Sentencia difícil

 

En tiempos de la dinastía Ching había un hombre de recursos a quien sorprendió la muerte antes de que haber repartido su herencia. Los dos hijos pelearon entre sí por los bienes, no hubo forma de que llegaran a un acuerdo, aunque a los ojos de todos se les había propuesto un reparto justo. El asunto llegó a oídos del Emperador, y decidió asignar el caso a un juez llamado Lin, a quien le tenía mucha confianza. Pero otro juez, Tang, sentía animadversión por Lin y pidió al Emperador: “Señor, dame la oportunidad de juzgar este caso, no te defraudaré”. Como los dos jueces eran conocidos por su habilidad, el Emperador envió a ambos a decidir el caso, prometiendo aplicar y premiar la sentencia más justa.

Habló Lin con los hermanos rijosos: “Cada uno de ustedes afirma que el otro ha recibido mejor parte de la herencia, ¿es cierto esto?” “Sí”, le contestaron ellos. Decidió el juez: “Mi sentencia es esta: que intercambien sus partes los hermanos, puesto que ambos afirman que la parte del otro es mejor.”

Se sorprendieron todos de la sabiduría de Lin, excepto el juez Tang, quien se entristeció porque había considerado ese argumento. Llevados ante él los hermanos, señaló a uno de ellos y le dijo: “Tú dividirás los bienes de tu padre como te plazca, pero tú,” continuó señalando al otro hermano “elegirás la parte que quieras”.

El Emperador pensó que había mucha sabiduría en ambas maneras de juzgar. No encontrando una razón para decidir él mismo cuál sentencia le parecía mejor, ordenó: “Que los dos jueces deliberen y decidan la mejor sentencia, bajo pena de perder el puesto y ser desterrados.”

Ningún juez quiso ceder, prefiriendo el destierro; el Emperador decidió que los hermanos no merecían herencia alguna, y la expropió para el Tesoro. Había considerado llamar a un tercer juez que tenía inquina a Lin y a Tang para que decidiera entre aquellos dos, pero previó que juzgaría como él lo había hecho, y decidió ahorrarse el honor que tendría que otorgar a este juez.

Fuente:

Leí la mitad de esta historia en 101 cuentos clásicos de la China, recopilados por Chang Shiru y Ramiro Calle.


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