Arthur_Rubinstein_1906

1-París, 1907

El verano había terminado, la temporada musical también, y el joven pianista Rubinstein todavía necesitaba dinero. Había llegado ahí gracias a su encanto y a su arte inmaduro, había hecho muchos amigos, había conocido cantantes muy de cerca, los nobles y los ricos lo recibían en su casa; tenía invitaciones permanentes para desayunar, comer y cenar, pero había que pagar alojamiento, ropa y el resto de sus gastos personales. Era un pianista talentoso viviendo al máximo la Belle Epoque y por encima de sus medios, pero tenía muchos amigos y barajeaba en su mente a quién pedirle los trescientos francos que necesitaba para regresar a Varsovia; allá en Polonia había menos competencia y quizá tendría oportunidad de dar algunos conciertos y hacerse de un poco de dinero.

Decidió que uno de sus anfitriones, el Conde Potocki, era el más indicado para prestarle esa suma; había sido recibido en su mansión para una cena con otros invitados distinguidos, y la buena recepción del Conde, las buenas maneras de la Condesa y la animada conversación a la mesa reforzaron su convicción de que él era el indicado. Lo había observado otro amigo suyo: Stanislav Rembielinski, un noble polaco en sus cincuentas que frecuentaba ese exilio permanente de la aristocracia polaca en París, desde que Napoleón se había anexado Polonia. Rubinstein estaba parado en la terraza dudando si acercarse al Conde Potocki en ese momento, aprovechando el buen humor después de la cena, cuando se le acercó Rembielinski, lo tomó del brazo y lo invitó a pasear por los jardines.

“Veo, joven amigo, que usted tiene intención de acercarse al Conde para pedirle algo. No puedo saber qué es, pero conociéndolo a usted –verá, París es pequeño, nuestra pequeña Polonia es aún más pequeña exiliada-, pienso que intenta pedirle dinero; yo fui también joven, también he tenido momentos difíciles. No lo haga, querido amigo, le ruego que no. El Conde lo quiere a usted, pero lo sabe inferior. No me lo tome a mal, él es un Conde y usted es un pianista joven, y no va a entender que usted, músico brillante, pueda estar en dificultades. Otra cosa sería si llega un amigo del Jockey Club y le pide diez mil francos para pagar una deuda de juego: el Conde se los prestaría sin pensarlo, porque es alguien que está a su nivel y entiende que deudas de juego son deudas de honor, pero él no va a entender que alguien como usted pueda estar en dificultades, él no va a sentir simpatía por usted, que es bienvenido aquí porque le da el lustre del arte a sus reuniones, algo que el dinero no puede comprar.”

“¿Quiere usted obtener simpatía? Busque a alguien que tenga sus mismos problemas, esa persona lo entenderá. Si se dirige a alguien diferente con la urgencia de -¿doscientos, quinientos francos?-, le dará a usted sus condolencias y un montón de palabras huecas, pero no lo ayudará. Permítame a mí, esta vez, porque sé lo que son sus problemas ayudarle. Mañana tendrá el dinero que necesita.”

Rubinstein consiguió el dinero y estuvo eternamente agradecido con Rembielinski durante el tiempo que tardó el tren en llegar a Varsovia; volvió a recordar la lección y a ese caballero de buen corazón en 1972, cuando escribió sus memorias; ahí registra que Rembielinski murió poco después, en Suiza, de tuberculosis.

2-Varsovia, Otoño de 1907

En Varsovia tenía muchos amigos, como los hizo en el mundo. Me platicaron mis maestros Carlos Vázquez y Joaquín Amparán que lo conocieron en México y que sucumbieron al magnetismo de su personalidad, y sería difícil mencionar alguna persona del medio musical en cualquier país que no tuviera su propia versión del encanto del maestro. Pero en aquella época tenía veinte años y todavía no era un maestro: era un compatriota polaco que tocaba bien el piano, era una promesa que traía el aura de éxitos en el lugar más importante, París. Los polacos y las varsovianas –las más bellas mujeres del mundo, según Rubinstein- lo recibieron como uno de la propia casa, se peleaban por su presencia y lo ayudaban a conseguir conciertos.

Musicalmente hablando, creció esos meses en la compañía de Karol Szymanowski y de Paul Kochanski, sus amigos de toda la vida; el primero era el compositor más importante del momento en la patria, el segundo era un violinista muy talentoso que murió de cáncer en su juventud y dejó a Rubinstein largos años recordándolo como el mejor amigo de su vida. También en Varsovia y en ese año, la buena música y la alta sociedad se mezclaban siempre y se confundían a veces, como en el caso de Szymanowski, que pertenecía a la nobleza terrateniente. Rubinstein vivió frecuentando cenas en las que se hablaba de buenos vinos, de comida y de cotilleo, pero también se hacía arte. Estaba tocando a su fin esa época relativamente larga –unos doscientos cincuenta años- en que la música era protegida e impulsada por la aristocracia: el que era noble tenía que saber de arte, tenía que interesarse en la música, tenía que proteger a los artistas.

Rubinstein disfrutó especialmente la hospitalidad de los Kohn, donde los señores lo querían como a un hijo y la hija Sophia lo quería como hermano. En las veladas en aquella casa Rubinstein volvió a encontrarse con el amor de su juventud, Pola Harman, de quien cuenta en sus memorias que cuando la visitaba furtivamente, cuando mantenían su relación, “hablaban, reían, se amaban, volvían a hablar, a reírse y a amarse… eso era el paraíso” y que tenía el encanto particular de estar casada. Se la encontró varias veces en casa de los Kohn, pero Pola se mostró fría, retirada, definitivamente opuesta a cualquier acercamiento. Preguntó a Sophia, no le supo dar razón, intuyó que entre mujeres se cuidaban y se guardaban secretos, y siguió con su angustia y su ignorancia por unos meses más.

Un día le presentaron a una belleza, Genia Chmielnik: alta, rubia, voluptuosa. Era la amante de un viejo conde polaco que la tenía viviendo en una suite de hotel, que su edad no le permitía atenderla como él hubiera querido y que se hacía de la vista gorda con los amantes que ella por su lado se conseguía. Uno de ellos era Federico Harman, amigo de Rubinstein, que necesitaba endosársela a alguien; organizó una cena para tres, después de un rato se excusó, y le dejó a Rubinstein las mieles del placer y las hieles de tratar con Genia; ella no podía ocultar su belleza ni su vulgaridad, empezó a sentir derechos sobre el joven impetuoso y todavía ignorante del alma humana, y lo buscaba en todas partes… incluyendo las cenas en casa de los Harman. Una noche Rubinstein cenaba amablemente con Frederic, su hermana Pola, su madre Magdalena y otros amigos, cuando llamó a la puerta Genia, preguntando por Rubinstein. Le pasaron el recado, mandó decir que no estaba el joven a quien buscaba, y Genia gritó desde la entrada “vayan y busquen en la recámara de pani Magdalena, seguramente está ahí”. Pani (señora) Magdalena enrojeció y se enfureció, mandó cerrar la puerta de una vez y miró con odio a su huésped. Tenía razón en odiarlo en ese momento, como tuvo razón en amarlo tiempo atrás; ella y Pola compartieron el amor del pianista, pero en momentos diferentes; eran tiempos liberales pero no de libertinaje.

Un día lo invitaron a ir a San Petersburgo a tocar para Alexandr Glazunov, compositor famoso e influyente, director del Conservatorio. Tuvieron que viajar por con un calendario muy ajustado, exactamente 24 horas para estar en la ciudad, porque en Rusia había una ley que impedía que los judíos residieran en las grandes ciudades, y si viajaban ahí tenía que ser con permiso y por tiempo limitado. Rubinstein cuenta en sus memorias que siempre que llegaba a Rusia tenía la sensación de estar entrando a una inmensa prisión, probablemente ayudado por los resentimientos polacos repartidos por mitad entre Rusia y Alemania. El concierto fue un éxito: la gente aplaudió, gritó, pateó, pidió encores. Después, en las oficinas de Glazunov, Rubinstein no podía quitarse la sonrisa del rostro, y dijo algo sobre la buena recepción que le había dado el público. “No se entusiasme demasiado, mi amigo. El público ruso así es, le gusta expresar sus emociones a gritos.” Fue una decepción saber esto, pero el pianista aprendió que hay que medir las reacciones del público de acuerdo al termómetro local; sin embargo esto se le olvidaba cada vez que iba a España, a Roma, a Rusia y a la ciudad de México, donde todo el mundo lo quería y lo recibía como si fuera héroe nacional; él se sentía en casa y se dejaba querer.

Un día recibió Rubinstein una carta –un billete, como se llama en la literatura de la época- que decía “Le aconsejo fuertemente abandonar la ciudad inmediatamente. Si insiste en quedarse, me encargaré de golpearlo en cualquier lugar que lo vea”. Estaba firmada por el Pan (señor) K., esposo de Pola Harman. La nota explicaba la conducta huraña de Pola cuando se veían con los Kohn, pero era una situación nueva para Rubinstein. A los 21 años, pianista prometedor, creía que podía acostarse con la mujer que quisiera, sin importar la condición de ella. Lamentablemente algunos maridos tomaban a mal ese espíritu tan libre y el marido de Pola resultó uno de ellos. Fue a consultar con Stalislav Rzewuski, el juez incontestable en cuestiones de honor; el asunto pertenecía a esta esfera, no a la de la moral, y el veredicto fue que la carta era una provocación a duelo. Discutieron y decidieron que un enviado de Rubinstein debería presentarse con Pan K. y decirle “Mi amigo Pan R. exige una disculpa por escrito a su carta insultante, o de lo contrario, lo reta a usted a un duelo. Los padrinos discutirán los detalles.” Y cuidaron los detalles: Rubinstein pudo juntar a un compositor y un terrateniente, Fitelberg y Jaroszynski, mientras que Pan K. solamente pudo presentar a un medio hermano –conocido en su casa y por sus vecinos- y a un entrenador de caballos de carrera. Acordaron el día y el lugar, y Rzewuski le instruyó en el manejo de la pistola: apuntar arriba, bajar lentamente la mano, disparar cuando tuviera en la mira la cabeza del enemigo. Los duelos pueden tener muchas salidas, usualmente dependientes del sentido del honor de los que pelean: mientras más fuerte el honor, más trágico el resultado. Así murieron Pushkin y Lermontov (los más grandes poetas rusos) y Galois (joven matemático francés), pero no Rubinstein: Pan K., después de todo, apreciaba más la vida que el honor manchado, y aceptó retractarse de su carta antes de disparar. Rubinstein se convirtió en el héroe y la comidilla de todo Varsovia; el padre de Pola (que probablemente no estaba enterado del affaire de su mujer con Rubinstein), miraba con orgullo a ese hijo adoptivo que le había dado una lección de honor al yerno que no quería, Pola se sintió amada por dos hombres que se batieron por ella, y Magdalena, su madre, empezó a sospechar que no era la única; exigió explicaciones a Rubinstein, quien le contestó lo que ella quería oír: más vale dulce engaño que verdad amarga.

Terminó la temporada, Rubinstein había ganado algún dinero con sus conciertos, y ya no tenía razón oficial para permanecer en Varsovia. Sus amigos celebraban los triunfos en París que él hubiera querido tener, y le preguntaban que cuándo se iba. En una y otra cena, el mismo comentario y la misma pregunta, qué haces aquí cuando París es el centro del mundo, cuándo te vas para allá. A principios de enero de 1908 anunció a sus amigos que regresaría a París. Todos se alegraron sinceramente por sus futuros éxitos, pero él partió de Varsovia con el ánimo sombrío.

3-Invierno en Berlín, 1908

Hoy podemos imaginar por qué escogió Rubinstein llegar Berlín y no Paris, pero entonces él no lo sabía. Estaba viviendo un engaño, al menos frente a sus amigos polacos: todos creían que en París había dejado detrás y esperando grandes éxitos, él sabía que no. Empezaba a asomarse a su vida la necesidad de trabajar el arte y no nada más disfrutarlo. El empresario M. Astruc le reclamaba su falta de seriedad y no tenía conciertos para ofrecerle; no le atraía la idea de vivir como Chopin dando lecciones de piano; no sabía que podría ir a hacer a París. Tampoco sabía qué haría en Berlín, pero decidió quedarse ahí. Cuenta que llegó una mañana de viento y lluviosa a la estación de Friedrichstraße y que se hospedó en el Hotel Bellevue, para estirar sus ahorros y poder vivir unos dos meses de ellos.

Empezó su estancia en Berlín con el ánimo indeciso, fruto de la falta de propósito y de confianza en sí mismo; íntimamente lo corroía la angustia de que como artista era muy poco lo que podía ofrecer en una ciudad en donde se habían presentado Busoni, Lhevinne y Godowski a tocar el piano. Su amiga, la cantante Emmmy Destinn lo recibió con los brazos abiertos, pero nada más: le presentó a su prometido, un hombre pequeñito, muy parecido a Napoleón en todo excepto en el genio; padeció el recuento de los recuerdos de Napoleón que el novio atesoraba en una habitación convertida en museo, miró con tristeza a Emmy (a quien creyó perdida para siempre) y no supo si reír o llorar ante la imagen que se formó de ellos dos, juntos, en la intimidad; ella gritaría “vive l’Empereur” en ciertos momentos, pensaba Rubinstein.

Asistieron a una gala de Carmen donde Destinn cantaba el rol principal; fue más un desfile militar que una gala de ópera, por la cantidad de militares que asistieron, por la desatención del Kaiser Guillermo II, por la pregunta fuera de lugar que le hizo el monarca a la cantante cuando se acercó a felicitarla después de la ópera (donde había cantado magníficamente): le preguntó por otra cantante que a él le interesaba, en vez de hablar de música. A su modo de ver, Rubinstein vio en esa gala y en ese Kaiser una premonición de lo que pasaría en Europa unos años después.

Lo visitó su hermana, que no se hospedó con él pero le ayudó con intensidad a disminuir sus reservas en pocas y ávidas semanas. Al final Artur le confesó que casi no le quedaba dinero, ella le regaló lo que le quedaba, lo abrazó, se fue y lo dejó de nuevo solo en Berlín. Un día lo invitó Ossip Gabrilowitsch a un concierto donde tocó a Schumann y a Chopin con ternura y perfección, como recuerda Artur. Al finalizar, el artista organizó una cena en un buen lugar, e invitó a todos a acompañarlo. Rubinstein se sentó junto a una pianista húngara que empezó a mirar con asombro el menú; Artur le dijo para tranquilizarla que seguramente Gabrolowitsch, que los había invitado, podría encargarse de ese detalle. “No, estamos invitados pero cada quien va a pagar su cuenta.” Ahora fue Rubinstein quien se asombró, dijo que iba a hablar por teléfono y le mandó decir al anfitrión con un mesero que asuntos urgentes le impedían quedarse.

Berlín podía ser muy alegre y también muy sombrío. Las calles bien cuidadas, iluminadas, solas y con el frío de invierno le hicieron ver a Rubinstein el despropósito de su vida actual: no tenía nada que hacer en París y tampoco tenía nada que hacer en Berlín, excepto pagar cuentas como la del hotel. Cuando regresó a su cuarto encontró una nota del dueño diciendo que tenía que liquidar el saldo, que ya no le servirían en el restaurante a menos que pagara en efectivo, que no era bien recibido con su piano y sin pagar el cuarto. Se deprimió aún más, y empezó una rutina de levantarse tarde, ir a un lugarcillo a tomar cualquier cosa para llenar el estómago, vagar por la ciudad, regresar, tocar tres notas en el piano, dormirse. Así todos los días, esperando que los amigos a quienes había telegrafiado le enviaran el dinero que les pedía con urgencia. Se había terminado la música, los amigos, las fiestas, el piano y todos los propósitos que había tenido hasta ahora, así fueran de corta duración. Vagaba sin rumbo por la ciudad, regresaba y se sentaba desganado al piano, se acostaba, se levantaba. Soñaba que era un hombre famoso, que liberaba a Polonia de rusos y de alemanes; otras veces era un gran compositor, a veces un gran pianista; despertaba y veía la mañana gris a través de su ventana, algo lo impulsaba a salir de su cuarto pero nada lo retenía en la calle.

Poco a poco fue perdiendo las ganas de vivir y ganando deseos de morir; poco a poco, como un gusano que carcomiera su alma y su corazón. Cuando estuvieron carcomidos, decidió poner fin a todo.

4-Suicidio en Berlín

Rubinstein cuenta, con el sentido del humor y la sabiduría y la distancia acumulada en 65 años más de vida, que hasta el suicidio presentaba problemas prácticos; finalmente decidió colgarse de un gancho que estaba en una pared de su cuarto, utilizando el cinto de su bata. Se subió a una silla, hizo un nudo alrededor del cuello, otro para sujetar el cinturón al gancho, y empujó la silla con sus pies. Por un momento estuvo colgado y vio por última vez su vida pasada y lo que lo hubiera tocado vivir, pero se rompió el cinturón y cayó al suelo; la visión última se interrumpió y apareció ante sus ojos la imagen de un joven talentoso, tirado en el suelo, incapaz de salir adelante con su música e inhábil inclusive para suicidarse. Todo le salía mal, era un fracasado: lloró de pena y de rabia, lloró su amargura por sus fracasos y por la imposibilidad de terminar con ellos. Lloró por lo que había hecho y por lo que no podía hacer, y mientras, arrastrándose y gateando por el suelo, se acercó a su piano, donde lloró sus penas en música: “mi amada música, la compañera querida de todas mis emociones, quien nos puede conducir a elevarnos, quien puede inflamarnos en amor y en pasión, quien puede suavizar nuestras penas y traer paz a nuestros corazones – tú eres aquella que, en ese día de ignominia, me trajo de vuelta a la vida.”

Se sintió aliviado, aligerado de la carga que había venido arrastrando y echándose encima, piedra por piedra, en los últimos dos años. No sabía lo que iba a hacer, pero se había quitado de encima sus miedos, su desesperación, su odio a sí mismo y sus resentimientos. De todas las almas que conocía, estuvo con él, en ese día, el alma de la música.

Rubinstein reconoció un nuevo mundo cuando salió a la calle: se veían diferentes las personas que pasaban, los árboles, los perros y los tranvías. El mundo era el mismo, pero él lo veía de manera diferente. Nos cuenta que esa fue su hora negra, pero que a partir de ese suicidio incompleto nació otra persona, que había descubierto el secreto de la felicidad y que lo atesoró durante muchos años más: amar la vida, para bien y para mal, sin condiciones.

5-México, 2011

Rubinstein había nacido en 1887 y murió en Suiza el 20 de diciembre de 1982. Genio y figura, hasta la sepultura: no murió en medio de su familia sino en brazos de su secretaria, una de las mujeres que amó y que le correspondió. Annabelle Whitestone había sido su asistente durante varios años, lo atendía cuando vivían en Nueva York, y finalmente decidieron irse los dos solos a vivir a Ginebra. Probablemente fue una de las mujeres que más lo amó, puesto que estuvo con él cuando era una sombra del hombre que quiso suicidarse en Berlín, viejo, ciego, sin dar conciertos y necesitado de ayuda permanente.

Rubinstein empezó a escribir sus memorias en 1973 y formó dos volúmenes: My young years y My many years, publicados por Alfred Knopf, Nueva York, 1973 y 1980. El pianista cuenta que hacia 1920 el editor Alfred Knopf le había dado un adelanto por sus memorias, pero como tantas cosas que se leen entre líneas en sus memorias, las aventuras vividas le hicieron olvidar el encargo durante 50 años. Al final, caballero que cumple su palabra, le ofreció la publicación a la casa Knopf cuando las hubo escrito. El primer volumen ha sido publicado en español por la Universidad Veracruzana, en una traducción fiel de Jorge Brash; el título es Mis años de juventud. Los hechos narrados aquí están tomados principalmente de estas memorias, volumen primero, capítulos 43 al 45.

La imagen que tenemos de él es la adecuada para despertar envidias. Así me narraba un episodio el maestro Amparán: “vino a México a dar unos conciertos, acompañado por una mujer que no era su esposa, y se alojaban juntos en el hotel, así…, así… ¡como marido y mujer!” y el maestro levantaba la mano cerrada y quería mostrarme una expresión austera y reprobatoria, pero lo traicionaba la envidia que yo adivinaba en sus ojos. Más allá del bien y del mal, Rubinstein nos confesó que no siempre fue así: hubo una época en que no tenía oficio ni beneficio ni lugar donde más valiera, quiso suicidarse y falló, pero este fracaso extremo le enseñó a amar la vida sin condiciones.

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