Cuando yo era joven sosteníamos con frecuencia discusiones acerca de “el mejor” sistema económico, poniendo frente a frente capitalismo y socialismo en cualquiera de sus formas; teníamos un solo modelo del capitalismo, Estados Unidos, y varios países que alegaban ser el más marxista de todos: la URSS, China, y Cuba. Mis amigos y yo no éramos capitalistas todavía –ninguno había creado o heredado una empresa- y ninguno de nosotros había viajado a los países comunistas, pero la juventud es aliciente de la imaginación, y lo que no habíamos visto con nuestros ojos podíamos sin embargo argumentarlo en esas conversaciones, como si hubiéramos estado presentes en alguna sesión del Consejo Directivo de Ford, como si hubiéramos trabajado en un koljoz. Nuestros argumentos se resumían en dos posiciones encontradas, que jugaban en un plano diferente y que nunca pudimos reconciliar. El capitalismo se defendía por la libertad y el estímulo que otorgaba al individuo para perseguir sus ideas, ser creativo, crear riqueza para sí mismo y para los demás; el socialismo argumentaba ser un sistema más justo porque igualaba a todos los individuos ante la ley y ante la propiedad; lo primero es bandera de cualquier constitución moderna, lo segundo se conseguía mediante el remedio más bien drástico de suprimir la propiedad privada y decretar que todo era de todos.

Los dos argumentos eran válidos pero incompletos; más que incompletos, adolecían de muchos defectos prácticos. Efectivamente el capitalismo libera la creatividad, suponiendo que el individuo la tenga, pero lleva a enormes desigualdades e injusticias; el comunismo al estilo ruso o chino igualaba a casi todos –los jerarcas del partido eran más iguales que los demás-, pero los igualaba en la pobreza, y lo que se consiguió en la URSS fue un nivel básico aceptable de subsistencia, muy por debajo del nivel de vida de los países más desarrollados.

La discusión se terminó cuando cayó la URSS: si ese sistema hubiera sido a la larga mejor que el capitalismo no puede decirse con certeza, puesto que desapareció el contendiente. Con razones bastante más pragmáticas, China dio el salto a una mezcla sui-géneris de capitalismo y socialismo, puesto que se permite y se alienta la iniciativa privada, aunque declaren que siguen el ejemplo de Mao y son gobernados por un Partido monolítico, oficialmente socialista, más parecido al PRI de sus buenos tiempos que al Partido Bolchevique. En el caso de la URSS, las circunstancias rebasaron a Gorbachov y cuando él se dio cuenta, había perdido el control del poder y las repúblicas de la URSS decidieron hacer válido el término “república”, separándose; los chinos tuvieron la suerte de contar con Den Xiaoping, quien se dio cuenta a tiempo que el país estaba estancado en la pobreza y que había necesidad de liberar las capacidades que tenía el individuo para buscar su propio provecho, y no nada más trabajar ciegamente por el bienestar del Estado.

Aquella discusión de juventud la ganó Estados Unidos, porque a partir de 1990 se señaló como el inicio de una nueva era de paz y prosperidad, donde prevalecerían las libertades individuales, cada quien podría dedicarse a lo que quisiera y desarrollar sus talentos, los países no tendrían que embarcarse en experimentos socialistas fallidos porque podrían practicar la democracia según el modelo por excelencia, esto es, Estados Unidos. Los cambios llegaron a México por esa época con el Tratado de Libre Comercio primero y con el relevo de partido en la presidencia.

Veinticinco años después, todas aquellas expectativas han resultado falsas: los países pobres siguen siendo pobres, la democracia en prácticamente todas sus variedades está desacreditada, en particular porque lo mismo Hugo Chávez que George W. Bush, que Peña Nieto y que Xi Jinping se han considerado electos, y porque las condiciones naturales y el carácter de la gente determinan en gran medida avance o retroceso de un país, no únicamente su forma de gobierno. Por ejemplo, la cuenca del Mississippi es un potencial enorme de desarrollo, que los norteamericanos han sabido aprovechar; los muchos ríos grandes que desembocan en el Pacífico permiten a China establecer fábricas tierra adentro, sabiendo que tienen abierta la vía fluvial para enviar sus productos al exterior; pero al Sahara y al norte de Groenlandia todavía no se les encuentran grandes perspectivas económicas, mala suerte para los árabes y para Dinamarca, dueña de Groenlandia.

Veinticinco años después, el mundo se ha vuelto más cínico. En 1970 discutíamos teóricamente, en 1990 teníamos grandes esperanzas, hoy vemos que la realidad es mucho más complicada que un debate entre comunismo y capitalismo. Parte de este cinismo se debe a nuestra experiencia directa, y el resto al internet y a la enorme cantidad de información disponible para todo el mundo. Hoy nos enteramos al instante de que hay buenos y malos terroristas, de que en cierta ciudad de Siria la gente muere de hambre por el bloqueo, de que VW y Nissan están en la mira de los reguladores por emisiones de sus vehículos, de que cierto magnate norteamericano compró un laboratorio que fabricaba un medicamento contra el Sida, y que inmediatamente de comprarlo, decidió aumentar el precio del medicamento más de cincuenta veces.

Es difícil creer que el capitalismo es la solución a los problemas económicos del mundo, cuando conocemos casos como el de Martin Shkreli, quien compró Turing Pharmaceuticals, fabricante del medicamento Daraprim, droga contra la malaria y ayuda en el tratamiento del Sida, y subió el precio de US$13.50 a US$750 por tableta, volviéndola prohibitiva para casi todo el mundo. Shkreli consiguió el odio universal, pero en realidad él estaba jugando con las reglas del capitalismo: rienda suelta a la inventiva personal y al juego de oferta contra demanda. Yo tengo un VW sedán de 1990 que aprecio mucho, pero estaría dispuesto a venderlo en un millón de pesos; lo peor que me puede pasar es que me acusen de loco y que se burlen de mí, pero estoy en mi derecho de pedir por ese coche una cantidad exorbitante. Estoy jugando con las mismas reglas del juego de Shkreli, las reglas sagradas del capitalismo en donde el dueño de algo puede fijar el precio, y el posible comprador decide comprar o rechazar. El problema es que mi coche no es un artículo necesario para millones de individuos, y el Daraprim sí lo es; con esta medicina se juega con las reglas del capitalismo, y se comete una enorme injusticia.

También es difícil creer que el capitalismo es la solución cuando observamos al único ganador en todos los conflictos bélicos del mundo: la industria armamentista. Glock, Lockheed-Martin, Beretta, Remington, y las decenas de fabricantes de rifles AK-47 son quienes se enriquecen en cualquier guerra, gane quien gane, muera quien muera, se destruyan tempos milenarios o “nada más” edificios recientes. La industria armamentista es un mercader de la muerte pero funciona también de acuerdo a las reglas de la oferta y la demanda: el público norteamericano quiere armas, ahí están los fabricantes de pistolas y rifles para satisfacer esa necesidad del mercado. Aun suponiendo que cada norteamericano duerma con una pistola bajo la almohada que usará solamente para defenderse, queda pendiente el caso de todas las guerras y todas las bandas criminales que existen en el mundo, servidos por la misma industria. En el narcotráfico hay tres grandes beneficiarios: los líderes de las organizaciones, los políticos corruptos que facilitan el negocio, y la industria de armas. Desde el punto de vista de Colt es mejor que haya más guerras, que existan más conflictos de narcotráfico en México: ellos seguirán proveyendo el legendario rifle M16 a un bando y a otro. La industria armamentista hace un negocio de la muerte, y sin embargo sigue las reglas de juego del capitalismo.

En aquellos buenos tiempos que apenas se estaba creando el capitalismo, y por lo tanto no se conocía bien, Adam Smith ideó el pensamiento de una “mano invisible” que guía los mercados: se conseguirían buenos resultados sociales a partir de las iniciativas individuales, aunque el individuo persiguiera su propio beneficio y no pensara directamente en beneficiar a la sociedad. Esta idea puede aceptarse como cierta al considerar por ejemplo el caso de Henry Ford, quien inventó la producción en serie y creó la clase media norteamericana; Ford razonaba que tenía que pagar suficiente a sus obreros para que compraran sus coches, y en ese caso ambas partes resultaban beneficiadas, pero no sé cuál es el beneficio social de que Daraprim aumente de precio cincuenta y cinco veces.

Esa utopía de la mano invisible que hace al mercado auto-regulable fue esgrimida por las autoridades económicas norteamericanas (Alan Greenspan al frente de la FED) en los años previos a la gran crisis de 2008: dejaron que los bancos hicieran lo que quisieran, dejaron que la bolsa subiera hasta la estratósfera y consiguieron que el mercado financiero mundial se convirtiera en una gigantesca burbuja, en una enorme pirámide que cuando dejó de recibir incautos que quisieran invertir, explotó y llevó a la ruina a mucha gente. La cuenta la terminó pagando el público norteamericano mediante el rescate del gobierno de los bancos. Hay en mi opinión dos símbolos de esta crisis: Bank of America y Bernard Madoff. El banco recibió en enero de 2009 ayuda del gobierno por unos US$30,000,000,000 y su negocio es tan noble, a pesar de la crisis, que pudo pagarla a fines de ese año; como los resultados fueron tan buenos, los altos ejecutivos se festejaron con bonos millonarios. Madoff estafó a sus inversionistas con unos US$18,000,000,000 (recurriendo a un Esquema Ponzi, conocido en México como “pirámide”), fue encontrado culpable y pasará el resto de sus días en prisión, cosa que proporcionará un poco de satisfacción a sus defraudados pero no les devolverá el dinero.

En mi opinión, son tan culpables Madoff como los grandes bancos. Todos jugaron a beneficiarse del flujo de inversionistas, todos sabían que no duraría para siempre y que eventualmente tendrían que retirarse del juego, pero solamente Goldman Sachs y algunos otros listos vieron el peligro a tiempo y se retiraron. En un momento de ese período, Goldman vendía a inversionistas paquetes de acciones en una ventanilla, y en la otra compraba seguros a AIG para asegurarse contra el riesgo que representaban esas acciones: cuando Goldman se dio cuenta que estaba a punto de suceder la catástrofe y era dueña de mucho papel comercial, títulos, obligaciones y acciones que perderían su valor, salió al mercado a venderlas, semejante al individuo que posee un coche con el motor sobrecalentado y lo vende a un incauto, sin informar de los problemas. El vendedor puede ser acusado de fraude, de no informar de las condiciones reales del auto, pero Goldman Sachs y los demás bancos, que hicieron a mucha mayor escala lo mismo que el vendedor tramposo y causaron un daño incomparablemente mayor, fueron recompensados por el gobierno con ayuda financiera.

De todo esto concluyo que tanto socialismo como capitalismo tienen qué ofrecer para el mundo en su conjunto, no nada más para los jerarcas del Partido o para los grandes empresarios, pero no se ha logrado establecer ese punto de equilibrio. Si usted tiene algo que decir sobre este tema, con gusto leeré su opinión.

14.1.2016

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