantemente:

-¡Aniuta! ¡Ana! ¡Ana, una sola palabra!

Anna se inclinó hacia él desde la ventana, y el padre murmuró algo, dando aliento a vino y soplando en el oído –no hubo manera de entender- e hizo la señal de la cruz en su cara, pecho y manos; su respiración era entrecortada y temblaba, en los ojos le aparecían las lágrimas. Los hermanos de Ana, Petia y Andriusha, estudiantes del gimnasium, lo jalaban del frac desde atrás y murmuraban avergonzados:

-Papito, vamos… papito, no hace falta.

Cuando empezó a moverse el tren, Anna vio cómo su padre corría un poco detrás del vagón, tropezándose y derramando el vino, y algo en su rostro era lastimoso, bueno y culpable.

-¡Hurra-a-a! –gritó él.

Los recién casados quedaron solos. Modest Alekseich miró el compartimento, dejó las cosas en el estante y se sentó frente a su joven esposa, sonriendo. Era un oficial de estatura media, bastante lleno, fofo, bien alimentado, con grandes patillas y sin barba ni bigote, y su rasurada, redonda y bien delineada barbilla se parecía a una moneda de cinco kopeks. Lo más característico de su rostro era la ausencia de barba, este recién rasurado y desnudo lugar, el cual constantemente se convertía en sus grasosas, temblorosas como gelatina, mejillas. Se comportaba en forma digna, sus movimientos no eran rápidos, sus maneras suaves.

-No puedo dejar de acordarme ahora de un acontecimiento, -dijo él, sonriendo. – Hace cinco años, cuando Kosorotov recibió la orden de Santa Ana de segunda clase y se acercó a agradecer, Su Alteza se expresó así: “Esto significa que usted tiene ahora tres Annas: una en el pecho y dos colgadas del cuello”. Y debo decir, que por esa época apenas había regresado con Kosirotov su esposa, singularmente peleonera y ligera de pensamiento, quien se llamaba Anna. Espero, que cuando yo reciba la Anna de segunda clase, Su Alteza no tendrá ocasión de decirme algo semejante.

Sonrió con sus ojos pequeños. Y ella también sonrió, oprimida por el pensamiento de que esta persona podrá cada minuto besarla con sus llenos y húmedos labios y que ella ya no tendrá razón para rechazarlo. Los suaves movimientos de su cuerpo fofo la espantaban, le resultaban terribles y odiosos. Él se levantó, sin prisa se quitó la orden del cuello, se quitó el frac y el abrigo y se puso una bata.

-Aquí estamos, – dijo él, junto a Ana. Ella recordó cuán odiosa fue la boda, cuando le pareció que tanto el sacerdote, como los invitados y todos en la iglesia la miraban con lástima: ¿para qué, para qué ella, tan dulce y tan buena, se casó con este señor mayor y sin interés? Todavía hoy en la mañana ella estaba como en éxtasis, porque todo se desarrollaba bien, y en el momento de la ceremonia y ahora en el vagón se sentía culpable, engañada y ridícula. Ella se había casado con un rico, y sin embargo ella no tenía dinero, el vestido de la boda salió de una deuda, y, cuando ahora la acompañaron su padre y hermanos, ella vio en sus rostros que no tenían ni un kopek. ¿Cenarían ellos ahora? ¿Y mañana? Y a ella le parecía de alguna manera, que el padre y hermanos estaban sentados ahora sin ella, hambrientos y experimentaban precisamente aquella tristeza que había la primera noche después del funeral de la madre.

“Oh, ¡qué infeliz soy! –pensaba- ¿para qué tanta infelicidad?”

Con la torpeza de hombre solemne, no acostumbrado a tratar con mujeres, Modest Alekseich la tocó en la cintura y palmeó en el hombro, y ella pensó en el dinero, en su madre y en su muerte. Cuando murió la madre, su padre Piotr Leontich, maestro de ortografía y dibujo en el gimnasium, empezó a beber y llegó la necesidad; los niños no tenían botas ni galoshas, el padre se arrastraba por el mundo, llegaron los funcionarios judiciales, levantaron inventario de los muebles… ¡Qué vergüenza! Ana tenía que cuidar del padre borracho, remendar las calcetas de los hermanos, ir al mercado, y, cuando alababan su belleza, juventud y elegantes maneras, le parecía que el mundo entero veía su sombrero barato y los hoyos en sus botas, tapados con pintura negra. Y por las noches lágrimas y pensamientos inoportunos e inquietantes, de que muy pronto echarían a papá del trabajo por su debilidad y que él no superaría esto y también moriría, como mamá. Pero he aquí que las damas conocidas se dieron prisa y empezaron a buscar un buen hombre para Anna. Pronto apareció el mismo Modest Alekseich, ni joven ni hermoso, pero con dinero. En el banco tenía cien mil y además la propiedad familiar, que daba en arriendo. Se trataba de un hombre de principios y que disfrutaba de buena relación con Su Alteza; no le costaría trabajo, como decían a  Anna, llevar una nota a Su Alteza para el director del gimnasium e inclusive con el responsable, a fin de que no Piotr Leontich no fuera molestado…

Cuando recordaba estos detalles, escuchó repentinamente la música, agolpándose a la ventana junto a voces ruidosas. El tren se había detenido en una estación para cruce de vías. En la plataforma dentro de la muchedumbre ruidosa tocaban la armónica y un violín barato y chillón, y desde atrás de los enormes abedules y álamos, detrás de la dacha, desde los rayos dorados de la luna, llegaba el sonido de una orquesta militar; debía ser, en la dacha celebraban un baile. En la plataforma paseaba gente de las dachas y de la ciudad, llegados aquí con el clima agradable para respirar aire puro. Ahí estaba Artynov, dueño de todo el lugar, rico, grande y robusto moreno, parecido en su rostro a los armenios, con ojos protuberantes y una vestimenta extraña. Vestía una camisa desabotonada en el pecho, y enormes botas con espuelas, y en desde los hombros colgaba una capa negra, arrastrando hasta el suelo, como brida. Detrás de él, bajando su afilado hocico, iban dos perros barzoi.

Otra vez brillaban las lágrimas en los ojos de Anna, pero ella ya no se acordaba de su madre, ni del dinero, ni de su propia boda, y estrechaba las manos de los estudiantes y oficiales conocidos, alegremente sonreía y decía rápidamente:

-¿Cómo está? ¿Cómo le va?

Salió hacia la placita, bajo la luz de la luna, y se sentí ahí, para que todos la vieran en su magnífico vestido nuevo y sombrero.

-¿Por qué estamos parados aquí? – preguntó.

-Aquí se hace el cruce de trenes, -le contestaron,- esperamos al tren correo.

Notando que la miraba Artynov, coquetamente entornó los ojos y habló en voz alta y fuerte en francés, y de esto, de que su propia voz sonaba tan hermoso, de que escuchaba la música y de la luna reflejada en el estanque, de que hacia ella miraba ávidamente y con curiosidad Artynov, este conocido don juan y bribón, y de que todo mundo estaba alegre, ella súbitamente sintió alegría, y cuando el tren se movía y los conocidos oficiales la despedían llevando su mano a la visera, también canturreó la polca, cuyos sonidos la alcanzaban desde la orquesta militar, resonando en algún lugar detrás de los árboles; y regresó a su cupé con tal sentimiento, como si en la pequeña estación la hubieran convencido de que ella sería feliz con toda seguridad, sin fijarse en nada más.

Los recién casados estuvieron en el monasterio dos días, después regresaron a la ciudad. Vivían en un departamento oficial. Cuando Modest Alekseich salía a trabajar, Anna tocaba el piano, o lloraba de aburrimiento, o se acostaba en el diván y leía novelas, y hojeaba una revista de modas. Durante la comida Modest Alekseich comía mucho y hablaba de política, de nombramientos, cambios y promociones, de aquello de lo que debería preocuparse, de que la vida en familia no es placer sino obligación, que había que cuidar los kopeks de cada rublo y que por encima de todo en el mundo él colocaba la religión y la moral. Y, tomando un cuchillo con el puño, como una espada, decía:

-Cada persona debe tener sus propias obligaciones.

Y Anna lo escuchaba, lo temía y no podía comer, y generalmente se levantaba de la mesa con hambre. Después de la comida el marido descansaba y roncaba fuerte, y ella salía con los suyos. El padre y los muchachos la miraban de una forma especial, como cuando ella llegaba si la condenaran porque ella se hubiera casado por dinero con ese desagradable, tedioso y aburrido hombre; el susurro de su vestido, en general la apariencia de dama los inhibía e insultaba; en su presencia se avergonzaban un poco y no sabían de qué hablar con ella; pero a pesar de todo la querían como antes y todavía no se acostumbraban a comer sin ella. Anna se sentaba y tomaba shchi con ellas, sopa de kash y papas, cocidos con grasa de cordero, a lo que olían las velas. Piotr Leontich levantaba su mano para servirse de su licorera y bebía rápidamente, con avidez, con disgusto, después tomaba otro vasito, después un tercero… Petia y Andriusha, muchachos delgados, pálidos y con grandes ojos, tomaban la licorera y decían con perplejidad:

-No hace falta, papito… suficiente, papaíto…

Y Anna también se abrumaba y suplicaba no beber más, pero él de repente estallaba y golpeaba la mesa con el puño.

-¡Yo no permito a nadie que me vigile! – gritaba. ¡Muchachos! ¡Niña! ¡A todos los correré a la calle!

Pero en su voz se escuchaba debilidad, bondad, y nadie le temía. Después de la comida generalmente se vestía; pálido, con la cara cortada por afeitarse la barbilla, estirando el escuálido cuello, permanecía media hora ante el espejo y se embellecía, ora peinándose, ora retorciendo el bigote negro, rociándose perfume, ajustando el nudo de la corbata, después se ponía los guantes, el sombrero de cilindro y salía para sus lecciones privadas. En días de vista él permanecía en casa y dibujaba o tocaba la armónica, la cual silbaba y crujía; trataba de obtener a fuerzas de ella sonidos armónicos y canturreaba, o se enojaba con los hijos:

-¡Desgraciados! ¡Bandidos! ¡Instrumento echado a perder!

En las veladas el marido de Anna jugaba a las cartas con sus colegas que vivían como él bajo el mismo techo del edificio oficial. Los acompañaban durante el juego de cartas las esposas de los oficiales, feas, vestidas con mal gusto, groseras como cocineras, y en el departamento empezaba el chismorreo, tan desagradable y sin gusto como las mismas esposas. Sucedía que Modest Alekseich asistía con Anna al teatro. En el hall no se separaba de ella ni un paso, y la tomaba del brazo por los corredores y en el foyer. Si se hacía una reverencia a alguien, inmediatamente susurraba a Anna: “Consejero de estado… asiste con él Su Alteza…” o: “Con recursos… posee un edificio…” Cuando se acercaban al buffet, Anna quería algo dulce; le gustaba el chocolate y el pastel de manzana, pero no tenía dinero, y no se atrevía a pedir dinero al marido. Él tomaba una pera, la apretaba con sus dedos y preguntaba sin convicción:

-¿Cuánto cuesta?

-Veinticinco kopeks.

-¡No me diga! – decía él y aventaba la pera al lugar; pero era tan incómodo salir del buffet sin haber comprado nada, que tomaba agua de Seltz y bebía una botella completa, lo que le arrancaba lágrimas de los ojos, y Anna lo odiaba en esos momentos.

O bien él, repentinamente enrojecido, le decía rápidamente:

-¡Inclínate hacia esta dama de edad!

-Pero yo no la conozco.

-Da lo mismo. Se trata de la esposa del director del Tesoro en Palacio! ¡Inclínate ya, te lo digo! –gruñía él con insistencia. – La cabeza no se te a caer por eso.

Ana se inclinaba, y la cabeza no caía de su cuerpo, pero era un tormento. Ella hacía todo lo que quería el marido, y se enojaba hacia lo que el marido la engañaba, como si fueran una tontita. Se había casado con él nada más por el dinero, y mientras tanto seguía teniendo aún menos que antes de casarse. Anteriormente el padre le un par de monedas, y ahora, ni un kopek. Tomar secretamente algo no podía, temía al marido, le temía. Parecía a ella que el miedo a este hombre lo tenía dentro de su alma desde hacía mucho tiempo. Cuando en la infancia la fuerza más impresionante y terrible, avanzaba como nube de tormenta o locomotora, presto a aplastarla, se imaginaba siempre al director del gimnasio; otras fuerzas semejantes, acerca de las que en su familia siempre se hablaba y de alguna manera temían, era Su Alteza; y era inclusive diez veces más pequeñas, y entre ellos los maestros del gimnasium con barbas afeitadas, muy formales, implacables, y ahora al final, Modest Alekseich, hombre de principios, cuyo rostro era inclusive parecido al del director. Y en la imaginación todo esto fuertemente se juntaban en uno que era en apariencia un terrible, enorme y blanco oso, avanzando hacia los débiles y culpables, como su padre, y ella temía decir cualquier cosa contraria, y sonreía forzadamente, y expresaba fingida satisfacción, cuando torpemente la acariciaba y la profanaba con sus abrazos, conduciéndola a su propio horror.

Una sola vez Piotr Leontich se atrevió a pedirle cincuenta rublos en préstamo, a fin de pagar alguna deuda desagradable, y qué terrible fue eso.

-De acuerdo, se los daré, – dijo Modest Alekseich, pensando, – pero advierto que no lo volveré a ayudar, mientras no deje de beber. Para las personas, principalmente aquellas que ocupan puestos en el gobierno, debe avergonzarles esa debilidad. No puedo dejar de recordar el hecho evidente, de han muerto muchas personas capaces de esta enfermedad, mientras que con la abstinencia, ellos podrían haberse convertido en personas de importancia.

Y se arrostró un largo período “por lo pronto así…” “saliendo de tal situación…” “en vista de lo dicho”, y el pobre Piotr Leontich sufría de la humillación y experimentaba un fuerte deseo de beber.

Y los niños, visitando a Anna, generalmente con botas agujereadas y con camisas desgarradas, también tenían que escuchar esas instrucciones.

-¡Cada persona debe responder de sus obligaciones! – les decía Modest Alekseich.

Y no les daba dinero. Pero por otro lado le daba a Anna anillos, brazaletes y broches, diciendo que estos objetos era conveniente tenerlos para algún día de necesidad. Y con frecuencia abría su cómoda y revisaba si faltaba algo.

II

Mientras tanto llegó el invierno. Anunciando mucho antes de Navidad, en la gaceta local se publicó que el 29 de diciembre entre la nobleza tendría lugar el acostumbrado baile invernal. Todas las noches después de las cartas Modest Alekseich, agitado, susurraba con los oficiales, ansiosamente mirando a Anna, y después por mucho tiempo iba de un lugar a otro, pensando en algo. Finalmente, una noche ya muy tarde se detuvo frente a Ana y dijo:

-Debes coserte un vestido de baile, ¿entiendes? Nada más, por favor, aconséjate con María Grigorievna y con Natalia Kuzminishna.

Y le dio cien rublos. Ella los tomó; pero ordenar un vestido de baile, ni con quién aconsejarse, y habló únicamente con su padre y se puso a imaginar cómo vestiría su madre en un baile. Su difunta madre siempre vestía a la última moda y lo aplicaba con Anna, vistiéndola finamente, como muñeca, y le enseñó a hablar en francés y a bailar la mazurca con elegancia (antes de casarse trabajó cinco años de institutriz). Anna, como su madre, podía hacer un vestido nuevo a partir de uno viejo, lavar los guantes con bencina, tomar bisutería a plazos y como ella, sabía entrecerrar los ojos, pronunciar la ‘r’ francesa, adoptar hermosas poses, llegar, si fuera necesario, en éxtasis, mirar tristemente o en forma sombría. Y de su padre heredó el tono oscuro de su pelo y sus ojos, nerviosismo, y estas maneras siempre la embellecían.

Cuando media hora antes de salir para el baile Modest Alekseich entró con ella sin su abrigo, para ponerse la orden en el cuello ante el espejo de cuerpo completo, entonces, encantado de su belleza y del brillo de su frescura, de la ligereza de su vestido, se alineó las patillas y dijo:

-Mira nada más lo que tengo aquí… ¡qué bien estás…! –continuó, de pronto cayendo en un tono festivo. –Yo te hago feliz, y ahora tú puedes hacerme feliz a mí. Te pido, preséntate ante la esposa de Su Alteza, ¡Dios lo quiera!, ¡mediante ella yo podría recibir el puesto de primer secretario!

Se fueron al baile. Estaba junta la nobleza, con portero a la entrada. La sala de entrada con guardarropa, abrigos, lacayos que se movían de un lugar a otro y damas escotadas, cerrando los abanicos del aire transparente; el olor de gas para iluminación y soldados. Cuando Anna, subiendo por la escalera del brazo de su marido, escuchó la música y se miró completa en el enorme espejo, iluminada por numerosos fuegos, despertó en su alma la alegría y el mayor presentimiento de felicidad, tal como lo experimento en la noche de luna en la estación del ferrocarril. Caminaba orgullosa, segura de sí misma, por primera vez sintiéndose no una muchacha sino una dama, e involuntariamente su andar y maneras imitaban a la difunta madre. Y por primera vez en su vida se sintió rica y libre. Inclusive la presencia del marido no la intimidaba, lo mismo que al cruzar el umbral de la reunión, instintivamente echaba una ojeada, o que la cercanía del viejo marido de ninguna manera la humillaba, sino al contrario, ponía en su estampa un secreto picante, que tanto les gusta a los hombres. En la gran sala y resonaba la orquesta y empezaba el baile. Después de despachos oficiales, embargada por la impresión de las luces, de la alegría, música, bullicio, Anna dio un vistazo a la sala y pensó: “¡Ay, qué hermoso!”, e inmediatamente se distinguió entre la multitud de sus conocidos, de todos aquellos que antes había encontrado en las veladas o en los paseos, todos estos oficiales, maestros, abogados, funcionarios, terratenientes, Su Alteza, Artynov y damas de alta sociedad, vestidas, muy escotadas, hermosas y horrendas, las que ya habían ocupado sus lugares en los corrillos y en el pabellón del bazar de beneficencia, para empezar la venta en apoyo a los pobres. Un enorme oficial con insignias –ella lo había conocido en la calle Stariy-Kiev, cuando estudiaba en el gimnasium, pero ahora no recordaba su apellido – precisamente desde la tierra emergió y la invitó al vals, y ella, como volando, dejó al marido y le pareció como si navegara en un bote de velas, en medio de una fuerte tormenta, y el marido se hubiera quedado lejos, en la orilla… Bailó con pasión y con placer, el vals y la polca y la quadrille, yendo de mano en mano, intoxicada de música y ruidos, mezclando el ruso con el francés, hablando con ‘r’ gutural, sonriendo y sin pensar ni en el marido, ni en nadie ni en qué. Poseía suerte con los hombres, esto era claro, y no podía ser de otra manera, se sofocaba de la emoción, espasmódicamente oprimía el abanico en sus manos y deseaba tomar algo. El padre, Piotr Leontich, en frac oficial, del que salía un olor a bencina, se acercó a ella llevando un plato con bocadillos y un hermoso helado.

-Estás encantadora ahora, -dijo, mirándola con arrebato, – y nunca hasta ahora me había quejado de que te apresuraras en casarte… ¿con qué objeto? Yo lo sé, tú lo hiciste para darnos una alegría, pero… – con manos temblorosas sacó un paquete de dinero y dijo: -Hoy recibí de las clases y puedo pagar la deuda con tu marido.

Ella deslizó en un mano un bocadillo y, tomada por alguien, fue llevada lejos y momentáneamente, por encima del hombro de su caballero vio cómo su padre, deslizándose en el parquet, abrazaba una dama y se desplazaba con ella en la sala.

“¡Qué bueno es, cuando está sobrio!” pensó.

Bailó la mazurca con el mismo enorme oficial; él, imponente y tieso, moviéndose en el uniforme con dificultad, avanzaba, movía los hombros y el pecho, por poco se tropezaba consigo mismo –realmente no quería bailar, pero ella volaba alrededor de él, enardeciéndolo con su belleza, con su cuello descubierto; los ojos de ella flameaban de ardor, su respiración era agitada, pero él permanecía completamente indiferente y la conducía de su mano graciosamente, como un rey.

-¡Bravo, bravo! – decían en el público.

Pero poco a poco el oficial fue cediendo; se avivaba, empezó a agitarse y, aumentando la fascinación, aumentó el encanto y se empezó a moverse ligeramente, con juventud, y ella apenas movía los hombros y miraba maliciosamente, como si ella fuera la reina y él n esclavo, y en ese momento le pareció que el salón completo los observaba, que toda esta gente se enardecía y envidiaba a su pareja. Apenas el enorme oficial encontró tiempo para agradecerle, cuando el público repentinamente se abrió y los hombres se hicieron a un lado de una manera extraña, bajando los brazos… iba hacia ella Su Alteza, con frac y dos estrellas. Sí, Su Alteza iba exactamente con ella, porque la miraba directamente, con atención y sonreía dulcemente, y antes de esto movía los labios audiblemente, como hacía siempre que veía mujeres atractivas.

-Muy contento, muy contento… -empezó él.- Y voy a ordenar poner de guardia a su marido, puesto que hasta el día de hoy escondió de nosotros tal tesoro. Vengo con un encargo de la esposa, – continuó, ofreciéndole el brazo. – Usted debe ayudarnos… Mmm, sí… Es necesario otorgarle un premio a la belleza… como en América… Mmm, sí… Americanos… Mi esposa la espera con impaciencia.

La condujo al sitio donde estaba una dama de edad, en la cual la parte inferior de su rostro era desproporcionadamente grande, y parecía como si de la boca colgara una gran piedra.

-Ayúdenos usted, -dijo ella con voz nasal, como cantando. -–Todas las atractivas damas trabajan en el bazar de beneficencia, y únicamente usted por alguna razón pasea. ¿Por qué no nos quiere ayudar?

Ella se marchó, y Anna tomó su lugar junto al plateado samovar con vasitos. Inmediatamente inició la animada subasta. Por un vasito de té Anna recibía al menos un rublo, y el oficial grande ordenó tres vasitos para beber. Pasó Artynov, muy rico, con ojos protuberantes, que padecía falta de aliento, pero no con aquella extraña vestimenta que vio Anna en el verano, sino de frac, como todos. Sin despegar los ojos de Anna, bebió una copa de champagne y pagó cien rublos, después bebió té y pagó otros cien – y todo esto en silencio, fatigado por el asma… Anna atendía a los compradores y recibía de ellos dinero, ya profundamente convencida de que su sonrisa y sus miradas no proporcionaban a ellos otra cosa que una gran satisfacción. También entendió que ella había sido creada únicamente para esta ruidosa, brillante, sonriente vida con música, bailes, admiradores, y el largo sufrimiento suyo ante la fuerza que la abrumaba y amenazaba con derrumbarla, le parecía ahora ridícula; no temía a nada y únicamente se podía quejar de que no estaba ahí su madre, quien se alegraría hoy junto con ella por su éxito.

Piotr Leontich, ya pálido pero todavía muy erguido sobre sus piernas, se acercó al mostrador y pidió un trago de cognac. Anna enrojeció, esperando que él dijera algo impropio (para ella era vergonzoso tener ese padre tan pobre, tan común y corriente), pero él bebió, tomó de su cartera diez rublos y salió con aplomo, sin decir ni una palabra. Un poco después ella palideció, cuando salió en pareja al grand-rond y esta vez ya se sostenía con dificultad y algo gritaba, para gran confusión de su pareja, y Anna recordó cuando tres años antes en un baile él había tropezado y gritado – y concluyó cuando el oficial de policía lo llevó a su casa a dormir, y al siguiente día el director amenazó con despedirlo del empleo. ¡Qué desagradable era ese recuerdo!

Cuando en el mostrador se agotaron los samovares y estuvieron cansadas las colaboradores del bazar entregaron los ingresos del bazar a la dama de edad con piedras en la boca, Artynov llevó del brazo a Anna por la sala hasta donde se servía la cena para todos los participantes en el bezar de beneficencia. Cenaron unas veinte personas, no más, pero había gran algarabía. Su Alteza propuso un brindis: “En esta mesa espléndida se beberá por el avance de mesas menos favorecidas, servidas con lo obtenido en el bazar del día de hoy”. Un general de brigada ofreció un brindis “a la fuerza, ante la cual se rinde inclusive la artillería”, y todos levantaron sus copas para chocarlas con las de las damas. ¡Fue muy, muy alegre!

Cuando Anna llegó a casa, ya había luz y la cocinera iba al mercado. Alegre, embriagada, llena de nuevas impresiones, fatigada, se desvistió, se recostó en la cama e inmediatamente se durmió…

Hacia la una de la tarde la despertó la sirvienta e informó que había llegado el señor Artynov de visita. Se vistió rápidamente y se presentó ante el huésped. Un poco después llegó Su Alteza para agradecer la participación en el bazar de beneficencia. Él, mirándola con dulzura y masticando, besó su mano pidió permiso para volver otra vez y se fue, pero Anna permaneció anonadada, encantada, sin creer que había cambiado su vida, un sorprendente cambio, llegado tan pronto; y en este momento entró su marido, Modest Alekseich… Y ante ella permaneció con tal expresión de congraciarse con ella, dulce, servil y deferente, como ella estaba acostumbrada a verlo en presencia de los poderosos e importantes; y con arrebato, con indignación, con desprecio, ya completamente segura de que él no podría hacer otra cosa, ella dijo, pronunciando distintamente cada palabra:

-¡Hazte a un lado, imbécil!

Después de esto Anna no tuvo ni un solo día libre, puesto que tomaba parte ya en picnics, ya en paseos, ya en espectáculos. Regresaba a casa cada día en la madrugada  y se acostaba en la recepción en el suelo, y después contaba a todos tiernamente, cómo dormía bajo las flores. Necesitaba mucho dinero, pero ella ya no temía a Modest Alekseich y gastaba su dinero como si fuera propio; y no pedía, no exigía, simplemente le enviaba una cuenta o una nota: “Dar al portador 200 rublos” o bien “pagar inmediatamente 100 rublos.”

Por Pascua Modest Alekseich recibió la Orden de Anna de segunda clase. Cuando llegó a agradecer, Su Alteza puso a un lado su periódico y se arrellanó hasta el fondo de su sillón.

-Significa que usted tiene ahora tres Annas, – dijo, mirando sus blancas manos con uñas rosadas, – una en el pecho, dos en el cuello.

Modest Alekseich se llevó dos dedos a sus labios como precaución, a fin de no estallar en carcajadas, y dijo:

-Ahora queda esperar la aparición en el mundo de un pequeño Vladimir. ¿Podría atreverme a pedir a Su Alteza que actuara como padrino?

Él se refería a la medalla de Vladimir de cuarta clase e inclusive imaginaba, cómo platicaría a todo mundo de acerca de su juego palabras, la feliz ocurrencia de mente rápida y atrevimiento, y quería contar inclusive alguna ocurrencia, pero Su Alteza nuevamente volvió a su periódico e inclinó la cabeza…

Y Anna se deslizaba en la troika, iba con Artynov de cacería, tomaba parte en obras teatrales de un solo acto, cenaba fuera, y cada vez menos se aparecía con los suyos. Ellos cenaban todavía solos. Piotr Leontich bebía aún más intensamente que antes, no había dinero, y tuvieron que entregar hacía mucho la armónica para pagar deudas. Los muchachos no lo dejaban solo en la calle y hacían todo por él, para que no cayera otra vez; y cuando en tiempos de patinar en la Stariy-Kiev lo encontraba Anna  en en pareja, subida sobre un carruaje a lo lejos, con Artynov en lugar del cochero, Piotr Leontich se quitaba el sombrero de copa y se disponía a gritar algo, pero Petia y Andriusha lo tomaban de las manos y decían en tono de súplica:

-No hace falta, papito… Vamos, papaíto.

15.1.2015

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