El hombre sin pasado

Sofía Gómez Córdova

Una extraña manera de “empezar de nuevo”

¿Qué son un nombre y un apellido? ¿La identidad de una persona o la etiqueta que apunta hacia su pasado y designa su futuro? La identidad es una combinación de herencia y circunstancias que, después de cierto tiempo, se hace sinónimo de pasado.

En la segunda película de la trilogía llamada “de lo cotidiano”, Aki Kaurismäki, guionista y director de El hombre sin pasado, realizó la fantasía que muchos se han formulado para sí mismos: la de volver a nacer en un lugar distinto, mejor.

Cuando M, el protagonista de El hombre sin pasado, pierde la memoria a causa de un golpe en la cabeza, pierde también la certeza de continuar una vida triste y solitaria. A cambio, despierta en el mundo desconocido y generoso de los más empobrecidos de Helsinki, Finlandia, en las afueras de la ciudad, donde la austeridad permite disfrutar de las cosas más esenciales.

“Austeridad” es una palabra clave para la película: tanto el desarrollo de la historia como el estilo con que se cuenta, exhiben una sencillez casi extrema, que es una constante en la filmografía de Kaurismäki. Contrario a la cadena de complicaciones que vemos frecuentemente en el cine, que crece y se enreda hasta niveles inimaginables, para M, llamado así por la letra inicial de la palabra “hombre” en finés, los problemas se resuelven sorpresivamente rápido, o bien, toman un giro positivo. El principio mismo de la película lo plantea: sufrir un violento ataque, perder la memoria, ir a dar al más marginal de los lugares y, gracias a eso, encontrar amigos entrañables, hacerse de una tierna mascota, enamorarse y ser correspondido.

La gruesa barrera que El hombre sin pasado marca entre la vida de la ciudad y la de los marginados a penas es traspasada por Anttila, un policía corrupto, avaro e irremediablemente simpático, que renta las viviendas de lámina a precios de lujo. Anttila constituye una suerte de villano de broma, cuyas amenazas deliberadamente absurdas alimentan una comicidad que pareciera surgir casi sin intención, un humor que emana de los personajes sin que estos tengan que contar chistes o verse estrafalarios. La risa será para quien, como el propio Kaurismaki, encuentre en lo cotidiano, la singularidad y el encanto.

Esta mirada sobre los detalles que parecerían los más banales de la existencia y sobre personajes tan comunes que se considerarían poco interesantes, además del peculiar sentido del humor, ha dado a Kaurismäki, un lugar especial en la historia del cine de las últimas décadas, y al cine, un respiro de tranquilidad, en oposición a los abundantes retratos del lado más violento del mundo moderno, donde la amnesia y la pobreza no podrían ser otra cosa más que tragedias.

SGC, 31 de julio de 2007


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