Una tarde de 1977 fui al cine Latino en Paseo de la Reforma; era una sala enorme, con gran pantalla y buen sonido. Entrando y buscando un lugar en la penumbra de la sala, escuché la voz poderosa del orador José López Portillo pidiendo perdón a las madres abandonadas, a los pobres sin sustento, a todos los ofendidos y desposeídos de nuestro México. Imágenes de madres en la miseria de criar hijos sin hombre, de familias postradas en la impotencia de un campo seco, contrastes con las cuadras arboladas de Insurgentes Sur o Reforma, servían de marco y servían a la voz del presidente, magníficamente grabada, con su dicción elocuente del español y la elocuencia de quien sabe usar las palabras, que se grabó en la memoria de mis oídos como un mensaje claro de las injusticias pasadas que se habían cometido contra los humillados y ofendidos de este país, terminando con la afirmación sonora de que México había dejado de ser un país de caudillos y empezaba a ser país de instituciones. Qué tiempos aquellos, en que se usaba a las masas empobrecidas, y al arrepentimiento público como símbolo de una nueva toma de poder y un intento del presidente de obtener de corazón el apoyo que solamente había conseguido en los números fríos y preparados de una elección oficial. Qué tiempos aquellos, cuando el presidente en turno atacaba a los dos presidentes anteriores, los ofensores en cuyo nombre pedía perdón y proclamaba el inicio de una nueva república, la de las instituciones.

Nunca volví a escuchar ni saber de aquella magnífica pieza de oratoria; el sexenio no resultó como JLP deseaba (robar mucho pero haciendo pocas olas), se le descompuso totalmente lo que Echeverría no alcanzó a destrozar, y él, JoLoPo, derechista por la convicción de sus análisis históricos sobre la venida de Quetzalcóatl, terminó como el más izquierdista de los presidentes, devaluando el peso y nacionalizando la banca. El país siguió siendo país de (malos) caudillos.

Como siempre, los mexicanos nos quedamos cruzando los dedos para que sucedieran dos cosas: librar el sexenio actual y esperar que algún día tengamos un país de instituciones. Pasaron los sexenios y muchos abrigamos una esperanza que parecía cristalizar cuando salió el PRI y entró un nuevo partido –a la distancia de estos años no importa cuál otro partido, pudo haber sido cualquiera- y nos gobernó Vicente Fox. Sesudos análisis intentan encontrar la causa de esa esperanza frustrada: que fue Martha Sagún, que Fox tenía madera de vendedor de Coca Cola pero no presidente, que el PAN no tenía experiencia en gobernar, que voló la paloma del nido y me falta el calor de su cuerpo. Todavía nos alcanzó el miedo a las víboras y tepocatas para reelegir al PAN, y de ahí en cuesta abajo, en la parte del país que nos toca, sentados en el lado del subibaja que va para el suelo, mientras el otro, el de los de siempre, roba, roba y se encumbra.

Ya nadie se acordó de caudillos ni de instituciones; para acabar pronto, nadie se acordó del país. Los muchos que hubieran querido robar pero no pudieron, los pobres y desposeídos, los personajes en Humillados y Ofendidos que el país le robó a Dostoievski, encontraron una forma de reclamar lo que siempre les habían negado: en la delincuencia, que se organizó y contribuyó a desorganizar al país. Me parece natural que muchos piensen: “los de arriba han robado y robado y robado, mientras mi abuelo y mi padre nunca pudieron salir de pobres. ¿Por qué no he de robar yo?”. Y como un dique de tierra apisonada que se va erosionando con los años y el agua, le van saliendo grietas y agujeros por todos lados, hasta que termina en el suelo como un charco de lodo que embarra la comarca completa, kilómetros río abajo del dique. Así veo al país: no una presa de concreto hidráulico con diseño en Ո, construida con varillas de acero de dos pulgadas y pruebas de impermeabilidad y resistencia, sino como un montón de tierra con piedras que mal imitan las varillas para resistir torceduras, sin cemento y sin planos, solamente la tierra; encima del dique han plantado unos árboles, a ver si sus raíces pueden sustituir a las varillas de acero. Nos aguantó unos años así pero terminó desmoronándose porque las varillas, el cemento y los planos que eran la ley y las instituciones estaban solamente ahí de nombre, lo que nos sostenía eran las pisadas fuertes del caudillo que además de ser presidente, de vez en cuando atendía el dique.

Muchos años después, seguimos así, con una gran diferencia: la voz bien timbrada y con fuego en palabras que sabía usar López Portillo ha sido sustituida por los discursos mañaneros, con lagunas entra palabras, ideas mal hiladas, silencios que alcanzan a dar tiempo a la esperanza de que ahora sí nos diga lo que hay que hacer, o al aburrimiento por el discurso en suspenso y la nula esperanza de que diga algo con sentido. Cuál de las dos, yo creo que depende de la edad, del grado de educación y del resentimiento social que uno tenga; como mexicano, creo que también juega la esperanza que uno pueda tener en conseguir puesto en esta administración.

López Portillo aspiraba a ser caudillo de los mexicanos, aunque su discurso bien hilado pretendía tejer un país de instituciones; el presidente actual, con descaro y sin recato, quiere ser y se ha convertido en caudillo de los desposeídos, a quienes quiere dar de comer como animalitos, quitando a los que más tienen sin orden ni concierto para “repartirlo” entre los pobres. México todavía no es un país de instituciones, porque la Corte del Congreso, al unísono como en tiempos de Echeverría y de López Portillo, canta loas al presidente y bebe su palabras como quien busca la sabiduría en el Eclesiastés; proclama al presidente como el único, el ungido, espera a que el Supremo “gire sus instrucciones” al congreso para saber las leyes que hay que promulgar, modificar, o derogar. México no es nación de instituciones porque el tercer poder, el que no es elegido, antes generaba la convicción popular de que la justicia se compraba, y ahora la certeza de que también ahí, la presidencia gira sus instrucciones.

¿Por qué México no es todavía un país de instituciones? Tengo una respuesta muy sencilla, abierta al debate y a que me contradiga cualquiera de ustedes: porque los mexicanos esperamos que el cambio venga de afuera o de “arriba”, para el caso da lo mismo.

Los mexicanos como masa estamos listos para quejarnos, oponernos, irnos a la cargada y a la ch…, protestar, insultar al presidente y a Topogigio, pero no estamos listos para participar y construir. La cosa pública, “la construcción de nuestra sociedad” no es asunto nuestro sino del gobierno. El pueblo de México no tiene interés en participar, sino en quejarse y esperar “que ahora sí me toque la mía”, es decir obtener un puesto en donde trabaje poco y pueda robar, a cambio de seguir fielmente las instrucciones de arriba: Ver, oír, callar y obedecer, como dicen que decía Fidel Velázquez.

Hubo un tiempo, a finales del período de Fox, en que yo culpaba al PAN de la frustración del sexenio: el PAN tuvo su oportunidad histórica y la desperdició. Hoy pienso diferente: ¿qué hubiera pasado si en vez del PAN hubiera sido el PRD, el PC, el MC o el PUP? El más mexicano de los partidos, el PUP, el que no discrimina a nadie y tampoco exige exclusividad porque en su seno hay del PRI, del PAN, de MORENA, del PRD, ese partido al que casi todos pertenecemos, ¿qué clase de dirigentes nacionales hubiera producido? ¿Hubiéramos tenido un mejor sexenio? Yo creo que no, porque ¿de dónde hubiera sacado ese “otro” partido sus elementos para gobernar?  Necesariamente, del mismo pueblo mexicano, ese que acabo de describir como desinteresado de la política, quejándose y esperando que alguien de arriba señale el camino, o esperando su turno para tener hueso. Ya casi no se utiliza esa palabra, hueso, pero al sentido y al ejemplo que nos dan los gobernantes el día de hoy, 15 de octubre de 2019,  todavía les falta mucho para que veamos un puesto en el gobierno como una oportunidad de servir a nuestra sociedad.

El pueblo mexicano es como la muchacha de pueblo de antes, que ha perdido la virginidad en veces sucesivas, en una época en que todavía se valoraba la virginidad y que como siempre, no se prohibía el chisme; llega alguien que la corteja y que le dice que la quiere, lo que ella quiere oír, la invita a estar con él. Los anteriores tenían más dinero o más elocuencia, pero se los impusieron, nada más la usaron y éste dice que sí la quiere; lo acepta, se va con él, no sabe ni pensó cómo será la vida en común, ella tiene esperanza porque éste dice que la quiere y que la entiende, y habla con elocuencia rupestre de que los anteriores nomás la querían para divertirse. Ella se siente feliz porque el nuevo no le reclama sino entiende los abusos pasados, y finalmente comprende que las intenciones de los anteriores nunca fueron buenas y en una de esas hasta eran fifís; el  nuevo no la juzga, el nuevo parece aceptarla como es.

México sigue siendo un país de caudillos. No seremos nación de instituciones mientras esperemos el ejemplo general para no robar, no pasarnos el alto, no grafitear, para no mentir y para ponernos a trabajar. Teníamos un país desunido y lo seguimos siendo, pero ahora con dos bandos claramente identificados por el de mero arriba: pueblo bueno y fifís, conceptos que han sido definido con precisión matemática. Pueblo bueno := los que apoyan la 4T, fifí := los demás. No sé qué va a pasar, pero mi pronóstico es que la brecha entre los que más tienen y los empobrecidos se agrandará porque el actual presidente busca dinero para repartir, no para generar riqueza, y porque hay dos maneras de convertir $120 millones en polvo: les prendes un cerillo, o le das un peso a cada mexicano.

Solución, lamentablemente no tengo. Pero conservo la esperanza en la educación y en que algún día aprendamos de nuestra experiencia en común: a la larga, el bienestar de la sociedad también me beneficia a mí.

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