1-La histeria colectiva

Orson Welles es considerado uno de los mayores genios cinematográficos. Mostró su talento desde joven y de hecho se convirtió en l’enfant terrible del cine norteamericano. Era una personalidad extremadamente creativa y original, un individuo que podía usar elementos simples, al alcance todo el mundo, y crear con ellos algo totalmente innovador. En Octubre de 1938 convenció a los directivos de CBS Radio de transmitir un programa que consistiría en una versión radiofónica de la obra de ciencia ficción de H.G.Wells La Guerra de los Mundos. La transmisión constaría de 60 minutos no interrumpidos por comerciales; Welles tendría mano libre para realizar la producción como él quisiera.

El inicio se marcó cuando en otra estación (NBC) se transmitía un show muy popular, y esa fue una de las razones por las que mucha gente no pudo escuchar el inicio de La Guerra de los Mundos, donde empezaban diciendo que todo lo que se diría ahí era ficción; intencionalmente Welles lo preparó así, puesto que sabía que a los 15 minutos de iniciado su programa, el show de la NBC pasaría a comerciales, el público buscaría una estación diferente, y llegarían con su propio show ya iniciado, sin advertencia de que era ficción.

La historia narraba eventos que sucedían en New Jersey, presentados en la forma de noticieros, para darles realismo: extrañas explosiones detectadas en Marte, un meteorito cilíndrico que caía en Grover’s Mill, NJ, el meteorito se abre y resulta ser una nave extraterrestre, de ahí salen marcianos con tentáculos que atacan con rayos de calor a la multitud que lo estaba mirando. Aparecían llamadas anónimas de personas que se decían atacadas y que no podían terminar su relato porque (presumiblemente) los marcianos se habían encargado de ellos, entrevistaron a toda prisa a un científico que se puso a especular sobre el desarrollo de la guerra con Marte, se declara la ley marcial en New Jersey, el ejército ataca a los marcianos y éstos sacan un cañón de su nave que acaba con los soldados, etc.

A la media hora de haber iniciado la transmisión, Orson Welles había conseguido un estado de histeria general en todo el noreste de EEUU: las líneas telefónicas se saturaron, los policías no sabían qué hacer, las autoridades tampoco, llamaba gente declarando que había visto marcianos, había olido gas venenoso, y veía luces como de cañonazos a lo lejos. Se produjo un ataque de pánico que cubrió a una gran parte de la población, y que al final, cuando salieron de nuevo las palabras de que estaban narrando un libro, la gente no sabía qué creer. Al día siguiente fue la noticia en todos los periódicos, y naturalmente (en EEUU) hubo montones de demandas contra Welles y contra CBS Radio. Todas menos una fueron desechadas; la que prosperó fue una de un negro pobre que dijo que había ahorrado para comprarse zapatos, y para huir del lugar, tuvo que gastar ese dinero en transporte; prosperó porque Welles aceptó pagarla.

Este incidente demostró el poder de la radio, cuando está en manos de un verdadero talento creativo. Ciertamente que era una época en que la radio no tenía tanta competencia, pero el incidente sigue vigente de una y mil maneras: el locutor que tiene chispa para presentar canciones y atraer llamadas del auditorio, el presentador que transmite noticias con comentarios e invitados inteligentes, unos pocos – muy pocos – comerciales. La radio y los medios de comunicación masivos tienen poder para influenciar las masas.

2-La risa colectiva

En el extremo opuesto a Orson Welles en la escala de talentos se encuentran el IFE y los partidos políticos. Como quien da palos de ciego, vendado frente a la piñata, así está la autoridad tratando de regular el circo electoral, y entre las muchas patadas de ahogado está la absurda legislación que dice que el IFE será el control por el que pasarán todos los spots de radio de los partidos, dirá a qué horas se transmiten, le añadirá de su cosecha los mensajes de las otras autoridades en este teatro (tribunales e institutos electorales estatales), y recetará a los pobres oyentes la cantidad de 96 spots diarios en todas y cada una de las 1500 difusoras que existen en el país. Saturan terriblemente de anuncios el tiempo de la radio sin que la radio se beneficie económicamente, puesto que son tiempos oficiales. Las radios están muy vigiladas, son negocios establecidos y pagan impuestos, pero no gozan del presupuesto electoral; en cambio, ese dinero se va muchísimas veces al mercado informal (organización de mítines, pago de mantas, tortas y refrescos) que no regresan en forma de impuestos.

Hagamos un poco de aritmética: 96 spots de 30” = 48 minutos diarios en cada estación. Multiplicado por 1500 estaciones = 72,000 minutos = 1200 horas diarias de propaganda electoral. Usted podrá decir que el tema es importante, estoy de acuerdo; pero analizando en detalle el contenido de esas larguísimas horas vemos que se encuentra muy por debajo del alto designio (sic) para el que fueron preparadas.

Pretendo ser equitativo en mis críticas, y me tomé el trabajo de analizar todos los spots políticos que están programados ahora (y repetidos hasta la náusea): PRD: “El cambio verdadero está por venir, se busca transmitir paz, amor, honestidad, justicia…”; PAN: “…se barre hasta donde no se ve…”; Santiago Creel: “…tengo el carácter para enfrentar a los criminales…”; Ernesto Cordero: “con Ernesto México crece seguro”; Josefina: “…vamos a gobernar juntos…”; PRI: “…la respuesta la vamos a dar gobernando…”; PVEM: “…no a las cuotas (escolares)…”; FEPADE: un campesino le dice a otro que denuncie y que no le quitarán los apoyos; TEEG: “…restituimos los derechos… que se les conculcan a los ciudadanos y difundimos la cultura democrática…”; IEEG: equidad en los distritos para repartir el número de votantes. Tomé las instituciones de Guerrero, semejantes a las de los otros estados.

Todos están para llorar, pero probablemente el colmo de la estupidez son los spots de precandidatos del PAN “dirigidos a sus militantes”, como si por el hecho de declararlo así, el resto de los mexicanos estuviéramos sordos y no los oyéramos. Si hay una manera absurda de cumplir la letra de la ley electoral, pero no el espíritu, es precisamente ésta.

Los partidos políticos bombardean al público con slogans publicitarios que no dicen en el fondo nada, o son abiertamente absurdos. Ejemplo: el del PRI, que empieza planteando preguntas y dice que la respuesta la van a dar gobernando, cuando lo que se trata es de convencernos para darles el voto, no de esperar a que gobiernen para ver cómo salen. Cualquiera de los spots de los partidos, es para oírlo una vez y desecharlo como algo completamente vago, absurdo o idiota, pero es imposible si uno escucha la radio, porque exactamente la misma basura electoral causa la misma polución auditiva en todas las estaciones del país. Por ejemplo: en una ciudad media, con unas 20 estaciones, pasarán 96 x 20 = 1920 anuncios electorales diarios, así que es imposible librarse de ellos. Con este bombardeo auditivo lo que consiguen las autoridades es vacunar al escucha contra la democracia, hartarlo, volverlo aún más descreído de esto que llamamos democracia, porque cualquiera, hasta el más inculto de nuestros ciudadanos puede reflexionar así: “antes cuando menos nos prometían algo, ahora nomás quieren que votemos por ellos”.

Tenemos entonces el contraste entre la imposibilidad de dejar CBS Radio cuando estaba transmitiendo a Orson Welles, y la imposibilidad de permanecer en XHLO-QUE-SEA cuando uno escucha propaganda electoral. Nuestras autoridades políticas cumplen la ley en su letra, pero no en su espíritu: la letra dice tantos más cuantos spots para cada partido, se cumple; el espíritu de la ley es hacer llegar al público un mensaje que haga reflexionar y permita normar el criterio para tomar una decisión informada, no se cumple.

Un genio como Orson Welles provocó (intencionalmente?) una histeria; los genios publicitarios de los partidos provocan la risa.

3-La trivialización de la comunicación

Hace años estuvo de moda un slogan que decía “una imagen vale más que mil palabras”, que es cierto unas pocas veces nada más cuando se habla de propaganda política (no comercial). Pongamos por ejemplo a Bejarano embolsándose los fajos de billetes, o al funcionario de Naucalpan que removieron por vender el piso a los ambulantes; ambas fotografías serían excelente propaganda de los otros partidos. Por otro lado, las imágenes que se usan, como Peña Nieto o AMLO abrazando viejitas, sonriendo, o rodeados de simpatizantes, ya no dicen nada.

Y sin embargo, funciona. Los mercadólogos, cuando planean las campañas comerciales de algún producto, miden el alcance de la propaganda en “número de impactos”, que en la radio significa número de spots multiplicado por la audiencia potencial. Manejan su campaña basándose principalmente en este parámetro, y dejan en un segundo plano el contenido de los anuncios. Tienen muy estudiado que en materia de propaganda, lo que importa es machacar una y mil veces al público la existencia de X marca o producto, porque efectivamente, la gente actúa como moviéndose por el “número de impactos”, no por el contenido de lo que escuchó.

Cualquier ciudadano que analice el contenido de los spots de los partidos verá que ahí hay nada más sinsentidos: desde el “transmitir paz y amor” del PRD hasta el “las grandes preguntas de México las vamos a responder gobernando” del PRI, y para no discriminar al PAN: “somos muchos y además somos los mejores”. ¿Qué significan? Nada, slogans publicitarios que en el caso de elecciones democráticas, son basura.

Deberían ser basura, pero no son, porque los años de existencia de la mercadotecnia y su aplicación a campañas políticas demuestran que sí ejercen una diferencia en el número de votos. Digo que deberían ser basura (y desechados por los oyentes) porque es insultante que cualquier político nos hable de paz y amor, o que nos digan que sabremos cómo está el asunto cuando nos gobiernen, o que un partido (cualquiera) diga que son los mejores. Por ejemplo, con respecto a esto último, yo pregunto: ¿existe un partido que sea el mejor, o hay uno que sea honrado?

Pero no son basura por tres razones principales. La primera y más importante es la ignorancia de nuestro pueblo, y para muestra tomemos el botón de Peña Nieto. La segunda es que las masas populares no se comportan de una manera sensata ni lógica ni racional, sino todo lo contrario; este comportamiento ha sido aprovechado por líderes en todo el mundo para llevar agua a su molino; el ejemplo más importante fue Hitler, un genio como orador que electrizaba a los alemanes, les decía lo que querían oír y los llevó a la destrucción de su patria. La tercera razón es que hoy, diciembre de 2011, para dondequiera que miremos es la misma: los mexicanos hemos perdido la esperanza de que cambiando de partido las cosas vaya a mejorar.

4-La trivialización de la democracia

Los mercados comerciales se mueven con sus propias reglas, y las compañías se las ingenian para convencernos de que queremos o necesitamos ciertos productos, aunque no sea cierto. Las personas dedicadas a la mercadotecnia son maestros en el arte de hacernos sentir mal y ofrecernos una solución: coche nuevo, iphone en vez de blackberry, un saco recto en vez de uno cruzado, etc. Son maestros en el arte de la infelicidad, y en el arte todavía más sublime de hacernos más infelices, creándonos nuevas necesidades. Yo era feliz con mi celular Nokia, pero Rodrigo se encargó de hacerme infeliz, hasta que conseguí mi iPhone. Así funciona el mundo de los negocios: imágenes en vez de palabras, 100% forma y 0% contenido, todas dirigidas a esa pareja de espectros que son la felicidad y la infelicidad.

El problema grave aparece cuando las mismas reglas de los negocios se aplican a la democracia. Si las compañías cerveceras compiten para mostrar a las muchachas más guapas en sus anuncios, los hombres disfrutaremos los anuncios, y así le seguimos con los motores de los automóviles y las vacaciones en lugares de ensueño: todos estamos conscientes de que el anuncio nos vende ilusiones y si no me compro un BMW 545i es porque no tengo dinero, ya que el anuncio sí me convenció.

Pero la democracia no es (no debería ser) mercadotecnia; en última instancia, como lo dice la misma definición: gobierno del pueblo y para el pueblo; por lo tanto, los intereses del pueblo son los que van en primer lugar, y debería ganar el mejor, el que convenciera al electorado con los mejores argumentos, no con la mejor imagen. Lamentablemente no únicamente Hitler descubrió que las masas se mueven en forma emocional e irracional, y los políticos que padecemos, que todos son una suerte de demagogos maquillados en imagen de fantasía, apelan para obtener nuestro voto no al convencimiento racional, sino a las imágenes, a los impactos mediáticos, al slogan publicitario; en una palabra, sus campañas políticas son 99% forma, 1% contenido.

5-¿Y dónde quedó el IFE?

Con las fuerzas políticas dejadas a su libre cauce, sucede algo parecido a lo que pasa con las fuerzas económicas: sobreviven los más fuertes, después del primer round la empresa más grande se come a la chica, en el tercer round vienen las fusiones y adquisiciones, y al final queda en cada sector del mercado un número reducidísimo de competidores, en donde no existe la posibilidad de la competencia y por lo tanto, el ganador no tiene de quién preocuparse. Vea usted el panorama nacional: los bancos son menos de diez (casi todos en manos extranjeras); en telefonía está el gigante Telcel; en televisión padecemos un idiotizante duopolio; el pan está controlado por Bimbo; las tiendas de autoservicio son unas cinco, dos de ellas nacionales; autos y computadoras y celulares, absolutamente todos en manos de fabricantes extranjeros.

¿En política qué ha sucedido? Tenemos tres fuerzas grandes y varias chiquitas que se pegan a las grandes para sobrevivir, aprovechando para vender su amor. Si todo fuera que los políticos se peleen entre ellos, no importaría; el problema es que se reparten un presupuesto gigantesco (unos $30,000 millones para 2012) y monopolizan aspectos fundamentales del ejercicio democrático: para empezar el poder (nadie puede ser gobernador o presidente a menos que lleve la bendición de un partido político) y enseguida la legislación.

A los partidos políticos les conviene que sigan así las cosas, hagamos un ejercicio muy simple. Supongamos que usted y yo somos candidatos presidenciales, y de alguna forma sabemos que vamos a perder. ¿Por qué competiríamos, a sabiendas de la derrota? Sucede así, ninguno se ha bajado del ring. ¿Usted cree que por convicciones? Yo pienso de otra manera: el candidato a la presidencia, cualquiera de los tres que queden, manejará un presupuesto multimillonario para su campaña, y si hay algo que ningún auditor va a enderezar son los gastos de una campaña presidencial. Ante esa circunstancia, como decía Boogie el Aceitoso, personaje del monero argentino Fontanarrosa: “mil dólares bien valen una pequeña ignominia”. A los partidos políticos les vamos a regalar (a tirar a la basura, en mi opinión) cerca de $7,000 millones en 2012; son 7,000 millones de razones muy buenas para ser político.

¿Y dónde está el IFE? No sé. Decía yo que el ejercicio de la democracia se ha convertido en una variación de la mercadotecnia, y ahí es donde yo creo que el IFE puede y debe intervenir. Por ejemplo, los spots de radio en EEUU son usualmente de un minuto, y hay un gran porcentaje de ellos que son nada más voz. En México se ha reducido su duración y su calidad, y el más común es el estridente de 20”, tiempo insuficiente para transmitir un mensaje que vaya al entendimiento, nada más alcanza para algo que vaya a la emoción, al subconsciente. El IFE decidió que todos los spots fueran de 30”, que sigue siendo muy poco para transmitir una idea (digo idea, no imagen), y el resultado es el análisis que hice arriba, prácticamente no se salva ningún spot. ¿Por qué no dice el IFE que los spots políticos deben ser de 1 minuto ó 2? Que ocupen los mismo 48 minutos diarios, pero con más sustancia. En un minuto ya se puede transmitir un mensaje, en 20 segundos es casi imposible.

El IFE se ha convertido en un rehén de los partidos políticos y ejerce una vigilancia de forma pero no de fondo. Al radiodifusor que no transmita un spot en la hora indicada le envían extrañamientos y multas, pero al partido político que bombardea al ciudadano con basura (spots que son 100% imagen y 0% fondo) lo deja seguir adelante. Yo creo que el IFE tiene que normar el contenido de los spots, y no únicamente en el sentido negativo (vigilar insultos o palabras altisonantes) sino en el sentido positivo, es decir, exigir un mensaje concreto (idea, no imagen) y decirles que si quieren hacer uso de slogans, que manden imprimir sus pancartas.

En México parece que estamos peleados con la calidad. Hoy (29.12.2011) salió en Reforma una foto de una calle en Coyoacán donde repararon una fuga de agua, pero se les olvidó resanar el pavimento y dejaron unas ramas como advertencia. También estos días salió la noticia de que un automovilista en el DF se estampó contra un poste de la luz que estaba a mitad de la calle, y murió. Para la anécdota queda que lo culparon del accidente, para la vergüenza el hecho de que a la CFE se le olvida revisar dónde tiene sus postes.

Los ciudadanos estamos inermes ante el bombardeo publicitario de las campañas, pero el IFE no. El IFE es la entidad normativa, y el espíritu de toda legislación democrática es buscar lo mejor para el pueblo, pero difícilmente lo conseguiremos si al IFE se le olvida que el concepto de calidad también es aplicable a los spots en la radio.

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