Al emperador se le habían adormecido los sentidos desde que perdió al ministro Lü Buwei: no había en el vasto reino un hombre digno de hacerle frente, y los reinos lejanos que harían más vasto el suyo, conquistándolos, eran paseos en que sus ejércitos ya no descargaban la ira después de una batalla, nada más destruían, robaban y mataban celebrando victorias obtenidas sin espada. Escogió generales, ya no quería ministros; los enviaba a realizar conquistas lejanas pero escuchaba sus conversaciones, por el oído fiel de los espías, como si estuvieran con él. Había llegado a la edad que entendía las ventajas de escuchar más de lo que se habla; no había llegado el tiempo para que su mano guiara el pincel, pero en ese oído que diariamente escuchaba noticias y hazañas había cosechado un lugar para música.

Tenía junto a él, para ahuyentar el vacío creado en su pecho por tanto poder, a Gao Jianli, su voz, sus cítaras y sus flautas; llenaba sus mañanas con las melodías de una cuerda y conciliaba el sueño oyendo silbar a la flauta. En esas canciones podía ver su infancia y su madre en aquellas, y las victorias que al fin terminó por conseguir sabían mejor en voz de Gao que en versos de poetas pagados y en la noticia fresca de los militares; el músico podía engrandecerlas o anularlas, podía vestirlas de gloria o hacerlas mirar como un acto indigno; las conquistas eran más grandes en aquella voz que cuando no eran conquistas sino nada más planes.

No tenía que pagarle, lo había hecho una vez y para siempre, al perdonarle la vida. Supo, después de años, que aquel asesino que obtuvo la merced de postrarse a menos de diez pasos había tenido un cómplice; supo que el cómplice vivía; supo que cantaba y tocaba cualquier instrumento; supo que había dejado de cantar. Pero un ministro le había contado que para algunos hombres la voz de la música era tan fuerte como para otros la de una batalla; ni uno ni otro pueden vivir sin seguir esa voz. Si Gao había cantado tan hondo como para guiar los pasos de aquel asesino, Gao volvería a cantar y se descubriría por su canto.

Cuando quedó solo, Gao prefirió la vida y no el canto; calló y se empleó como mayordomo en una casa noble. Atendía a los señores, sus huéspedes, los servía y cuidaba que la mesa estuviera a la altura de la dignidad del patrón. Venían visitas y a veces los acompañaba algún artista, que lo ponían melancólico por el arte no practicado, y que luego de oírlos un rato terminaba por detestarlos, por hacer mal lo que él podía hacer mejor. El señor detectaba su ceño fruncido y preguntaba el motivo; Gao hacía olvidar con atenciones la indiscreta pregunta. La música siguió siendo mala y se convirtió en tormento: el humor de Gao se hizo insoportable y se quejaron los sirvientes con el amo; éste, observando y recordando los diferentes ceños, con música y sin ella, un día le preguntó si no le parecían los festejos; contestó que esa música era despreciable, no sabían afinar la voz ni templar el instrumento. Retado a probar sus palabras, tomó primero la flauta y luego la cítara, y de ahí sacó voces que nunca habían sido oídas, donde los hombres recordaron amores pasados y las mujeres imaginaron los amores que todavía no llegaban. Gao dejó de ser mayordomo y tocaba en las fiestas de su amo; era llevado a otras casas donde era lucido, escuchado, y alabado.

Llegó la voz de su canto a los espías del emperador; le informaron y fueron ordenados de apresar al músico. Al monarca se le habían terminado los reinos por conquistar, escuchó lo que ya sabía del prisionero y pidió oír lo que nunca había escuchado; le acercaron sus instrumentos y lo hicieron tocar. El palacio se llenó de sonidos que nunca había sido oídos: estaban ahí los murmullos de consejeros, los gritos de amor, los gritos desgarrados de quien siente rasgada su carne por hierro, los vítores de generales y el susurro de los eunucos;  Gao Jianli podía hacer cantar los instrumentos con voces mejores que las de un ruiseñor y podían llenar de nostalgia y de llanto el alma de un guerrero. El mayor guerrero, el guerrero sentado, lloró como niño y no se avergonzó de su llanto, quiso que esas cuerdas y los bambúes de donde salían susurros del bosque lo siguieran acompañando. El músico serviría al monarca, el músico sería cegado para que no viera en el rostro del emperador el efecto de su canto, para que viviera nada más de oír y cantar, para que nunca huyera.

Qin Shinhuang aprendió a escuchar, a distinguir entre una cuerda punteada, rasgueada y golpeada, a identificar como diferentes la flauta común y el paoxiao, a apreciar la voz del guerrero y la amada, a recordar lo que había hecho y soñar con que recordaría para siempre; llegaba a olvidar su búsqueda de inmortalidad cuando sentía que flotaba en el sonido de esas canciones. Un día preguntó a Gao Jianli si la música podría ayudar a vivir más, pero nada más escuchó la prudente respuesta de que lo ayudaría a vivir mejor; reflexionó que no sabía la cuenta de sus días pero sus decisiones eran más sabias, sus amores más placenteros, su vida ahora estaba llena de sonidos que colmaban el vacío dejado por el mucho poder. Ordenó que Gao Jianli pudiera tocar para él a diez pasos, contra la opinión de sus ministros; la música se asentó en su sangre y sus huesos y la quiso tener aún más cerca, dictó que cinco pasos serían suficientes y finalmente, que el músico podría tocar la alfombra en donde él se sentaba. Los ministros protestaron y lograron, al menos, colocar una espada a diez pasos.

Gao Jianli continuó tocando y convenció con su canto a Chin Shinhuang que podía entender el enigma de una mujer, las razones de su propio miedo ancestral y los secretos de una larga vida. Junto a él, el emperador se sentía relajado y suavizaba el castigo; los generales que no regresaban con buenas noticias pagaban fortunas para saber en qué momento estaría acompañado de música, y quienes buscaban favores trataban de acercarse a Gao para que usara una flauta, no un tambor, antes de que ellos llegaran.

El músico era bien atendido y llevaba ropajes de colores que ya no vería; le permitieron la compañía de una mujer, que alguna vez le preguntó por su origen; no la habían mandado a espiar, lo supo por su tono de voz y por el olor de su cuerpo. Gao pensó que su propio canto le recordaba su lejana tierra de Yan, y se despreció por servir al tirano que había exterminado a su pueblo. Podía renunciar a su canto, pero sería ejecutado y moriría con la deshonra de haber llenado con los sonidos más dulces el mismo recinto donde se decidió la suerte de sus padres, hermanos y amigos; pensó que él, con su canto y las voces del viento en otoño cuando juega a crear fantasmas con las hojas caídas de árboles, podrían adormecer al emperador y a sus guardias lo suficiente para poder atacarlo.

Pacientemente, en paseos que hacía en los jardines, fue recogiendo piedras que encontraba su bastón de ciego y él escondía en el fondo de un instrumento. Había pensado en colocar una hoja de cuchillo dentro de una flauta, también en un hierro afilado dentro de la flauta; desechó la idea por el problema para obtenerlos y porque sería imposible que la flauta sonara como flauta con tal obstáculo dentro de ella; finalmente se decidió por las piedras y el golpe bruto, con la esperanza de que fuera en la cabeza.

Durante muchos meses tocó y cantó para las ceremonias y las soledades del emperador; llegó a conocer sus estados de ánimo por la forma en que respiraba y la manera en que sus brazos frotaban su atuendo, supo si un mensajero llegaba con buenas o malas noticias por su andar, conoció antes que el emperador mismo cuándo iba a condenar a un ministro. Ensayó su oído en ubicar al monarca; con paciencia se acercaba, conforme pasaban los meses, a la alfombra del emperador; con esperanza tentó su paciencia disminuyendo la brecha, que había sido establecida de siglos y guardada en el Libro de Ritos. Un año entero consumió en acercarse, y sus noches empleadas en imaginar el arma; la noche perpetua de sus días le permitía ignorar las horas de sueño y hacerlo todo en la oscuridad de su cuarto. Señaló como día el siguiente a una fiesta; el monarca estaría cansado de comer, beber y amar y pediría música dulce para recordar los buenos momentos de ayer y olvidar los malestares de hoy. En el camino esquivó a un criado que iba corriendo; era uno solo y se dirigía a otro lugar, no representaba un problema. Al llegar a la sala de audiencias escuchó una respiración desconocida; se detuvo un momento a vestir la figura con las ropas de su olor, también nuevo. El jefe de guardias, que conocía al músico, ordenó al que respiraba diferente abrir el paso. Contando uno más de los pasos avanzó el ciego, se sentó, preparó sus instrumentos y pidió permiso para un canto de amores, que trajo a la memoria de todos la primera mujer, que para algunos era lejana, para otros olvidada, para unos pocos llorada y para todos, ahora que oían a Gao Jianli, era como si la tuvieran enfrente, mirando sus rostros de cerca y acariciando la nariz con el vuelo de sus pestañas. Después la flauta sonó y ayudó a esos pechos, que no temblaban ante una batalla, a lavar las heridas que dejó el primer amor. Tomó luego la cítara, la grande, aquella cargada con piedras; quiso tocar para el sueño, pero ni las cuerdas punteadas ni las rasgadas respondían con el tono que tenían otras veces, parecía un chasquido de la garganta en vez del rasgueo, era el ruido de un látigo cuando las punteaba. Despertó el emperador de su sopor, malhumorado, porque en vez de un canto que lo hiciera olvidar estaba escuchando ruidos que retumbaban en sus articulaciones y le recordaban los excesos de ayer; preguntó qué pasaba, ordenó que la música volviera a sonar. Gao Jianli, imaginando perder la esperanza y sintiendo y creyendo que podía todavía aprovechar la oportunidad, ya convertida en alarma, se levantó y tomó su instrumento; guiado por el oído y los gruñidos del monarca, se dirigió a él y descargó un golpe. El emperador tenía entreabiertos los ojos y había alcanzado a ver que el músico venía a él, más cerca que nadie en toda su vida, excepto las mujeres que le recordaban los cantos; lanzó un grito de alarma y alcanzó a esquivar el golpe. La cítara se estrelló contra las rodillas, se volvió inútil para cualquier combate y un golpe del jefe de guardia enterró la esperanza en la carne del músico.

El emperador no quiso que lo descuartizaran ni que exhibieran su cabeza montada sobre una estaca; malo sería que todo el mundo supiera que era posible llegar hasta él, pero peor sería robar el recuerdo que tenía de su canto, que ahora que lo había perdido, supo que era lo único que lo hacía sonreír. Guerrero de toda la vida, supo apreciar el valor, y ordenó enterrar a Gao Jianli en el jardín.

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