Jan Neruda: Cuentos de la Malá Strana

Editorial Pre-Textos, Valencia, España, 2006

Traducción de Clara Janés y Jana Stancel

 

Praga es una de esas ciudades que en su historia han sido punto de reunión de civilizaciones y encuentros que han sido en muchas ocasiones motivo de fuertes conflictos. Le han dejado una belleza y un aura que casi ninguna ciudad tiene, pero la han marcado también por las guerras, por los idiomas, por las religiones y por las razas. El checo es un idioma eslavo que marcó su distancia frente al hermano mayor, Rusia, escribiéndose en caracteres latinos; a Moravia llegaron en 862 los misioneros San Cirilo y San Metodio, que venían de Constantinopla y no de Roma, y por esa razón fue el rito Ortodoxo y no el Latino el que cristianizó al Este de Europa; con la religión, crearon el alfabeto cirílico; en Praga empezó la Guerra de los Treinta años; Praga y San Petersburgo se disputan el título de la ciudad más hermosa; Checoslovaquia fue un país inventado por el Tratado de Versalles en 1918, hoy la zona está dividida en dos países.

Jan Neruda nació en Praga en 1831, cuando eran parte del Imperio Austro-Húngaro. Hay un cuento maravilloso en esta colección (De cómo el día 20 de agosto de 1849, a las doce y media del mediodía, Austria no fue destruida), que termina con un vendedor ambulante de pichones y gallinas que trae su mercancía al mercado de Praga: lo conoce el policía, los demás tenderos, los clientes le regatean el precio. Él mismo regatea y termina por desconocer el trato que había hecho con unos adolescentes, que le pagaron 6 florines para que les trajera pólvora de contrabando. Los muchachos eran conspiradores que soñaban con derrocar al Imperio, tomar Viena por asalto, esperaban que de alguna manera los húngaros se les unirían, y regresarían a Praga cubiertos de gloria. No sucede así, por muchas razones: la edad, la inexperiencia, una falsa alarma que los hace huir en desbandada antes de tomar su primer objetivo –todavía en Praga-, y el vendedor ambulante, que nunca les trajo la pólvora. El cuento está narrado por uno de los niños, y nos da una idea que recuerda esos sueños extraños que todos tuvimos en la infancia, que la vergüenza nos hace olvidar.

Otro de los cuentos está elaborado con suprema habilidad narrativa. En Praga vivía una mujer rusa, viuda, que le gustaba frecuentar los velorios. Ha muerto el señor Josef Vels, personaje que merece media página introductoria, donde declara que había sido permanentemente pegado a una sonrisa que visitaba toda la ciudad. En el velorio, arte suprema de narrador, es la voz de la rusa la que con sus comentarios absurdos, inconscientemente irónicos, ofensivos, nos narra el pequeño mundo de Praga: habla de la difunta esposa del difunto, que lloró el día de su boda, regateaba en el mercado por una moneda, tenía la casa sometida al orden y las criadas bajo el terror, se quejaba del marido y no se hubiera quejado si el marido hubiera muerto envenenado. Comenta que el difunto debió casarse con la pobre Tonka, con quien había tenido un hijo. “Aquí no nos privamos ni de brujas con su escoba”, le contestan y la sacan del velorio.

Neruda es irónico, mordaz, y tiene esa habilidad de crear una verdad en torno a sus personajes, una verdad literaria en unas cuantas páginas. El cuento de la rusa compadecida tiene menos de diez, como varios otros de la colección.

Mi favorito es La que llevó al mendigo a la miseria, casualmente el primero que leí. Había empezado el cuento distraídamente y cuando apareció el personaje registré que era la historia de un mendigo y quise rectificar, volviendo al título, qué había vuelto miserable a ese hombre, es decir, qué lo había convertido en mendigo. Esta segunda lectura, atenta, me hizo ver que es otra la historia que narra: alguien que ya era un mendigo y que cayó aún más hondo. No le contaré lo que pasa, no le quitaré el placer de leer; solamente diré que Neruda es uno de esos contados escritores que tienen el don de recrear en la mente del lector, inclusive lo que no se narra.

jlgs, 14.12.2011