El pasado 1º de Abril murió el poeta ruso Evgeniy Evtushenko a los 83 años de edad. Se volvió famoso en todo el mundo en los años sesenta, se convirtió en un símbolo del poeta soviético que se atrevía a hablar o que lo hacía de acuerdo a las autoridades, las noticias no eran muy abundantes. Mi primer recuerdo suyo data de los años setenta, cuando un amigo me informó que había venido un gran poeta ruso a México; era más la curiosidad de saber cómo eran los rusos, cómo vivían aquellos pobres oprimidos detrás de la Cortina de Hierro, que el interés por su poesía o lo que pudiera decir; Evtushenko era un símbolo entre nosotros, jóvenes mexicanos, de la rebeldía contra la influencia norteamericana, de solidaridad con Cuba y de búsqueda de una identidad como mexicanos. Años después me fui informando de cómo era él, de su personalidad. Había nacido para llamar la atención, para hacer estridencia: alto, delgado, bien parecido, vestía con colores vivos y disfrutó con entusiasmo y dedicación su porción de amores en esta vida; sabía opinar de forma que señalaba un tema candente sin quemarse las manos; fue amigo de todo el mundo fuera de Rusia, pero adentro había quién lo quería y quien lo aborrecía. Nació en Siberia el año 1933, y reunía en su sangre antecedentes rusos, alemanes, del Báltico y hasta vestigios de antepasados tártaros. Su abuelo Rudolph Gagnus era de origen alemán, casado con una rusa, pero fue señalado como enemigo del pueblo en 1937, año de las purgas más terribles de la época stalinista, y desapareció para siempre. Su padre era geólogo y Evgeniy lo acompañó a expediciones por varios lugares del enorme terreno soviético. Escribió algunos poemas en su juventud, sobrevivió como pudo la guerra y los años de la posguerra; en 1951 se matriculó en el Instituto Gorky de Literatura de Moscú, pero abandonó los estudios en la época en que Stalin murió y los miembros del Politburó aprovecharon para eliminar a las figuras más odiadas, como Beria, quien era jefe de la policía secreta y cuyos archivos fueron utilizados por Jrushev para obtener información comprometedora sobre Malenkov, un rival suyo en la lucha por el poder, y deshacerse de él; fue una época agitada, pero no tanto como la de las purgas stalinistas. Llegando al poder, Jrushev criticó a Stalin en un famoso discurso y suavizó las reglas para los ciudadanos, entre ellos los de la clase intelectual. En este contexto maduró el joven Evtushenko y se convirtió en adulto.

Durante los años del Deshielo, cuando Jrushev soltó un poco los controles y las sanciones para todo el pueblo soviético, Evtushenko publicó varios poemas en donde levantaba una voz crítica, pero no tanto; por ejemplo en Los Hijos de Stalin señalaba el riesgo de que el stalinismo seguía latente y podría revivir en un nuevo régimen de terror, y urgía al presente gobierno a entender y controlar ese riesgo. Sus críticas le valieron el apoyo de la mayoría de intelectuales en Occidente y de muchos jóvenes en la URSS, donde se juntaban en estadios para oír a Evtushenko declamar su propia poesía. Un evento así, impensable en nuestro país, no se daba exclusivamente gracias a Evtushenko, los rusos son conocidos por el amor que tienen a su idioma y en particular a su poesía. Escribió Ossip Mandelshtam, otro poeta soviético, que Rusia era el único país del mundo donde mataban a los poetas por lo que escribían; indirectamente, ya que murió en el exilio de Siberia, Mandelshtam fue víctima de un poema satírico que escribió sobre Stalin y que se atrevió a compartir con algunos amigos; Solzhenytsin también fue enviado a Siberia pero era más fuerte y sobrevivió a su condena.

Evtushenko sabía caer parado. En uno de sus viajes al extranjero regresó con mercancía prohibida: obras de los líderes soviéticos en desgracia Trotsky y Bukharin, y de poetas malditos como Mandelshtam y Gumiliev. En la URSS todo mundo tenía un amigo o familiar que había sido enviado a Siberia porque le encontraron un libro o un panfleto o simplemente una hoja con algún escrito prohibido o sospechoso, y Evtushenko regresa de Occidente con un cargamento de libros así; la distancia de la aduana, donde se encontraba en ese momento, hasta Siberia se había recortado de 5,000 kms a unos 5 metros. Le pidieron una explicación, después de todo se trataba de un poeta conocido y tampoco podía arriesgarse la policía a un regaño de sus superiores. Evtushenko les contesta que “durante mis viajes al extranjero con el objetivo de hacer propaganda a las ideas de nuestra Patria, en ocasiones me encuentro desarmado en la lucha contra nuestros enemigos, puesto que no estoy familiarizado con las fuente en los cuales aquellos miserables se nutren. No pueden conseguirse materiales así en la URSS, por eso traje conmigo estos libros, no para distribuirlos sino para elevar mi vigilancia ideológica” [1]. Funcionó el argumento, lo dejaron pasar y lo dejaron vivir, murió viejo a los 83 años.

Como casi todo escritor soviético, aprovechó la experiencia de la guerra para crear; la invasión nazi dio lugar a una de muchas atrocidades cometidas en suelo soviético: en 1941 los alemanes habían llegado hasta Kiev, pero sufrieron ataques en su cuartel general y buscaron un chivo expiatorio; el más indicado en ese momento era la numerosa población judía en la ciudad y alrededores. Publicaron un edicto convocando alevosamente a los judíos, diciendo que los iban a reubicar y debían traer las pertenencias necesarias para el viaje. Se presentaron más de 30,000, pero en vez de subirlos a un tren los llevaron a que dejaran sus cosas en ciertos lugares –aquí la cartera, allá las joyas, en este lado la ropa; todo ordenado como decía el sargento alemán-, los dejaron desnudos y los condujeron en grupos de diez al fondo de un barranco donde les aplicaban un tiro en la nuca y caían encima de los que habían muerto antes. El lugar se llamaba Babi Yar (Бабий Яр, barranco de las mujeres) y se convirtió en sepultura de muchos judíos en esa ocasión y después, también de gitanos y de sospechosos para las fuerzas de ocupación nazis. Unos pocos judíos sobrevivieron y contaron después su historia, que sirvió para condenar a los jefes nazis que participaron en esa masacre. Evtushenko conoció estos hechos, se enganchó con el tema y decidió escribir un poema, llamado precisamente Babi Yar, publicado en 1960 y traducido aquí.

 

No hay monumentos sobre Babi Yar.
Empinado precipicio, como losa sepulcral.
Me aterra.
Tengo hoy tantos años,
como el mismo pueblo hebreo.Me parece ahora –
que soy judío.
Me arrastro en el antiguo Egipto.
Heme aquí, en la cruz crucificado, muerto,
y hasta hoy hay en mí las huellas de los clavos.
Me parece, que Dreyfuss
ése soy yo.Estrechez de miras,
mi denunciante y juez.
Estoy tras las barras,
Caí en el círculo.
Maldecido,
Escupido,
Calumniado.Damiselas con faldas de Bruselas,
chillando, me golpean la cara con paraguas.
Me parece
que soy un muchacho en Belostok.
Corre la sangre, regándose en el campo.
Arman revuelo los dueños de tabernas
oliendo mitad a vodka, mitad cebolla.
Yo, empujado por las botas, sin fuerzas,
en vano imploro al que hace este progrom.
Bajo la risotada:
“¡Golpea judíos, salva a Rusia!”
Viola a mi madre un mercader de granos.
¡Oh ruso pueblo mío!
Yo sé
que tú
en el fondo eres internacional.
Pero seguido pasa, quien tiene manos impuras
alardea con tu pureza.
Conozco la bondad de tu tierra.
Cuán vil,
que sin temblor en sus miembros,
los antisemits con pompa se declaran
“Unión del pueblo ruso”.Me parece
que soy Anna Frank,
delgadita
como rama de abril.
Y yo amo
Y no me hacen falta frases.
Me hace falta
que nos miremos uno al otro
¡Cuán poco puede verse,
olerse!
Las hojas nos están prohibidas,
y también el cielo.
Pero sí es posible con frecuencia –
lo que es tierno
abrazarse uno al otro en la penumbra.
¿De dónde vienen?
No temas – son murmullos
de la misma primavera,
ella viene acá.
Ven conmigo.
Dame rápido los labios.
¿Están rompiendo la puerta?
No, es el hielo del deshielo a la deriva…En Babi Yar murmura la hierba salvaje.
Los árboles observan severamente,
como juzgando.
Aquí todo grita en silencio,
y, quitándome el sombrero,
yo siento,
que lentamente mi cabello se hace gris.
Y yo mismo
como grito en silencio y sin romperse
sobre los miles de miles enterrados.
Yo
soy cada uno de los viejos fusilados aquí.
Yo
soy cada uno de los infantes fusilados aquí.
Nada dentro de mi
olvidará jamás esto.
“La Internacional”,
Dejadla retumbar,
cuando por los siglos sea enterrado
el último antisemita de de la tierra.
La sangre hebrea no está en mi sangre.
pero despreciado con malicia endurecida
lo soy, por todo antisemita,
como si fuera hebreo
y también porque
soy un ruso verdadero.

 

El poema tiene algunas referencias históricas. El primero es el caso Dreyfuss, un militar francés acusado de traición y condenado en 1894. Se levantaron muchas voces clamando su inocencia, y surgió un gran movimiento intelectual donde se vio claramente que había sido condenado por judío, no por traidor; posteriormente fue rehabilitado, y murió en 1935. Los “progroms” eran correrías organizadas por los rusos para atacar a los judíos que vivían en Rusia: quemaban sus casas, destruían sus propiedades, ultrajaban a sus mujeres; Evtushenko alude a una organización llamada Unión del Pueblo Ruso, paramilitares ultranacionalistas y antisemitas, y a Belostok, una ciudad al oriente de Bielorrusia, donde se dieron varios progroms. Al final se menciona el himno nacional soviético, La Internacional.

Evtushenko tomó un tema relativamente neutral para las autoridades soviéticos: las fuerzas de ocupación nazis cometieron una matanza en contra de cierta población local, una minoría étnica; ¿qué daño podía hacer a la ideología soviética? Los censores dejaron pasar el poema, Shostakovich lo utilizó para escribir una sinfonía que además glorificaba a la mujer soviética, el arte soviético alcanza otra cumbre mundial; en resumen, todos contentos.

Babi Yar es la obra más conocida de Evtushenko, ha sido traducida a decenas de idiomas. Shostakovich la utilizó para componer su sinfonía No. 13, llamada igual que el poema. Trata uno más de los capítulos negros de la Segunda Guerra Mundial –no sé si en alguna guerra exista algún capítulo blanco- y lo hace de manera simbólica, no narrativa. El poeta siente en su imaginación la desesperación de los judíos llevados al matadero, y la semeja con los tormentos de Jesús cuando fue encarcelado y escupido por la muchedumbre. Menciona a las buenas conciencias, que con su paraguas le golpean la cara, al tabernero borracho que patea judíos, se iguala con Anna Frank y con los viejos y niños fusilados en ese barranco. Literariamente no es una obra que me parezca sobresaliente, no hay métrica ni rima ni metáforas suficientes como para ponerla en un lugar especial, pero aborda un tema histórico, muy fuerte, que el autor supo capitalizar en su momento. El poema es intenso, pero muestra las señas de los años, en este 2017 donde tantas atrocidades sucedidas después de 1960 han disminuido notablemente nuestra sensibilidad con respecto a las muestras de maldad humana.

Pero los años pasan, los judíos consiguieron finalmente su patria en Palestina y están convertidos ahora en victimarios de los palestinos. Los progroms que organizaban los rusos para amedrentar y vejar a la población judía en 1905, ahora tienen otra cara y otros destinatarios: los palestinos que por mala suerte o por tradición viven en Israel y se ven convertidos en ciudadanos de segunda. Poco a poco, con el respaldo de los Estados Unidos, Israel avanza en su intención de quedarse con todo el antiguo territorio de Palestina, autorizando nuevos asentamientos en Cisjordania (conocido como West Bank en países de habla inglesa) y convenciendo de irse por las buenas o por las malas a los palestinos que todavía quedan ahí. Judíos importantes como Noam Chomsky, Naomi Klein y George Steiner reprueban estas acciones, pero mientras los ciudadanos de Israel tengan a Netanyahu como Primer Ministro, con y sin la aprobación del todo el pueblo, con su venia explícita o con su feliz ignorancia, el Estado de Israel continuará haciendo la vida imposible a los palestinos que viven ahí.

Babi Yar es un poema importante, nos deja la lección de que el odio entre razas que no debería tener cabida en la vida moderna. Pero esta lección aplica para todo el mundo, no nada más para los alemanes.

[1] Citado por Solomon Volkov en su libro The Magical Chorus, Knopf, NY 2008. La anécdota está en la página 181.

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