Greenspan’s bubbles
The Age of Ignorance at the Federal Reserve
William A. Fleckenstein, with Frederick Sheehan
McGraw, New York 2009
194 páginas

 

El libro de Fleckenstein es importante porque señala y documenta los errores de la máxima autoridad financiera de los Estados Unidos durante veinte años de turbulencia en los mercados, de especulación, de burbujas y de desastres. Dada la importancia del tema, he utilizado el texto como punto de partida para describir momentos importantes durante esos años.

Allan Greenspan nació en Nueva York en 1926, hijo de una familia judía. Estudió economía en New York University y estuvo al frente de la FED (Federal Reserve) desde 1987 hasta 2006; sobre él cae el dudoso mérito de las varias burbujas financieras que crecieron y explotaron durante ese período, causando caos económico cada vez mayor, hasta la última que reventó en 2008 y que se propagó a todos los mercados financieros del orbe. Las burbujas son tiempos para especuladores, son oportunidades para que los tiburones financieros puedan crear o (en el peor de los casos) al menos detectar las oportunidades de apropiarse de enormes cantidades de dinero, a costillas de los ahorradores o de empresas financieras mal dirigidas; visto así, las burbujas serían nada más un problema de los que invierten en la bolsa, pero la realidad es que casi todas esas situaciones fuerzan a los gobiernos a intervenir , tomando medidas e inyectando enormes cantidades de dinero para impedir un caos completo en la economía. Cuando el gobierno interviene y rescata alguna entidad, por ejemplo cuando el gobierno de Estados Unidos pagó a raíz de la crisis de 2008 US$182 billones (US$182,000,000,000) para impedir que la aseguradora AIG dejara de funcionar y llevara a la quiebra a las miles de empresas que le habían comprado seguros, lo que hizo en el fondo el gobierno es pasarle la factura al contribuyente norteamericano, hubiera o no invertido en la bolsa. En esta crisis, el gobierno intervino con cantidades “pequeñas”, del orden de billones de dólares, y con cantidades gigantescas, del orden trillones[1]. ¿De dónde salieron? Del bolsillo del causante o de la inflación; de cualquiera manera, el pueblo termina por pagar la fiesta de los financieros. Por eso son importantes hoy en día las burbujas financieras, y por eso es tristemente importante la gestión de Greenspan al frente de la FED.

Los autores del libro hacen una reseña muy puntual de los fracasos atribuibles a Greenspan cuando estuvo al mando, no lo señalan como el causante pero sí como alguien que estuvo constantemente atizando el fuego financiero. Demuestran muy poca simpatía por el personaje, pero se amparan en números fríos; el mismo subtítulo del libro expresa su opinión. El primer capítulo se llama How Wrong Can One Man Be? (¿Cuán equivocado puede estar un hombre?), donde detalla una pregunta incómoda realizada por el senador William Proxmire en 1987, durante las audiencias para confirmarlo al frente de la FED. El senador cuestionaba los pronósticos hechos por Greenspan en 1976-78 a propósito de los rendimientos futuros de Bonos del Tesoro, el instrumento considerado como el más sólido en el mercado, una referencia contra el que se medían todos los demás. La predicción había sido 4.4% para 1978, la realidad 9.8%, es decir 100% de margen de error. Con respecto a la inflación lo mismo, Greenspan predijo 4.5% y resultó 9.2%. Naturalmente, éste se defendió y dijo “yo no lo recuerdo así”, hasta que Proxmire le mostró aquellas predicciones y tuvo que conceder. Greenspan se disculpó alegando la dificultad de hacer pronósticos, pero Proxmire lo despidió así: “cuando usted se encuentre al frente de la FED, no puede estar siempre equivocado.” Y como si hubiera invocado a los hados, esa fue la historia de Greenspan en los casi veinte años que ocupó el puesto.

En los mercados financieros de EEUU se acuñó una expresión que manifestaba la opinión de los financieros: hablaban de The Greenspan Put (el respaldo Greenspan) porque una y otra vez, llegado el momento de los verdaderos problemas, la situación se había puesto tan complicada que la FED intervenía y lanzaba una medida que rescataba a aquellos (grandes) financieros que estaban en problemas. Como resultado, se generó una cultura de despreocupación, porque The Greenspan Put era efectivamente una licencia para matar, podían hacer lo que quisieran y si se metían en problemas, Greenspan los ayudaría.

El error más grande, entre los que le achacan a Greenberg, es haber mantenido la tasa de descuento de la FED a niveles demasiado bajos: durante períodos de años la mantuvo en 1%. Esta tasa es la que pagan los bancos comerciales cuando les presta dinero la FED, y a esos niveles es casi dinero sin costo financiero, lo que estimula a los bancos a endeudarse más, y darle la vuelta al aumento de capital como la forma de disponer de más dinero para prestar y hacer negocios. Esta tasa es el instrumento más poderoso de que dispone la FED para regular los mercados: quiere estimularlos, baja la tasa; quiere bajar el circulante y disminuir el ritmo de la economía, sube la tasa. El mecanismo funciona en la mayoría de los países, no es exclusivo de Estados Unidos.

En julio de 1995 la tasa de descuento estaba al 6%, y Greenspan decidió bajarla en 0.25%. En México, donde las tarjetas cobran más del 40% de intereses, aquella cantidad es de risa, pero en una economía más controlada, un cuarto de punto es algo enorme. El autor (Fleckenstein) sostiene que no había necesidad de hacerlo, y que las razones de Greenspan eran, en el mejor de los casos, obscuras:

He concluido que, puesto que los riesgos han comenzado a bajar ligeramente, no hay urgencia aquí; pero pienso que deberíamos avanzar puesto que encuentro más y más difícil argumentar en favor de permanecer donde estamos a menos que uno pudiera argumentar que las presiones inflacionarias están todavía activas.

Las declaraciones de Greenspan que yo he leído comparten esta terminología elíptica, obscura, con razonamientos circulares (“hay que avanzar… a menos que queramos quedarnos aquí”, traducción de la cita) y refiriéndose a esas etéreas fuerzas del mercado, difíciles de definir e imposibles de cuantificar. Sus declaraciones se parecen a las de cualquier político cuando se le hace una pregunta incómoda: no responde, le da la vuelta al asunto y termina hablando de otra cosa. Esa baja en la tasa de descuento en 1995 señaló el inicio de varias bajas a la tasa de descuento que estimularon los mercados en el peor de los sentidos, la especulación. La burbuja que se estaba formando entonces, y que después estalló, fue la de las empresas dot-com.

Existe cierto consenso acerca de las razones para que se creara esta burbuja:

  1. Demografía. Los baby-boomers (generación de norteamericanos nacidos entre 1946 y 1960) había madurado y empezaba a hacer planes para su retiro. En EEUU estos planes muchas veces incluyen inversiones, y ahí estaba la bolsa para que las hicieran.
  2. Tecnología. A partir de los años ochenta el mundo de la computación se desarrolló como punto y aparte de televisiones, teléfonos, radios y otros aparatos electrónicos que ya tenían tiempo en el mercado. Este reino atrajo muchos inversionistas, que vieron facilitado su trabajo por las computadoras personales, desde donde podían ya entonces visitar sitios de internet especializados en finanzas con posibilidad de hacer movimientos.
  3. Popularización de una cultura de finanzas. Además de las revistas y programas dedicados a automóviles, pickups, tv., modas, vivienda, etc., aparecieron nuevos elementos dedicados a informar y orientar al público sobre el mundo de las finanzas. Esto también generó apetito en inversionistas grandes y chicos por colocar dinero en lugares que ofrecían más rentabilidad que las tradicionales cuentas de ahorros.
  4. “América corporativa elevó la contabilidad al nivel de arte”, escribe el autor del libro. Por ejemplo, ya no fueron nada más los aburridos informes trimestrales de cuánto habían ganado las empresas; ahora eran los pronósticos de lo que ganarían. Esta visión hacia el futuro, hacia la especulación, enganchó a muchos norteamericanos que empezaron a razonar como financieros de Wall Street y decidieron arriesgar su dinero en empresas grandes y chicas, sólidas y fantasmas.

Estos factores, junto con el dinero barato proveído por la FED de Greenspan, convencieron a los norteamericanos de que el único riesgo de las acciones era no poseerlas. Se generó un frenesí de compra de acciones, lo que las hizo subir de precio, hasta que llegó un momento en que el Valor de Capitalización de una empresa ya no tenía nada que ver con el valor de sus activos.

Este valor es la suma de los valores de todas las acciones de una empresa en el mercado. Originalmente, al salir al mercado, las acciones proporcionan capital a la empresa que las emite, pero una vez que están en el mercado financiero, las acciones cobran vida propia y pueden tener o no relación directa con los edificios y fábricas y maquinaria y vehículos y productos terminados y demás activos de la compañía. El valor de un terreno no cambia de un día para otro, pero una acción sí puede hacerlo; como resultado, en los años noventa fue elevándose el Valor de Capitalización de las empresas hasta representar sumas exorbitantes y absurdas, que no tenían ninguna relación con el valor de la empresa que representaban: habían subido de valor las acciones por la especulación, no porque la empresa tuviera ahora el doble o diez veces más inventarios. Por ejemplo, el año 2000 Microsoft reportó ventas por $24 billones, y su utilidad bruta $10 billones, pero su valor de capitalización era de $600 billones; esto significa que las acciones valían 60 veces más que las utilidades, otra manera de decir que las acciones no tenían otro valor que las sostuviera  a esos niveles que la especulación. El caso de Microsoft no era único, prácticamente todas las empresas de tecnología vieron sobrevaluadas sus acciones durante la burbuja de los noventa, como CISCO, Lucent, Nortel, WorldCom (esta última despareció por malos manejos financieros).

Un método que descubrieron las grandes empresas de hacer dinero fácil (para sus ejecutivos) fue la recompra masiva de acciones, que funciona así. CISCO (ejemplo en la vida real) recompró durante 2007-2011) $37 billones de acciones, que no se quedaron en la bóveda de la empresa sino fueron repartidas a los altos directivos, quienes las vendieron a un precio inflado (porque la empresa había comprado muchas, empujando el precio hacia arriba). Esta manera de ganar dinero para los ejecutivos tenía además la ventaja fiscal de que esos ingresos generaban menos impuestos que los que genera un sueldo. Por consiguiente, a costa del mercado y a costa del fisco, los ejecutivos de CISCO y muchas otras empresas se embolsaban millones de dólares. Este esquema es como comprar y vender el mismo artículo, una y otra vez, a precios cada vez más inflados porque las compras masivas de artículos semejantes (las acciones) realizadas por las mismas empresas empujan el precio hacia arriba. Además, los ejecutivos saben cuándo habrá compra masiva, por lo tanto saben cuándo comprar y cuándo vender, lo que califica de “inside trading”, en el vocabulario norteamericano.

Pero la valuación siempre creciente del mercado accionario nunca fue vista por Greenspan como un problema; la falta de correspondencia entre el valor de las acciones y el valor de los activos tampoco fue para él motivo de alarma, y siguió empujando la maquinaria con dinero barato, bajando más y más la tasa de descuento de la FED. Al contrario, la consideró el aumento en las acciones como una respuesta racional en la economía norteamericana basada en tecnología que empujaba el crecimiento de la productividad. Una y otra vez, en sus intervenciones al frente de la FED elogió el comportamiento del mercado y buscó racionalizaciones para la disparidad cada vez mayor en

valor de capitalización vs. valor de la empresa en activos, en ventas o en utilidades.

Se generaron así dos realidades económicas en Estados Unidos: por un lado el mundo de las acciones y la especulación financiera, por otro las empresas que día a día realizaban su trabajo normal; el primer mundo vivía nada más en las computadoras de la bolsa de NY y en las fantasías de los inversionistas, el otro era el mundo de todos los días, el que podemos ver y palpar, dar y recibir con nuestras manos. El primero creció exorbitantemente, el segundo también creció, no tan rápido. La separación entre ambos mundos llegó a un grado tal que las acciones no pudieron seguir aumentando, es decir, ya no encontraron compradores que quisieran pagar más por ellas, y ahí estalló la burbuja.

El año 1998 los mercados de acciones habían estado razonablemente bien, subiendo hasta 21% en Junio y luego bajando a consecuencia de crisis con el rublo y de la quiebra de una gran firma de inversiones, Long Term Capital Management (LTCM); en septiembre Greenspan bajó la tasa de descuento 0.25%, para quedar en 5.25%, y luego lo hizo otras dos veces, para quedar en 4.75% en octubre de 1998. La última vez fue el 15 de octubre, un día antes de que miles de contratos sobre acciones expirarían. El resultado de haber elegido el momento preciso fue que después de recibir la noticia, los mercados reaccionaron y subieron 5% en 5 minutos. Aparentemente Greenspan sentía una vanidad pueril de que sus actos provocaran esas reacciones, sin cuestionar que un movimiento de esa naturaleza es pura y simple especulación.

Los mercados interpretaron la acción de Greenspan de una forma sorpresiva, pero tenía lógica interna: se entendió que Greenspan estaba de su lado, que los respaldaría con dinero barato, y que si tuvieran problemas los respaldaría aún más. Es entonces que se acuñó la frase Greenspan Put (la garantía Greenspan), y los mercados convirtieron a la especulación en el deporte favorito de Norteamérica durante el siguiente año y medio.

En esta burbuja financiera (llamada dot.com), llegaron a crearse empresas que no tenían ni activos ni ventas, mucho menos utilidades, pero sí tenían un equipo que se había encargado de preparar el ambiente financiero para la gran novedad de su IPO (Investment Public Offer, oferta pública de inversión, cuando la empresa hace una emisión de acciones y la coloca a través de la bolsa), y llegaron a vender millones de dólares en acciones, aunque la empresa no contara más que con un escritorio. Había suficiente dinero en el mercado, empujado por las tasas bajas de la FED, y durante algunos años el índice NASDAQ creció y creció, pero todo vino a terminar en enero de 2000, cuando empresas como WordCom, Time Warner, Corning, etc.,  hicieron evidentes sus problemas y quebraron, fueron liquidadas o adquiridas por otras. Las pérdidas en el valor de las acciones durante 2002 se calculan en $5 trillones de dólares.

Uno de los casos más emblemáticos de la época fue una empresa llamada Theglobe.com, que salió al mercado en Noviembre de 1998 a $9 dólares por acción, y ese mismo día cerró a $63.50, ganando 600% en un solo día. Su valor de capitalización llegó a alcanzar US$5 billones, cuando sus ventas eran apenas US$2.7 millones de enero a octubre de 1998. Este enorme desbalance, 1852 a 1, entre valor de acciones y valor real (es decir, aquí en la Tierra) de la empresa cobró su precio más adelante, porque quebró.

Durante 2009 hubo una explosión de IPO’s, y alguien se dio a la tarea de sacar promedios de las ganancias de esas acciones en su primer día: enero 247%, febrero 145%, marzo 146%, etc. Los más enterados y menos preocupados por cuestiones morales vieron una oportunidad en este frenesí, y se dedicaron a incubar empresas de nombre, “empresas NINJA”, que bien manejadas en su IPO, llegaban a recolectar muchos millones y luego servían para que los agentes de la bolsa ganaran con las compraventas sucesivas.

Pero durante 1998-99 Greenspan seguía optimista y buscaba y encontraba las señales que quería, de que el mercado iba bien y de que las expectativas eran suficientes para continuar el crecimiento. Su antecesor Paul Volcker, muy respetado porque llegó a controlar la inflación superior al 10% de 1980, no era optimista y en una extraordinaria muestra del conocimiento que tenía de los mercados, dijo en mayo de 1999:

El destino de la economía mundial depende totalmente del crecimiento de la economía de Estados Unidos, la cual es dependiente del mercado accionario, cuyo crecimiento es dependiente de unos 50 stocks, la mitad de los cuales nunca han reportado ganancias.

Greenspan no se conmovió, y en octubre de ese año declaró:

Las burbujas por lo general son perceptibles únicamente después del hecho. Identificar una burbuja por adelantado requiere el juicio de que cientos de miles de inversionistas informados están mal.

Comparando ambas opiniones, la de Volcker es un análisis de que la economía mundial es un gigante con pies de barro (los 50 stocks, la mitad de los cuales…) y en cambio la de Greenspan es apelar a la “sabiduría” colectiva de todos los inversionistas. Greenspan dice, en pocas palabras, que cuando mucha gente está convencida de algo, es porque tiene que ser cierto. En las reuniones de la FED, uno de sus miembros, Mike Prell, observó que compañías como VA Linux, que reconocía pérdidas y déficit, podían lanzar su propia IPO y obtener ganancias en las acciones de 700% en un día (!), llegando a una capitalización de $9 billones, nada mal para una empresa con pérdidas. Pero ni Greenspan ni los demás en la FED le hicieron caso, porque insistían en ver el crecimiento de NASDAQ como algo positivo y sostenible.

A finales de 1999, la relación promedio precio de acciones/ ganancias era de 200 (las acciones valían 200 veces más que las utilidades del año). Este y otros méritos hicieron que el autor Fleckenstein bautizara a Greenspan como Dot.com Dad, por sus grandes esfuerzos de inyectar liquidez a los mercados (es decir, abundancia de dinero) con lo que podía estimularse el crecimiento de las acciones. Pero el jefe insistía en ver todo bajo la lupa de la oportunidad del siglo para acelerar innovación, tecnología y productividad.

Una comparación con el PIB (producto interno bruto, la suma de todos los bienes y servicios vendidos durante un año) de Estados Unidos es útil. CISCO llegó a tener US$500 billones valor de capitalización, cuando sus ventas anuales eran US$12 millones. El PIB de todo el país (EEUU) era entonces US$9 trillones, lo que significa que el valor de las acciones de CISCO era el 5.5% del PIB. ¿Era posible que una empresa valiera tanto? ¿En qué activos estaba soportado ese valor? Y si sumáramos otras empresas igualmente afortunadas, podríamos acumular cientos de veces el valor del PIB de los Estados Unidos… en valores de acciones. Por esto decía yo arriba que en este ambiente hay dos mundos, el financiero y el de los pies en la tierra; si Greenspan necesitaba una manera de identificar la burbuja, aquí está ésta: sumar las acciones cotizadas en la bolsa; si el total es muchas veces superior al PIB, estamos frente a una burbuja.

Greenspan seguía sin ver burbujas, y alentaba la “inversión”, nombre elegante para la especulación rampante de esos días. Le cuestionaron sobre el margin debt (margen de deuda) que es el porcentaje que un inversionista puede pedir prestado a su bróker para comprar acciones; estaba en 50%, lo que alentaba a miles de ciudadanos a invertir una cantidad y duplicarla en acciones, sencillamente pidiendo prestado otro tanto, con la esperanza de que al aumentar el valor de las acciones podrían pagar el margin debt y continuar adelante ya nada más con su dinero. Greenspan consideró que ese margen era correcto.

En la reunión de marzo de 2000 de los gobernadores de la FED, Cathy Minehan comentó que los ejecutivos estaban preocupados en todo el país, porque los dueños los juzgaban no por los resultados tradicionales (ventas y utilidades), sino a través del prisma moderno de la valuación de acciones. Se detectaba que esta tendencia afectaba decisiones corporativas y de consumo.

Fleckenstein menciona esta intervención porque encaja en la siguiente definición de burbuja, producida por John Makin:

Existe una burbuja en el mercado accionario cuando el valor de los stocks tiene más impacto en la economía, que el impacto de la economía en los stocks.

Pero no le hicieron caso a Minehan. Greenspan comentó que “una posible explicación de esto … es que tenemos en la evaluación del mercado un proceso que se está moviendo de las viejas tecnologías hacia las nuevas”. Traducción: no hay de qué preocuparse, estamos ante un cambio de paradigma. Greenspan estaba endiosado con la tecnología, su nuevo paradigma, y consideraba que el crecimiento en el mercado accionario era el resultado del impacto de la tecnología en la productividad, creencia plausible pero que puede ser puesta a prueba midiendo la productividad, algo más directamente relacionado con el PIB: si la productividad creció enormemente, tendría que haberse reflejado en mayores bienes y servicios, es decir, en un mayor PIB. Pero esto no sucedía, y Greenspan insistía en su interpretación.

A partir de marzo de 2000 se terminó el romance y el mercado accionario empezó a desinflarse. Bajó 47% en sólo 10 semanas, pero Greenspan continuó sosteniendo que aunque había bajado ese mercado no se veía recesión, a pesar de haber dicho públicamente que las proyecciones de acciones estaban elaboradas por gente que era pagada para inflarlas, y por lo tanto no eran muy creíbles. El mercado no le hizo caso a Greenspan y continuó bajando, perdiendo un total de 50% con respecto al valor más alto (en marzo de 2000), lo que significaba que aproximadamente $2.5 trillones de dólares se habían evaporado.

Las perspectivas no eran nada más que la burbuja había explotado sino que podían enfrentar una recesión, pero tampoco eso lo quiso conceder Greenspan, diciendo “no tenemos la capacidad de prever con confianza una recesión”. Es decir, ni burbujas ni recesiones eran capaces de ver o de prever, y esto sucedía en el órgano más elevado en todo Estados Unidos para política monetaria.

El 3 de enero de 2001 bajó la tasa de descuento 0.5%, y la respuesta del mercado fue instantánea: en cinco minutos, los futuros de Standard and Poor 500[2] subieron 5% en cinco minutos, el NASDAQ subió 14% en ese día. Dada la capitalización total de mercado que adquirieron las bolsas en marzo de 2000, y el declive tan fuerte hasta fin de año, había razones más que suficiente para sospechar que se trataba de una burbuja, de dinero inflado, de acciones de valor subido por obra de la especulación y no porque las empresas que las respaldaban valían tanto; en 1980, cuando Paul Volcker al frente de la FED tenía la urgencia de controlar la inflación, lo que hizo fue subir la tasa de descuento (hasta 21.5% en 1981), y consiguió bajar la inflación y el desempleo a niveles aceptables en dos años. Pero Greenspan, en esta burbuja y en varias otras, trataba de solucionar las cosas metiendo más dinero al mercado con tasas de descuento bajas.

Continuó sosteniendo que los mercados estaban altos como resultado de una mayor productividad causada por los adelantos en tecnología. En febrero de 2001 dijo “la mayoría de los directores corporativos no parecen haberse alterado de una manera apreciable  con respecto a su optimismo sostenido acerca de los dividendos futuros por usar la nueva tecnología”. Como dice Fleckenstein, el optimismo tenía que continuar porque así lo decía Wall Street, ese bastión del pensamiento preciso e independiente.

Greenspan mismo había concedido previamente que si las acciones caían 30 ó 40% en unas semanas, entonces podría decirse que estaban frente a una burbuja. Sin embargo, a pesar de que esa premisa se cumplió en 2000, continuó haciendo declaraciones optimistas amparado en los análisis de Wall Street y en su poco informada fe acerca de tecnología y productividad. Fue en una de estas ocasiones (1996) que habló de “exuberancia irracional”:

¿…pero cómo conocemos cuándo es que una exuberancia irracional ha escalado individualmente los valores de las acciones, que después son sujetas a inesperadas y prolongadas contracciones como sucedió en Japón durante los ochentas?

Esta frase se convirtió en una forma muy indirecta, muy al estilo de los lenguajes financieros y en especial del de Greenspan, para decir: los mercados están sobrevaluados. Este punto, que es crucial para determinar las acciones de la FED, fue una y otra vez soslayado por Greenspan y lo mejor que pudo hacer fue expresarlo en esos términos rebuscados, que encima de todo son a posteriori: si de repente cae la bolsa 40%, quiere decir que estaba sobrevaluada. Eso cualquiera lo puede decir, no necesita cobrar como jefe de la FED.

Durante toda su gestión, Greenspan se empeñó en hablar en términos de oráculo, tanto por las consecuencias de sus declaraciones en los mercados, como porque no se le entendía. Los norteamericanos acuñaron el término Greenspeak para referirse a esa manera obscura, rebuscada, que le da vueltas y vueltas a las cosas y no llega a ningún lado, exactamente como cuando a un político le hacen una pregunta embarazosa.

Una de las muchas joyas del Greenspeak es la siguiente:

Los que toman el riesgo han sido animados por un incremento percibido en estabilidad económica para buscar horizontes de tiempo más distantes. Pero largos períodos de estabilidad relativa con frecuencia engendran expectaciones no realistas de su desempeño, y en ocasiones pueden conducir a excesos financieros y económicos.

Fleckenstein escribió su libro antes de que terminara la burbuja de la vivienda (2003-2008), y no pudo comentar sobre el enorme costo para el contribuyente norteamericano de los excesos financieros vividos en esos años. Pero sí alcanza a citar declaraciones de 2002 (naturalmente, de Greenspan) en donde comparaba la burbuja del dot.com con una hipotética burbuja inmobiliaria. Decía que mientras que las acciones pueden llegar a producir 100% en un año, la vivienda si acaso llega al 10%; por lo tanto, no habrá burbuja inmobiliaria. Una vez más, Greenspan estuvo en el lado equivocado, porque los genios financieros se las ingeniaron para especular no con directamente con las casas, sino con los instrumentos financieros derivados de las hipotecas. Parece que Greenspan no estaba enterado en 2002 que sus amigos en Wall Street, si les presentaran una fábrica de pinole, se las ingeniarían para crear instrumentos derivados de las acciones de la fábrica y de los futuros del precio del pinole en Mongolia (donde es indistinguible del polvo), generando con ello especulación y ganancias para ellos.

Sin embargo, Greenspan nunca dio su brazo a torcer. Años después, en 2008 publicó su hagiografía The Age of Turbulence, donde escribe “No puedes decir cuándo un mercado está sobrevaluado, ni puedes ir contra las fuerzas del mercado”, lo que apunta a una confesión de impotencia para la FED o a una absolución de sus propias faltas. También es conocida su expresión “no puede identificarse una burbuja hasta que ha pasado”, que es otra justificación de su inhabilidad o su falta de voluntad por controlar las burbujas. Se ocurren dos opciones: o de plano era el imbécil más grande del universo, como dice Matt Taibbi[3], o estaba coludido con los que hacían negocio precisamente en las aguas agitadas de una burbuja financiera. Lo que es cierto es que Greenspan estuvo casi siempre equivocado al frente de la FED, a pesar de la advertencia del senador Proxmire.

[1] http://money.cnn.com/news/storysupplement/economy/bailouttracker/index.html

[2] Standard and Poor = una empresa valuadora; 500 hace referencia a las 500 mejores empresas; los futuros es un “índice” que también entraba al juego: los “inversionistas” apostaban que el índice subiría o bajaría, y ganaban o perdían de acuerdo a lo sucedido. Como ve usted, era como si todo Norteamérica estuviera jugando Monopolio (al Turista en México), pero con dinero de verdad

[3] Matt Taibbi: Griftopia. Spiegel Grau, New York 2011.

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