El último libro de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura en 2010, se llama La civilización del espectáculo. Es un ensayo sobre el estado actual de la cultura, y toma inspiración para el nombre de un ensayo publicado en 1967 (Guy Debord, La societé du spectacle) en donde llama espectáculo a la infumable definición de alienación que dan los marxistas: “enajenación social resultante del fetichismo de la mercancía, que, en el estado industrial avanzado de la sociedad capitalista…, amén”.  En términos más sencillos, el espectáculo referido es la alienación, es decir, la tendencia prioritaria de la sociedad a consumir, cuando las cosas se vuelven los amos de la vida y el materialismo total el objeto de la existencia.

Un ejemplo convincente fue la preocupación de las revistas amarillistas de NY en la crisis de bolsa de 2008: los fotógrafos estaban a la caza de los analistas financieros que habían hecho perder millones a sus clientes, y venían en el suicidio de lanzarse por la ventana de un rascacielos la única salida a su recién estrenada miseria. Más que los miles de millones de dólares esfumados y los miles de ahorradores despojados de su patrimonio, el interés era el morbo por el suicida fotografiado en su caída. Para Vargas Llosa la civilización del espectáculo es precisamente aquella en donde el primer lugar en la tabla de valores es el entretenimiento: divertirse, escapar del aburrimiento; George Steiner (1929 – ), crítico literario vienés, había publicado un ensayo en 1971 donde daba un antecedente de este concepto, diciendo que después de pasada la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la restauración de los Borbones en Francia, hacia 1850, se instaló en toda Europa el ENNUI, igual al aburrimiento, que es combinación de frustración + hastío + melancolía + deseo secreto de violencia y cataclismo. Con palabras de profeta a posteriori, afirmó Steiner que la cultura europea anunciaba y deseaba los cataclismos generados durante las dos guerras mundiales. Menos dramático que Steiner, pero quizá con más tristeza en sus palabras (de los horrores de las guerras es fácil aprender; de la banalidad del entretenimiento es difícil salir), Vargas Llosa afirma que una vez que el entretenimiento se ha colocado como el valor supremo, banaliza la cultura, vuelve efímero todo porque todo el mundo está a la búsqueda de novedades, y empuja a los medios de comunicación a trivializar su trabajo, publicando noticias impactantes, banales y efímeras; no hay salida a la vista, porque la banalidad no provoca las sacudidas de las guerras.

¿Por qué sucedió esto? La explicación estándar es que luego de la 2ª Guerra Mundial se dio un período de progreso material, oferta de bienes y servicios y mejoría en los sistemas de salud en el mundo occidental. Hubo mayor bienestar, apertura social, libertad, de una manera especial la libertad sexual. La sociedad moderna empezó a disfrutar de un período prolongado de paz y prosperidad material, que aunque relativas, generaron una especie de euforia social que hizo que la gente se volcara a tratar de vivir lo mejor posible y aprovechar al máximo los beneficios que los nuevos desarrollos técnicos le ofrecían. En resumen, esto generó una actitud de divertirse, no aburrirse, y evitar las preocupaciones.

Un factor muy importante es la difusión enorme en las comunicaciones, principalmente el internet. Esto contribuye a una “democratización” de la cultura, es decir, a ponerla al alcance de todo mundo. Sin embargo, el resultado no fue elevar el nivel de las masas sino rebajar el nivel de la cultura. Un resultado así había sido pronosticado por T. S. Eliot (1888 – 1965), escritor nacido en EEUU pero nacionalizado británico, que publicó un importante ensayo en 1948 (Notes towards the definition of culture), donde afirmaba que generalizar la cultura a todo el mundo solamente era posible al precio de empobrecerla y volverla más superficial. Es relativamente fácil ver por qué ha sido así. Si el internet ofreciera únicamente cultura de alta calidad, entonces todo mundo conectado al internet (literalmente, todo el mundo) tomaría de ahí eso único disponible, cultura, y de esta forma mejoraría su nivel. Pero no es así: la cultura de calidad coexiste y compite en el internet con sitios en donde se ofrece pornografía, diversión, venta de medicina, anuncios de las tiendas Gucci, historietas, en una mezcla que convierte a esa hermosa e idealizada biblioteca que Borges imaginó en una selva en donde las flores de alta cultura son raras y poco visitadas. La cultura perdió, por razón de gravedad, la lucha contra la banalidad; uso gravedad en el sentido de la Física: los cuerpos caen atraídos por la Tierra, y la gente cae en la banalidad porque es más fácil divertirse que tomarse la molestia de buscar en la red el ensayo de T. S. Eliot, encontrarlo en inglés y luchar para traducirlo.

Un ejemplo sencillo de esta trivialización de hecho conseguida en el internet es la música. Algunos sitios anuncian la posibilidad de disponer instantáneamente de 50,000 rolas (horrible palabra), para oírlas en el Smartphone o donde uno quiera. ¿Qué efecto tiene esto? 50,000 canciones, calculando un promedio de 4 minutos por cada una, dan un total de 200,000 minutos, es decir 139 días de música continua, sin repetir una rola ni una sola vez. Si un joven se sometiera al inverosímil experimento de estar oyendo esa música en forma continua, ¿qué obtendría de ello, además del aturdimiento? No hay forma de mantenerse despierto, mucho menos concentrado, durante ese período de tiempo. Las miles de canciones bajadas del internet sirven para rellenar el oído, para enviar al cerebro señales que lo aturdan y que le impidan pensar; esas canciones sirven para el entretenimiento.

La cultura se ha convertido en una manera agradable de pasar el tiempo. Las publicaciones que hacen en los periódicos y los sitios de noticias son en una gran parte noticias espectaculares, canciones de mal gusto (hasta los aficionados a la música grupera bromean de que Valentín Elizalde era el único cantante autorizado a tener mala voz) y libros superficiales, como el best-seller El Código Da Vinci, que menciono con disgusto y confieso que lo leí, con vergüenza. Y deportes por televisión, con canales dedicados enteramente a transmitirlos. Este bombardeo de información provoca en el público una actitud de superficialidad y autocomplacencia, porque en vez de tener pensadores, filósofos y críticos serios que den una orientación a la sociedad, ocupan su lugar los publicistas, los analistas de mercadotecnia y las agencias de publicidad.

Para la juventud, esperanza del mañana, no hay que esperar a crecer para poder divertirse como los adultos. Se han generalizado las fiestas de reventón, en donde el consumo de drogas y los excesos sustituyen al placer estético y al éxtasis que puede encontrarse en la contemplación, creación o interpretación de grandes obras de arte; con unas cuantas líneas de cocaína, cualquier joven puede experimentar un éxtasis comparable a los de Santa Teresa o San Juan de la Cruz cuando escribían sus grandes poemas místicos. El deporte dejó de ser deporte y también se convirtió en espectáculo; los partidos sirven para que la gente se desfogue en una lucha contra un enemigo imaginario, en un pleito que casi nunca tiene mayor trascendencia, si no tomamos en cuenta de que esos pleitos de aficionados distraen tanto a la gente que terminan por embrutecerla. En este sentido, la cultura moderna está redescubriendo el dicho latino al pueblo pan y circo. Íntimamente ligado a los espectáculos, está el consumo de droga como una alternativa para divertirse, fugarse, olvidar las miserias de la vida y sentirse bien por un rato. A la religión también le ha tocado, porque se han visto desplazadas por el espectáculo, se han vuelto light y la gente ya no se compromete con ellas.

El héroe del momento es el bufón: estrella de cine o jugador de futbol, cuya misión es exclusivamente entretener y divertir, ayudar a pasar el rato, a librar la curva de la muerte de los incrementados momentos de ocio que proporciona la vida moderna, evitando la reflexión y la concentración en temas potencialmente conflictivos o cuestionadores. El valor del intelectual (el individuo que piensa y propone ideas de cierto valor al público) está a la baja, porque los guías de la gente son las figuras del espectáculo. Un domingo que fui a desayunar a Vip’s pregunté a la mesera que nos atendía “¿quién es para usted la mujer más aborrecida de México?” Yo veía que dudaba y sonreía con pena, quizá porque la pregunta no tenía relación directa con el menú; le sugerí que fuera por los platillos y respondiera cuando regresara. Al volver me dio su respuesta: Lucía Méndez. Francamente me sorprendí (internamente, mi favorita es cierta dama de la política magisterial) y le pregunté a la mesera por qué: “pues… este… es que ella hace siempre papeles de mala”.

El intelectual se ha refugiado en su torre de marfil y en su pequeño grupo de parias sociales. Cuando yo era joven todavía se veneraba a los grandes intelectuales de izquierda y se consideraba que el intento socialista en la URSS, China y Cuba podía rendir frutos, pero con la caída de la URSS, la revelación del gulag y de los horrores socialistas en China, con la eternización de Fidel en el poder, ha caído el dios del socialismo entre la gente y a la juventud de hoy, a revés de la juventud de mi época, no hay nadie que les ofrezca algo parecido a un ideal superior; bueno o malo, fallido o no, pero ideal. En vez de cualquier ideal, a la juventud de hoy se le ofrece entretenimiento. El último ídolo de barro surgido en ese país fue el Comediante Marcos, otro payaso que afortunadamente hace tiempo que no sale a escena.

Junto con la baja de los intelectuales, indisolublemente ligadas a ellos, están las ideas también a la baja; lo que está al alta son las imágenes. Hay algunas imágenes que son sobrecogedoras, aterradoras, realmente impactantes; algunas de ellas las he seleccionado y colocado en el contexto de mis artículos. Pero por su misma definición de impactante, eso es una excepción y no la regla, y lo que hace la publicidad moderna es buscar fotografías impactantes todos los días en todas partes y para todos los fines: no las encuentra y trivializa las imágenes. Las imágenes están generadas y manipuladas por los amos del entretenimiento (tv, cine, publicistas), que las producen y las presentan al público para conseguir dos fines: 1) entretenimiento puro, 2) comprar.

Una de las consecuencias de este ciclo de imágenes, productos y actitudes es que se han destruido los patrones de referencia para el arte, ya no se sabe lo que significa belleza ni calidad de una obra artística. Por ejemplo, la obra 4:11 del músico John Cage, en donde un pianista se sienta frente al auditorio durante 4 minutos 11 segundos y no toca nada; la obra consiste en el silencio del pianista sobre el fondo de murmullos, toses, movimientos o protestas que haga el público. Pero la música tiene la bendición de que nada más puede atentar contra el oído: el artista Marcel Duschamp lanzó una obra de arte que era un excusado; tiempo después lo superó otro artista, Fernando Pertruz, que frente al público defecó y procedió después a comer su propio excremento. Si la sociedad moderna acepta que performances como éstas sean parte del arte, más le valdría a la humanidad hacer borrón y cuenta nueva de todo lo que significa arte y cultura. Es relevante citar las palabras de Octavio Paz:

Pero la civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no tienen memoria; por esto tampoco tienen remordimientos ni verdadera conciencia. Viven prendidos a la novedad, no importa cuál sea con tal de que sea nueva. Olvidan pronto y pasan sin pestañear de las escenas de muerte y destrucción de la guerra del Golfo Pérsico a las curvas, contorsiones y trémulos de Madonna y de Michael Jackson. Los comandantes y los obispos están llamados a sufrir la misma suerte; también a ellos los aguarda el Gran Bostezo, anónimo y universal, que es el Apocalipsis y el Juicio Final de la sociedad del espectáculo.

 

Los antropólogos inventaron una definición de cultura que lo incluye todo: vestimenta, forma de hablar, creencias, ritos, etc. En un afán de entender y rescatar a otras civilizaciones, le dieron una definición y un valor a lo que definía en su totalidad la vida de esos pueblos. El problema es que equipararon culturas, haciendo equivalentes la cultura occidental con la que puedan tener los aborígenes en Australia, por ejemplo. Al declarar que cualquier cosa es cultura, entonces todo el mundo es culto y todo el mundo es inculto. Los sociólogos, una especie de antropólogos insertados en la sociedad moderna, no pudieron quedarse atrás y se les ocurrió que cultura era lo que tradicionalmente se entendía por cultura (Rubens y Picasso, Mozart y Beethoven, Shakespeare y Cervantes…) + la cultura popular, es decir la nueva cultura es lo mismo que la cultura más la incultura, dándole un valor equivalente en el respeto que merecen a los grafittis de los cholos con los frescos de José María Velasco.

Este fenómeno es parte de la democratización de la cultura; intento noble en su concepción pero estúpidamente pensado y peor ejecutado. Como lo decía Eliot, la única forma de democratizar la cultura es trivializándola. Pero en estos tiempos no es correctamente político decirle a alguien que es un inculto, y los presidentes se fotografían junto a astros del futbol y de la pantalla, como antes buscaban hacerlo junto a Einstein. Un axioma de corrección política de NO hablar de nadie en términos de inculto, por el temor de faltar al respeto a “alguien que es culto de una manera no tradicional”.

Aunque actualmente existen numerosísimos avances técnicos y científicos, el gran público se entera de que aparecen pero no participa en su comprensión ni mucho menos en su creación. Los desarrollos científicos son creados, igual que siempre, por pequeños grupos que trabajan aislados y blindados contra las distracciones del gran público, al igual que los conciertos en donde una soprano canta hoy, como en los tiempos de Schubert, la canción supremamente hermosa Der Hirt auf den Felsen (el pastor en las rocas) de ese autor.

Junto con la trivialización, han surgido muchos charlatanes que envuelven en palabrería sus intentos por acreditar o desacreditarlo todo: la realidad no existe o la realidad sí existe y consiste únicamente en la palabra escrita, que no puede ser transmitida y que solamente son palabras que dan imágenes de su propia realidad, siempre distorsionada. La única realidad es la realidad virtual, y todos nosotros, hoy en 2012, estamos metidos en ella, actores y espectadores de las pantallas repetidas a millones por todo el mundo, nunca seguros de lo que vemos, ni de lo que hacemos, ni de lo que decimos o nos quieran decir. Uno de esos gurúes de las nuevas realidades (Jean Baudrillard) sostiene que la Guerra del Golfo no existió y que la tecnología humana ha abolido la facultad humana de discernir verdad de mentira, historia de ficción, realidad de irrealidad; el humano está perdido en un laberinto mediático de efectos audiovisuales.

Si el concepto de cultura se ha generalizado y es tan culto el que escribe libros como el que dibuja insultos en las paredes de un baño público, la autoridad también tenía que ser víctima de la modernidad. Efectivamente, el concepto de patria y país, escuela, familia e iglesia, todos ellos están disminuidos y perfectamente dibujados en aquella caricatura que dibujaba dos cuadros: 1960 y 2010. En el primer caso los padres y la maestra del niño le restriegan la hoja de calificaciones en su cara al niño, exigiendo explicación para las malas notas;  el segundo cuadro hacen alianza los padres y niño y le restriegan la hoja de calificaciones a la maestra, demandando perentoriamente el por qué se atrevió a calificar al niño así.

Los filósofos de la libertad que aparecieron después de la 2ª Guerra Mundial acabaron por promover la creación de generaciones de iconoclastas que pretendían obtener libertad acabando con todo: se devaluó al crítico de arte tradicional (cada quien tenía derecho a decir lo que era arte), al maestro, al gobernante, al padre, a la madre y al sacerdote. Claro que algunos de éstos contribuyeron a su propia devaluación (especialmente los gobernantes), pero esos paladines de la libertad no se dieron por enterados de que el más grandioso experimento de libertad y de igualdad emprendido por el hombre, la Unión Soviética, ni fue grandioso ni creó gentes libres.

El lenguaje fue declarado como incapaz de expresar la realidad; simplemente, las palabras se expresan a sí mismas. Con esto se borró de un plumazo la lenta y tenaz historia de todos los lenguajes en el mundo, que desde un principio y a lo largo de toda su historia, han venido puntualizando con palabras los significados: mamá, montaña, cielo, hijo, mano. Que alguien proclame que “mano” no tiene significado y que solamente es una palabra, lo entiendo; orates hay en todas partes. Pero que muchos escuchen a ese orate y descubran que las palabras no tienen significado, y que argumenten y utilicen las palabras para decir que las palabras no quieren decir nada, me parece el colmo de la estupidez (si las palabras no significan nada, entonces no pueden utilizarse palabras para ningún fin, no hay argumentación posible).

En uno de los momentos mejores del libro, Vargas Llosa nos confiesa que a pesar de esa palabrería para desacreditar el valor y el significado de la palabra, no hay manera de argumentar contra lo que han escrito y la influencia que él ha obtenido de escritores como Marx, Shakespeare (¿quiere entender los celos? Lea Otelo), Dostoievski y el asesino arrepentido en Crimen y Castigo, Tolstoi y la vacuidad de una vida socialmente aceptable (La muerte de Iván Ilich), Nietzche y sus ídolos caídos, Kafka y la enajenación de la sociedad moderna, Bulgakov y la enajenación de la sociedad socialista (El Maestro y Margarita), Solzhenitsin y el gulag, Faulkner y la vida en el sur de Estados Unidos, Mandelstam y el destierro por un simple epigrama, Juan Rulfo y el campesino de Jalisco; y colectivamente, el esfuerzo de un número indefinido de escritores anónimos que hacían circular de mano en mano sus escritos donde cuestionaban al régimen (samizdat = autoedición, en la Rusia socialista).

Con este ideal hipócrita de democratizar la cultura e igualarnos a todos, lo que se está consiguiendo es efectivamente igualarnos, pero en imbecilidad. Así como el comunismo consiguió igualar a todos sus miembros (pero en la pobreza), así esta civilización del espectáculo está socavando las bases mismas de la cultura, que es el privilegio otorgado por los dioses a unos pocos para crear obras que al resto de los humanos les queda gozar y agradecer a quien las hizo.

Leí hace unos días que Aguascalientes está mejor en promedio que el resto del país, porque aquí leemos un libro al año. En este caso llega a tiempo mi sugerencia: si todavía no lee su libro anual, apresúrese y elija La Civilización del Espectáculo.

Mario Vargas Llosa
La civilización del espectáculo
Alfaguara, México 2012.
229 páginas.

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