Nuestros hijos nobles

 
1-Hijos de familia
La película mexicana Nosotros los Nobles ha tenido una buena respuesta del público. Es un ejemplo, llevado al extremo, de lo que sucede con los hijos a quienes sus padres tratan de darles todo: un viudo rico tiene tres hijos buenos para nada, que se dedican a frecuentar bares, antros y restaurantes, a gastarse el dinero del papá, absurdamente inútiles para todo lo que no significa firmar vouchers de la tarjeta. La película recurre a muchos clichés como situarla en la ciudad de México (se me ocurre que en Monterrey también hay hijos de papá), hablar con tonito de niños nice, presentar nada más la faceta preocupada del padre por sus hijos, no por sus negocios, y hay un uso excesivo de gags cinematográficos demasiado lógicos, quizá hasta predecibles, como la hija noble a la que se le cae la charola porque nunca trabajó de nada, mucho menos de mesera. Naturalmente, al final los hijos aprenden la lección y empiezan a ganarse la vida honradamente, permiten al papá que los visite en la casa vieja familiar que reconstruyeron, final feliz de cuento de hadas. Es un remake a la mexicana de una película norteamericana donde el hijo espera el Ferrari en su cumpleaños, y su padre le anuncia que le va a regalar algo mejor: su hombría, puesto que él ha decidido gastarse su dinero en un condominio en las Bahamas.
Pero a pesar del desarrollo convencional de un tema actual –me pregunto por qué los tres hijos son todos buenos para nada, y no salió alguno de ellos ambicioso y malévolo, como para despojar a los hermanos de la herencia- la película consigue divertir y consigue también la simpatía por esos tres hijos. Los presenta adorablemente idiotas: por ejemplo la hija consigue presentar la tarjeta para pagar el restaurante con un gesto arrogante, pero tan arrogante que hace reír, puesto que se vuelve ridículo.
En mi opinión el valor más importante de esta película es la oportunidad que sugiere para reflexionar en la educación como el arte de enseñar a los hijos a dejar voluntariamente el nicho de confort en que se encuentran de niños, arropados por sus padres, y que poco a poco vayan conociendo el mundo, aceptando responsabilidades hasta que eventualmente sean independientes. Un amigo de la universidad, Diego Brizio Hernández, me mencionó la diferencia importante entre ser niño y ser adulto: “cuando eres niño pides, demandas, exiges, esperas; cuando vas creciendo ves, analizas, buscas, te das cuenta de lo que se necesita para conseguir cualquier cosa; cuando eres adulto tienes que estar en posición de dar en vez de recibir”.
Si fuera un requisito ser millonario para echar a perder a los hijos, tendríamos prácticamente ningún niño bueno para nada; lamentablemente lo mismo en un hogar de Las Lomas que en ciudades perdidas, los padres encuentran maneras de convertir a sus hijos en pequeños monstruos, listos para exigir e ignorantes de lo que significa la cooperación. Las razones de los padres pueden ser complejo de culpa o sobreprotección, principalmente: no quieren que el hijo sufra lo que ellos sufrieron, quieren darle una mejor vida, si los amigos ya tienen BlackBerry el hijo tiene que tener un iPhone, etc. El problema empieza en los padres pero termina en los hijos, criando seres inadaptados a una sociedad que engaña a través de la publicidad con comodidad, satisfactores, diversión, pero que no consigue evitar a todo humano su ración de polvo que tiene que consumir para obtener lo que desea. El problema se crea precisamente con esta actitud de los padres porque los padres no podrán proteger indefinidamente al hijo, y lo mutilarán en habilidades que no se enseñan en la escuela: fuerza de voluntad, capacidad de aguantar tiempos malos, persistencia ante las adversidades, capacidad de trabajo.
Una serie de tv con Donald Sutherland que hablaba de “la familia más rica en NY”, los Darling, la dejé de ver cuando llegué al capítulo ofensivo de que a la princesita de la casa se le hacían pocos US$500,000 dólares para organizar una fiesta. Este es un extremo de hijo echado a perder, pero nada más en la cantidad de dinero que se maneja; el hijo adolescente que le exige a la mamá soltera un Smartphone, de preferencia un iPhone 5, aunque la mamá tenga un único coche en mal estado, ese hijo está tan echado a perder como la niña Darling que quería organizar su fiesta en Central Park. Se puede ser pobre y echar a perder a los hijos.
2-Hijos de la nación
El 1º de Mayo de 2013 el Zócalo del DF vivió dos Días del Trabajo totalmente diferentes. El primero fue el del México de 1940, el de las masas convocadas y acarreadas por el sindicalismo oficial que llegaron a manifestar su adhesión al régimen y que sirvieron para que ese mago de la diplomacia llamado Joaquín Gamboa Pascoe dijera que “para pactos, el único que valía era el de los obreros con el Presidente”. El otro desfile fue el de los inconformes: telefonistas, exempleados de la Compañía de Luz y Fuerza, “maestros” del CNTE, STUNAM, etc.
Yo recuerdo que desde mis épocas de estudiante el STUNAM tenía por consigna decir “no” a todo lo que las autoridades dijeran “sí”, recurso a la mano para atraer a los que tienen alguna queja contra las autoridades, es decir, a todo  mundo. Durante algún tiempo se hizo crecer enormemente a la UNAM y ahora se paga el precio, porque ahí tienen a los CCH’s y todos los problemas originados por una situación de origen: no hay lugar para todo mundo en la universidad, y no basta con desearlo para ser profesionista. Una de las muchas consecuencias es que encapuchados toman Rectoría y convierten en rehén a la máxima casa de estudios.  Cortesía de los malos manejos de sus direcciones y de las conquistas salariales obtenidas a lo largo de mucho tiempo, llegó un momento en que la CLyF estaba en quiebra y el anterior Presidente decidió suprimirla. Había un sustituto a la mano, la CFE, y la región centro del país pudo continuar con el servicio de electricidad mediante el cambio de proveedor. La Suprema Corte ya le dio carpetazo a la extinción de la CLyF, es decir se han agotado las vías legales, pero la calle es de todos, principalmente la de los manifestantes. Con los maestros disidentes ya hemos gastado mucha tinta, no hay mucho nuevo que decir.
¿Por qué tenemos sindicatos así? Porque el país los ha creado, simple y sencillamente por eso. Fueron hechos en un momento que eran convenientes para el régimen pero no han evolucionado conforme a los tiempos. Incluyo en este juicio a las huestes de Gamboa Pascoe y a los sindicatos disidentes; los primeros actúan como en tiempos de Fidel Velázquez, los segundos avientan el diálogo y la democracia por delante, como la panacea para resolver cualquier problema social, pero sin la contrapartida necesaria: verdadera voluntad de diálogo, es decir estar dispuesto a dar y recibir.
En palabras de los dirigentes de telefonistas y trabajadores de la UNAM, se trata de plantear un Pacto por México en un pacto social en que la cúpula de la clase política no pretenda tomar decisiones sin consultar a la sociedad. En esta frase tenemos la garantía de discusiones eternas y de nunca obtener acuerdos, porque una manera de interpretar “cúpula política” son precisamente los Senadores y Diputados que firmaron el Pacto en su calidad de representantes de la nación. Aunque estos señores sean muy criticados por todo mundo, su función es esa: promover leyes y acuerdos con el Ejecutivo que beneficien al país; si alguna vez despiertan de su modorra y hacen un buen trabajo, no hay que entorpecerlo.
En el centro de esa declaración está la idea moderna de que la Democracia es la diosa que nos va a resolver todos los problemas. ¿Por qué se rebelan los maestros de Oaxaca? Porque no se les tomó en cuenta para la Reforma Educativa. ¿Por qué protestaron telefonistas y trabajadores de la UNAM? Porque los de arriba tomaron decisiones sin consultarlos, y así sucesivamente. Como si la Democracia, entendida como la participación todo mundo en todos los asuntos, fuera la panacea a nuestros problemas. La Democracia es la gran cosa en una comunidad pequeña, por ejemplo un pueblito en la sierra con 700 habitantes que entre todos discuten, proponen soluciones y llegan a acuerdos; pero en un pueblote del tamaño de México eso es imposible de realizar, por una razón simple:
Hipótesis de trabajo: que todo mundo diga lo que opina y haga sus propuestas.
Análisis: Si le asignamos a cada persona 10 minutos para hablar, ya que somos 110 millones utilizaremos 1100 millones de minutos = 1’833,333.33 horas = 76,388 días = 209 años dedicados únicamente a esa Magna Asamblea de todos los mexicanos, sin tomar en cuenta la discusión de ideas aportadas y la toma de decisiones.
Conclusiones: Todos estaremos muertos antes de que el último haya hablado, incluyendo el último. No habrá sillas ni sombrillas ni camisetas ni tortas ni logística capaz de mantener funcionando esa asamblea.
Es cosa de saber multiplicar y dividir para darse cuenta de que democracia para todos, consulta popular, plebiscito, referéndum, y cualquier expresión que implique que todos los miembros de una comunidad grande como México van a participar, dar una opinión, proponer soluciones y emitir su voto, no son más que imágenes de lo imposible, propuestas por demagogos que no creen en eso.
Pero México ha seguido el ritmo marcado por los tiempos modernos, y hablamos de Democracia para todos los males, como aquel señor que vendía “polvos de avión” para cualquier dolencia: ictericia, insolación, indigestión, impotencia, infertilidad, imbecilidad, inutilidad, impericia, ineficacia, ineptitud… Se ha insistido tanto en que con Democracia vamos a resolver los problemas, y que aquellos que no están resueltos todavía es porque no ha habido suficiente democracia, que no es ninguna sorpresa que ahora tengamos grupos como el CNTE que dicen que no a la Reforma Educativa porque ellos no fueron tomados en cuenta. Esos son algunos de los hijos que ha malcriado nuestra sociedad, los otros los está malcriando en este momento Gamboa Pascoe, tratando de revivir el viejo pacto de complicidad que tenía México entre la presidencia y el corporativismo.

Hacer un comentario: