Reflejos de un sueño

Do Shuan, magistrado, invita a su asistente Zheng Liu a comer a su casa; el invitado agradece el honor, largamente esperado. Comen y discuten los clásicos, la discusión es erudita y se les va toda la tarde en esto. Al anochecer, Do Shuan ofrece una copa de vino hecha de plata brillante, con una boca muy ancha; el vino es de muy buena clase, ambos se animan y vuelven a beber. Zheng Liu ve en la superficie reflejadas las llamas del hogar y discuten la sentencia del Maestro que advierte el peligro de morir por agua o por fuego, mas nunca por seguir la virtud[1]. La tarde cedió su lugar a la noche; animado, el discípulo vuelve a escanciar el vino, se sienta cómodamente y mira de nuevo su copa. Ve en ella una serpiente, se aterroriza y no sabe qué hacer; vence el respeto al maestro, apura la copa, la observa vacía y siente que ha penetrado en su cuerpo la serpiente que ahí estaba.

Do Shuan lo mira pálido, cree que ha bebido de más y ordena que lo lleven a su casa transportado en litera.

Zhen Liu no puede dormir. El terror de saber que es morada de una serpiente le oprime el alma, mientras siente que su cuerpo, poco a poco, es tragado por la serpiente y ahora él está dentro de ella. La esposa lo cuida en su delirio y al día siguiente envía un mensajero al magistrado, informando de la enfermedad.

Do Shuan, que sentía afecto por él, va a visitarlo y escucha que dos serpientes se devoran en el relato del enfermo; una es la que vio ayer en la copa y otra es él mismo, que pelea con la primera por prevalecer. El enfermo es transportado, pálido al atardecer, a casa del magistrado.

Le sirve una copa de vino; el mismo vino y la misma copa que ayer; están otra vez sentados ante el hogar y tienen frente a sí el fuego y la misma pared decorada con armas que nunca fueron usadas.

La voluntad ha abandonado a Zheng Liu, quien obedece y bebe el vino puesto en su boca. Se reanima, le sirven más vino. Abre los ojos y ve otra vez, reflejada en el vino, la serpiente de ayer; como ayer, se horroriza; como anoche, siente que muere devorado por una serpiente.

El magistrado se para frente a él, tapando la vista del fuego. Pregunta lo que ve en el vino.

“Nada”, responde y no entiende; la penumbra está frente a él, así como la tiniebla invade su mente. El maestro se mueve a un lado, aparece otra vez la serpiente; se coloca frente a él, desaparece la imagen.

“Lo que has visto es el reflejo de la espada que está en la pared; el vino y tu mente la han convertido en serpiente.”

Zheng Liu sonríe, aliviado y agradecido. Se apena frente a Do Shuan por creer en fantasmas, y acepta compañía para regresar caminando a su casa, la litera no es necesaria.

El enfermo se recuperó, pero después lo veían por las noches caminar y detenerse mirando hacia atrás. Llegaba a su casa, se acostaba y lo sorprendía el primer canto del gallo contando a su esposa que vivía con el temor de que la cola de una serpiente apareciera bajo su ropa. La mujer, para consolarlo, le decía que todo esto era porque no había despertado y continuaba soñando.

Fuente:

Leí la mitad de esta historia en 101 cuentos clásicos de la China, recopilados por Chang Shiru y Ramiro Calle.

[1] Analectos, Libro 15, Capítulo 34.


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