Mucha ley y pocas nueces

 
1-Leyes electorales
Un valor asumido en las leyes es que deben implicar un castigo al que las rompe, y que el castigo debe ser proporcional a la falta; dicho en términos más elegantes, la pena debe ser equiparable al bien jurídico que se haya quebrantado. Robarse una cajetilla de cigarros debería producir un día de encierro, pero robar al erario debería generar destierro a las Islas Marías, porque estos robos usualmente son muy grandes y además es un robo a la nación entera. Pero los usos y costumbres de este país se han encargado de desvirtuar muchísimas leyes y convertirlas en papel para hacer avioncitos, sencillamente porque no se aplican.
Una de esas es la ley que prohíbe el uso de recursos públicos con fines electorales. Los usos propagandísticos de SEDESOL en Veracruz, como ahora acusan los diputados del PAN y PRD a Rosario Robles, no son más que un ejemplo más del uso generalizado que se da en todas partes del dinero público para apoyar a los candidatos del gobernador en turno (que no tienen que ser del mismo partido, ya lo aprendimos). Independientemente de la culpabilidad que pueda tener Rosario Robles, el problema más grande que hay en este caso es que la sanción, si es que llega a existir, llegará a destiempo. Pongamos por caso, en el Estado de San Garabato se hace uso de recursos públicos para apoyar al candidato Juan Cuerdas, quien a fin de cuentas gana la elección mientras el desvío de fondos queda ignorado. Se ofician los Santos Ritos, se le unge como gobernador, y un año después alguien escarba, descubre y publica que habían utilizado dinero público para apoyar a Juan Cuerdas. ¿Qué hacer? El principal bien jurídico que se rompió en este caso fue quebrantar las reglas de equidad en democracia, cuestión que determinó el ganador; el asunto secundario es señalar un culpable que haya manejado esos recursos. Castigar al que manejó el dinero deja impune el crimen mayor, que el nuevo gobernador Juan Cuerdas haya llegado al poder gracias al dinero público.
Si por un milagro se investigara el asunto de SEDESOL y se encontrara que efectivamente Rosario Robles desvió recursos, cualquier pena que le impongan a ella será menor al daño causado: haber ayudado a algunos candidatos del PRI a obtener puestos públicos en Veracruz.
En resumen, las leyes electorales que castiguen al individuo que las haya quebrantado pero que no vayan al meollo de la cuestión, es decir a invalidar o a poner en duda la legitimidad de la elección correspondiente, son leyes que buscan un chivo expiatorio pero no atienden el problema principal.
2-Leyes del orden común.
Salvo en el carnaval, no está bien visto que las personas circulen por la calle encapuchadas. Si caminan pacíficamente no pasa de ser una manía personal, pero si se cubre el rostro alguien para bloquear carreteras, para tomar la rectoría de la UNAM o para apedrear algún Congreso local, estamos tratando con un delincuente del fuero común. Lamentablemente en México se puso de moda encapucharse, hacer declaraciones y salir en portadas de revistas desde 1994; ahora vuelven, otros encapuchados, a continuar una lucha que quizá en sus orígenes pueda tener sustento, pero que ya ha exagerado la nota en los medios de llevarla a cabo. El problema es que en este país las leyes están escritas en papel sanitario, como ilustraba aquella caricatura de Rius, y para eso las están utilizando los nuevos encapuchados. A pesar de la redacción pomposa que tienen las leyes y de todas las declaraciones oficiales sobre la vigencia del Estado de Derecho, los encapuchados siguen vandalizando y prueban de esa manera que le han tomado la medida al gobierno y que pueden vernos la cara al resto de los mexicanos.
3-Nuestro ángel tentador
Una creencia antigua dice que Dios ha dado a cada humano un ángel de la guarda, pero que después de haber leído el Ying-Yang, también permitió el Creador que el Demonio nos pusiera a un lado a nuestro ángel tentador. Se dice también que a los mexicanos, en vez de un ángel tentador, nos puso a un lado a un abogado, que nos aconseja cuáles leyes son quebrantables, hasta dónde puede estirarse la cuerda, cuáles leyes son preferibles de respetar por el momento, de cuándo es oportuno torcer una interpretación para poder pasar por encima de la legislación, en qué esquinas hay patrullas, para saber cuándo pasarnos el alto. Si esto no es cierto, me gustaría entender por qué ha sido posible que Televisa haya tenido atorada a la SCT tantos años con amparos relacionados con sus concesiones, por qué no se sabe todavía dónde están los dineros que ahora debe Coahuila, por qué se sigue vendiendo mercancía pirata en todos los tianguis de este país.
Un ejemplo actual son los “usos y costumbres” que se han venido popularizando como una manera de oponerse a la ley. Nadie sabe cuáles son los “usos y costumbres” del Estado de Guerrero relacionados con la educación, pero en nombre de ellos apedrean el Congreso, toman la Autopista del Sol, y no sabemos si son maestros o simples delincuentes, precisamente porque están encapuchados.
En este contexto de leyes mal hechas y leyes que no se aplican, me pregunto para qué queremos tantos legisladores: 128 senadores y 500 diputados; ya he dicho en alguna ocasión que México no necesita más leyes, estaríamos bastante bien cumpliendo las que ya tenemos. Tener tanto legislador nada más para que aprueben el presupuesto anual y para que se repartan discrecionalmente unos poquitos recursos, a mí me parece excesivo.
Vienen al caso un detalle a la memoria y un valor entendido. El detalle a recordar es que Peña Nieto prometió cuando era candidato que eliminaría 100 diputados plurinominales; el valor entendido es que la primera ley que todo hombre debería cumplir es el respeto a su propia palabra. El tiempo pasa y no se ve claro que esa promesa del Presidente vaya a ser realidad para la siguiente legislatura, la que empezará en 2015. El tiempo pasa y posiblemente los mexicanos perdonemos la ineficacia de la Comisión Nacional Anticorrupción (promesa #1), a fin de cuentas ya sabemos para qué sirven las comisiones, pero no olvidaremos esa otra promesa, que afortunadamente es cuantificable: quitarnos de encima a 100 plurinominales.

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