Hace muchos años Donald Knuth acuñó la frase Global Village para referirse al mundo moderno, comunicado en todas partes por el internet y convertido en una aldea global. Entre las muchas consecuencias del internet, examinaré aquí algunas relacionadas con la democracia.

Es dogma que en los países democráticos, cada uno maneja internamente sus asuntos de gobierno: partidos políticos, candidatos, elecciones; todo ello en un ejercicio soberano, sin interferencia extranjera. Sin embargo, los países fuertes siempre han tratado de influir en los gobiernos ajenos. En los últimos setenta años, quienes se distinguieron más fueron Estados Unidos y la URSS, organizando revoluciones, golpes de estado e imponiendo gobiernos. La URSS mantuvo su control a Europa del Este durante 45 años, suprimió con la fuerza el levantamiento popular de Hungría en 1956. La historia de EEUU como intervencionista es más vieja: las repúblicas bananeras de Centroamérica, el golpe de estado en Chile en 1973, muchos de los movimientos armados en México, que ingresaban al país por la frontera norte y financiados por los norteamericanos. Todavía en 2014 enviaron sus asesores a Ucrania, el benemérito Director de la CIA visitó el país, se organizó un movimiento para tumbar un gobierno pro-ruso y poner en su lugar uno pro-occidental. En vista de que en Ucrania cambiaron a un ladrón por un billonario, que el país sigue dando tumbos y de que no se ve mejoría, hay poco sustento en las pretensiones democráticas, tanto del anterior gobierno como del presente, y en la intromisión en los asuntos del país, tanto por parte de los rusos como de los norteamericanos.

Estos ejemplos muestran que inclusive en este mundo tan comunicado, es iluso suponer que los países poderosos se abstengan de inmiscuirse en asuntos ajenos por cumplir las reglas de etiqueta internacional. Pero hoy en día los levantamientos armados y los golpes de estado están pasado de moda y hay que buscar maneras más sutiles de intervención. El caso más novedoso es la teoría de la injerencia rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas, que como ya he analizado en otro artículo, era un paso natural para alguien en la posición de Putin, deseoso de perjudicar a los Estados Unidos sembrando el desconcierto por haber elegido y ahora padecer a un niño caprichudo como presidente. Esta teoría será muy difícil de comprobar fehacientemente, a todo lo que llegarán será a evidencias de que los rusos metieron la mano en una forma difícil de cuantificar y todavía más difícil de medir en su impacto real.

Esta expuesta retaguardia de la democracia no es descubrimiento de Putin, los partidos políticos se le adelantaron, y tiene que ver con la trivialización del acto democrático: no gana el mejor candidato, el pueblo no expresa su voluntad sino es manipulado, las elecciones no se ganan con ideas sino con slogans, imagen y una buena campaña. Yo creo que todo parte de la quimera de pretender que el pueblo exprese su voluntad. De qué manera, con qué criterios, y un sinfín de preguntas relevantes han encontrado una respuesta muy parcial en la democracia de cualquier país, y el asunto se resume en que existen reglas del juego, que en muchos países están basadas en injusticias y desigualdades. En EEUU no es el voto directo sino a través del Colegio Electoral, anacrónica institución que data de 1800; en México las reglas las inventan los actuales partidos políticos en su beneficio: para conservar en sus manos el poder y el dinero de las campañas.

En la lucha de los partidos políticos por tapar estas incongruencias, los ayuda la multitud, el hombre convertido en manada que pierde ahí sus atributos de raciocinio y se mueve por instintos, impulsos y emociones, que es impermeable al análisis profundo y muy sensible a la imagen, al slogan, y a la repetición. Probablemente razonaron los partidos de esta manera: tenemos que convencer a una multitud, no a un individuo; desarrollemos y aprovechemos herramientas adecuadas para la multitud, y dejemos que los eruditos se devanen el seso explicando por qué perdieron.

Esta característica de las multitudes (guiarse por las emociones, no por el razonamiento) es tan vieja como el hombre, pero la aldea global de Knuth  ha venido a empeorar las cosas. En internet puede encontrarse información de calidad, contamos con la maravillosa Wikipedia, existe periódicos de gran nivel como New York Times, Washington Post, El País, The Guardian; cualquiera que quiera estudiar un tema con cierto nivel puede recurrir a ellos. Pero también está Twitter, Facebook, Instagram y muchos otros medios que convierten la brevedad, la imagen y la novedad en virtudes máximas. El hombre moderno, principalmente el joven, se encuentra puesto a elegir entre el mundo fácil y accesible de Twitter y Facebook o el mundo del análisis, el razonamiento, la duda. Naturalmente, la multitud sigue el camino del menor esfuerzo y no existe comparación entre los usuarios de Twitter y los de la Wikipedia. Hoy en día, el presidente de EEUU empieza a fastidiar a la humanidad a las 5:59 AM con sus comentarios estúpidos, mal redactados y peor fundamentados, y esos minimensajes ayudan a dimensionar el cerebro ideal del hombre moderno: que le quepan 140 caracteres, no más, para qué. Padecemos a Trump después de su elección, pero twitter y Facebook también participaron durante la elección.

El dicho la información es poder es tan viejo que aburre repetirlo; una versión más moderna, que todavía no cansa, es la desinformación es poder. El término “medio masivo de comunicación” se ha utilizado para referirse a un medio al alcance de muchas personas, como la radio, tv y prensa escrita, que vivieron un tiempo sin internet y ahora se extienden a él. Pero tenemos también los medios electrónicos puros, como Facebook, twitter, Instagram, youtube y los miles de blogs que pueden vivir con el esfuerzo de una sola persona. La gran diferencia entre el primer y el segundo grupo es que la prensa tradicional está hecha por un grupo de profesionales que decide quién puede y quién no puede salir en tv, en la radio, o escribir en el periódico. El segundo grupo es como el periódico mural de la prepa: todo mundo puede publicar lo que se le antoje. El primer grupo tiene exigencias mínimas de calidad, el segundo no tiene prácticamente ninguna. En el New York Times escriben premios Nobel, en Facebook y twitter pueden escribir el alumno más retrasado de la prepa, el más ignorante de los cholos de la colonia, y Trump.

La segunda característica importante del segundo grupo es la brevedad del mensaje, cuyo epítome son los 140 caracteres de un tweet. Este grupo es adecuado para el minimensaje, que puede ser difundido instantáneamente, repetido las veces que se quiera, que por su brevedad resulta atractivo para quien dispone de poco tiempo, es decir casi todo el mundo. El mensaje es la mayoría de las veces trivial e inexacto, pero así ha contribuido a formar la mente de los electores, ha ayudado a trivializarla.

Hace mucho que los políticos descubrieron el poder del slogan y la imagen, ahora sus asesores han encontrado en twitter y en fb un nuevo conducto en donde no hay que difundir un gran contenido (ni siquiera hace falta que sea cierto), sino uno mínimo, muchísimas veces, por muchísimos canales. La repetición abrumadora del mensaje sustituye al contenido y a la verdad. Hace unos años, los mexicanos éramos vulnerables al acarreo, a la torta y al refresco; ahora todo el mundo que tiene cuenta de tweeter o fb es vulnerable al alud de noticias que llegan de los sitios más oscuros y anti-colegiados del planeta, de algo así como el completo opuesto al New York Times. Esta enorme debilidad de la democracia moderna puede ser aprovechada por cualquiera que tenga los recursos para pagar un ejército de desinformadores.

Antier salió en The Washington Post el artículo A Mexican presidential candidate is getting an unexpected boost from Trump — and Putin[1] que expone una idea vieja (los ataques de Trump a los mexicanos ayudan a López Obrador, candidato nacionalista) y una nueva, que Putin también va a colaborar con AMLO, porque le conviene tener en México un presidente abiertamente opuesto a los EEUU, que rompería una tradición de colaboración entre los dos países. Según H.R.McMaster, asesor en Seguridad Nacional de Trump, Putin prepara una campaña semejante a la que llevó a cabo en las elecciones de 2016, ahora para apoyar a AMLO. El artículo no da mayores detalles, pero es una hipótesis plausible, que un país tan lejano como Rusia quiera generarle problemas a Estados Unidos, esta vez utilizando a los mexicanos.

Lo preocupante del caso es que se trata de una posibilidad real, no es algo teórico: se contrata un ejército de difundidores de “noticias” en internet, se escarba en las vidas privadas de los candidatos, aparecen cadáveres en el closet de los candidatos incómodos y se difunden esas noticias –o se inventan las que haga falta- en el momento adecuado. Nada de esto va a mejorar el nivel de nuestra discusión política, sino que va a atacar este flanco abierto en el ejercicio de nuestra democracia, su trivialización.

[1] https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2018/01/11/a-mexican-presidential-candidate-is-getting-an-unexpected-boost-from-trump-and-putin/?hpid=hp_no-name_opinion-card-e%3Ahomepage%2Fstory&utm_term=.06fa8c41e741

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