El demonio no es el dinero, sino la insaciable sed que tiene el hombre de riqueza; pero como el dinero compra honores, amores y favores, el dinero termina por representar todos los anhelos que en el aquí y el ahora puede guardar el hombre, todo lo que en este mundo podría conseguir; a fin de cuentas el dinero es el culpable y el dinero es un demonio.

Pero eso tiene una ventaja: no hay que buscar en tantos lados para saber por dónde tienen que pasar las ambiciones de casi todos los hombres: por una cuenta de cheques, a menos que la legislación fiscal tenga tantos hoyos como una canasta de mimbre y haya manera de comprar coches, casas, relojes, discos, alcohol, tabaco y cualquier otra sustancia recreativa con dinero contante y sonante.

Nuestros legisladores, en su infinita sabiduría, han complicado hasta lo indecible un trámite que a fin de cuentas puede pasarse por alto; inventaron primero las facturas, luego las foliaron, luego les pusieron la cédula del RFC, luego les pusieron vigencia, luego inventaron el CFD y ahora dicen que todos los que ganen de $250,000 anuales en adelante tendrán que usar CFDI. Con este último paso, el CFDI, únicamente les están engordando el caldo a los así llamados PAC’s, creando un mercado artificial para la producción de facturas, porque el PAC tendrá que certificar absolutamente todas las facturas que se produzcan por CFDI, y la recaudación fiscal estará tan bien o tan mal como está ahora con el CFD. Y toda esta enorme complicación, para que pueda usted ir al tianguis del automóvil y comprar en efectivo el que usted quiera.

Absolutamente cualquier invento que haga el hombre para producir un documento seguro es falsificable: billetes de banco, billetes de lotería, dólares, cartas poder, cartas de amor; tanto CFD como CFDI tienen mecanismos de encriptación que harán difícil falsificarlos por no hay garantía al 100%. Pero el problema no es apretar las tuercas que ya estaban apretadas (todas las que están alrededor de los causantes cautivos), sino de establecer mecanismos ineludibles y controlables para la actividad comercial, de manera que cualquier actividad comercial pueda ser gravable.

Aquí llegamos al dilema pago en efectivo vs. cheque, transferencia o tarjeta; el primero no se puede rastrear, el segundo sí. Mientras una gran cantidad de productos que circulan en el mercado puedan pagarse en efectivo, todas esas operaciones no pasan bajo el radar de Hacienda y ayudan a crear la economía informal, que evade al fisco aunque las personas que participan en ella gozan, al igual que todos los demás, de las obras que realiza el gobierno. Para los ojos de Hacienda, es infinitamente mejor controlar los movimientos partiendo de las chequeras que partiendo de las facturas: en el primer caso se concentra en los 10 ó 20 bancos que hay, en el segundo caso se dispersa en millones de contribuyentes.

En Estados Unidos el control fiscal es muy sencillo: depósitos en la cuenta – gastos en la cuenta = utilidades, y de las utilidades se determina el impuesto. Allá puede hacerse manuscrita una factura en una servilleta, y es válida, porque lo que cuenta y en lo que se fija el IRS (Internal Revenue Service = SAT norteamericano) es en los movimientos de la chequera. Este método de trabajo es bueno en la medida en que los movimientos que hace el contribuyente efectivamente pasan por la chequera, y se sabe que no cubre el 100% de las operaciones pero las cosas están organizadas en EEUU para que sea un porcentaje grande. El banco es el gran soporte del gobierno para efectos fiscales, porque ahí se pueden rastrear todos los movimientos y las autoridades pueden establecer un seguimiento a operaciones ilícitas o sospechosas. En cambio, seguirle la pista a un billete es imposible.

El camino es, entonces, organizar las cosas de forma que una mayor cantidad de operaciones tenga que ser con cheque, tarjeta o transferencia. Por ejemplo las compras de automóviles, propiedades inmuebles, motocicletas, bicicletas, y en general todos los bienes de un determinado valor en adelante deberían pasar por un banco. Los movimientos fiscales en México deberán estar enfocados más en atacar el mercado informal, el de las operaciones en efectivo que no pagan impuestos, que en generar esquemas ultra-complicados e “hiper-seguros”, porque a fin de cuentas el causante cautivo ya está cautivo, y el que falta de entrar a esta realidad terrible –que hay que pagar impuestos- es el que realiza sus operaciones en efectivo.

El dinero en efectivo es el demonio, para Hacienda.

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