Le pregunté a Sofía hace poco cuáles eran su directores favoritos; me dio una lista, pero resaltó a dos, y mencionó una película de cada uno: The last picture show, de Peter Bogdanovich, y Ran, de Akira Kurosawa. Ambas películas, en su opinión, se encuentran entre las mejores que se hayan hecho, merecerían una fama semejante a las de El Padrino y El ciudadano Kane.

Cualquier arte es una jornada incesante donde el hombre trata de crear mejores ejemplos que los ya conocidos, es tratar de amalgamar los elementos creativos de ese arte para formar una construcción que aspire a ser nueva y mejor que las construcciones que existen. Ningún artista crea en el vacío, todos aprenden y se nutren de los anteriores, quieran reconocerlo o no. Cuando le alababan a Einstein sus descubrimientos, él contestaba diciendo que había podido realizarlos gracias a “estar parado sobre los hombros de gigantes”, refiriéndose al trabajo de Galileo, Newton y muchos más. Los directores aprenden de otros directores: lo mismo que un compositor estudia las partituras de Bach y de Beethoven, también los directores componen parados sobre los hombros de gigantes.

Hablar de directores con un director es una manera de saber quiénes lo inspiran, qué tipo de trabajo le parece más adecuado, es una forma de identificar, mediante referencias familiares, el tipo de cine que le gustaría hacer. Los dos directores mencionados por Sofía son totalmente diferentes, las dos películas mencionadas son como hablar del día y de la noche, pero las dos parejas –dos directores, dos películas- comparten características que yo intento adivinar como un modelo de cine para ella.

Peter Bogdanovich nació en Estados Unidos en Nueva York, en 1939. En sus veintes asistía compulsivamente al cine, viendo más de 400 películas al año, disfrutando y analizando lo que veía. Acumuló muchos conocimientos sobre cine y escribió artículos para revistas durante esa época; es de los pocos directores a quienes les gusta escribir, y tiene varios títulos publicados, como This is Orson Welles (1992), fruto de la amistad que tuvo y el gran respeto que siente por Welles; siempre lo apoyó y cuando estuvo en problemas financieros, le dio asilo en su casa. Decidió ser director, se mudó a Los Ángeles y se movió entre amigos y conocidos para conseguir invitaciones a eventos sociales y a exhibiciones de películas. Lo precedía un cierto prestigio como experto, por los artículos que había hecho, y gracias a eso consiguió su primer trabajo como director. Después de un par de películas poco importantes, filmó en 1971 The Last Picture Show, cuando tenía 32 años. La hizo con un presupuesto reducido (US$1.3 millones), pero recaudó mucho más en la taquilla, se convirtió en un éxito que trascendió el tiempo y que ha mantenido su interés y su apreciación por los críticos.

The Last Picture Show es una película compleja, hecha sobre una trama casi anodina: los adolescentes que se vuelven adultos en un pueblo de Texas en 1951, sus encuentros, la superficialidad de algunos de ellos y la persistencia de otros. No es una película de acción, es una película de caracteres. Las parejas de jóvenes que se hacen y se deshacen, los celos, las frustraciones, los adultos que están alrededor de ese grupo y la influencia –grande y pequeña, positiva o nefasta- que ejercen sobre ellos. La película es terriblemente triste, así me pareció cuando la vi hace años; más aún, me pareció pesimista, como si las relaciones y los amores que surgen estuvieran todos condenados a la banalidad o al fracaso, porque esos jóvenes no han aprendido a madurar y a olvidarse de su “yo” para pensar más en el “nosotros”, lo que los convertiría en adultos, y porque los adultos que los rodean, con una excepción, se muestran tan preocupados por el “yo” como cuando eran adolescentes.

El título viene de una sala de cine, propiedad de un amigo del grupo, Sam, quien tiene también un café donde se reúnen e intentan componer su mundo, o al menos explicarse lo que hacen ahí. Sam muere y hereda sus propiedades a personas del grupo o asociadas a él, pero muerto el patrón, la sala languidece y llega el momento en que proyectan su última película.

La película puede verse también como un retrato de época: qué hacen, qué sienten, qué piensan los jóvenes en Norteamérica rural durante 1951. Ciertos temas son de esos años, como la Guerra de Corea, pero el amor y el desamor, el sexo por aburrimiento o por dominación o por venganza, la amistad profunda e inexplicable entre dos de ellos, son temas para siempre. El desencanto de casi todos con sus propias vidas y con lo que vendrá después –y si no el desencanto, la superficialidad con que miran las cosas- está magistralmente logrado, tanto en las actuaciones como en el trabajo del director. Ganó dos Óscar y muchos premios más.

Akira Kurosawa filmó Ran en 1985, con un presupuesto enorme para la época, US$11.5 millones. Kurosawa tenía 75 años entonces y había dirigido ya decenas de películas, Ran es una obra de madurez. The Last Picture Show fue un chispazo de genialidad de un director joven, pero en Ran vemos la acumulación de sabiduría y de experiencia en campo de un director veterano y también magistral. El tema parece sacado del King Lear de Shakespeare: un señor feudal que ha reinado y crecido a sangre y fuego tiene tres hijos adultos y decide retirarse, distribuyendo la heredad entre ellos. El señor Hidetora es un tonto; no aprendió que sus hijos aprendieron de él a hacer todo lo necesario para conservarse y crecer en el poder, y sin embargo espera que sus hijos sean leales entre sí, que acepten sin cuestionar su decisiones y que manden con firmeza a sus súbditos, pero aceptando sin cuestionar esta última imposición. Los hijos no aprendieron otra cosa: se traicionan entre sí y traicionan al padre, el reino acaba dividido y en llamas, el clan Hidetora pierde todo y ganan los reinos vecinos, apoderándose de los despojos.

Hay un carácter especialmente importante. La esposa de unos de los hijos llegó ahí porque el señor Hidetora había conquistado las tierras de su familia, mató a sus padres, y se quedó con ella para hacerla nuera. Esta mujer maniobra entre los hijos, se acerca al más fuerte y lo enreda en una relación, comprometiéndolo, y se convierte en su consejera para la destrucción: lo guía y lo orienta, él cree que da esos pasos para apoderarse del reino, ella sabe que los pasos son el sendero de su muerte y la destrucción del clan. Es como una Lady Macbeth, otro poder tras el trono, guiando al jefe nominal para que sea destruido y de esta manera cobrar venganza por la destrucción de sus padres y su familia; es como Lady Macbeth, sin aquella ambición de grandeza.

Ran fue filmada como una película de la época feudal en Japón, con todos los elementos cinematográficos para darle realismo: las vestimentas, los caballos, los castillos, las caravanas de guerreros que van al encuentro con la muerte y las escenas de guerra. Una de ellas, la destrucción de un castillo construido exprofeso para la película, es una de esas escenas magistrales dentro del cine mundial: el chisporrotear del fuego, las pisadas de los caballos, el chocar de las espadas y los gritos de heridos y agresores, que eran ensordecedores, ensordecen y dejan nada más la música como fondo sonoro de esa escena de destrucción. Algunos elementos musicales de la película son propios de Japón, como las melodías que toca en la flauta uno de los personajes, pero la música de esta escena es sinfónica, totalmente occidental y en mi opinión, el mejor fondo sonoro para un castillo que arde en llamas.

Ran recaudó un poco más que sus gastos, pero ganó el respeto de la mayoría de los críticos y se ha conservado en el favor del público. Es muy diferente de The Last Picture Show porque hay acción y grandes escenarios, pero ambas son películas en donde el tema principal es el hombre, lo que desea, lo que puede hacer, y las consecuencias inevitables de sus acciones, esa descarnada manera de aludir al destino. A primera vista, solamente Ran es una película grandiosa; sin embargo, el  manejo virtuoso de los personajes, la variedad de caracteres que aparecen en escena, la habilidad para generar en el espectador impresiones de fondo sin hablar de ese fondo, todas son cualidades compartidas por ambas películas.

En el cine como en la vida, las personas cercanas moldean la existencia de uno. Los creadores tienen el lujo de poder elegir como personas cercanas a personajes muertos, como el pintor que estudia el color del amanecer en un cuadro de Monet; los creadores, instintiva o voluntariamente, eligen a otros creadores como modelos. Las dos elecciones que hizo Sofía me dicen que ella se orienta al cine de personajes, aquel en donde la complejidad o la trivialidad de los caracteres que filma son lo importante de su trabajo, y el sello que le podrá dar a sus obras radicará en el conjunto; ella preferirá que durante los 110 ó 150 minutos de sus películas, sean los personajes quienes hablan y se dirigen al espectador.

Eso tienen en común Ran y The Last Picture Show: su centro es el alma de los personajes. En un caso presentadas con la magnificencia del color y la acción, en el otro en blanco y negro y con los personajes desnudos de acción y de empresas; en las dos es la complejidad, la trivialidad, la inteligencia, la estupidez, la nobleza y la traición, esos son los personajes principales.

Sofía es mexicana y es difícil que pueda filmar películas de millones de dólares. Pero lo mismo que la aparente sencillez en las obras de Mozart, que en cada compás hace brillar al genio, una buena película no requiere escenarios costosos ni artistas de renombre. Eso es lo que espero que ella haga. ¿Qué más puedo desear? Es mi hija.

20.8.2015

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