En muchas ocasiones, los norteamericanos declaran que el motivo de sus acciones es “para extender los beneficios de la democracia y del libre comercio” a la parte del mundo en cuestión; no niegan el beneficio que ellos podrían obtener, pero la razón esgrimida es altruista. Esos dos valores, la democracia y el libre comercio, son mencionados como verdades evidentes en sí mismas, como algo que cualquier país sensato debería buscar. El economista norteamericano Francis Fukuyama, publicó una artículo en 1989, después convertido en libro, que se llama The End of History, en donde plantea que la historia se mueve inexorablemente hacia la libertad: gobiernos elegidos, derechos individuales, un sistema económico en donde el capital y el trabajo circulan con moderada supervisión estatal. No es la primera vez que alguien, en algún ámbito del conocimiento o de la vida, plantea tesis tan determinantes. Por ejemplo, los físicos hacia 1900 estaban felices porque consideraban que solamente les faltaban unos cuantos engranajes para completar su descripción mecanicista del Universo; después vinieron Max Planck y la Física Cuántica, Einstein y la Teoría de la Relatividad, y aquel cuadro determinista se vino abajo. Las utopías abundan en religión, como el intento universal de la Iglesia Católica de cubrir a todo el mundo, o la visión islámica del mundo dividido en Dar al-Islam y Dar al-Harb (el territorio de la guerra, donde están incluidos todos los lugares donde no se profesa el Islam). Una y otra vez, el optimismo y el exceso de confianza son rebasados por los acontecimientos y no se ve claro que haya un fin para la Historia, ni tampoco que sea precisamente lo que dice Fukuyama: la democracia liberal modelada según los EEUU, y el mercado libre.

En 1989 podía entenderse aquel optimismo, ya que finalmente cayó la URSS y en el mundo quedó una sola superpotencia; el mundo parecía maduro para ser moldeado al gusto del amo sobreviviente. Sin embargo, no fue así: surgió China como potencia económica, que no es ni democrática ni totalmente capitalista; los países del Medio Oriente se han rebelado a la tutela e imposición de las potencias occidentales, y año tras año vemos guerras sin fin en esa región; Rusia está renaciendo como potencia lidereada por Putin, y es el único país que abiertamente ha desafiado a EEUU (en la crisis de Ucrania), y que se salió con la suya. Como he dicho en otros lugares, el gran perdedor de esa crisis es el pueblo Ucraniano, Rusia ganó Crimea y los Estados Unidos desbarataron una relación comercial entre Rusia y la Unión Europea que se estaba saliendo de control (de los Estados Unidos). La democracia tampoco parece solucionar todos los problemas políticos de un país; por ejemplo, cada año hay crisis por el presupuesto en EEUU (el Congreso no quiere autorizar más endeudamiento), y en México… pues qué le diré, esto que vivimos ahora ni me parece democracia ni nos resuelve muchos problemas. El capitalismo también es atacable, porque fue precisamente la ausencia de supervisión estatal, de regulación bancaria, lo que provocó la crisis del 2008, en donde el contribuyente norteamericano termina por pagar la fiesta que organizaron los grandes banqueros y especuladores de bolsa.

Fukuyama renueva en un artículo reciente[1] sus votos por ese fin de la Historia, donde hace una revisión de las regiones del mundo y concluye que, a pesar de los problemas que observa, como deficiencias en el avance democrático en muchos lugares y libre mercado atorado en el Medio Oriente por cuestiones religiosas, el anterior Fin de la Historia (el de 1989) sigue vigente. Sin embargo, hay varios puntos que se prestan a sospecha. Uno de ellos es la afirmación de que “en 2003, la administración de George W. Bush parecía creer que un gobierno democrático y una economía de mercado emergerían espontáneamente en Irak una vez que EEUU hubiera eliminado la dictadura de Hussein.” Además del cuestionamiento elemental, ¿quién cree a Bush?, es una ignorancia supina pretender que una forma de gobierno y de economía van a producirse espontáneamente, una vez eliminado el dictador, significa no tomar en cuenta las enormes diferencias culturales entre Irak y Estados Unidos, y es declarar inexistentes las influencias internacionales. El análisis que hace de la democracia es realizado simplemente en el contexto de elector y elegido, sin analizar la participación y los intereses propios de los partidos políticos, y sin mencionar siquiera los avances tecnológicos que permiten a cualquier país espiar a sus ciudadanos (y a los extranjeros), donde el poder que les da el internet es algo que, por pretendidas razones de seguridad, ningún gobierno rechazará. Al ritmo que van la tecnología y esta forma de espionaje, me parece más probable un futuro como el que dibujó George Orwell en 1984. Me parecen demasiadas omisiones en el análisis de un economista famoso; me inclino más a pensar que su tesis es propagandística, para apoyar las cosas en las que él cree o las instituciones en donde cobra.

Más o menos al mismo nivel de sobresimplificacón, se esgrime el siguiente argumento para defender el modelo occidental:

  • Es evidente la prosperidad de esos países (EEUU, Inglaterra, Suecia, Alemania), donde funciona el modelo de capitalismo y la democracia liberal.
  • Por lo tanto, el modelo funciona.
  • Por lo tanto, el modelo es aplicable a todo el mundo.
  • Por lo tanto, el modelo debería ser aceptado por todo el mundo.
  • Argumento final: si Irak[2] no lo quiere aceptar, lo bombardeamos y derrocamos su gobierno; después, espontáneamente surgirán la democracia y el capitalismo ahí.

Efectivamente, observamos que a veces la defensa de los valores democráticos y de la libre empresa se hace en forma de libros, a veces con guerras. Poco después del ataque a las torres gemelas en Nueva York, los servicios de inteligencia ubicaron el origen del atentado en al-Qaeda y tomaron la resolución de ejecutar represalias. En enero de 2002, cuatro meses después del ataque, el presidente George W. Bush pronunció un famoso discurso en que habló del Eje del Mal (Axis of Evil), identificando a Irán, Irak y Corea del Norte como sus integrantes; la elección de la palabra “eje” recordaba el nombre de las Potencias del Eje (Alemania, Italia, Japón) durante la Segunda Guerra Mundial, y fue utilizado también en 2002 para señalar a enemigos de los Estados Unidos a los que había necesidad de combatir. Cuba fue incluida también en ese grupo, acusada de poseer armas biológicas; lo mismo que Irak y sus “armas de destrucción masiva”, no han sido encontradas todavía esas amenazas. El Primer Ministro británico Tony Blair reunió a sus expertos en noviembre de 2002 para analizar las posibles consecuencias de una guerra contra Irak; la opinión que recibió fue que ese era un país con una historia milenaria y complicada, y quitar del poder a Saddan Hussein no resolvería nada, porque ante el vacío de poder surgiría la rivalidad entre Sunni y Shia, esas facciones se desgarrarían y hundirían al país en guerra civil. Blair les contestó “pero es que Hussein es un demonio único, ¿no es así?” y siguió adelante con su plan para atacarlo. Doce años después, efectivamente Irak está desgarrado entre Sunni y Shia, con una nueva encarnación del demonio entre aquellas facciones, el Estado Islámico (ISIS), el nuevo obscuro objeto del deseo de los guerreros occidentales. Los sucesores de Bush y Blair (Barack Obama y David Cameron) tienen etiquetado a ISIS como el nuevo enemigo a vencer, y parece que la historia de los fracasos obtenidos en Vietnam, Afganistán, Irak, y Ucrania no les ha enseñado otra cosa que esa demoníaca habilidad del Mal para reencarnarse en nuevos enemigos.

Las guerras en las que participa Occidente se llevan a cabo como un imperativo moral: atacar a los demonios sueltos en ciertas partes del mundo, bajo la asunción implícita de que los países atacantes no poseen demonios comparables y que la estabilidad, paz, democracia y apertura a los mercados que llevarán a las regiones atacadas compensarán con mucho las pérdidas causadas por la guerra; los costos económicos de la guerra casi nunca se mencionan en los discursos oficiales, nunca escuchamos decir a Bush “la guerra contra el demonio Hussein nos costará tantos billones de dólares”, pero el dato sale a relucir tarde o temprano: según Bloomberg, las guerras en Irak y Afganistán han costado US$16,000 millones[3].

Las guerras y en general la actividad diplomática y militar de EEUU e Inglaterra siempre se justifican ante el público como en base a la superioridad de la estructura política de esas naciones (democracia liberal) y de su organización económica, el capitalismo; por otro lado, el beneficio que podrían recibir EEUU e Inglaterra con esas acciones es mencionado muy pocas veces.

Uno de los efectos logrados con esta política intervencionista de Occidente es generar enemigos donde no los había. Países que a su propio ritmo podrían adoptar a la larga formas occidentales en su gobierno y su economía como Irán, ante las permanentes agresiones occidentales a países hermanos en el Islam como Irak, Siria o Egipto, terminan por considerar a EEUU como enemigo y por satanizar su forma de vida. La reacción natural de esos pueblos es buscar en su propia religión y cultura formas de vida e ideales que reafirmen su propio valor, sin esperar la bendición de Occidente. El resultado es que el país que antes era neutral, ahora es enemigo de Estados Unidos.

Las guerras y en general la actividad diplomática y militar de EEUU e Inglaterra siempre se justifican ante el público como en base a la superioridad de la estructura política de esas naciones (democracia liberal) y de su organización económica, el capitalismo; por otro lado, el beneficio que podrían recibir EEUU e Inglaterra con esas acciones es mencionado muy pocas veces.

Yo creo que estas épocas Marx ya no tiene discípulos, después de la caída de la URSS y de que China se ha convertido en potencia económica aceptando algunos elementos del capitalismo en su sociedad. La experiencia mundial nos ha enseñado que el capitalismo es un tipo de organización social más eficiente que el comunismo, porque hay más producción de bienes y servicios. La razón que yo encuentro es muy sencilla: el comunismo despoja de sus iniciativas económicas al individuo y concentra todas esas iniciativas y también las decisiones en el Estado; con ello, corta las alas a la creatividad de la gente, y orienta toda la actividad basada en decisiones de Estado, léase políticas, es decir, basadas en las luchas por el poder dentro del gobierno. La iniciativa privada y la libre empresa han probado ya durante varios siglos ser fuente de ideas, de invenciones y de mejoras en la vida humana; yo creo que los gobiernos deben alentarla, no bloquearla.

Pero todo tiene gradaciones. Por ejemplo China declara todavía que es un país socialista, aunque la parte oriental está llena de empresas privadas, las que han empujado su crecimiento económico. México es un país capitalista pero algunos sectores de la industria como el petróleo y la electricidad siguen siendo monopolios de Estado; creo que Estados Unidos es uno de los pocos países en donde el capitalismo está en todos los órdenes de la sociedad. El socialismo puro significaría un control absoluto de las actividades económicas por parte del Estado, junto con la abolición de la propiedad privada; el capitalismo puro sería aquel en donde  el gobierno no hace otra cosa que gobernar, no participa en las actividades económicas sino para recaudar impuestos y para contratar los bienes o servicios que necesita.

El capitalismo puro ya tenía un nombre: liberalismo, representado por la máxima laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar). Ahí se permite a la libre empresa absoluta libertad de acción, no hay regulación de los mercados; esta mayor o menor regulación sobre la actividad económica es la manzana de la discordia entre los neoliberales y aquellos que abogan por controles estatales. Regulación es, por ejemplo, fijar un precio para las tortillas, la leche o la gasolina; también es regulación obligar a los bancos a que se sujeten a los Acuerdos de Basilea, que dictan medidas consensadas entre personalidades de la economía acerca de cómo debe operarse un banco.

Los partidarios del neoliberalismo buscan un adelgazamiento del Estado: por un lado se alega la eficiencia administrativa, que significa utilizar al máximo a su personal y no tener aviadores; por otro, que el Estado no tenga empresas. Cuando se les cuestiona si no será peligroso dejar toda la actividad económica en manos del capital, usualmente se contesta diciendo que “los mercados tienen mecanismos propios para autorregularse”, citando el ejemplo clásico de la ley de la oferta y la demanda. Personalmente, además esa ley, solamente conozco otro mecanismo de autorregulación: un negocio mal administrado se hunde; ni veo recetas de éxito, ni veo que espontáneamente el mercado mexicano de la telefonía se haya autorregulado, después de los años de gracia que le dieron a Telmex y a Telcel como monopolio.

El liberalismo podía funcionar en una época en el que el mundo estaba poco poblado y había mucho espacio libre para ejercer la iniciativa, como cuando los europeos vinieron a América y se apoderaron del continente. En aquella época, uno de los colonizadores del Oeste podía hacer prácticamente lo que quisiera, económicamente hablando, bajo su propio riesgo y sin molestar a nadie excepto a los indios, que ya habían sido marcados para la perdición. Hoy en día no puede hacerse prácticamente nada sin que el prójimo se entere y posiblemente lo resienta, el mundo es efectivamente una aldea global.

¿El todo es mejor que la suma de las partes?

Por otro lado, las sociedades no pueden ser mejores que la calidad de sus miembros ni la de sus actos. El código genético del humano pone su interés personal antes que nada; traducido a situaciones de la vida pública, lo vemos en la facilidad con que se rompen las leyes y la abundancia de alianzas entre capitalistas y funcionarios del gobierno para torcer las leyes con impunidad, o mejor aún, para crear leyes a su conveniencia. Uno de los empleos mejor pagados en Estados Unidos son las empresas que hacen cabildeo en Washington, D.C., a nombre de las corporaciones para tratar de convencer a los legisladores de apoyar o rechazar cierta ley; el otro gran empleo es especulador en la bolsa, lo que me lleva a recordar las patentes de corso que otorgaba Isabel I a los piratas que merodeaban los mares para atacar los convoyes españoles cargados de oro. Con la misma mano firme que Isabel I firmaba aquellas patentes de corso, los especuladores de Wall Street y de la City en Londres que produjeron la crisis de 2008 recibieron su patente de Agentes, y los mismos funcionarios que estuvieron al frente de la economía norteamericana en los años previos a 2008 fueron recontratados por Obama.[4] Los responsables de esta crisis global la produjeron al no respetar los Acuerdos de Basilea, pero no se les castigó, al contrario: las grandes cabezas repitieron el puesto en la siguiente administración.

Ante la presencia masiva de las grandes corporaciones en el Congreso norteamericano (a través de sus empresas de lobby), es válido preguntarse qué tan libre es la decisión que toman los legisladores, y si es tomada para favorecer a sus electores. Por otro lado, no es necesario que haya empresas de lobby para pervertir las decisiones legislativas; por ejemplo en México, a pesar del escándalo de nivel mundial que son ahora los estudiantes desaparecidos y asesinados en Iguala, el PRI exige la renuncia del gobernador Aguirre, mientras su partido el PRD lo cubre, y el PAN venderá caro su amor para definir la balanza.

Recientemente renunció al frente del Departamento de Justicia (DOJ) un amigo personal de Obama, Eric Holder. De su permanencia en el cargo como fiscal se recuerdan tres hechos principalmente: su autorización de la operación Rápido y Furioso para introducir unas cuantas armas de forma ilegal en México, su desempeño “excelente”[5] en derechos civiles, y que no metió a ningún gran banquero a la cárcel a propósito de la crisis de 2008. El caso de Holder es emblemático de los tiempos que vivimos, por el tipo de personas que ocupa esos puestos, y por sus acciones. El caso de la crisis de 2008 tiene enorme importancia porque su medida puede inferirse a través de las multas que se han impuesto a algunos bancos para evitar la cárcel para sus directivos. Por ejemplo, según declaraciones del DOJ, los bancos JP Morgan, Bank of America y Citigropu pagaron US$36,650 millones de multa; basado en este castigo, el daño infligido a la economía es ese mismo número con algunos ceros a la derecha. Como en la China del Señor de Shang, hacia el año 600 A.C., la justicia en EEUU tiene un sentido utilitario: prefiere cobrar a los infractores que castigarlos. Esta falta de decisión de Holder por castigar a los banqueros contribuye a crear, si es que todavía fuera posible, una falta de ética entre los grandes capitalistas, confirmándoles que en el peor de los casos ellos no pisarán la cárcel sino será la empresa la que pagará una multa; en el ciudadano pobre se afirma la noción de que la justicia es diferente para los muy ricos y para los demás. En otras palabras, la justicia se compra.

Holder es emblemático por una razón más. Antes de ser abogado de la nación, trabajaba en una de las firmas legales más importantes de EEUU, Covington y Burling. Este bufete de abogados tiene entre sus clientes a las mayores corporaciones, entre ellas precisamente a algunos de los bancos que incurrieron en el desfalco de 2008 y cuyos directivos libraron la cárcel. Los antecedentes laborales de Holder, en mi opinión, crearon un conflicto de intereses al juzgar el caso de los banqueros, y los hechos dan la impresión de que sus simpatías estaban precisamente con ellos aunque fuera el jefe del DOJ; veremos si su permanencia en esta oficina fue simplemente una pausa en sus actividades empresariales.

Es posible que los mercados sí se autorregulen, pero en favor de los grandes empresarios, como el caso de Bank of America. La de la crisis de 2008 nos muestra que aunque haya normas escritas como las de Basilea los grandes empresarios las ignoran a su conveniencia, confiando en que más adelante, cuando la situación se ponga difícil, habrá manera de librar la cárcel. Una y otra vez, en Estados Unidos y en el mundo, la historia les da la razón.

Por otro lado, el modelo de sociedad libre y democrática en Estados Unidos se murió cuando promulgaron la Patriotic Act en octubre de 2001, dando amplios poderes a las autoridades para investigar y buscar evidencias en aquellas personas sospechosas de terrorismo. En la práctica, es carta blanca para detener indefinidamente a cualquier extranjero, para requisar pertenencias y para vigilar a quien ellos quieran etiquetar de terrorista. No llegan al nivel del infame Artículo 58 del Código Penal de la URSS, pero los norteamericanos están dando pasos seguros para que su nación se parezca a la descrita por George Orwell.

Al igual que la economía libre, la democracia no se autorregula. Oficialmente, el voto representa la sanción para el representante que no cumple, pero no habiendo reelección en México, esa sanción es despreciable. Por el contrario, nuestros representantes han diseñado los mecanismos para favorecerse y perpetuarse en el poder, ya sea en lo individual o como grupo. Por ejemplo Gustavo Madero, quien recientemente dejó (deshonrosamente) la presidencia del PAN, busca ahora una candidatura plurinominal y mientras tanto, despacha en Nuevo León para distribuir las siguientes curules. El PAN adquirió mala fama recientemente por el asunto de los moches, Madero es conocido por su participación en ese asunto (semejante a la de Holder): no tomó medidas contra los infractores. Sin embargo, hace poco leí que el PAN quiere crear un nuevo sistema “radical e integral” para combatir la corrupción. ¿Usted les cree?

Las intervenciones de Norteamérica en la vida de otros países siempre tienen oficialmente las intenciones mencionadas arriba, promover la democracia y la libre empresa. Eso no es cierto, simplemente recordemos el golpe de estado en Chile en 1973, cuando cayó Allende y en su lugar quedó una dictadura militar apoyada por lo Estados Unidos. O el apoyo a los revolucionarios mexicanos en 1910, cuando cayó el dictador Porfirio Díaz pero el país se vio sumido en guerra civil durante casi veinte años y luego tuviéramos setenta años de dictadura perfecta. Si lo que pretendía Estados Unidos en 1910 era embrollar a México, lo consiguió.

Todas las leyes y todas las instituciones son administradas por individuos, que pueden buscar en sus actos el bien común o el bien privado. Ni la democracia, ni el capitalismo, ni el socialismo, ni ninguna ley por sí misma serán suficientes para definir el rumbo, todavía queda y quedará la acción de los individuos. Si el individuo que aplica la ley o que está sujeta a ella no tiene un código moral que lo soporte, la ley y la institución serán violadas.

De estas pocas reflexiones, seleccionadas porque me parecen emblemáticas e importantes, concluyo que Occidente no tiene que buscar sus demonios en el Medio Oriente ni en Rusia, porque están dentro de sus estructuras. El demonio número uno es el dinero y la avaricia; la democracia no tiene antídoto y el libre mercado, por el contrario, los ha elevado a nivel de dioses. A este diablo mayor  lo sigue una cohorte de demonios menores, por ejemplo los millones de dólares (o de pesos) que necesita cualquier persona para aspirar a cualquier puesto de elección popular. ¿Qué clase de democracia es esa?

[1] http://online.wsj.com/articles/at-the-end-of-history-still-stands-democracy-1402080661

[2] Podría ir un espacio en blanco en lugar de Irak.

[3] http://www.bloomberg.com/apps/news?pid=newsarchive&sid=aZiloVkUJNrw&refer=uk

[4] https://jlgs.com.mx/articulos/mundo-actual/burbujas-y-otros-asaltos-financieros/

[5] http://www.theguardian.com/money/us-money-blog/2014/sep/25/eric-holder-resign-mortgage-abuses-americans

23.10.2014

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