“De modo que éste es el poeta, yo lo imaginaba más alto” pensó el Zar Nicolás I cuando introdujeron a Pushkin en su despacho, una mañana de Septiembre de 1826. Ya habían consagrado sus dos apellidos, Romanov y Pushkin, una enemistad que traspasó las generaciones; posiblemente no era sino la mutua desconfianza que existe desde siempre entre el poder y el sojuzgado, más grande mientras mayor es el poder y más reflexiona el sojuzgado, y el mayor, el peor de los casos, cuando el de abajo es un poeta. “No sé por qué estos nobles no siguen su camino natural, el que Dios les ha señalado” pensaba el zar con voz divina; se quejaba internamente de que, pudiendo transcurrir plácidamente la mayor parte de su vida, y quizá cubriéndose de gloria cuando la Corona los llamara, algunos nobles preferían saber más que él mismo, el Zar, señalado por Dios para conducir los destinos de Rusia. “Hoy voy a conocer por qué mi hermano lo desterró y decidiré si lo envío a Siberia o le permito vivir en San Petersburgo.” Hinchó el pecho, sumió el estómago, adoptó la actitud de un general pasando revista a sus soldados, y miró hacia la puerta por donde entraba el poeta.

Pushkin cargaba con cuatro días de viaje y la noche anterior sin sueño; cansado, sucio y lleno del barro y polvo del camino, unos cientos de kilómetros desde Pskov hasta la capital que habían hecho de prisa porque el zar lo había convocado; cierto, él mismo había dirigido una carta a Nicolás I, en la esperanza de que fuera más benigno que su difunto hermano Alejandro, el autor de su destierro, pero no era propio de ningún súbdito del zar pedir audiencia, era prerrogativa del zar convocar a quien quisiera y cuando lo considerara conveniente. Pushkin sabía solamente que alguna piedra había sacudido el avispero y que por eso lo llamaban; no porque él lo hubiera pedido, no porque quisieran discutir su petición de perdón, sino porque lo querían llamar a cuentas por algo. ¿Qué podría ser? Casi cualquier palabra, casi cualquier verso; hasta las que no eran palabras suyas, en esa enorme prisión en que el zar quería convertir a su país, con policías secretos en todo el imperio y con informantes potenciales a sueldo, a miedo, a venganza o a interés en cualquier persona. Podían recordar ahora sus versos licenciosos, blasfemos, irrespetuosos, demasiado alegres o sencillamente incomprensibles para la censura y estar ahí, esperando en el despacho del zar, para servir como prueba de su culpabilidad; podría ser que alguna amante de años pasados resultara pariente de algún poderoso de hoy, o fuera amante en turno de cualquier jefe de policía, y le hubiera pedido al policía que le recitara algún verso al oído; podía ser cualquier cosa.

Por ejemplo, Olga Petrovna Kern, la belleza que tuvo cerca, en la propiedad que Mme. Ossipova tenía en Trigorskoe, cerca de la suya donde había sido desterrado. Llevaba ya tres o cuatro años en el destierro, sintiendo que languidecía, se aburría, se enfermaba, se desesperaba porque no podía estar en contacto con la verdadera vida, la vida de la capital. ¿Qué puede uno platicar con una viuda rodeada de hijas jóvenes enterradas todas en una provincia lejana? Nada, lo único que se puede hacer es deslumbrar con la magia de sus palabras, apelar a ese disposición natural en las mujeres a buscar la belleza en los lugares que los hombres, vanidosos y estúpidos, observantes nada más del talle, el busto y de los labios, podrían nunca imaginar: en las palabras. Pushkin no era sino un noble pobre, un pobre noble porque además nunca se había podido llevar bien con su padre, y porque juntando los talentos administrativos de uno y de otro se encontraba el camino seguro a la destrucción de cualquier patrimonio. Era fuerte pero no era muy alto, su piel era morena y sus labios gruesos; tenía una belleza extraña, que venía desde su antepasado Aníbal, que fue entregado como esclavo a Pedro I, le tomó cariño y lo elevó a la nobleza. Pushkin era medio negro y medio ruso, una mezcla extraña, con un temperamento rebelde y de fuego, que inflamó los corazones de todas las mujeres con sus palabras, y el cuerpo de muchas mujeres con sus caricias.

Podrían ser también algunos de sus versos anteriores, porque los rusos, principalmente los aristócratas, tomaban en serio el dicho “no tendrás otro amante además de mí” pero no es preocupaban mucho por el pasado. En cambio toda Rusia, los policías por su oficio y el resto de la población por su miedo, temían las palabras. Muchos años antes, le parecía a Pushkin que así habían sido sus años de destierro, fue proscrito de la capital por algunos versos. Cierto que podía haber sido peor su suerte, como pasó con su amigo el poeta Ryelyev, que fue fusilado por haberse levantado en armas, inoportunamente, en favor del Gran Duque Constantino, quien no tenía ningún interés en gobernar. La mayor parte de los conspiradores en aquel reciente Diciembre, los Decembristas, fueron exiliados de por vida o por veinte años a Siberia, y en Rusia no se necesitaba participar en ningún levantamiento armado para ser desterrado; también esa suerte pudo haber sido la suya. Alejandro I simplemente lo desterró a Mijailovskoe, la propiedad familiar que estaba cerca de Pskov, y le encargó al gobernador de la plaza que tuviera un ojo atento en el poeta. Pushkin se aburría y seducía mujeres; por ratos se acordaba de que ante todo era un poeta y escribía, y de esas veladas en solitario, encerrado en esa casa y viendo una llanura blanca en todas las direcciones, surgieron poemas de amor, reflexiones, una buena parte Evgeniy Oneguin, su obra más grande, y el drama Boris Godunov. El poeta pensaba que podría invocar este último trabajo, escrito en un lenguaje neutro para la censura y tocando temas que eran queridos para el alma rusa: el zar al que la leyenda lo convierte en asesino, el que había seguido a Iván el Terrible, el que murió víctima de sus pecados; Rusia estaría siempre feliz juzgando los pecados y la desgracia ajenas. ¿Sus versos de amor? Oh, ese es un tema difícil, habría que averiguar primero si el censor ha estado alguna vez enamorado; viéndolo de otra manera, ¿qué clase de individuo puede ser alguien a cargo de la censura, alguien quien por oficio tiene que leer la correspondencia ajena? ¿Podrá esta persona entender el amor y la renunciación que van juntos en los versos

Я вас любил безмолвно, безнадежно,
То робостью, то ревностью томим;
Я вас любил так искренно, так нежно,
Как дай вам Бог любимой быть другим.
Te he amado en silencio, sin esperanza,
Hoy tímido, hoy celoso;
Te he amado tan sincero, tan tiernamente,
Como Dios te permita ser amada por otros.

y no interpretarlos como la expresión de un libertino hipócrita que desecha a la antigua amante como si fuera un trapo viejo? ¿Podría entender alguien más, además de él mismo, que después del amor puede quedar el deseo de bienestar por quien uno amó?

Realmente, el zar tendría mejores cartas para acusarlo: sus poemas políticos. Por estos precisamente había sido desterrado, porque los rusos habían heredado de los franceses esa capacidad tan contemporánea de permitir perturbar la paz de un hogar, seduciendo a la esposa ajena, pero no habían seguido su ejemplo haciendo otra revolución. Al contrario, Rusia se había aliado con el resto de las potencias europeas para impedir, de una vez por todas, que Napoleón o cualquiera que tuviera ideas parecidas –y quizá algún talento militar- fuera a perturbar la paz de Europa. Alejandro I había sido el artífice de aquella unión en 1815, en Viena, y él lo había desterrado por cantarle a la libertad. ¿Para qué quiere libertad un ruso si tiene al Zar y a su patria? ¿No le basta con eso? ¿Qué necesidad hay de cantar versos como

Лишь там над царскою главой
Народов не легло страданье,
Где крепко с Вольностью святой
Законов мощных сочетанье;
Где всем простерт их твердый щит,
Где сжатый верными руками
Граждан над равными главами
Их меч без выбора скользит
Apenas sobre la cabeza del zar
Están las duras miserias del pueblo,
Donde fuertemente con la santa Libertad
La ley mucho hará posible;
Donde a todos extiende su escudo,
Donde fuertemente con manos apretadas
Al ciudadano ante iguales cabezas
Su espada desliza sin elegir.

donde se habla de anatemas como “libertad” y “ciudadano”? Rusia no tiene necesidad de pensar, el ruso solamente necesita conocer la voz de su zar para saber cuál es su posición y su camino en la vida, aunque fuera el destierro o el paredón.

Mientras estuvo en Mijailovskoe, Pushkin aprovechó el tiempo para conocer de cerca el hablar del pueblo. Tuvo una primera escuela, casi una universidad, en la figura de su nana Arina Rodionovna, la que lo nutrió de leyendas y de cantos populares desde que era un niño; había sido una voz importante, pero necesitaba otras.  En la época de calor, cuando las ferias se multiplican en los pueblos y aprovechan la única época del año que se puede comerciar, Pushkin visitaba esos lugares, se juntaba con los danzantes y los cantantes que daban su arte a cambio de monedas, se sentaba junto a un recitador ciego que hablaba de los antiguos héroes; no se vestía como señor, no parecía un noble, así lo reportaba el agente de la policía encargado de vigilar sus pasos en esos lugares: el color de su camisa, el cinturón ceñido como campesino, los pantalones y las botas; que usaba un sombrero basto y que hablaba con todo el mundo, pero que parecía más bien hacer preguntas y escuchar, en vez de decir él mucho; su proceder era indigno de un caballero pero no era sospechoso para el régimen. El reporte fue leído por el jefe del Tercer Departamento, el Conde Beckendorf, y podría dejarse hacer y languidecer a Pushkin unos años más en el destierro de provincias, pero hubo otras cosas que alertaron su atención. Circularon unos versos con el pensamiento sacrílego

Hemos arrojado a reyes; un asesino rodeado
por verdugos hemos hecho de nuestro rey. ¡Oh horror, oh vergüenza!

que llevaba por título 14 de Diciembre, el día que se levantaron los Decembristas; este asunto requería medidas inmediatas. Fueron interrogados todos los oficiales apresados, y todos dijeron conocer a Pushkin y todos aceptaron admirar su poesía; no era claro que esa poesía los hubiera empujado a levantarse en armas, pero para cualquier oficial de policía que se respetara, sería razón suficiente para traer a Pushkin de su destierro y enviarlo a hacerle compañía a sus amigos, que le llevaban algunos miles de kilómetros de ventaja en su recorrido a pie hasta Siberia. Lamentablemente, había dos problemas: los versos eran ya conocidos y censurados desde antes, y además no se referían a Rusia, sino a Francia. Una breve investigación en los archivos había descubierto que años antes fueron censuradas esas dos líneas en una poesía que Pushkin compuso a un amigo francés, de forma que se tambaleaba el caso y no era claro que tuvieran que fusilarlo o enviarlo a Siberia.

El poeta mismo, quizá en olvido de sus faltas pasadas, quizá en recuerdo de lo que había soñado de su futuro, pedía permiso al zar para regresar a la capital. Finalmente, lento como toda burocracia, entorpecida de escritorio en escritorio porque todo burócrata quiere dejar su huella de estorbo e inutilidad en cualquier trámite, la petición de Pushkin llegó a Beckendorf y éste la llevó al zar. Nicolás I no había tratado a Pushkin antes, las afrentas habían sido hechas a su hermano Alejandro I, y él, que se consideraba el mayor y mejor de todos los rusos, el único que despachaba en el despacho de Dios, tenía curiosidad por conocer al poeta. Ordenó a Beckendorf que lo trajeran de Pskov, y que llegando a la capital fuera conducido a su presencia.

“De modo que éste es el poeta, yo lo imaginaba más alto” pensó el Zar Nicolás cuando veía a ese hombre al que sobresalía en estatura en una cabeza, y por analogía en todo lo demás; al menos en las cosas importantes, la poesía no era importante; al menos Él no entendía por qué la gente le hacía tanto caso.

-¿Cómo está usted, Pushkin? ¿Contento de haber regresado?- dijo al hombre aturdido frente al poder.

Pero fue la voz, o el uniforme, o la postura, o la estatura; cualquiera de esos detalles pudo servir para que Pushkin el escritor, el que observaba a los hombres y leía en los corazones de las mujeres, tuviera alimento para su espíritu, se recuperara del azoro y pudiera contestar dignamente. El zar le preguntó por su trabajo, casi nada últimamente; por sus intenciones, ya no eran subversivas; por sus amigos, algunos están bien, otros mal y otros ya no están.

-Me dicen que usted era amigo de los oficiales que se levantaron contra Mí en diciembre pasado- pregunta, afirmando, el zar.

-Así es, Su Majestad. Yo sentía por algunos de esos hombres la más grande amistad, y mis sentimientos no han cambiado.

-Dígame: si usted hubiera estado aquí en Diciembre, ¿hubiera tomado parte en el levantamiento?

-Sí, Su Majestad. Yo lo hubiera hecho sin vacilar: ahí estaban mis amigos.

La respuesta era atrevida, no necesitaba ningún censor para interpretarse como que estaba a favor de la revuelta y ser enviado a Siberia inmediatamente; pero el estar frente a aquel que no tiene que dar cuentas a nadie, al que no puede ser juzgado ni por el perdón ni por el castigo que imponga, le daba una ventaja a Pushkin: podía apelar al sentimiento de hombría, de amistad y de solidaridad, que los hombres de todos los tiempos han atesorado como un bien mayor. En esos días se llamaba caballerosidad, y era por el honor de caballero que lo mismo mataban que morían en duelo. Nicolás sonrió, y pensaba. Pushkin pensó en esos momentos eternos que no estuvo en St Peterburg en Diciembre porque el Destino no quiso: ya estaba decidido, cargó el coche con sus cosas, pero una liebre se atravesó en su camino, primera señal de advertencia; vieron un monje vestido de negro caminando en el camino, el sirviente que lo iba a acompañar se enfermó, otra liebre volvió a atravesarse y además traía las orejas echadas hacia atrás; demasiadas señales: Pushkin, fastidiado y temeroso, odiando su cobardía y recreando en su fantasía escenas de muerte, decidió quedarse en Mijailovskoe.

Esperando la respuesta del zar, Pushkin estaba preparado a cualquier cosa, a ser enviado a Siberia o a morir en el paredón –había muerto de amor en sus versos, ¿serían peores las balas que un desengaño?- y, si Su Majestad lo condenara, le entregaría su obra Profeta, con los versos finales que le hubieran gustado para siempre:

Levántate, arriba, oh profeta de Rusia,
Enrolla una soga en tu cuello; tú vas
A recibir el vestido de la vergüenza, y con él
Aparecerás enfrente del Zar de Rusia.

Pero el Zar le sonrió y le dijo: -Te perdono, si me das tu palabra de que no volverás a escribir cosas contra tu país.

-Su Majestad, tengo toda la voluntad y al mismo tiempo un gran problema para cumplir Vuestro deseo: la censura encuentra faltas hasta en el más inocente de los versos.

-No te preocupes por los pequeños censores, Pushkin –los ojos del poeta parecieron mirar una esperanza-, Yo mismo seré tu censor.

El Zar tendió su mano, blanca y limpia y enorme, y estrechó la de Pushkin: pequeña, sucia y con uñas largas, esa pequeña mano que podía escribir poesía grande.

La poesía que estaba preparada para ser mostrada al Zar, en caso de haber condenado a Pushkin, se llama Profeta. Es una obra compleja, que mezcla figuras bíblicas con realidades del momento, y que utiliza palabras del eslavo antiguo, el antecedente del idioma ruso, tomadas y deformadas por Pushkin para ampliar el vocabulario de uso común. Es cierto que los idiomas evolucionan, pero es con el paso de los años que puede discernirse el cambio en el lenguaje; pocas personas tienen, en cualquier idioma, un registro de paternidad: Dante en Italia y Pushkin en Rusia son los dos ejemplos más conocidos; el tercero puede ser Marín Lutero, quien estableció una forma definitiva para el idioma alemán cuando tradujo la Biblia y la publicó en grandes cantidades, con la ayuda del reciente invento de Gutenberg.

Пророк Profeta
Духовной жаждою томим
В пустыне мрачной я влачился, –
И шестикрылый серафим
На перепутьи мне явился.Перстами легкими как сон
Моих зениц коснулся он.
Отверзлись вещие зеницы,
Как у испуганной орлицы.
De sed espiritual atormentado,
Por el desierto desolado me arrastraba,
Y un serafín de seis alas
Se apareció en una encrucijada.Con dedos ligeros como el sueño
Tocó mis pupilas.
Se abrieron mis pupilas de profeta
Como las de un águila asustada.
Моих ушей коснулся он, —
И их наполнил шум и звон:
И внял я неба содроганье,
И горний ангелов полет,
И гад морских подводный ход,
И дольней лозы прозябанье.
И он к устам моим приник,
И вырвал грешный мой язык,
И празднословный и лукавый,
И жало мудрыя змеи
В уста замершие мои
Вложил десницею кровавой.
И он мне грудь рассек мечом,
И сердце трепетное вынул,
И угль, пылающий огнем,
Во грудь отверстую водвинул.
Tocaba él mis oídos, –
Y los llenó de ruido y repicar:
Y pude ver al cielo estremecido
Y el vuelo orgulloso de los ángeles,
Y el moverse de reptiles bajo el agua,
Y el vegetar de la vid al despertar.
Y me tomó de la boca,
Y sacó mi lengua pecadora,
Y ociosa y artera,
Y picadura de serpiente sabia
En mi boca congelada
Colocó su diestra ensangrentada
Y cortó mi pecho con la espada;
Y se llevó el corazón tembloroso;
Y un carbón, ardiendo en fuego,
En el pecho abierto colocó.
Как труп в пустыне я лежал,
И бога глас ко мне воззвал:
«Восстань, пророк, и виждь, и внемли,
Исполнись волею моей,
И, обходя моря и земли,
Глаголом жги сердца людей».
Como un cuerpo en el desierto yo yacía,
Y la voz de Dios me llamó:
“Levántate, profeta, ve y escucha,
Lleno de la voluntad mía,
Y, bordeando mar y tierra,
Haz arder del Verbo el corazón del hombre.”

Y de esta forma no deseada, Rusia fue construyendo el respeto que tienen a la palabra. Como si el Zar, sin que su mano lo quisiera pero queriéndolo la mano de Dios que actuaba por su medio, hubieran hecho realidad para Rusia los versos finales de esta poesía:

“Levántate, profeta, ve y escucha,
Lleno de la voluntad mía,
Y, bordeando mar y tierra,
Haz arder del Verbo el corazón del hombre.”

 

Raylyev fue fusilado; Dostoievski fue parado ante un pelotón de fusilamiento pero a fin de cuentas lo desterraron a Siberia; Pushkin fue desterrado más cerca, a su propiedad cerca de Pskov; Gumeliev fue arrestado y fusilado por la Cheka en 1921; Mandelstam fue enviado al destierro y murió cerca de Vladivostok; Gorki simplemente se murió; Solzhenitsyn fue enviado al Gulag pero sobrevivió para recordarlo a todo nosotros. Y así, incontables escritores y poetas, con su sangre, han hecho arder del Verbo el corazón de los rusos –y de muchos otros hombres-, más que lo que pueden lograr el terror y las bayonetas.

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