Los decembristas

 

El zar Alejandro I murió estando de viaje en el sur de Rusia, en Taganrog; había ido ahí a descansar junto con su esposa, enfermó de fiebres y su fin llegó el 1 de diciembre de 1825. No tenía hijos y la sucesión pasaría en primer lugar a su hermano Constantino, que era el gobernador de Polonia, entonces una provincia rusa. Pero Constantino no tenía deseos de ser zar y había pedido a su hermano que aceptara la renuncia a sus derechos sucesorios en favor de su hermano Nicolás, el siguiente en la línea. Discutieron en familia el asunto, intervino la madre, y Alejandro decidió conceder el deseo de Constantino, pero en forma secreta: elaboró un Manifiesto en donde expresaba su voluntad, mandó hacer tres copias, y las mandó guardar en lugar seguro (la catedral de Moscú, el Consejo de Estado y la Cancillería) para abrirlas cuando él muriera. Se enteraron del Manifiesto tres personas aparte del zar, pero no los actores principales; Constantino no sabía que lo habían liberado de esa carga y Nicolás tampoco estaba enterado de que era el siguiente zar.

Al morir Alejandro, todos los rusos excepto los tres enterados y los dos involucrados esperaban que Constantino fuera nombrado zar, y la tardanza en la difusión de noticias (un correo de Taganrog, en el Mar Negro, hasta San Petersburgo tardaba ocho días) favoreció un estado de confusión que culminó en la Revolución de los Decembristas. Mijail Miloradovich era el gobernador militar de StPb (San Petersburgo), un noble que se había distinguido en las guerras napoleónicas por su bravura y por su suerte; no por su inteligencia, pero en esa época bastaba la galanura, la noble cuna y el arrojo en la guerra para hacer carrera en la corte; era soltero, se divertía con las artistas del teatro y promovía al estrellato a las que eran sus favoritas. Cuando empezaron a llegar noticias del sur, diciendo primero que Alejandro estaba enfermo, Miloradovich pensó qué era lo que correspondía hacer, empezando por hablar con Nicolás, previendo acciones en caso de muerte del zar, y calculando sus posibilidades. Finalmente llega la noticia de la muerte, Miloradovic se acerca a Nicolás, le insiste en que el derecho de sucesión es de su hermano Constantino y lo presiona para que jure fidelidad al nuevo zar. Nicolás accede y al enterarse, su madre lo regaña porque ella estaba suficientemente enterada de los designios de Alejandro y sabía que Constantino no quería ser zar. Efectivamente, al recibir la noticia en Varsovia de que murió su hermano Alejandro, Constantino jura fidelidad a Nicolás como nuevo zar.

En el código de honor de los nobles de aquella época, un juramento de esta naturaleza era cosa seria; una vez hecho no podían desdecirse y tenían que actuar conforme a su palabra. Esto significaba que Rusia tenía en ese momento un trono vacante, dos candidatos que no querían ser zar, y que habían renunciado a sus derechos sucesorios en favor del  otro candidato. El trono estaba en peligro, la casa Romanov enfrentaba una crisis, y Rusia podría entrar en guerra civil, si el azar y las intrigas así lo favorecían.

Miloradovich empezó a barruntar sus propios intereses, y manipuló a Nicolás: éste no podía ser coronado zar a menos que su hermano Constantino (el legítimo sucesor) abdicara, pero puesto que Constantino no había sido coronado zar entonces no podía abdicar, y de todo esto se deduce que Nicolás no podía ser zar. Nicolás se vio presionado por sus propias palabras (al jurar fidelidad a Constantino), por el argumento de Miloradovich, y por la puntilla en la maquinación que hacía ante él el gobernador: “Señor, si Usted emprende alguna acción independiente, seguramente provocará agitación y quizá revueltas”.

Faltaba el zar, pero no faltó quien gobernara; Miloradovich tomó el poder, actuando como dictador. La violencia empezó a aparecer en las calles, ya que la gente esperaba que Constantino fuera coronado y en vista de su ausencia inventaban toda suerte de explicaciones y conjuras, favorecidas por la lentitud de noticias verídicas. El gobernador informaba perversamente a Nicolás que la ciudad estaba tranquila, pero no actuaba como si en realidad quisiera hacerse del poder, porque no juntó tropas en torno a sí y prefirió disfrutar de las mieles del poder absoluto sin preocuparse de cómo conservarlo: continuó festejando, visitando a sus amigos y amigas, llevando la gran vida e informando displicentemente a Nicolás que todo estaba en orden.

Miloradovich incitó a las tropas a jurar lealtad a Constantino; es posible, aunque remoto, que efectivamente quisiera que Constantino fuera el zar, pero también es posible que simplemente quería eliminar de la sucesión a Nicolás, sabiendo que el hermano de Varsovia nunca aceptaría ser el zar, lo que podría favorecerlo a él. Se enteró del Manifiesto, como expresión de la última voluntad del zar Alejandro, pero ordenó que continuara sellado. Sin embargo, la copia que estaba en poder del Consejo de Estado fue abierta, y los Consejeros se enfrentaron a una situación legalmente comprometida: el zar había señalado a un heredero, Nicolás, quien no quería ser zar y había jurado fidelidad a Constantino; junto con Nicolás, muchos elementos de la nobleza militar ya habían jurado, y el Consejo no tenía facultades para desligar a todos ellos de la palabra empeñada. A pesar de todo, ahí estaba la voluntad del difunto zar, nombrando a Nicolás. Este nudo gordiano lo desató Miloradovich, con el argumento de que el manifiesto era la voluntad del difunto zar expresada como un testamento; ahora bien, existía una Ley de Sucesión previa al testamento, que tenía precedencia en el tiempo y en el nivel jurídico, ya que el Manifiesto, conservado en secreto, nunca se había promulgado como ley. El difunto zar no podía violar su propia ley con su testamento, y por lo tanto el Manifiesto era nulo y el juramento de fidelidad a Constantino debía sostenerse.

Invitaron a Constantino a StPb para arreglar el asunto, pero categóricamente dijo que no. La petición iba a Varsovia, tomaba unos días; la respuesta regresaba, tomaba otros días; mientras tanto, la agitación, la sospecha, los rumores y el descontento en los militares y en la población crecía, favoreciendo una revuelta y un posible golpe de estado. Algunos militares nobles, que habían participado en las campañas napoleónicas y que habían conocido Europa, querían una mejora en las condiciones de Rusia, como mayor libertad de expresión, más educación, y los más atrevidos hablaban de pedir una Constitución. Estos militares preferían a Constantino, puesto que había peleado en las mismas guerras que ellos, y habiendo jurado fidelidad a él, convencieron a sus tropas de que se les unieran y que avanzaran hacia el edificio del Senado. Había entre estos revolucionarios miembros de la Guardia Imperial, lo más selecto de la tropa rusa, aunque elegido al modo ruso: eran miembros de ella los militares más distinguidos por su galanura, la noble cuna y el arrojo en la guerra, no necesariamente por su inteligencia ni por su instrucción. El 24 de diciembre estalla la revuelta finalmente, Nicolás llama a Miloradovich para preguntar por la situación y una vez más es informado que todo está en paz.

Nicolás estaba sujeto a una presión cada vez mayor, porque ni su familia ni el ejército ni el pueblo estaban dispuestos a esperar pacientemente a que él o Constantino aceptaran ser el zar; noticias contradictorias, sugerencias, intrigas, presiones de  su madre, el rechazo de Constantino, y la certeza de que sin zar, Rusia se convertiría más temprano que tarde en un campo de batalla por la sucesión. Finalmente se decide el día 25 a firmar un Manifiesto en donde declara que ha sido elevado a la calidad de zar, y espera unas horas más todavía para dar oportunidad a una noticia favorable de Constantino. En la noche del día 25 convoca al Consejo de Estado, les informa de su decisión y el Consejo acepta que Nicolás sea Nicolás I.

Pero en la calle, los militares que amenazaban el Senado habían juntado en torno a sí a muchos civiles; Nicolás envió el día 26 en la mañana tropas para hacerles frente, y estuvieron durante unas horas los militares leales a Nicolás y los levantados frente a frente, sin moverse y sin atacarse. Algunos testigos contaron después que ese día, en la mañana, Miloradovich desayunaba felizmente con una amiga, cuando le llegaron noticias de la sesión del Consejo y del levantamiento. Fue apresuradamente a presentarse ante Nicolás, sin galanura y sin aplomo, le informó que la situación estaba mal, y el zar le ordenó que como gobernador militar, fuera a calmar a las tropas para evitar un derramamiento de sangre. Miloradovich fue y se presentó ante los militares levantados, lo hizo sin escolta, arengándolos de que debían deponer sus armas y someterse al nuevo zar, pero uno de ellos le dio un balazo, lo tiró del caballo que montaba, otro lo apuñaló, y murió al día siguiente.

Finalmente se decidió que las tropas leales al zar emplearan la artillería, y causaron la muerte de unas 1300 personas, la mayoría civiles. Los insurrectos fueron aprehendidos, algunos condenados a la muerte y otros desterrados a Siberia por los siguientes treinta años.

Nicolás había intentado evitar que en su primer día de reinado hubiera un derramamiento de sangre, porque no quería esa mancha en su gobierno y porque era considerado de mal agüero, pero al igual que Nicolás II unos años después, ambos empezaron sus reinados con el pie izquierdo y con muertes de civiles. El largo período de Nicolás I, casi treinta años, fue uno de los más reaccionarios en la historia de los zares. Nicolás, un hombre meticuloso, amigo del orden, poco imaginativo y partidario del lema Ortodoxia, Autocracia, Nación, cargó durante todo su gobierno un pensamiento de sospecha contra cualquiera que se atreviera a pensar. Para mala suerte suya y para desgracia de todos los rusos, el más grande poeta ruso, Aleksandr Pushkin, vivió bajo su reinado y padeció la vigilancia de Nicolás. Era un siglo en que los escritores tenían que pasar por la censura antes de publicar, y Nicolás, conociendo el talento de Pushkin y el peligro que en su imaginación representaban esos escritos, ejerció sobre el poeta el real privilegio de ser su censor; los versos inmortales de Pushkin tenían que pasar por el tamiz de ese criterio estrecho antes de ser publicados.

El verdadero papel de Miloradovich en este asunto nunca se ha resuelto: si quería manipular las cosas para ser zar, si efectivamente apoyaba a Constantino, si quería a Constantino como zar para continuar él como dictador, si estaba de parte de la madre de ellos, son cosas que dejaron el ámbito de la historia y emigraron a la literatura; mi opinión es que no tenía madera de conspirador, porque no se hizo de una base de poder y porque al final fue a tratar de convencer a los levantados solo y sin escolta; era un hombre imprudente, no un hombre calculador. Los militares levantados se convirtieron en héroes de toda una generación de escritores, entre ellos Pushkin, quienes tuvieron mucha tela de dónde cortar, con dos villanos principales: Miloradovich y Nicolás, pero que nunca pudieron cortar, por la censura del Estado a cualquier libro.

Los militares que se habían levantado en armas, que pasaron a la historia como los Decembristas, habían arengado a sus tropas de que lucharan por “Constantino y Constitución”, y salieron a la calle gritando “Constantin i Constitutsiya”, en ruso. La tropa no entendía el sentido de lo que estaba gritando, y se preguntaban entre ellos:

-¿Y quién es esta Constitutsiya? ¿No será la esposa de Constantino?


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