Las familias y cualquier organización humana (con la triste excepción del matrimonio) necesitan un jefe: alguien que ponga el ejemplo, que sea mayor “en edad, saber y gobierno”, alguien que saque la casta ante los problemas y que se encargue de proveer las necesidades básicas del grupo.

El ejemplo primordial es la familia: tradicionalmente el padre ha sido el jefe, la voz fuerte, la autoridad, el que provee. Siempre ha habido excepciones y actualmente las excepciones se están convirtiendo en regla puesto que las mujeres aspiran justamente a un lugar diferente en la sociedad y en la familia, estudian en la universidad y colaboran en un plan más intenso para el sustento económico. La sociedad moderna todavía no termina de digerir estos cambios y aceptarlos totalmente; los hombres de mi edad secretamente añoramos aquellos buenos tiempos en que nuestra madre aceptaba explícitamente la autoridad del padre, pero reconocemos que las mujeres tienen un talento profesional que deben desarrollar, y que hay que hacer ajustes en casa, aunque nos pese.

Pero no todos los padres de familia cumplen su papel: para vergüenza del sexo feo, algunos de mis congéneres son una desgracia para ellos y para sus familias: borrachos, desobligados, golpeadores, flojos, parranderos, jugadores, y todo el catálogo de virtudes que los convierten en oprobio para su esposa, para sus hijos y para la sociedad. Hay muchísimas madres que no tienen marido: porque simplemente las embarazaron, porque tienen pero como si no tuvieran, porque llegan borrachos a casa gritando y golpeando, porque son unos buenos para nada, o porque ellas así lo decidieron. Este caso es muy abundante, por desgracia; el caso opuesto, la mujer desobligada y borracha es mucho menos frecuente.

Cuando hay crisis en la familia, le toca al jefe o a la jefa sacar la casta, poner orden, llamar al diálogo, impartir justicia, proveer la necesidad, apoyar al cónyuge o hijo en desgracia. Digamos una enfermedad, o un accidente, o una dificultad con los vecinos.

Pero a veces la crisis la provoca el jefe nominal: cuando es un imbécil, o flojo, o insulta a los hijos, o recurre a la violencia, o está nada más tirado en sofá viendo tv. En esos casos, lo mejor para la familia sería organizarse, hablar con el jefe bueno para nada, decirle que así no se puede, y si no quiere corregir el rumbo, ponerle una muda de ropa en la última bolsa de plástico que quedaba en casa, y echarlo para afuera.

La versión más grande de una familia es la nación:

Conjunto de personas que ocupan un territorio, gobernadas por ciertas leyes, organizadas de acuerdo a esas leyes, produciendo lo necesario para subsistir, y si es posible para excedentes, bajo una autoridad.

En la mayoría de las naciones modernas el jefe es el presidente o el primer ministro, quienes llegan al poder mediante elecciones. El primer ciudadano del país es el presidente, lo que representa un honor y la carga de una gran responsabilidad, porque para empezar: 1) debe velar por el interés de todos los ciudadanos, 2) debe respetar las leyes, 3) debe tener la inteligencia, sagacidad, liderazgo y capacidad de organización para conducir el país desde el estado en que lo recibió, hacia uno mejor cuando termine su mandato.

En mi opinión, todos los presidentes de México desde Echeverría en adelante, han sido una desgracia para el país. Recuerdo una clase de Topología en 1976 cuando llegó la maestra y nos preguntó “¿no se sienten devaluados?” Ese día tuvimos la primera devaluación del peso desde 1954, había mantenido paridad constante 12.50 desde entonces. Pero las locuras populistas y las habilidades trogloditas de Echeverría (podía estar sentado ante una mesa de discusiones durante más de un día, sin dormir, sin parpadear, sin comer ni beber y sin levantarse al baño) lo obligaron a decretar esa devaluación, ya que entonces no eran los mercados quienes determinaban el valor del peso, sino el gobierno cargaba con la responsabilidad de sostener la paridad cambiaria.

Desde entonces, no damos una: López Portillo, el perro de la colina que terminó defendiendo el peso como un perro llorón, De la Madrid, burócrata encumbrado a presidente, Salinas, hombre sagaz que pudo haber hecho mucho pero prefirió actuar al estilo Miguel Alemán y dejó la economía colgada con alfileres para que la arreglara Zedillo; Fox, de triste memoria y destructor de esperanzas, Calderón, quien emprendió una guerra frontal y estúpida contra el narco, Peña Nieto, hombre inculto, superfluo y cínico que nunca debió ser presidente (según Carlos Fuentes), y Andrés López. Hay niveles de maldad en un hogar: una cosa es ser padre desobligado, peor es ser además golpeador; también han niveles de baja calidad en los presidentes, y definitivamente los peores presidentes de nuestro país han sido todos López: Antonio López de Santa Ana, López Portillo, Andrés López. Debería haber un artículo en la Constitución que prohibiera a cualquier López llegar a ser presidente, o si por un milagro apareciera un López que pudiera ser buen presidente, obligarlo a cambiar de apellido. No soy supersticioso, pero el marcador México vs López va 0 contra 3.

Y de esos tres López, el peor es el actual. Veamos. Es cierto que Santa Anna perdió Texas (cuando se encerró en su tienda de campaña con the yellow Rose of Texas, en vez de prepararse para la Batalla de San Jacinto), pero la realidad es que Texas estaba perdida desde antes porque los mexicanos la abandonamos, los norteamericanos la poblaron pacíficamente, y cuando vieron que superaban a la población mexicana 20 a 1, robando una idea a López hicieron una consulta a mano alzada y decidieron que preferían responder a Washington que a México. López Portillo al menos hablaba como un orador, sabía hacer discursos conmovedores y promesas descabelladas (defenderé el peso como un perro), se rodeaba de mujeres bellas y no se peleaba intencionalmente con nadie, sino que facilitaba el camino a sus amigos para que robaran; al final resultó un bueno para nada, pero nunca fue peleonero. Tampoco Santa Ana, quien era alegre, dicharachero, mujeriego, amiguero y hasta tuvo el tino de organizar una fiesta para enterrar la pierna que había perdido en una batalla, aunque no se sabe si participó en ella. No dio pan a los mexicanos, pero al menos tenía gracia para el circo.

El actual presidente recibió un país con mala educación, salud profundamente deficiente, altos niveles de pobreza, corrupción y crimen desbordados, pero gozaba de una cierta estabilidad económica a finales de 2018. No estaba en bancarrota, ni dividido norte contra sur, ni aislado política o económicamente: desde 1994 se había mantenido un tratado de libre comercio con EEUU y Canadá que, nos guste o no, proporciona a México una oportunidad que ya quisiera cualquier otro país del mundo: frontera de 3,000 km con el mercado de consumo más grande del planeta. Nuestra educación está mal, las instituciones de salud tienen deficiencias, hay corrupción, pero el país gozaba de cierta estabilidad económica en diciembre de 2018 y existían oportunidades de trabajo y de hacer negocios legítimos, para el que supiera trabajar o tuviera visión de negocios. Entre los pocos aciertos de Fox menciono el Seguro Popular, versión reducida de la seguridad social que otorgaba beneficios a aquellos sin derecho al IMSS. El país ha contado con excelentes universidades y con universidades patito, pero el que tiene talento y está dispuesto a estudiar, podía aspirar a un título del ITAM, UNAM, IPN, TEC. La gran lacra del país en mi opinión es la perversión de la democracia que han realizado los partidos políticos, al garantizarse para ellos todos los puestos de elección popular y sabotear los organismos de control de las elecciones: el INE. Si se abriera la puerta efectivamente a partidos pequeños y a ciudadanos, y si hubiera un juez verdaderamente imparcial y autónomo, en vez de uno limitado por los propios partidos, entonces habría oportunidad de ejercer la democracia para producir gobernantes o legisladores de calidad, en vez de los que padecemos, quienes llegan amparados por un partido y comprometidos con ese partido, no con la sociedad.

México no era un paraíso en 2018, pero las pocas cosas buenas que había, Andrés López se ha encargado de atacarlas una tras otra; para compensarnos, empeora lo que había de malo, como su intento de nulificar al INE y regresar a los tiempos del PRI, sin árbitro independiente para las elecciones. El peor de sus desmanes es la división artificial del país que él está creando: Andrés López y nadie más está volviendo realidad aquel dicho ofensivo para las buenas conciencias de México: el Norte trabaja, el Centro piensa, el Sur descansa. Sistemáticamente ataca a los estados al norte de CDMX (definición de fifí aceptada por la Real Academia), pero viaja con frecuencia a Oaxaca, Guerrero, Tabasco y Chiapas para dar su apoyo a los que él considera como los desposeídos de la tierra, léase mantener su base electoral. Sus ataques son directos (hoy critica a los legisladores de Aguascalientes porque no apoyan su propuesta de regalar dinero a los adultos mayores como mandato constitucional) y arteros (porque no dice las razones de esos legisladores, ni menciona sus propuestas, ni explica de dónde va a sacar el dinero). Es decir, es un ataque hipócrita porque se presenta como víctima al dar información parcial y deformada. Esta política de ataques es su trademark, invariablemente lo hace así. Un ciudadano le reclama en el aeropuerto de Mexicali por qué no se toma la temperatura y corre el riesgo de contagiar a otros; Andrés López contesta sin responder, nada más le dice al ciudadano “tú eres un provocador”. ¿Y las recomendaciones científicas en épocas de contagio? Bien, gracias.

Sus intervenciones públicas, propuestas sin sentido y sermones matutinos funcionan porque el pueblo mexicano tiene un muy bajo nivel de educación. Ya no vale el argumento de 2018 “el pueblo está harto de los anteriores presidentes” porque eso no convierte en cierto ni en acertado ni en conveniente a lo que dice Andrés López; por muy harto que yo esté de los gobiernos priístas, no me voy a creer todo lo que diga el siguiente presidente. Repito: funciona su estrategia porque México es un país con pésima educación y paupérrima cultura. Y aquí está el segundo gran pecado de Andrés López: sus ataques a la educación.

Uno de los grandes descubrimientos de la 4T es que no se necesita estudiar para aprender, ergo, tampoco se necesita estudiar para ingresar a las universidades ni para obtener un título; calidad es una palabra a eliminar del diccionario. Hay que decretar pase automático a la UNAM, IPN y universidades públicas, y como ahí no caben todos los ninis del país, debemos crear una serie de universidades ultrapatito para que cualquier nini que haga el esfuerzo supremo de desear un título, lo obtenga. Andrés López conseguirá con esta medida votos, la industria y los servicios del país recibirán miles de egresados que serán corridos antes que contratados, y México ganará competitividad negativa en los mercados internacionales. Para asegurar el éxito futuro de esta medida digna de Newton, Einstein y Montesquieu, se decreta la

REFORMA ANTIEDUCATIVA: el control de las contrataciones y promociones de los maestros debe regresar al sindicato,

lo que además reforzará otro pilar de nuestra nación: el clientelismo.

La capacidad destructiva de Andrés López es prácticamente infinita, y solamente mencionaré dos focos al rojo-blanco actualmente encendidos: ataques a la iniciativa privada, decisiones estúpidas e ignorantes sobre el coronavirus. Los mexicanos elegimos en 2018 no a alguien que nos guíe y nos ayude a resolver problemas, sino alguien que nos divida y nos regale unos cuantos problemas más. Puesto que los asesores presidenciales cumplen en estos días la función de bacinica para escupitajos, cabe preguntarse a quién corresponde llamar al orden al presidente. En estas circunstancias hay un concepto que se lee hermosísimo en las páginas de Montesquieu: división de poderes. La sabiduría de este señor consistía en concluir que es malo concentrar el poder en una persona, porque investido de esa capacidad, el riesgo de que haga destrozos es muy grande. Pido a mis 3.5 lectores (el cuarto se quedó dormido) responder para su conciencia esta miniencuesta:

De las siguientes afirmaciones relacionadas con la concentración de poder, ¿cuál considera usted que aplica mejor al caso de Andrés López?

      1. El poder corrompe al honesto,
      2. Idiotiza al inteligente,
      3. Convierte en basura humana al tonto.
      4. Todas las anteriores.

Leemos en repetidas ocasiones la noticia “el presidente dio instrucciones al Congreso de…”, cuando de acuerdo a nuestra Constitución, el presidente NO puede dar esas instrucciones; puede solicitar, pedir, enviar para su consideración, pero no puede ordenar al Legislativo. ¿A quién corresponde poner un alto al presidente? Al Legislativo, según Montesqueu. Sin embargo ¿tiene usted noticia de algún legislador de MORENA que haya protestado por esos desplantes de López? ¿Alguien le ha dicho “señor presidente, usted no manda en el Poder Legislativo”? No, nadie ha levantado la voz, lo que me obliga a sugerir a todos los legisladores de MORENA que vayan al supermercado antes de que se vacíen los estantes de huevos, y se compren un ciento, o mejor dos cientos, porque evidentemente ya no tienen ninguno. Es una vergüenza que cierta legisladora panista muy combativa tenga más tanates que todos los legisladores de MORENA, juntos.

Y regresando a nuestra comparación entre nación y familia, contamos con un jefe que en vez de unir, desune; en vez de solucionar problemas, los inventa; en vez de dar ejemplo, actúa como se le da la gana; en vez de señalar un rumbo, nos lleva al precipicio; en vez de generar riqueza, la pulveriza. Y quienes deberían ponerle el alto y tomar medidas, los legisladores, se acobardan.

Definitivamente México se sacó un 10 en las elecciones de 2018.

 

PD Agradezco a mi hija Sofía su revisión crítica de este documento.

/3.4.2020

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