Cuentan la historia de dos monjes que salieron de un monasterio, en peregrinación a un lugar en las montañas; al monje mayor le encargaron al joven, un hombre inquieto que no había llegado a entender que el abandono de sí mismo al servicio de los demás, respetando a los espíritus, manteniéndose retraído de todo, es lo que se llama virtud.[1]

A media mañana el monje mayor pregunta: “¿cómo está tu mente?”

“Mi mente está bien: equilibrada, sin alteraciones. No entiendo la razón de tu pregunta.”

“La peregrinación más importante es adentro de nosotros mismos” dijo el mayor, intentando transmitir la enseñanza. “Sin esto, no vale la pena visitar todos los lugares del mundo.” El joven nada más encogió los hombres y continuó sin alteraciones.

En la comida, se sientan en unas piedras, abren las escudillas que traían y el monje mayor toma para sí el pescado más grande; el aprendiz reclama por qué lo hizo así.

“¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar?” pregunta el monje mayor.

“Hubiera tomado el pescado chico.”

“En ese caso, tienes lo que escogiste; ¿por qué reclamas?”

Otra versión narra que el aprendiz respondió, con más sinceridad, que hubiera tomado el pescado grande.

“En ese caso, hice lo mismo que tú hubieras hecho; ¿por qué reclamas?”

Ninguna versión informa que el discípulo hubiera propuesto un reparto.

Fuente:

Leí la mitad de esta historia en 101 cuentos clásicos de la China, recopilados por Chang Shiru y Ramiro Calle.

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[1] Analectos: Libro 6, Capítulo 20.