En muchas áreas de la vida humana y de la tecnología se consiguen grandes avances con remedios que son casi de sentido común, y una vez que se consiguió ese avance, los siguientes son milimétricos y a costa de grandes esfuerzos. Por ejemplo, la esperanza de vida humana ha aumentado en un 100% en México en el curso de un siglo, y el remedio fue muy simple: se terminó la revolución, hay mayor disponibilidad de alimentos y la mayoría de la población tiene acceso a los servicios de salud. Así brincamos de 30 ó 35 años de vida esperada para los recién nacidos en 1900, a 75 u 80 para los que nacen ahora. El problema es que ya nos acabamos la recetas de sentido común, ya hay vacunas para un montón de enfermedades, hasta el SIDA puede controlarse; pero con respecto al alimento uno puede comer hasta cierto límite, no hay manera de guardar energías en el cuerpo para invernar como los osos; una vez que ese remedios de lógica elemental (no matarse unos a otros, alimentarse bien, cuidar la salud) se terminaron, nos enfrentamos al diseño del cuerpo humano, que aparentemente está programado para descomponerse sin remedio antes de los 100 años. La mítica cifra de 10 segundos para correr 100 metros se rompió hace algunos años, y las siguientes mejoras son incrementales, no parece que sea posible bajar de 9 segundos; el récord mundial pertenece a Usain Bolt, 9.58”. En tecnología, algunos incrementos ni siquiera vale la pena considerarlos, como la promesa del fallido Concorde de atravesar el Atlántico en 2 horas y media; no valió la pena por la diferencia de horario, que hacía difícil de aprovechar el tiempo ganado al recorrido. Otros incrementos es preferible ni siquiera intentarlos, como la posibilidad del BMW Z4  de correr a más de 200km/h, o volar en parapente de fibra de carbono en medio de una tormenta.

Las empresas que fabrican coches, televisores, relojes, y demás artefactos que facilitan o embellecen nuestra vida moderna están al tanto de que hay límites naturales a sus mejoras: la velocidad de un coche, la precisión de un reloj, el tamaño de una pantalla, etc., y han diversificado sus esfuerzos para convencer al mercado de comprar basándose en características de segundo nivel con respecto al objetivo inicial de un aparato. Los automóviles, el símbolo por excelencia de la cultura estadounidense, ya se acabaron las mejoras que un vehículo de transporte puede ofrecer per se (motor potente, transmisión automática, transmisión que no se sientan los cambios, estabilidad, economía de combustible, dirección hidráulica…) y tienen acumulados muchos años inventando monerías de siguiente generación: aire acondicionado, asientos de piel, asientos térmicos, GPS, sonido con 20 bocinas, reversa que chilla, etc. Las fábricas de automóviles tienen ya tiempo con aumentos incrementales (como las centésimas de segundo que ganó Usain Bolt) a los aspectos básicos del automóvil y la mayor parte de sus esfuerzos están en el diseño, la apariencia, el confort. ¿Hay algún reloj mecánico más preciso que un Timex de cuarzo? No, ni siquiera Rolex. Sin embargo, Rolex y Patek Philippe siguen siendo símbolos de status y la gente los compra, no tanto para dar la hora con precisión, simplemente para usar algo muy elegante en la muñeca. Hubo un brinco muy notable entre las películas en VHS y los DVD, pero el brinco entre DVD y BluRay ya no fue tan espectacular, ¿por qué? Simplemente, porque pueden inventar mayor resolución en las pantallas y en las grabaciones, teóricamente tan fina como se quiera, pero el ojo humano no lo va a distinguir. Las películas de rollo se siguen transmitiendo mediante una sucesión de fotos fijas, que engañan al cerebro y crean en la mente la ilusión de movimiento. ¿Qué se ganarían los fabricantes de películas de transmitir 100 cuadros por segundo en vez de 24? Nada, y por eso no lo hacen. La industria moderna ya nos ofrece todo lo que necesitamos (probablemente con el 10% de su producción) y el resto de las cosas que fabrican son sencillamente para el gusto, el lujo, la diversión o el entretenimiento.

Hay dos emblemas de la tecnología actual, que están a punto de destronar al automóvil como rey de nuestra civilización: los teléfonos celulares y las tabletas. El segundo es un invento nuevo, pero el celular tiene su historia: al principio eran de tamaño ladrillo, luego fueron haciendo los componentes más pequeños, le pusieron memoria para grabar un directorio, llevar el registro de las llamadas, mejoraron la tecnología para obtener mejor señal y mejor calidad de voz, y al final se les terminaron las mejoras esenciales al servicio de telefonía y empezaron a buscar la manera de atraer el mercado con características que ya no eran de un teléfono: radio, video conferencia, despertador, botoncitos de muchos colores, pantallas touch, ningún botón, y naturalmente las imágenes, ya que la vista es lo que más vende. Actualmente los celulares son en parte mínima un teléfono y el resto de sus características son añadiduras que la industria les ha venido poniendo en unos pocos años, siempre con la intención de captar más mercado y competir en este concurso de trivialidades. Sus diseñadores conocen bien el mercado –más bien dicho: lo manipulan- y tienen una buena intuición de lo que resultaría atractivo para los compradores: en primerísimo lugar que se vea bonito el teléfono, mientras menos botones mejor, la pantalla debe tener buena resolución, cámara de alta resolución, filmar película, hacer videoconferencia, consultar internet, etc. Vea usted la propaganda de Nokia, Samsumg, Motorola, Apple o quien usted quiera y haga la cuenta de las características que son intrínsecas a un teléfono y las que son añadiduras; probablemente están en proporción 5 a 95. En resumen, los celulares modernos son un Frankenstein con una partecita de telefonía y un montón de cosas ajenas a este servicio.

¿Qué artículo moderno no es ni celular ni computadora, pero se parece a los dos? Las tabletas, otro invento de la vida moderna. En realidad no son ningún invento: son más bien computadoras reprimidas, a las que les han quitado características: ya no tienen teclado físico, tampoco se puede hablar por teléfono (aunque se puede con Skype (el hijo incómodo del teléfono), no hay Office, su funcionalidad como computadoras es más bien reducida. Sin embargo, esta Navidad hubo millones de adolescentes en todo el mundo que pidieron de regalo un iPhone o un iPad. ¿Por qué? Porque la tecnología moderna ha sido superada por la mercadotecnia, que ha creado una especie de histeria colectiva mundial en donde ha permeado en el inconsciente colectivo que esos dos artículos, iPhone e iPad, son lo más moderno, lo mejor, lo más cool, en donde pueden hacerse muchas cosas, en donde hay miles de aplicaciones que pueden instalarse; un joven que no tiene ninguno de esos es un paria social. Efectivamente, los celulares han aumentado la comunicación pero nada más en volumen, no en calidad: ¿qué tanto puede escribir en 140 caracteres alguien que no domine el arte del haiku?

Un día Lucía vio mi ex iPhone (R.I.P.) y me regañó: “papá, no tienes instalada ninguna aplicación”. “Está bien” le contesté, “dime cuáles me convienen”. Después de pensarlo un rato me dijo, con algo de desprecio en su voz de otra generación: “bueno, si así te sirve, mejor no le instales nada”. El iPhone había sido un brinco con respecto a mi anterior teléfono, pero un brinco pequeño en comodidad y un brinco cero en servicios de telefonía; si quiero fotografías utilizo mi Canon, si quiero enviar un mensaje tengo el email, cuando viajo en carretera o manejo en otra ciudad tengo una especie de GPS en mi cabeza que me ayuda a orientarme, aprecio la música en unas buenas bocinas y no con audífonos, mis ojos ya no me ayudan para leer en esa pantallita minúscula ni siquiera la cartelera del cine, y jugar en el teléfono mejor ni lo considero; también con tristeza me di cuenta de que ni mi voz era más convincente ni podía obtener más clientes por tener iPhone. Para acabar pronto, ni me hizo más feliz ni me ayudó a conseguir más dinero.

¿Qué ofrece una tableta? Funcionalidad reducida en lo que respecta a computadora, y un montón de características que sirven para entretenerse: películas, fotos, video conferencia, juegos, GPS, navegar en internet. En resumen, los dos objetos más intensamente deseados en esta Navidad han sido dos aparatos que sirven principalmente para entretenerse. No tengo idea exacta de cuántos millones de celulares y de tabletas se han vendido en 2012, pero el un panorama es claro acerca de dónde están puestas las prerrogativas de la sociedad moderna: en la diversión. No critico la necesidad muy humana de entretenerse y divertirse, de adornar con la flor de la belleza el entorno hostil en que muchas personas viven; tampoco critico la decisión personal de gastarse su dinero en comprar tabletas o automóviles. Mi reflexión está orientada a actualizar, a la luz de esta demanda mundial por diversión representada por la avidez por iPhones e Ipads, el dicho viejo como el Evangelio: “donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. Qué es lo que más ansías, en qué te gastas tu dinero: eso te define como hombre en esta moderna sociedad de hiperconsumo; mi intento de actualización va más allá, del individuo a la sociedad en su conjunto, porque los millones de celulares y tabletas vendidos este año nos hablan de que la sociedad en grupo está volcada en dos aparatitos que resuelven un problema muy importante (comunicación telefónica, aderezada con imágenes en vivo) y tienen miles más de aplicaciones de las cuales es posible prescindir, entre otras razones porque ya las tenemos –y mejores- en las laptops, a las que sí considero como un gran invento. El absurdo de ese diseño tipo Frankenstein de las tabletas, que pretenden ser diferentes (<- ¿qué significa?) de las computadoras lo podemos ver en un producto que se vende por separado: el teclado; la que no era computadora la están regresando a ser computadora.

Con más extensión y profundidad que yo, Vargas Llosa ha criticado esta moderna característica de vivir para el entretenimiento en el libro que reseñé, La civilización del espectáculo. La industria y la mercadotecnia modernas han apresado el corazón del individuo actual, principalmente de los jóvenes, con un objeto del deseo que está creado en torno a la diversión. El bufón que menciona Vargas Llosa, el personaje principal de la vida moderna, se ha robotizado y tomó la forma de un celular y de una tableta, que pueden dar a cada adolescente sus quince minutos de fama, como muestra el comercial de Telmex, subiendo al Facebook fotografías comprometedoras de sus amigos. Este bufón da al joven la ilusión de capacidad artística porque puede tomar fotografías “con mucha resolución” y compartirlas con todo el mundo, y los millones de fotografías de ocasión subidas todos los días al internet hacen que se pierdan en esa multitud las fotografías verdaderamente artísticas, lo mismo que los millones de “kpex”, “pq”, “Ily”, “kondawey”, que llenan de graffitti las pantallas de celulares van cargando de polvo los versos de Borges, de Dante y hasta la Picardía Mexicana de Antolín Jiménez; con los nuevos celulares y tabletas, todo mundo es fotógrafo y todo mundo es escritor.

Esta Navidad Sofía llegó con cara triste, porque no tiene iPod. Supe la trágica noticia pocos días después de leer a Vargas Llosa, me invadió el espíritu navideño, me sentí generoso y le pregunté si un iPhone podría amainar sus problemas existenciales. Se le iluminó la mirada, como la niña que fue alguna vez, cuando la llevaba a dar la vuelta; pensé que el instante de esa mirada compensaba la pérdida de mi iPhone, y se lo regalé. Termino este año 2012 con un poco más de ligereza en el alma, ya que no cargo ese peso inútil, ese símbolo de nuestra civilización al que yo no le encuentro mucho uso, porque lo que ofrece y me interesa ya lo tengo por otro lado, y prefiero leer un buen libro o tocar el piano que ver películas en esas pantallitas.

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