Hace unas semanas recibí una carta donde I.P.B. me comentaba de su descubrimiento de la música mexicana, que había empezado con Bésame Mucho, de Consuelo Velázquez; escribía con un entusiasmo que yo tardé en comprender, porque me he resignado a que nos conozcan más en el extranjero por El Jarabe Tapatío que por el Intermezzo de Manuel M. Ponce. Después de unos días el comentario se había anidado en mis recuerdos, y ahí rescató del olvido lo que voy a relatar.

Hacia 1990 vino a Aguascalientes un grupo de artistas de la URSS, parte de su reserva mundial de talentos, para actuar en el Teatro Morelos. El grupo había llegado con retraso y la función no sería a tiempo; escuchamos durante media hora el ensayo de sonido, donde un artista vagaba por los rincones del teatro, escuchaba el sonido que amplificaba su voz, y dictaba ajustes al ingeniero. Nuestro pueblo todavía se consideraba provincia, como hoy se considera ya capital, sin serlo: necesitaríamos diez veces más librerías de viejo para poder afirmarlo. En ese pueblo de provincia el tiempo transcurría sin prisa, y los del sonido ocuparon nuestra espera enseñándonos su arte, sin explicarnos la necesidad  y sin convencernos de su utilidad. Lo olvidamos cuando empezó el programa, que asombró con bailes y con cantos y de muchas partes del mundo. Mi recuerdo más fiel es un barítono que nos regaló, como encore, precisamente aquella hermosa canción de Consuelito Velázquez. Al escucharla pensábamos que el cantante no necesitaba micrófono ni pruebas de sonido en el teatro, y nos maravillamos de que una canción tan nuestra, tan mexicana y tan inspirada, hubiera viajado a otras fronteras e inspirado a los que nunca conoció la autora. El cantante podía haber sido mexicano, salvo por un pequeño detalle en la pronunciación: decía “quiéreme mucha”, en vez de “quiéreme mucho”; seguramente no recibió instrucciones de que en español la ‘o’ siempre suena como ‘o’.

Durante mis años de estudiante en México podíamos ver las películas de arte en algunas funciones especiales que programaban el cine Regis o el Internacional, o en la TV inscribiéndose al club de los desvelados. No recuerdo dónde vi Cuando pasan las cigüeñas, película soviética dirigida por Mikhail Kalatazov en 1957. Quizá me llevaron los amigos de la Universidad que sabían de cine más que yo y conocían mejor los escondrijos de la ciudad reservados para esos placeres. Es posible que haya sido Fernando Delmar, que conocía mucho de cine y después se dedicó a la literatura. La película era en blanco y negro y narraba una historia de guerra vista desde la ciudad, centrándose en las reacciones, los acomodos y el sufrimiento de los que quedaban lejos del frente; había una sola escena memorable del frente, que no se fijó bien en mi memoria. Uno de los protagonistas es Mark, músico de cierto talento, al menos suficiente para escapar de ser llamado a filas; toca el piano con pasión que sólo él siente y entiende, porque el sentimiento y la comprensión de los demás está con los que marcharon al frente, y solamente queda el desprecio o la duda benévola para los que no marcharon. El ama a Verónica y se quedó detrás del frente precisamente para seguir con ella (eso declara; íntimamente sabe que es cobardía), pero los pensamientos de ella están con el que sí se fue al frente.

La película lleva una trama múltiple, y a pesar de ser a propósito de la guerra, no sucede en la guerra. Es la historia de Verónica, de Boris y su amor por Verónica y su país, y de Mark y su amor por sí mismo y su infatuación por Verónica. Incidentalmente, también es sobre buena música, ya que Cuando pasan las cigüeñases una de esas películas soviéticas que escaparon del estridentismo musical que les había impuesto Stalin.  Desde la primera vez quedé subyugado por el piano de Mark, por esa melodía de pasión y de amor; creí en un principio era de Scriabin, y cuando salí del cine, mi memoria cambió a Scriabin por Bésame Mucho.

Años después, con estos recuerdos mezclados con imaginación, y con la voz del barítono que añadía nostalgia al recuerdo, un día encontré en DVD Cuando pasan las cigüeñas, en el internet. La compré y semanas después pude por fin comparar mi memoria con lo que se preservó en los archivos sin tantas alteraciones. Esta segunda vez había perdido el brillo de mi juventud, mis amigos ya no me acompañaban; pero ganaba algunas películas más con qué comparar y ganaba también las advertencias de mi hija Sofía, quien considera que Lucchino Visconti hizo en Los Malditos una obra maestra de la plástica nada más, y piensa que después de Tarkovski hay que reinventar todo el cine. Esta vez fueron más las sorpresas que las concordancias: la memoria había cambiado Moscú por un pueblo al Oriente, no recordaba que Boris y Mark fueran primos, no recordaba el engaño de Mark para conseguir que Verónica se casara con él, parecía que nada más recordaba el blanco y el negro de las imágenes, y la música de muchos colores. Mark sí estaba grabado en mi memoria tocando el piano, y ya con la intención preparada, me convencí de que Consuelo Velázquez no participaba en el film. Al final, por curioso, todavía leí que había sido Moisés Weinberg el autor de esa música persistente.

En esta segunda vez lo que hallé fue una curiosa mezcla de novedades y decepciones; excusaba a mi memoria de tantos detalles que no había registrado, pero íntimamente había llegado a creer que la película que recordaba tenía que ser así, no como la recordaran los archivos, y me abochornaban las diferencias. Nuestra memoria proporciona siempre la sal y la pimienta de los recuerdos, y a veces nos da todo el recuerdo; me he acostumbrado a eso y he llegado a creer que ese mundo de recuerdos, mío y de nadie más, puede ser comparado y distinguido de los recuerdos de otros, sin necesidad buscar el ganador.

De todas las diferencias, acepté que la película tenía la razón y no mi memoria; sin embargo, una de ellas, prefiero seguirla guardando como lo dictó mi memoria. Es la última escena, cuando Verónica va a la estación del tren a buscar entre los soldados que regresan de la guerra terminada, al Boris que la dejó a ella porque quería más a su patria; ella sigue pensando que la noticia oficial “desaparecido en acción” no es equivalente a “muerto en acción”, y llega a la estación con un ramo de flores que le quiere regalar. Busca en el tren desde el principio hasta el fin, vuelve a buscar, y no encuentra a Boris. Al fin acepta su verdad, y sin dolor, le regala el ramo de flores a un soldado desconocido.

Las películas buenas con como la vida y como los buenos vinos: se hacen mejores con los años. Lo invito a que disfrute el recuerdo de esta película, si ya lo tiene; a que lo adquiera, si nunca la ha visto; a que lo comparta, en cualquiera de los casos.

jlgs, El Heraldo de Ags., 12.3.2011

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