Sueño de un sueño

 

En 1975 descubrieron restos bajo una montaña en las provincias centrales de China; un juez enterrado junto con sus libros de bambú, y estatuas de tamaño natural que representaban guerreros, fueron los principales hallazgos. Adquirieron inmediatamente enorme importancia, por la vastedad de los códigos legales encontrados, y por el número de soldados, guardando la tumba del Primer Emperador; explicaban al mundo cómo se había organizado el imperio Qin, y cuánto había logrado. El Gran Líder fue informado, y conociendo sus días contados, ordenó rapidez y exigió información.

No nada más Él ya sabía que el imperio de Qin no había pasado la primera prueba, sobrevivir al creador; también conocía que muchas circunstancias de su propia vida lo relacionaban con Qin Shihuang y temía un solo riesgo: que las semejanzas fueran tantas que sus propios logros quedaran en copia, o que fueran muy pocas y que aquellas hazañas ocultarían lo que él había hecho. Nunca pensó en replicar las leyes de Qin, pero en ambos imperios se había abusado del castigo; se vio obligado a rechazar el proyecto de crear su propio ejército de terracota; con la tenaz pesadez de una pena que no es ni dolor ni duelo, esperaba más noticias y deseaba que fueran mejores.

Una de esas noches soñó: fue un sueño agobiante, se había llevado su pesadez al lugar en donde flotan memorias, deseos y futuros. Soñó que viajaba en un camino empedrado, su carruaje estaba tirado por caballos con insignias de color negro. Advirtió que sus vestiduras eran de seda, miró a su alrededor y encontró la misma guardia que lo cuidó en su último viaje, pero armada con escudos y espadas; quiso recordar el nombre de alguno de ellos, solamente pudo distinguir el camino. Iban siguiendo la ruta de una muralla en construcción; desde el punto más alto, donde había llegado la obra, se veía hacia atrás una segunda muralla que corría paralela, un río de hombres que acercaban las piedras para alargar la obra hasta la siguiente montaña. De vez en cuando un hombre en aquel río se detenía, caía al suelo junto con su piedra; los guardias lo pateaban, lo golpeaban con lanzas. Algunos se levantaban, otros eran sacrificados, enviados al precipicio o enterrados al pie de la obra.

Al otro lado de la muralla se veía un gran palacio; poseía salas grandes de bóvedas altas que él reconoció en los relatos que le habían informado, eran aquellas donde hacían guardia las estatuas enterradas. Entendió que llegó a un mausoleo, y el afán de glorificar la propia muerte, cuando después no habrá nada, le pareció vano e inútil. En medio de la sala estaba una estatua de piedra: se reconoció en las facciones, pero la ropa era semejante a la que ahora llevaba. Preguntó a un guardia quién representaba la estatua: el soldado se postró y desde el suelo respondió que era él, sin atreverse a mirarlo ni a pronunciar su nombre.

Llegó un hombre había caminado hacia él en medio de los soldados; la guardia se inclinaba ante él, pero no se postraba; dijo llamarse Li Si, parecía saberlo todo y le informó “Cuidamos la frontera norte, para que los bárbaros no nos invadan; hemos podido llegar gracias a los caminos que tú diseñaste, que trazan el mapa del imperio y permiten transitar caballos y carretas.”  Li Si parecía extrañamente preciso e inseguro: podía responder con el mayor detalle acerca de todo lo que le preguntaba pero sus palabras olían a miedo; a Él le causó sorpresa que aquí, con estos ropajes y bajo este cielo más viejo, el mismo temor que exhalaba el aliento de todos los que ayer había visto volvía a ser encontrado; era como si hubiera cambiado de ropa y carruaje y continuara rodeado por la misma clase de gente. Preguntó por los enemigos, no había: todos fueron enterrados o desterrados; quiso saber quién estuvo antes que este ministro, le dijeron que era alguien caído en Mongolia.

Se encontró en medio de una gran explanada en donde hacía guardia frente a él los mismos soldados que desenterraron en la provincia central, antes que se convirtieran en terracota. Él estaba sentado mientras los soldados inmóviles miraban hacia el frente, sin verlo; preguntó a uno de ellos su nombre, pero antes de que respondiera, el soldado adquirió el color de la tierra, salieron grietas en su armadura y al final cayó al suelo, dejando un montoncito de polvo en el lugar donde había hecho guardia. Él se levantó, anunció que estaba cansado y buscaría el refugio del sueño; la guardia se postró y mientras él caminaba, escuchaba un ruido a sus espaldas, como el que hace un niño cuando deja caer entre sus dedos un puñado de arena.

No pudo dormir; la extraña sensación de que estaba en otro tiempo en donde no encontraba más diferencias que la ropa y los soldados postrados le recordaba sus propias dudas (ahuyentadas por todos sus ministros) acerca de qué tanto de nuevo había creado él. Apareció frente a él a un hombre con los mismos ropajes de seda, que tenía en su mano tres monedas: las arrojaba al suelo y reconocía el símbolo

(K’uei, el antagonismo); las volvió a arrojar y leyó el mismo símbolo. Le tendió las monedas, y Él, que nunca aceptó del ying yang más que lo que podía ser interpretado en el dogma, tomó las monedas y quiso leer

噬嗑

(Shih Hoh, la mordedura tajante), pero nada más vio

(Meng, la necedad juvenil). La suerte fue tentada en la suerte, no en la batalla, pero volvió a resultar Meng. El otro hombre tomó las monedas y repitieron la suerte: para aquel extraño, el antagonismo; para Él, la necedad juvenil.

Quiso dejar de jugar, pero el otro le dijo que desde siempre, tanto necios como listos tienen prefijada su vida en el I Ching, y que sólo un necio vuelve a tentar a la suerte, sabiendo que obtendrá necedad; se lo decía como quien habla a un igual, y en su tono había cierta condescendencia irritante. El otro le preguntó qué había hecho de nuevo, porque palacios, caminos y murallas ya habían sido construidos en Qin. “Antes de mí, China era una lucha en donde no se distinguían fronteras”, dijo Él, pero escuchó al otro responder: “Antes de mí, eran seis reinos y hoy es un imperio. Todo hombre es un servidor del Estado: en el campo o en las armas, pero es servidor. Aquel que rehúsa, es enviado a levantar la muralla.” Sus palabras despertaron vagos recuerdos de días olvidados, de la Campaña de las Cien Flores y de los tiempos en que los enemigos de clase se atrevían a expresar su opinión. Habló de más logros –o creyó escuchar- pero ya no distinguía quién hablaba, porque los dos comparaban libros y sabios quemados, ejércitos de hombres arando los campos o edificando palacios, muertes por agua inundada o muertes por campos sin fruto. Por primera vez en su vida, aceptó que no era Él el único dios en la tierra, porque veía los actos del otro y se miraba a sí mismo; sólo a los dioses les es permitido afectar a los demás en esa escala. El otro habló de cansancio, se acostó a dormir; Él, que no recordaba la última noche pasada sin guardia a su lado, se vio a sí mismo guardando el sueño del otro.

Mientras contemplaba al hombre dormido, recordó sus propios versos donde lo alabó, y vio que tuvo razón: para los dos fueron parásitos los intelectuales que buscaban una verdad diferente a la que ellos les habían dictado. Él aprendió a tiempo y en vez de enviarlos a la muerte los hacía trabajar; al otro lo habían ayudado desde antes, señalando el camino. Tristemente igualó a los kulaks con las estatuas de soldados sin armas, a los dos los habían traicionado; los primeros, olvidando que servían al Estado, los segundos, permitiendo que les robaran sus armas. El hombre acostado respiraba acosado por otras incertidumbres, hablaba en sus sueños de hombres enviados a islas lejanas que le traerían la manera de vivir para siempre; Él se burló del dormido, ni vida eterna ni vida larga había que esperar; para el dormido, ni siquiera la vida de su imperio; para Él mismo, no lo sabía. Un guerrero de terracota vigilaba la entrada cuando la luz de la luna se hizo tenue, no supo si huyó o si se había apagado; en aquellas franjas de penumbras habían surgido otras luces, las de un día diferente. Li Si entró a la recámara, pero no lo buscó a él, se dirigió al hombre dormido y lo sacó de su sueño; quizá entró al lugar donde soñaba, no era claro desde el lugar donde Él observaba. El cielo alto del techo se convirtió en cielo raso, con luz rasante del sol que no dibujaba una sombra debajo de Él; el otro caminaba e inspeccionaba un lugar, usaba barba en su rostro pero ahora vestía con pantalón y saco cerrado de color amarillo pálido, y en vez de corona utilizaba una gorra de obrero. Nadie se postraba a su paso pero todo soldado se cuadraba, los ministros que pedían consejo habían cambiado, en agravio del servilismo, el antiguo kowtow por una mirada dócil.

Caminaban por el campo abierto, viendo en el suelo troncos quemados, enterrados los tocones de lo que habían sido árboles; aquí y allá, los restos de hornos. Junto a cada horno yacía una masa informe, parduzca, cubierta de hollín y abandonada hacía mucho; el otro identificó el desperdicio de una fundición deficiente, adivinó su propósito y preguntó por el acero. “No lo hay, se trató de hacer de forma equivocada.” El otro soltó una carcajada y exclamó “¿Quién fue el estúpido que creyó que no importaba la manera de fundir? Más le hubiera valido traer a un brujo y evitar tanto desperdicio.” Ladera abajo, en el valle, se adivinaba un pueblo cubierto de lodo, pero el otro ya no preguntó quién quitó los árboles que hubieran impedido el deslave de lluvias. Él quiso protestar, intentó decir que había faltado celo, pero el otro, mirando de frente pero como si viera a través de Él, preguntó dónde estaba su mausoleo; le respondió que no había, pero alguien señaló un millar de estatuas, todas iguales a ellos, que bordeaban el camino a una gran plaza. El otro dijo: “es tal como era en mi tiempo”, y le hacía ver los hombres que construían la muralla, y luego miraban a los que colocaban baldosas en la plaza. “¿Ves? Tú y yo somos iguales,” y se reía en su cara con la odiosa familiaridad de un igual, y le explicaba que el día anterior había regresado por fin el hombre que envió a buscar la inmortalidad a las islas de Oriente; había consultado a los dioses y todo lo que pudo obtener fue este mensaje: que iba a morir como todos, pero más tarde vendrían otros tiempos también de revueltas y surgiría otro hombre que terminaría con la división y unificaría al reino, aunque lo llamaría diferente; sería partir del mismo desorden y llegar al mismo lugar, con otro nombre y bajo diferentes premisas. “¿Ves? Yo soy como tú, tú y yo somos lo mismo. ¿Crees que eres mejor porque mataste más gente? Tú y yo acabamos con un hombre de cada diez. Después de nosotros, vendrán más revueltas y un tercer hombre, que será como tú y como yo, querrá hacer cosas nuevas, pero en realidad estará siguiendo nuestros mismos pasos.”

Sintió sus fuerzas duplicadas y volteó hacia el Sur, oteando el horizonte con la actitud de quien está destinado a ordenar; frente a él se extendía un largo corredor, atravesado por un camino de tierra donde los trabajadores colocaban linternas del color de la arena, como si el camino fuera un río y se prepararan para celebrar el Año Nuevo. Miró a los lados y no encontró al otro; sintió un escozor en el rostro y advirtió que había crecido su barba; continuó caminando con una confianza imprecisa de ya saber dónde terminaría su camino. Más adelante llegó a una sala muy amplia; los soldados de guardia no sabían si cuadrarse o postrarse, pero lo dejaron pasar; vio una recámara, se acostó, y en el recuerdo del día se le fue casi la noche. Cuando clareó la mañana, no podía tener la certeza de cómo serían los soldados que vigilaban la entrada ni quiso tocarse el rostro para saber si todavía estaba la barba; duda entre salir de esa habitación, que no reconoce, o esperar a despertar otra vez.

 


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