Good Kill (2014), dirigida por Andrew Niccol
Protagonizada por Ethan Hawke y January Jones

El tema elegido por el director es difícil, casi escabroso (matar al otro lado del mundo con oprimir un botón), y puede presentar una opción para una película muy superficial o muy profunda e interesante; la intención fue aparentemente lo segundo, pero se consiguió solo a medias.

Major Thomas Egan (Ethan Hawke) es un ex-piloto de F16 que ahora está encerrado en una caja del tamaño de un contenedor de trailer en algún desierto de Nevada. Esa caja, alineada perfectamente en el piso junto a otras muchas, contiene los aparatos necesarios para que el Major controle uno de los drones que están desplegados en los cielos de diversos países asiáticos, señalados por la inteligencia norteamericana como enemigos del país. Él y su equipo (un asistente, más otros dos oficiales de reserva) transcurren sus horas de trabaja jugando a una especie de Flight Simulator, con la diferencia de que el aparato que  controlan es real y las aldeas y mercados donde envían sus proyectiles están habitados por gente de carne y hueso.

No se trata de una gran sala donde hay cientos de operadores de drones, sino de una instalación militar en donde hay decenas de contenedores en donde cada uno de ellos alberga a su equipo y sus operadores; los contenedores, aislados entre sí, sirven para que la información de dónde estuvo el dron de cada quien ese día, a cuántos mató, cuántas víctimas colaterales hubo, no se disperse entre los operadores; todos ellos tienen un compromiso con todos, absolutamente con todos los ajenos a su equipo, de no comentar ningún detalle.

La película presenta tres planos: la actuación del Major y su equipo bajo las órdenes directas de los militares, ellos mismos ejecutando órdenes del a CIA, y la desintegración de la persona del Major.

Cuando es el mismo ejército quien les da las órdenes, hay al menos una mínima preocupación por disminuir el número de víctimas inocentes, “whatever that means”, frase pronunciada varias veces en la película. El superior de ese equipo, teniente coronel Jack Johns (interpretado por Bruce Greenwod) no está muy convencido de lo que hacen, pero cumple las órdenes sin cuestionar mucho, solamente deja escapar de vez en cuando dudas sobre los objetivos a destruir y los métodos empleados. Transmite las órdenes recibidas y procura mantener la coherencia del equipo, que puede romperse por muchas razones. Desde la perspectiva de Thomas Egan, está ahí contra su voluntad y preferiría pilotear de nuevo un F16; su ayudante no cuida mucho las formas y pregunta abiertamente si las órdenes son correctas, si son moralmente correctas. Los otros dos están felices de matar combatientes y civiles localizados a 10,000 km de Nevada, porque les resulta cómodo aceptar sin cuestionar las órdenes superiores y prefieren matar “bad guys” con tal de salvar las vidas de inocentes norteamericanos.

A mitad de la película llegan las ordenes de trabajar ahora por Christians In Action, también llamada la CIA. El mismo teniente coronel recibe la orden con sorpresa y con molestia, pero dentro de la organización militar se les ha entrenado mucho el pensamiento en el arte de matar, no en el arte de cuestionar; dice que órdenes son órdenes y hay que seguirlas. En varios incidentes, con pocas variaciones, se da la misma historia: las fuentes de la CIA han identificado a un enemigo y tienen “inteligencia creíble” que estará tal día a tal hora en tal lugar; el dron es posicionado en el cielo sobre el lugar señalado, miran con las cámaras que tiene instaladas el aparato las imágenes que proyecta en sus computadoras, advierten que junto al combatiente hay otras personas no identificadas como combatientes, por ejemplo mujeres y niños, y tanto Egan como su ayudante cuestionan lo ético de bombardear el lugar, pero las órdenes de Langley son claras, determinantes y hay dos caminos: obedecerlas o rebelarse. Envían el proyectil, explota la bomba y después, si llegan otras personas a levantar los escombros y tratar de auxiliar los heridos y recoger los cadáveres, una nueva orden dice que hay que eliminar también a esos.

Al Major le hace crisis todo: las órdenes que recibe, la nostalgia por pilotear un F16, la relación perdida por el silencio que tiene con su esposa, el alejamiento de todo. Es un piloto que mata a distancia, sin sentir la adrenalina del peligro, quizá sin conceder a sus enemigos el antiguo código de guerra, que les daba a ellos la oportunidad de defenderse y de contraatacar. Poco a poco se sume en la bebida y en el silencio, a un grado tal que la esposa le reclama en uno de sus monólogos de ella, que él ni siquiera maldice.

Puede verse la película como un cuestionamiento de la manera en que EEUU enfrenta la guerra moderna, matando a distancia y sin arriesgar a sus hombres; también como una crítica al hecho de que sin tantos miramientos acepten los jefes que esas acciones matan a enemigos sobre los cuales no tienen una certeza sino una probabilidad de que sean efectivamente enemigos, y que acepten que junto con ellos, desgraciadamente, han de perder la vida los que estaban junto a la víctima designada. Uno de los objetivos señalados por la CIA es un mercado, en donde una docena de personas está a plena vista, parados y platicando en la calle; un miembro de esa pequeña comunidad ha sido señalado y junto con él, los otros once.

La escena final es una especie de vindicación personal de Egan, puesto que se encierra en su minibunker y por propia iniciativa bombardea a un hombre al que en repetidas ocasiones lo vieron violando a la misma mujer. Usa las maravillas de la tecnología militar moderna para ejecutar una pequeña venganza, algo de justicia, y para dejar salir su propio resentimiento.

El tema de la película es muy interesante, y las actuaciones son buenas, a secas. Por ejemplo, no se ve una transformación del Major Egan, es aproximadamente la misma cara abstraída, distraída en sus pensamientos, la que se presenta de principio a fin. El mismo silencio en que se rodea el personaje juega contra el actor, porque al espectador solamente le queda su actuación para imaginar el cambio y la desintegración interna; se ve y se intuye por lo que hace, pero no por la actuación.

Good Kill está ralativamente bien juzgada en Metacritic y en Rottentomatoes.

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