A mi madre, que hoy cumpliría 83 años.
9.2.2012

Si yo quisiera ser presidente, si yo intentara hacer algo grande por este país o por cualquier lugar, buscaría a las mujeres. Son más, ven las cosas de manera que a los hombres nos esta velada u opacada por la mayor simpleza de nuestro espíritu y por lo más crudo de nuestros impulsos. Son más que los hombres, volteo a todas partes y veo que cargan sobre sus hombros y sobre sus almas más peso y más penas que las que cargamos nosotros. Veo dondequiera mujeres que crían solas a sus hijos, casi nunca lo veo al revés. Son más pacientes y crían mejor a los hijos y a las flores que lo que nosotros hacemos. Junto al jardín de Don Benavides, único hombre entre un sinfín de jardineras, veo las flores que a mi madre se le daban solas y que aún hoy mis hermanas cultivan; yo intento, trabajosamente y con temor, que un jazmín recién sembrado me recuerde los que tenía mi madre.

Si yo quisiera ser presidente, buscaría a las mujeres. Ellas solas, si acaso convencidas, me darían el triunfo; redimiría a la democracia de todos sus achaques, que las mujeres se unieran y bien decidieran por quién votar. Yo no podría, mirando a los ojos de ellas, decirles “sí, yo te entiendo”; mi entender y mis quereres rozan apenas lo que ellas saben y quieren; mis haceres, mis afanes, no los puedo yo comparar con los de tantas mujeres que vienen, van, cargan, paren, sudan, lloran, sienten, aman. Necesitaría ser mujer para entenderlas.

Pero no lo soy. Pertenezco al gremio de los que en el curso de mis años y de los años de todos nos hemos dejado querer, cuidar, servir y amar, dando un pago muy tenue para tantos afanes. Lo dijo mejor que yo Emanuel Schikaneder, el libretista de Mozart en La Flauta Mágica, donde Papageno conoce solamente los extremos del placer estético y la mesa bien servida (escena III, Acto 2º), y pide a su amigo Tamino que siga tocando la flauta mientras él degusta manjares y vinos. Después de las palabras sacramentales de la glotonería: Ha! Das ist Götterwein! (Ah! Esto es vino de los dioses!) aparece Pamina, que oyó la flauta y “corrió hacia el sonido”: le pregunta a Tamino qué le pasa, si está triste, por qué ha enmudecido cuando ella llegó. Tamino contesta con fastidio y le hace señas de que se aleje, y Pamina pregunta si debe evitarlo, si debe retirarse sin saber por qué. Pregunta también a Papageno qué sucede con Tamino, y Papageno la escucha con la boca llena, sosteniendo un pedazo de carne entre sus manos; también le hace señas a Pamina que se retire, tiene asuntos más importantes que atender.

Enseguida canta Pamina una de las arias más hermosas de toda la música. Es posible que Mozart tampoco entendiera a las mujeres, pero él dejó que alguna musa guiara su pluma y corrigiera su entonación cuando escribió el aria Ach, ich fühl’s, es ist verschwunden; nos dejó al resto de los humanos este tributo al amor femenino:

Ach, ich fühl’s, es ist verschwunden,
Ewig hin der Liebe Glück!
Nimmer kommt ihr Wonnenstunden
Meinem Herzen mehr zurück.
Sieh‘, Tamino, diese Tränen,
Fließen, Trauter, dir allein.
Fühlst du nicht der Liebe Sehnen,
So wird Ruh’ im Tode Sein.
Ah, yo lo siento, se desvanece
De aquí eternamente la felicidad del amor!
Nunca volverán sus horas de gozo
A mi corazón.
Ve, Tamino, estas lágrimas,
Corren, querido, nada más por ti.
Si tú no sientes la inquietud del amor,
Entonces tendré yo paz en la muerte.

Mozart, siempre inspirado pero que nos deja hambrientos de gozo en esos momentos abundantes y breves donde intercala trozos de enorme belleza, en medio de desarrollos más orgánicos (escuche por ejemplo el concierto no. 24 para piano, 2º movimiento: un tema plácido y hermoso en mi bemol, interrumpido por un diálogo en do menor que sostienen oboe y  fagot; sólo un instante), dedica los minutos completos de esta aria a la belleza de la línea melódica; es tan grande la inspiración, que hasta las florituras que canta Pamina son mucho más que un adorno. Mozart llena instantes de belleza eterna, apenas con dos líneas de texto cada vez; la belleza de un par inesperadamente menor que la del siguiente, agobia al oído y al alma de belleza en esa melodía.

Cuando buscamos a la mujer, los hombres andamos a ciegas. Sabemos –o recordamos, o imaginamos- lo que ellas son para nosotros, pero no las conocemos, y terminamos por recurrir a metáforas de lugares y de anocheceres, a comparar su aliento con la frescura y el olor de su nuca con los jazmines. El poeta alemán Wilhelm Müller (1794-1827) escribió los versos del Winterreise (viaje de invierno) que Schubert utilizó para crear su ciclo de canciones homónimo. De Mozart nos maravilla la creación de belleza a partir de la nada: cierto es que los versos del aria son palabras llenas de sentimiento, pero no prefiguran la música que les creó Mozart, son dos mundos de belleza distinta e incomparable; por el contrario, de Schubert nos maravilla que supiera encontrar la música oculta –dormida- adentro de los versos que convirtió en canciones. La música de Erstarrung (entumecimiento) tiene en sonido la agitación que se respira en el verso, donde el amante, solo y vacío sin su amada, la busca bajo la nieve, en el pasto que ahí crecía el verano anterior:

Ich such’ im Schnee vergebens
Nach ihrer Tritte Spur,
wo sie an meinem Arme
durschstrich die grüne Flur.

Busco en vano en la nieve
Los restos de sus huellas
Donde ella en mis brazos
Recorrió el suelo verde.
Ich will den Boden Küssen
Durchdringen Eis und Schnee
Mit meinen heissen Tränen,
bis ich die Erde seh‘.
Quiero besar el suelo
Atravesar hielo y nieve
Con mis lágrimas ardientes
Hasta que vea la tierra.
Wo find‘ ich eine Blüte
Wo find‘ ich grünes Gras?
Die Blumen sind erstorben,
Der Rasen sieht so blass.
¿Dónde encuentro algo florecido
Dónde encuentro hierba verde?
Las flores están muertas
La hierba se ve tan pálida.
Soll den kein Angedenken
Ich nehmen mit von hier?
Wenn meine Schmerzen schweigen,
wer sagt mir dann von ihr?
¿Acaso ningún recuerdo
Debo llevarme de aquí?
Si mis dolores callaran,
¿quién me hablaría de ella?
Mein Herz ist wie erstorben,
kalt starrt ihr Bild darin:
Schmiltzt je das Herz mir wieder
Fliesst auch ihr Bild dahin.
Mi corazón está como muerto
Frío se entumece su figura ahí:
Se derritiera mi corazón de nuevo
Fluiría hacia su figura.

El sentido de agitación interna, de extrema desazón que el amante expresa en estos versos está también expresado, en forma soberbia y paralela, en la música de Schubert. Sus Lieder siempre son placer por partida doble, ver caminar juntos a dos hermanos que estaban perdidos –verso y música- y que fueron juntados por el genio de Schubert. Frente a la música de Mozart es otra la sensación: la belleza y la inspiración de la música opacan a la palabra; cierto que aquella aria expresaba pena, y dolor, y desesperación, pero es tan alta la cima desde donde se oye la música, que pena y dolor y también desesperación se ven pequeñas, a lo lejos, como si miráramos gentes y casas en un valle, desde una montaña.

De las traducciones se dice lo que de los hombres: las buenas no son fieles, las fieles no son buenas. Las pocas veces que me decido a traducir poesía, siempre elijo la traducción fiel: no veo razón, sino muchas sinrazones, en tratar de expresar en español los giros idiomáticos, el melos, el ritmo y la poesía que hay en el verso original. Cuando la traducción es muy buena, se convierte en poesía nueva, con vida independiente; no me siento poeta, y en estos intentos aspira solamente al elogio (quizá excesivo) que pueda decirse de una traducción: que invita a leer el original.

Federico García Lorca tiene un hermoso soneto que guarda cierto paralelo con el verso anterior:

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA
Amor de mis entrañas, viva muerte,
En vano espero tu palabra escrita
Y pienso, con la flor que se marchita,
Que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
Ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
La miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
Tigre y paloma, sobre tu cintura,
En duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura
O déjame vivir en mi serena
Noche del alma para siempre oscura.

El sol de España y el de Alemania también asoman su cara, en el contraste de hielo y nieve con tierra y verde, al norte, y en los versos sensuales de García Lorca, que en metáfora de tigres y palomas hablan de amor, locura, pasión y mordiscos.

Los hombres podemos hablar de amor precisamente con estas metáforas visuales y de sentidos que nos recuerdan o nos hacen imaginar lo que el misterio de la mujer dice para nosotros. Con la frecuencia con que dicta la sangre, los hombres escribimos de las mujeres en valores de conquista, como si ellas fueran tierra para conquistar, y no para reposar. Esta visión del amor-conquista la expresó con belleza de palabras incomparables e intraducibles, el Soneto XLVI de Shakespeare:

Mine eye and heart are at a mortal war,
How to divide the conquest of thy sight;
Mine eye my heart thy picture’s sight would bar,
My heart mine eye the freedom of that right.
Mi ojo y corazón se hallan en guerra mortal,
Cómo dividir la conquista de tu vista;
Mi ojo a mi corazón quitaría la vista de tu imagen
Mi corazón a mi ojo la libertad de ese derecho.

También sabemos los hombres mostrar misericordia por la mujer caída. Caída ante los hombres, caída gracias a los hombres, como Anna Karenina y Madame Bovary, mujeres que primero seducidas y luego abandonadas, terminan ambas sus días por su propia mano, una arrojándose al tren y otra tomando arsénico. Los personajes trágicos de esas dos heroínas son opacados por el virtuosismo literario de Tolstoi y Flaubert, que tejen alrededor de ambas mujeres sendos frescos, maravillosos, de la Rusia Imperial y de la Francia de un pequeño pueblo; tan maravillosos que Anna y Emma quedan opacadas por el resto de las historias. Tolstoi nos habla de una familia que es infeliz a su manera (después de empezar diciendo que todas las familias felices son iguales) y termina con una escena en donde el Conde Volkonsky, el amante de Anna Karenina, se enlista para la guerra en los Balcanes que Rusia quiere librar para ayudar a sus hermanos cristianos; de la locura del amor sigue la locura de la guerra, probablemente un aperitivo de lo que se convirtió Tolstoi en sus últimos años. Flaubert describe con ojos sin sentimientos los sufrimientos de Emma Bovary: su ansia por dejar la casa, el desencanto con el marido, el aburrimiento en provincia, la agitación del amor, el abandono y la muerte. Es como si estuviera él rodando una película muda en donde, con imágenes de palabras, viéramos crecer (sin poder participar ahí; sin el privilegio de poder indignarse) los sentimientos, los sufrimientos, y la agonía de una mujer que, mujer en un mundo de hombres, no pudo permitirse a sí misma las libertades que los hombres se tomaban, y se siguen tomando, a manos llenas.

Esta locura de la mujer caída es una locura inventada por los hombres, que nunca hablamos de el hombre caído. Hablamos de la mujer pública, de la mujer caída, en hipócrita complacencia, en complacencia en lo vil que nos parece quien decimos, no es digna de nosotros. ¿Cuál es nuestro punto de referencia de dignidad? ¿Nuestra conducta de hombre? ¿El ejemplo de hombres sin fin, aquí y donde usted me lee, hoy y cuando nuestros antepasados leyeron, que elevaron a nivel de arte el uso que han hecho de las mujeres? Un hombre digno le dijo a la mujer adúltera: “vete y no peques más”, y los evangelios apócrifos nos cuentan que en el suelo, mientras Jesús esperaba al que tiraría la primera piedra, escribía nombre de hombres presentes y ausentes, a los que Él les sabía todo, y a quienes todos les conocían algo. Los hombres no tenemos derecho a hablar de la mujer caída.

También son locura de hombres las guerras, donde disfrazamos de heroísmo o de patria los afanes más bajos que siempre nos han movido: más conquistas, más poder, más riquezas. Fue locura de hombres la Revolución Rusa y la mayoría de los nombres que entonces tronaban y que hoy sólo reciben denuestos. De esos años atroces, en donde cada ruso que hoy vive tiene enterrados abuelos o tíos, surgieron muchos poetas, porque la desgracia es caldo de cultivo para el arte, el arte profundo: de estómagos satisfechos y de comodidad pueden salir cantos a la naturaleza; del alma hambrienta y el estómago ulcerado salen gritos que son del alma.

El régimen comunista creó –más bien dicho: intentó crear- una generación de hombres iguales en derechos, en hambre y en expresión; esta última, la del Partido. Los disidentes eran bloqueados de los trabajos, si tenían suerte; un poco menos de suerte los llevaba al paredón, y una suerte atroz, al exilio en Siberia. Había una manera de no-pensar, la que imponía Stalin, y todo lo demás era sospechoso, más sospechoso mientras más alejado estaba de la alabanza abyecta.

Pero el poeta sobrevivió, el único poeta que quizá ha existido, como decía Rilke. Sobrevivió en Mandelstam, en Josef Brodsky, en Marina Tsvetáieva y en Ana Ajmátova. Cada uno de ellos cultivó un ruso que pudo hablar en símbolos, en versos llanos y en epigramas; cultivaron la memoria para evitar el delito de ser encontrados con propaganda subversiva, todo aquello que podía parecer sospechoso al último de los burócratas de la CHEKA o del Partido, que vendieron su alma rusa por el plato de lentejas de la seguridad, y que se mantenían limpios ante sus jefes mediante las muchas detenciones o señalamientos. Fue una locura de hombres, que sufrieron todos los rusos.

Ana Ajmátova nació en 1889 en Odesa, hija de una familia acomodada; juntó en su sangre la de rusos, ucranianos y tártaros, como ruso y africano decía ser Pushkin, como ruso y tártaro era Rachmaninof, como rusa y alemana y polaca fue Marina Tsvetaieva. Lo “ruso” era tan grande como se quería, pero el idioma ruso seguía siendo el de Pushkin. Ajmátova empezó a escribir poemas desde joven, y como su padre rico se oponía a que su nombre noble apareciera en la portada de ninguna colección de poesía, Ana decidió llamarse precisamente Ajmátova; había nacido Gorenko. En julio de 1914 ya era una poetisa muy conocida, y entonces escribió, proféticamente: tiempos terribles se acercan; pronto estará cubierta la tierra de tumbas nuevas. El 28 de julio un anarquista serbio asesinó en Sarajevo al heredero al trono Austro-Húngaro, y empezó la Primera Guerra Mundial; Ana decidió permanecer en Rusia.

Esa guerra fue buscada, obcecadamente, por el Kaiser Guillermo II, y concedida, tontamente, por el Zar Nicolás II; eran primos lejanos y se carteaban con encabezados de diminutivos, pero la guerra estalló entre ellos porque los alemanes la buscaron y los rusos no supieron rehusarla. La guerra sirvió para destruir a los dos países y para acabar con las dos dinastías, pero a Rusia le tocó la peor parte, porque se juntaron a los horrores bélicos del momento los problemas de siglos que una nobleza terrateniente ociosa, inútil y llena de privilegios, había engendrado para el pueblo ruso, mantenido primero como siervos y luego liberados sin conocimientos y sin medios para hacer uso provechoso de su libertad. Con la guerra se acentuó la escasez, el hambre, las enfermedades, las huelgas y el descontento. Los alemanes ayudaron a Lenin a atravesar el frente de batalla para llegar con los rusos, internarse de contrabando en Rusia, y agitar aún más el ambiente; los alemanes lo hicieron porque una Rusia en revolución interna dejaría de combatir contra Alemania; lo lograron. Estalló la Revolución Bolchevique, cayó el gobierno zarista, empezó el terror comunista.

De esta guerra iniciada por dos hombres que llevó a matarse a millones de varones, surgió un régimen que sospechaba de todos. Ana Ajmátova había estado casada con Nikolai Gumiliev, con quien tuvo un hijo, Lev. Nikolai fue acusado de participar en una conspiración antibolchevique en 1921 y fusilado; su antigua familia, si es que necesitara algo además de los versos no bolcheviques de Ana Ajmátova, sufrió el estigma de tener un miembro como enemigo de la revolución, y esto le costó al hijo Lev incontables encarcelamientos y a Ana, vigilancia permanente. La Revolución Bolchevique había sido obra de hombres, pero en sus persecuciones no hacía distinción de géneros.

Uno de los dos grandes poemas que escribió Ajmátova se llama Requiem. Tengo la dicha de poderlo escuchar en voz de su autora: alguien me pasó hace años una grabación que de vez en cuando escucho, cada vez con nueva delectación, a medida que lo puedo entender mejor. El poema empieza sombrío:

РЕКВИЕМ

Вместо предисловия

В страшные годы ежовщины я провела семнадцать месяцев в тюремных очередях в Ленинграде.

Как-то раз кто-то “опознал” меня. Тогда стоящая за мной женщина с голубыми губами, которая, конечно, никогда в жизни не слыхала моего имени, очнулась от свойственного нам всем оцепенения и спросила меня на ухо (там все говорили шепотом):

– А это вы можете описать?

И я сказала:

– Могу.

Тогда что-то вроде улыбки скользнуло по тому, что некогда было ее лицом.

Requiem

En vez de prefacio

En los días terribles del Gran Terror yo estuve diez y siete meses en la cola de espera de los visitantes a la prisión de Leningrado.

De alguna forma alguien me identificó. Entonces una mujer con los labios azules, parada detrás de mí en la línea, quien, por supuesto, nunca oyó mi nombre, se despertó del estupor, típico de todos nosotros ahí, y me preguntó en mi oído  (ahí todos hablaban en susurros):

“¿Y podría usted describir esto?”

Y yo respondí:

“Sí, puedo.”

Entonces la débil semejanza de una sonrisa apareció en ese lugar, que había sido alguna vez su rostro.

Ana estaba en la cola porque su hijo Lev estaba en prisión. Diez y siete meses esperando la oportunidad, remota y muy incierta, de ver al hijo, alentarlo, quizá llevarle un paquete con pan; meses de sol escaso, de viento frío, de noches heladas, para tal vez ver al hijo. Ella y otras madres que estaban en la línea –no le pidió el verso un hombre, se lo pidió una mujer- aguantaron lo inimaginable por el mendrugo que imaginaban: unos momentos junto al hijo que hacía meses o años había desaparecido en prisión. Entre los que sufren esas desgracias se forman vínculos de solidaridad y hacen que de vez en cuando el poeta único de Rilke toca con sus alas a otro poeta, Ana Ajmátova de Leningrado.

Este encuentro fue durante los años de las grandes purgas: por cualquier sospecha, fundada o inventada en la mente de un burócrata o de un vecino delator, el ciudadano iba a dar a la cárcel, al paredón o al exilio. En la cuenta de las detenciones individuales se suman millones, pero habría que añadir las muertes programadas de poblaciones enteras, donde el ejército acordonaba a poblados remisos en aceptar el bolchevismo y los dejaba morir de hambre, la muerte atroz; o bajo los bayonetas, al que recurría al escape para implorar muerte rápida y benigna.

En su Requiem, Ajmátova describe con versos desnudos la desnudez de Rusia en esos tiempos:

Тихо льется тихий Дон,
Желтый месяц входит в дом.
Входит в шапке набекрень –
Видит желтый месяц тень.
Эта женщина больна,
Эта женщина одна,
Муж в могиле, сын в тюрьме,
Помолитесь обо мне.

Tranquilo se desliza el Don Apacible
La luna amarilla entra en una casa.
Entra con un sombrero provocador
La luna amarilla ve la penumbra.
Esta mujer está enferma,
Esta mujer está sola,
El marido enterrado, el hijo encarcelado,
Reza por mí.
Нет, это не я, это кто-то другой страдает.
Я бы так не могла, а то, что случилось,
Пусть черные сукна покроют,
И пусть унесут фонари.
Ночь.
No, ésta no soy yo, ésta es alguien más, quien sufre.
Yo más no podría (sufrir) lo que sucede.
Que el paño negro arrugue lo que pasó,
Que la linterna apague.
La noche.

 

Por esos años se publicó una obra que se hizo muy famosa: El Don apacible (Тихий Дон), de Mijaíl Shólojov. Este autor, muy popular en la Unión Soviética, era un escritor de talento que no quiso arriesgar su seguridad y prefirió adaptarse a las necesidades del régimen. La obra mencionada habla de los Cosacos de esa región y su participación durante las guerras entre rojos y blancos que hubo hacia 1920, donde los héroes, naturalmente, son los rojos. Ana Ajmátova tuvo el ánimo para insertar en medio de su poema esa referencia a un colega que a diferencia de ella, quiso vivir apaciblemente, en vez de hacer meses de cosa en susurros frente a una prisión.

Hacia el final de la obra da la autora su versión del recuerdo que quiere para ella: ningún monumento en un lugar importante, ni junto al mar, ni en Odessa: ahí, junto a la pared de esa prisión, donde pasó cientos de horas hablando en susurros, susurrándose al alma que sí, que vería al hijo preso, pero todavía vivo.

А если когда-нибудь в этой стране
Воздвигнуть задумают памятник мне,
Согласье на это даю торжество,
Но только с условьем: не ставить его
Ни около моря, где я родилась
(Последняя с морем разорвана связь),
Ни в царском саду у заветного пня,
Где тень безутешная ищет меня,
А здесь, где стояла я триста часов
И где для меня не открыли засов.

Y si acaso alguna vez en este país
Piensan construirme un monumento,
De acuerdo con esto doy alborozo,
Pero con una condición: no construirlo
Ni junto al mar, donde yo nací
(la última conexión con el mar está hecha harapos)
Ni en el jardín del Zar junto a ese tocón querido
Donde la sombra inconsolable me habrá de buscar,
Sino aquí, donde estuve trescientas horas
Y donde no me fue abierto el cerrojo.

 

Este poema está considerado como una de las obras maestras de la poesía del S. XX. A pesar de las tendencias modernistas a liberar de ataduras –y de métrica, y ritmo, y sentido, y belleza- a los versos, Ana escribió con libertades pero sin renunciar a esos antiguos amigos del poeta, esos constituyentes de la belleza formal. Una rima perfecta no vuelve grande a un poema; lo vuelven la maestría técnica, las metáforas y el mensaje. Todos estos ingredientes los supo expresar Ana Ajmátova; su voz no era nada más suya, era de las mujeres y los hombres a quienes les tocó sufrir bajo el régimen bolchevique, es decir, de casi todos.

Ana Ajmátova tuvo la oportunidad de emigrar fuera de Rusia; era conocida y esperada en muchos lugares de Europa. Aunque había visto en su sueño a la planicie rusa convertida en cementerio, arriesgó su suerte a quedarse ahí, aceptando de antemano que una de esas tumbas tempranas podía ser la suya; se quedó y siguió hablando con su palabra, tanto la propia como la ajena, aquella vertida al ruso de muchas traducciones. Se hizo voz de aquella otra mujer que también tenía un hijo encarcelado viviendo las migajas de horas que le concedía el régimen, y de esa otra mujer recordamos que aquello que parecía sonrisa estuvo en otro tiempo adornando un rostro que quizá sonreía.

Ana Ajmátova, esa mujer anónima y todas las que perdieron hijos y esposos en aquel terror fueron modelos (aunque llegaran retrasadas algunos siglos) de aquellas palabras del libro de los Proverbios, que hacen elogio de la mujer fuerte:

¿Quién hallará una mujer fuerte? De mayor estima es que todas las preciosidades traídas de lejos y de los últimos términos del mundo. En ella pone su confianza el corazón de su marido, el cual no tendrá necesidad de botín o despojos para vivir. Ella le acarrea el bien todos los días de su vida, y nunca el mal. Busca lana y lino, de que hace labores con la industria de sus manos.

Los poetas hombres, hasta los más grandes, no pueden expresar lo que mujeres como Ajmátova, con su ejemplo y con sus versos, expresó.

Los diez y siete meses de aquella espera infructuosa (Y donde no me fue abierto el cerrojo, И где для меня не открыли засов) me muestra el temple de esa mujer. Haciendo cosas menos vistosas, que acaso nunca se convertirán en historias escritas, yo veo mujeres que solas crían a sus hijos, que a veces hasta al marido mantienen, que sostienen al marido cuando está en desgracia, que entre ellas son solidarias. Ellas tienen un alma que nosotros los hombres nada más imaginamos, porque nada más la alcanzamos a ver de lejos; a nosotros nos consumen las ocupaciones minúsculas del día con día, que a la vuelta de los años se convierten en una montaña de actos no son ni granos de arena, nada más fueron polvo. Ellas, como mi madre, saben conservar en torno a sí su familia, bienrecibir los amigos, mejorar los platillos que les faltaba sazón y conservar su sonrisa de siempre. Unos días antes de que mi madre muriera, me acerqué a la cama donde ella aguardaba el final y le pregunté “¿cómo te sientes, mamá?” Ella volteó a verme, me sonrió y me contestó con ojos que decían la verdad “bien, muchas gracias.” Hasta a morirse uno, lo enseñan las mujeres.

Sí, si yo quisiera ser presidente, buscaría a las mujeres.

El autor agradece la amable ayuda de Lilia S. Smurova en la traducción de los textos rusos.

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