Leviathan, película rusa dirigida por Andrey Svyagintsev (2014),
guión de Andrey Svyagintsev y Oleg Negin,
con las actuaciones de Aleksei Serebryakov, Elena Lyadova,
Vladimir Vdovochenkov y Roman Madyanov.

 

En una costa desolada, testigo de un largo amanecer, el sol sube a medias y no calienta a pesar de ser verano; el terreno ártico solamente es bueno para algo de hierba, no se ven árboles en el pueblo, ni en las calles, ni en el campo. El pueblo es pobre y vive de la pesca, las mujeres trabajan cortando las cabezas de los pescados que traen algunos barcos que nunca se ven, nada más aparecen los cascarones de embarcaciones que alguna vez surcaron las aguas. Hay un solo camino asfaltado, el resto es terracería. Por la mañana todavía obscura (aunque ya está amaneciendo en ese verano) un camión viejo recoge a las mujeres que van a trabajar.

Una de esas mujeres es Lilya, vive en una casa en las afueras del pueblo que ha habitado la familia de su esposo por generaciones. Es de  concreto y ladrillo, tiene un sótano y hay habitaciones para el hijo y los esposos; posee una estancia amplia, con un gran ventanal desde el que se ve la costa y la otra inmensidad de Rusia: el Océano Ártico, que ahí se llama Mar de Barents. La estancia alberga la sala, la cocina y una mesa pegada a la estufa, el lugar favorito de la casa, donde arreglan el mundo y se lamentan de las desgracias que el mundo les trae; el motor de sus palabras, si acaso faltara, es el vodka. La casa no es hermosa pero sí es amplia y cómoda, mucho mejor que las Jrushovkas donde viven casi todos los amigos: departamentos de cincuenta metros cuadrados en edificios hechos en serie.

En esa familia todos son infelices a su manera. Roma, el hijo adolescente, perdió de niño a su madre y aborrece a la madrastra, quien ha perdido la batalla y el interés por ganar el afecto del joven; también perdió el interés en el marido, el matrimonio, el trabajo y el porvenir. Su marido Kolya es un bonachón y alcohólico, hábil como mecánico y de quien abusan sus amigos, porque le llevan sus autos para que los arregle y apunte la cuenta para más adelante. Kolya está empeñado en conservar su casa contra los ataques del  municipio; la casa fue expropiada para un proyecto importante en la mente el alcalde.

Roma se escapa por las tardes de su casa para ir con sus amigos, que se reúnen a platicar y tomar cerveza en una iglesia en ruinas, calentados por una fogata que ilumina sus rostros y los restos de rostros que alguna vez estuvieron pintados en los frescos de la cúpula, también en ruinas. No son vándalos; platican y fuman y beben un poco, pero las ruinas a su alrededor son un funesto presagio para la esperanza el mañana que es esa juventud.

El alcalde es un hombre pequeño, corrupto e insignificante, borracho y abusador -una suerte de Sancho Panza rubio y malhumorado-, sostenido donde está por sus amigos y por las enormes distancias del país, que vuelven imposible para el ciudadano común viajar a la capital para quejarse de lo que sucede en el norte. El alcalde es uno de los símbolos que escogió el director Andreiy Zyagintsev para representar la suerte del individuo, para indicar en manos de qué o de quién está su destino;  la elección del actor es afortunada, se trata de un hombre gordo, bajo de estatura, que mira retadoramente de abajo hacia arriba, porque sabe que cuenta con el poder. No es el gran poder, no es la autoridad investida en un individuo por el pueblo ni es el hombre que por sus grandes acciones se ha colocado ahí; es simplemente alguien con conexiones políticas y con la suerte suficiente para haber sido puesto en el lugar importante; también él está para hacer los mandados de alguien más.

El otro símbolo es un dignatario la Iglesia Ortodoxa, como una perversión del cristianismo que produce ejemplos en todos lados; se trata del obispo, uno de los pilares en que se apoya el alcalde. Hay una escena donde el funcionario civil está acongojado, preocupado, pidiendo consejo al representante de Dios; no conocemos el asunto, nada más nos dejan saber que hay dudas acerca de lo que tiene que hacer, hay temor de que no se pueda lograr. El obispo lo conforta con una etérea palabra de Dios: hay que confiar en Él, hay que ejecutar Sus obras, hay que seguir adelante. La escena es una premonición del final y una señal de que las sospechas de Kolya –el alcalde quiere mi terreno para construirse un palacio- son falsas, pero uno como espectador está atando cabos, tratando de digerir la información e interpretar los símbolos, y la señal pasará desapercibida. Dios es mostrado como un ser representado por hombres amantes del rito y de la dignidad, con esa hermosa seriedad que brindan las iglesias ortodoxas y los iconostasios en manos de los pudientes, como el obispo; Dios también alcanza un lugar en el sacerdote del pueblo, un buen hombre que hace lo que puede en una aldea pobre en manos de una mafia apoyada por Moscú. Este sacerdote se encuentra con Kolya en la tienda, quien va por doble ración de vodka para olvidar o aturdir la piedra tan pesada que ha caído sobre él, el padre ha ido por su provisión de pan para repartir a otros más necesitados. Kolya pregunta dónde está Dios, porque barrunta la respuesta que daba Atahualpa Yupanqui: tan importante señor / no ha pasado por aquí / pero es seguro que almuerza / en la mesa del patrón. El sacerdote contesta como puede y recurre al lugar por excelencia en el Antiguo Testamento para los desamparados, el Libro de Job, quien fue humillado, ofendido, perdió familia y perdió riquezas, acabó viviendo en un muladar pero nunca renegó de Dios; finalmente, Él se compadece y se impresiona por esa lealtad, lo rescata, le da de nuevo la salud, una nueva familia y lo hace vivir con dignidad hasta los ciento cuarenta años. Pero Kolya no se ve a sí mismo con un nuevo Job y tampoco cree que pueda vivir hasta esa edad, nada más sospecha que sus miserias no han terminado.

Las escenas de la película son largas y abrumadoras; cargadas de belleza, sí, pero pesadas como losa de sepulcro. La primera, el amanecer, no va revelando maravillas de la Creación ni creaciones del hombre a medida que se hace la luz, sino un pasaje desolado, tierra apenas cubierta de hierba, y la casa de Kolya, sólida pero  sin atractivo, donde converge la desgracia. Va recoger a su abogado, porque está enfrascado en un pleito, él contra la autoridad, en un lugar en donde no hay división sino concentración de Poderes; la estación al amanecer tiene un solo pasajero, el abogado, un amigo de Kolya de los tiempos del ejército, que ahora trabaja en Moscú y llega con el aura de la capital. Todos ponen en él sus esperanzas y lo reciben bien, Roma juega con él, sentados ante una botella de vodka discuten el fallo que darán mañana al n-ésimo recurso que han interpuesto. Dyma, el abogado, cree que no será favorable pero ha planeado ya la siguiente jugada y les pide paciencia y confianza. Al día siguiente sucede lo que esperaban: una terna de juezas está  vestida con la túnica de esas ocasiones, y la jueza principal lee la sentencia, de corrido, como tarabilla, sin despegar los ojos del texto y sin mirar ni a los que se defienden ni al representante del Alcalde. A esa mujer, que hace un papel breve pero memorable, nunca se le ven los ojos; es la Justicia ciega pero también cargada, porque administra justicia de acuerdo a las instrucciones recibidas. Aparece tres veces: al leer la sentencia contra el recurso presentado por Dyma, en una reunión con el alcalde y al final, en otra sentencia. Esa falsa Justicia es otro símbolo usado por el director, más pequeño porque está subordinado al alcalde. Tratándose de la Justicia deberíamos poder contemplar a una mujer con amplios conocimientos, sentido del deber y del honor, discerniendo lo que es legal y lo que además está bien, pero no sucede así: la justicia está sometida al insignificante alcalde, y la justicia se administra leyendo lo más rápidamente posible los tecnicismos legales que permiten  seguir adelante al proyecto del alcalde.

Conocedor de su oficio y de la gente con quienes trata, Dyma da el siguiente paso: va al Ayuntamiento y presenta al jefe un expediente con sus pecados, y sabiendo que Moscú está tan lejos de Kolya como del alcalde, habla de un amigo que tiene ahí, al que solamente refiere por nombre, sin apellido; lo hace en términos ambiguos y sugerentes, consigue asustar al alcalde, quien convoca a una reunión de emergencia con sus funcionarios de cabecera –entre ellos las juezas- y en medio de una sarta de palabrotas les lee la cartilla y las pone a buscar información sobre el abogado, lo que sea, porque ve clara la posibilidad de estropear sus planes.

Si todo en esta película fuera la lucha del individuo contra el Estado, probablemente sería una historia más donde desfilan las injusticias, siempre en una dirección; terminar con un final feliz sería absurdo después de tanto preparativo, pero peor sería terminar con la simple destrucción de Kolya, quizá hasta aburriría. No sucede así, los creadores de la historia han sabido darle tintes de tragedia, sembrando la semilla de destrucción en la propia familia de Kolya. La noche después del juicio están debatiendo lo que tienen que hacer, mientras el alcalde ha decidido hacerles una visita; naturalmente llega borracho, rodeado de guardaespaldas y envalentonado, exigiendo que se larguen en ese momento. Kolya le contesta con bravatas, pero el abogado responde calmadamente, le dice que la sentencia todavía no está para ejecutar, le pide que se vaya. El alcalde ha saboreado anticipadamente su triunfo, y arrogantemente se retira. Al día siguiente van a la policía a presentar una denuncia por insultos, invasión de propiedad, agresión, amenazas y lo que resulte; pero lo que resulta es que el policía en turno busca la manera de deshacerse del quejoso, mientras su compañero juega un solitario en la computadora; también esta escena es lenta, también es abrumadora. Kolya sube de tono, grita, da un manotazo en el mostrador y se pone en bandeja para que la policía lo arreste. Dyma y Lilya, la esposa de Kolya, se quedan boquiabiertos por el desenlace, el acusador encarcelado; pero ellos mismos tienen sus propios asuntos pendientes y terminan en el cuarto de hotel de él, en una escena de amor y de desamor, satisfecha la carne y agravados los problemas. El rostro de Lilya no sonríe en toda la película, pero su actuación es un tour de force de expresiones: angustia, duda, odio, desesperanza, desamor, desapego, depresión, tristeza, hastío, coraje, fastidio, cansancio, miedo. Toda la gama de expresiones negativas que podría presentar un rostro frente a la desgracia están ahí, pero nunca aparece el amor, el agradecimiento, la satisfacción (ni siquiera después de gozar con Dyma), ni la sonrisa. La actuación de Elena Lyadova es extraordinaria.

Se organiza una carne asada en el campo y van Kolya con su familia, el abogado y los dos policías amigos de ellos. Llevan sus rifles para practicar tiro al blanco, y botellas para probar su puntería, que se se terminan pronto porque uno de ellos decide jugar con ventaja, y en vez de utilizar el rifle, dispara con una AK47 y acaba con todas las botellas. “No hay problema, traje blancos más interesantes”, dice, y saca retratos de Lenin, Stalin, Brezhnev y otros jerarcas soviéticos. “¿No tienes alguno más actual?”, le preguntan, pero hasta aquí pudo llegar el humor negro de la película y la valentía de los realizadores para desafiar al régimen. Las mujeres asan la carne, y después de un rato Lilya dice que tiene que ir un poco más allá; Kolya le pregunta en broma lo que va a hacer y ella le contesta, con odio en la respuesta, si en verdad quiere saberlo. Después de unos minutos llega uno de los niños gritando asustado porque “el de Moscú está ahorcando a Lilya”; ya no se ve lo que pasa, nada más se sabe que Kolya ha golpeado al abogado y a la mujer.

El resto de la película son las consecuencias. El abogado es apaleado y le simulan una ejecución, por el alcalde y sus matones;  decide terminar con Lilya y regresar a Moscú. Ella se queda sola, sin esperanzas de cambio y con la certeza de que en ese pueblo chico será señalada, a pesar de que el buenazo de su marido decide perdonarla; el hijo termina de perderle el respeto y no entiende las palabras moderadas ni el perdón del padre, para él las cosas en la vida todavía son buenas o son malas. Lilya sale una madrugada, en otra larga escena, caminando hacia el mar. Llega hasta unas rocas que forman un precipicio, al fondo estallan las olas, su rostro refleja temor y abandono, pero no terror. No se sabe lo que ella hace, pero desaparece. Se corre la voz de alarma, la buscan todos y a los cuatro o cinco días la encuentran muerta. El alcalde aprovecha ese regalo del destino y fabrica un crimen a Kolya, acusándolo de asesinato; la mejor amiga de Lilya sospecha de Kolya y es testigo en es el juicio. La misma jueza que rechazó la apelación sobre el terreno lee esta nueva sentencia, también como tarabilla y con los ojos pegados al texto.

El final es la ironía cruel de revelar que el alcalde no quería la propiedad para sí mismo, sino para la Iglesia; ahí entiende uno por qué el obispo lo alentaba a que enfrentara los obstáculos para hacer la obra de Dios. Ese obispo está oficiando en la nueva iglesia, y sale un torrente de palabras en las nubes donde dice que hay que creer en Dios, para que la Verdad llegue a nosotros, puesto que la Verdad os hará libres. Exhorta a estar atentos a los enemigos de la Patria y la Ortodoxia; todo el sermón es una pieza digna de otros tiempos, por ejemplo de 1900 cuando el principal asesor de Nicolás II predicaba esas mismas ideas. El alcalde está contento porque ha realizado la obra de Dios, y llama la atención a su hijo sobre lo que dice el obispo,  puesto que “Dios todo lo ve”. Al salir se miran camionetas y autos elegantes que esperan a los dignatarios que han venido a la ceremonia.

El alcalde y el obispo han fabricado un dios a su medida; un ser todopoderoso que está del lado de ellos y cuyos designios coinciden con los caprichos de aquellos que lo saben buscar, un dios que no es incómodo y no abruma al hombre con mandamientos sino le regala justificaciones. Cuando el alcalde recibe la noticia de que han condenado a Kolya a quince años de prisión, exclama “¡Gracias a Dios!”

Svyagintsev eligió como título la figura bíblica de Leviatán, un monstruo marino, una enorme serpiente que es descrita en el Libro de Job, Cap. 41:

¿Quién le quitará la piel que lo cubre? ¿O quién entrará por medio de su boca? ¿Quién abrirá las puertas de su boca? Espanta el cerco de sus dientes. Su cuerpo es impenetrable como los escudos fundidos de bronce, y está apiñado de escamas apretadas entre sí.

Esta serpiente poderosa, con otros nombres y representaciones, figura en muchas de las literaturas y tradiciones antiguas; es un monstruo que invariablemente destruye y devora a aquél que se propone. El genio de esta película es crear una versión moderna, actualizada y creíble de Leviatán;  ya no es un monstruo marino sino es el Estado, aliado con su burocracia y con la Iglesia conservadora.

Leviatán es la mejor que he visto en varios años; el argumento, las actuaciones, el encadenamiento de las acciones, todo tiene una contundencia que apabulla por lo grandioso. Recibió muchos premios pero no pudo conseguir el Oscar a la mejor película extranjera, prefirieron darla a una historia más que pone en primer plano a los judíos durante la segunda guerra mundial; a pesar de la oportunidad para la Academia de castigar a Rusia, prefirieron el otro tema, que todavía quieren conservar en el candelero.

¿Es una película acerca de Rusia, es una crítica a Rusia? Yo creo que no, que es una casualidad que los del equipo realizador sean rusos; contribuyeron con su arte y su talento, pero la historia es aplicable a cualquier país. Dondequiera hay alcaldes corruptos y personas que dicen representar a Dios para defender sus intereses. Pero fue filmada en Murmansk y el primer país criticable es Rusia.

Vi la película el sábado pasado en un lugar que yo no conocía. Se trata de la Sala Alternativa (http://www.salaalternativa.com/), un espacio donde llegan las mejores películas, aquellas que no son suficientemente taquilleras para que las grandes cadenas las traigan a esta provincia; son películas escogidas, de las que comúnmente se llaman “de arte”. Si no quiere ver la milésima versión de algún anti-Leviatán (Capitán América, Los 4 fantásticos, IronMan, etc.), recomiendo ampliamente el lugar. Todavía tienen en cartelera a Leviatán.

15.6.2015

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