Un grano no hace un granero, pero ayuda a su compañero.

1-Burbujas

Cuando murió Steve Jobs, las acciones de Apple bajaron de precio con la explicación de que la empresa ya no iba a contar con su talento creativo, y por lo tanto la confianza de los inversionistas había disminuido. Esta es una explicación a toro pasado, semejante a la que da el Servicio Metereológico una vez que ha llovido: “había muchas nubes cargadas de agua, el aire se enfrió, el vapor de las nubes se condensó, y cayó la lluvia”. El problema real es decirlo antes de que suceda, cualquiera puede jugarle al adivino después de los hechos;  adivinar el futuro es un arte que todavía no comprendemos. Otra cosa que yo no entiendo es qué pierde Apple, la compañía, si sus acciones bajan. Esas acciones de que se habla son las que se intercambian en la bolsa, las que cambian de manos; el que perdió es el que era dueño de las acciones, no Apple. El dinero de Apple en sus cuentas, sus patentes, sus instalaciones y su personal son los mismos antes y después de que bajaron las acciones. Sin embargo, es un dogma de la economía actual que las empresas representadas por esas acciones suben y bajan de valor, conforme las oscilaciones de sus acciones. Hasta donde yo veo, el único momento en que hay una influencia directa del valor de la acción en la empresa es cuando la empresa libera esas acciones para atraer capital; una vez que el inversionista aporta el valor de la acción, este dinero queda en propiedad de la empresa, y la acción en propiedad del inversionista. De ahí en adelante, es la danza de la especulación.

Hace 24 años, el 19 de octubre de 1987 hubo el crack de la bolsa en México. Fue una cosa terrible por las consecuencias que representó a toda una generación de aprendices de especuladores, que sin conocer cómo se mueven las bolsas, leían en los periódicos que las acciones estaban subiendo por todas partes, escuchaban a sus asesores financieros las mejores recomendaciones para invertir, e invertían. Como yo no tenía dinero entonces, me di el lujo de ser un observador imparcial del asunto, y me limité a escuchar los magníficos resultados que mis amigos obtuvieron en unos pocos meses, oí planes de fantasía y muchos juramentos de que “después de esto” ya no iban a tener que trabajar. Naturalmente, sentí cierta envidia por ver crecer tanto la riqueza ajena, pero me ganó mi mentalidad racionalista y terminé por justificarme a mí mismo diciendo: “si todo el mundo está dedicado a invertir, ¿quién va a trabajar?” Me acordaba de nuestra frase mexicana “un ejército de puros generales” y la adaptaba a esta burbuja financiera: “un país de puros especuladores”. Lo mismo que en el ejército, no había quién sacara adelante el trabajo.

Pero tampoco entonces sabíamos adivinar el futuro, y ante rendimientos del 10-20% mensual, no había manera de que cualquiera que tuviera un poco de dinero invertido en fondos fijos, se quedara ahí y se aguantara las ganas de tentar a la suerte invirtiendo en acciones. La euforia llegó al grado de que gentes muy conocidas, muy prudentes y ya de edad, vendían su casa para invertirla en la bolsa. Cuando llegó el final, el dinero se esfumó y muchísimos “inversionistas” regresaron a la realidad, un poquito más pobres.

Pero ciertamente que los millones no desaparecieron, se quedaron en algún lado. ¿Quiénes ganaron? Obviamente, las casas de bolsa que ganaban una comisión por cada transacción, sus ejecutivos de cuenta y sus funcionarios. No tan obvio, los tiburones financieros, quienes sabían que esta burbuja iba a reventar en algún momento y tuvieron la prudencia de vender cuando las acciones estaban todavía altas.

Este fenómeno, repetido periódicamente en la Historia desde hace varios siglos, no es más que una forma de locura colectiva (por parte del gran público), y una manera de robar con impunidad (por parte de los tiburones financieros). Hay un ejemplo muy interesante que sucedió en Francia en 1719: la Compañía del Mississippi, formada por John Law, un economista escocés que se había ganado la confianza del Duque de Orleans, regente de Luis XV. Lanzaron una compañía pública que tenía como objetivo explotar las riquezas del Mississippi, en ese momento propiedad de Francia. El público reaccionó tan favorablemente que emitieron acciones y más acciones, subían y subían de valor, hasta que reventó la burbuja. Durante ese tiempo, según documenta Charles Mackay en su libro The Madness of Crowds, la atención estuvo concentrada en la especulación de las acciones, y no en la explotación efectiva de aquella propiedad francesa. A toro pasado, todo mundo vio que era inevitable la caída de la compañía. La misma locura, la misma subida y bajada de las acciones, la mayoría de los inversionistas como perdedores, y unos pocos astutos que supieron crear fortunas; con unas pocas diferencias (el año, el lugar, algunos nombres propios), el crack de 1987 es una calca del antecedente francés.

Hace algunos años se insistía en atraer inversionistas verdaderos a México, no especuladores. El verdadero inversionista compra un terreno, construye un edificio, pone ahí estantería y maquinaria para producir o comercializar algo, y se ancla a esa tierra por el valor de esta inversión. El especulador en cambio, con esta maravilla del internet, puede mover desde su casa millones de dólares en acciones de un país a otro, no está anclado ni tiene que guardar fidelidad a ningún país. En las circunstancias actuales es prácticamente imposible regular el valor de las acciones, pero los gobiernos podrían imponer una regulación indirecta al beneficio obtenido en la compraventa de acciones, aplicando un impuesto, cosa que no se aplica en México. Sin embargo, el tema es difícil “porque se desalentaría la inversión” y los gobiernos, en general, no han metido la mano en ese asunto.

2-Otros asaltos

El otro gran problema financiero actual en que los gobiernos no quieren actuar es en la regulación de los bancos. El crack financiero de 2008 es el último ejemplo. La Reserva Federal de EEUU bajó el costo del dinero en 2005-2007, y los bancos aprovecharon para financiar la vivienda. Con créditos muy baratos hubo mucha gente que compró casa por 1ª, 2ª ó 3ª vez, y ante la mayor demanda el precio de la vivienda subió. Esto animó a los bancos a dar créditos a más gente, y dejaron a un lado los criterios conservadores y aceptaron dar créditos a los clientes ninja (no icome, no job, no asset), parientes de los actuales ninis. Mucha gente se animaba a hipotecar su casa porque pensaba que con el boom, la casa subiría de precio, la venderían y obtendrían ganancia. Con tanta demanda de hipotecas, a los bancos norteamericanos se les acabó el dinero y sus genios financieros inventaron nuevas formas de fastidiar: crearon tipos rebuscadísimos de inversiones (para vender más adelante sus hipotecas de mala calidad), se las vendieron a bancos y a fondos de inversión en otros países, y pudieron hacerlo sin mayor problema porque los bancos norteamericanos son respetables y el mercado inmobiliario estaba en boom. De esta manera, grandes y pequeños inversionistas, banqueros y pequeños tenedores de títulos en una caja de ahorros, se convirtieron en financieros del boom de la vivienda en EEUU. Los mercados financieros se pueden manejar a la alza aunque no haya valores tangibles que lo sostengan, mientras haya confianza en el mercado; sin embargo, ante ausencia de valores tangibles correspondientes, aparecen síntomas de alarma, la confianza se pierde y la burbuja explota.

Si los deudores norteamericanos hubieran pagado, todo estaría bien. El problema es que les habían prestado a clientes insolventes, y no hay manera de sacarle agua a una piedra. Empezaron a dejar de pagar los malos clientes, eso originó una baja en el precio de la vivienda, y eso originó que los clientes solventes debieran más dólares que el valor de la casa; así llegó un momento en que muchos prefirieron abandonar la casa hipotecada porque no había manera de pagarla o no valía la pena pagarla, y los bancos se encontraron con un montón de propiedades, entregadas en lugar de dólares. Los bancos norteamericanos entran en problemas, y como están apalancados por bancos europeos y fondos de inversión de todo el mundo, les transfieren sus problemas a sus propios acreedores. A fines de 2008 el problema explota, grandes corporaciones entran el problemas, algunas quiebran y los dejan morir, otras tienen más amigos en el gobierno de EEUU y consiguen que les presten dinero para salir del atolladero, como GM.

Bank of America, uno de los bancos que estaban cerca de los dioses, recibió un préstamo del gobierno para rescatarlo de sus problemas por US$45 billones (miles de millones) entre noviembre de 2008 y enero de 2009. Astutamente aprovechó la situación precaria en que se encontraba Merryl Linch, uno de los mayores manejadores de grandes inversiones, para adquirirla. Bank of America se manejó con prudencia durante 2009, y le fue suficientemente bien como para que en diciembre de ese año, pudiera pagar completamente el rescate que había recibido. En un año se pudo levantar de la lona y pagar esa deuda gigantesca, no ha de ser tan malo el negocio.

Otra anécdota que nos ilustra sobre las bondades de ser banquero, también está relacionada con Bank of America. En agosto de 2009 aceptó pagar una multa de US$33 millones para no hacer olas en público, porque Merrill Lynch, ahora subsidiaria del banco, había repartido entre sus empleados US$5.8 billones (miles de millones). Analice usted la situación: por un lado Merill Lynch quiebra y así la compra Bank of America; sin embargo, no estaba tan quebrada puesto que alcanzó a repartir US$5.8 billones de bonos; esto significa que Merrill Lynch le pasó la factura a sus propios accionistas, pero internamente sus ejecutivos y directivos se sirvieron con la cuchara grande.

Estos son algunos ejemplos de las bondades del capitalismo, cuando es dejado a su libre albedrío.

3-¿Y las autoridades? Bien, gracias.

Yo creo que el interés personal es el gran motor de la actividad en el mundo, económica y en todos los órdenes. No le veo nada de malo a que un científico se enriquezca porque haya patentado un invento, o que un escritor pueda vivir tranquilamente de las regalías de sus libros, o que el agricultor que invierte en su campo gane dinero con una buena cosecha. No le vería nada malo al sueldo de diputados y senadores, si ya hubieran reformado la Ley de Juegos de Azar. El problema es que también en economía, paris cum paribus congregantur (los que son semejantes se juntan entre sí) y los financieros empiezan a asociarse y organizarse de forma tal que, dejados a su arbitrio, inventan productos financieros que no están respaldados en firme (como las hipotecas subprime vendidas antes de la crisis del 2008), pero a ellos no les importa, puesto que ellos ya resolvieron su problema y cobraron su comisión. Esta agrupación de semejantes ha creado un poder mundial paralelo al de los gobiernos, que no tiene las limitaciones de las fronteras, y que aprovecha en su beneficio las situaciones de debilidad en que puedan encontrarse algunos países. Hay un estudio muy interesante elaborado un grupo de investigadores suizos: The network of global corporate control, que describe cómo está concentrada la riqueza mundial en unas pocas corporaciones, principalmente bancos. Puede usted consultarlo en

http://arxiv.org/PS_cache/arxiv/pdf/1107/1107.5728v2.pdf

Frente al poder económico enorme que tienen los bancos, los gobiernos deberían intervenir, permitirles obtener una ganancia razonable y no permitir que se salieran de patrones ya establecidos, como por ejemplo las Normas de Basilea, que establecen proporciones entre pasivos y capital y les cortan las alas a los genios financieros de los bancos. En el caso de los Estados Unidos, las corporaciones emproblemadas llegaron en 2008 con el rabo entre las patas (habiendo olvidado los bancos las Normas de Basilea), a pedir ayuda a papá gobierno; el gobierno las regaña y les presta, las corporaciones dicen que se van a portar bien; pero “portarse bien” significa que haya regulación sobre esos instrumentos financieros que venden ilusiones, y eso no les conviene a los banqueros: ellos necesitan libertad para moverse a su gusto. Como el gran poder económico de las corporaciones tiene maniatado al Congreso, la regulación financiera que se requeriría para que los bancos no incurrieran en maromas nunca se legisla. Las cosas vuelven a su ritmo normal, y Bank of America puede pagar un pasivo gigantesco (US$45 billones) en un año, así de noble es ese negocio.

En México, posiblemente la situación está peor. Hacia 1980 había una generación de banqueros de mucha tradición y respetados en su campo: Agustín Legorreta y Manuel Espinosa Yglesias por ejemplo. En 1982 el país ha terminado de administrar la abundancia y está en quiebra; López Portillo culpa a los banqueros y decide expropiar la banca. Queda en manos del gobierno por unos años, con compadres del presidente habilitados como banqueros, y tiempo después la venden en una serie de operaciones que nunca se entendieron bien, pero que sirvieron para enriquecer a personajes muy conocidos. Actualmente a la banca mexicana le queda el nombre (nada más Banorte es mexicano) y los demás son subsidiarios de algún banco extranjero.

Del Bancomer de don Manuel Espinosa Yglesias queda el BBVA-Bancomer, subsidiario de un banco español, que honrosamente aporta al beneficio de su grupo el 30% de las ganancias totales. La filial mexicana de Santander aportará a su grupo (también español) ganancias por unos 1,000 millones de euros durante 2011, lo cual es una prueba irrefutable de que México no está en crisis, al menos para los banqueros.

De grano en grano, llena la gallina el buche.

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