Di por qué

Querida Lilia:

El compromiso de las palabras es la urgencia de escribirlas, es tener vivencias acumuladas e ideas que no quieren permanecer donde están, es el susurro al oído que ellas mismas me dicen a dónde quieren viajar. Es la ayuda que me dan para sacar de adentro lo que adentro pesa, quizá para compartirlo, quizá para que regrese cambiando.

Hace unos seis años fui por primera vez a Sinaloa; un cliente de nosotros decidió hacer la instalación de Culiacán y me tocó viajar a trabajar con ellos. Hay dos temas que inmediatamente aparecen cuando se habla de Sinaloa: el narcotráfico y las mujeres bonitas. Te cuentan historias de muchachos que estaban platicando en la calle, llegó una camioneta y los rociaron con balas calibre 7.62, que casi siempre salen de un AK47. Luego te platican que los muchachos “la debían”, y que pagaron con el mayor de los precios una deuda menor. El otro tema es el regalo para la vista que hacen las mujeres de esa zona. Quien las ha visto una vez, identifica su tipo siempre: esbeltas, de piel blanca, generosas en las caderas y delgadas en el pecho. Lo más sobresaliente para mí son sus ojos: almendrados, un tanto hundidos en el rostro, rastro de españoles que les dieron su sangre y su belleza. Ojos oscuros sobre piel blanca, ojos hermosos.

Pero lo primero que vi de Sinaloa no fueron las muchachas ni las noticias de asesinatos. El avión dio una vuelta alrededor de Culiacán para tomar pista, y me tocó observar desde la ventana un mosaico de cuadros verdes, con tonalidades de verde intenso, verde como tierra de lo que apenas crecía, verde quemado de lo que ya había crecido, y verde amarillento de lo que quedó luego de la cosecha. Cuadros grandes, cuadros llenos de vida, limitados por caminos rectos o por algún río que sirvió de división para las parcelas. Regalo para los ojos y reflexión para el entendimiento, hectáreas y kilómetros cuadrados de verde, cultivos de maíz, sorgo, tomate, riqueza que después vi viajar en hileras de trailers rumbo al norte.

La segunda vez que fui a Culiacán lo hice en coche. El camino desde Mazatlán empieza con unas curvas bordeadas de tierra descuidada, que ni es cultivo, ni es campo de golf, ni es atractivo para el turista. Unos 50km al norte, se nivela el terreno, la carretera se hace recta y empiezas a disfrutar de un inmenso verde; a ambos lados de la carretera y hasta donde alcanza la vista, tienes enormes extensiones cultivadas, verdes y productivas. Al Oriente se ve la sierra a lo lejos, y el verde se confunde con los pies de las montañas. Al Poniente está el mar, que no lo ves, porque te lo tapa el verde; al Oriente están las montañas, que descansan sobre ese tapete verde.

Como un año después, fui a Mochis, al norte de Sinaloa en los linderos con Sonora. El cuadro de cuadros verdes siguió desde Culiacán hasta Mochis, otros 200 km de tierras enormes con vastos cultivos. Ahí en Mochis aprendí que la propiedad de la tierra se decidió en el papel, se repartieron tierras con la idea de hacerlas productivas, y la cuadrícula de la tierra cultivada alcanzó a la ciudad, también hecha en el papel a principios del S XX antes de ser construida. Aunque es una ciudad relativamente pequeña, todas sus calles son anchas, están en ángulo recto y el mayor desastre que proporciona al fuereño es buscar las curvas y los recovecos en las calles para orientarse. No los encuentras, y si insistes en buscarlos terminas por llegar a las afueras de la ciudad.

Sinaloa es, con mucho, el estado más productivo en lo que a agricultura se refiere en México. Hay una enorme riqueza que se produce y se renueva constantemente con las aguas que bajan de la Sierra Madre Occidental, guardadas de la temporada de lluvias y administradas durante todo el año. Sinaloa es una franja limitada al Poniente por el mar y al Oriente por la sierra. En medio, un paisaje plano de 80 km de ancho que fueron tierras sin uso hasta fines del año pasado, y que entre los esfuerzos del gobierno por construir un sistema de presas y la visión de algunos empresarios, entre ellos algunos norteamericanos, convirtieron ese potencial en tierra que produce riquezas y que te da un ejemplo de lo que planeación, organización y ganas de trabajar pueden lograr inclusive en México.

Tamaulipas y Veracruz tienen una orografía parecida, con los linderos cambiados. El mar está al oriente, y la Sierra Madre Oriental al poniente. Entre los dos hay una franja aún más ancha que la de Sinaloa, que la puedes ver bien cuando viajas por la zona de Coatzacoalcos, por Tuxpan o por Tampico. Pero no hay ni la organización, ni las tierras cultivadas, ni las interminables cadenas de trailers viajando al norte o al centro o a donde sea, pero llevando el fruto de aquellas tierras. Veracruz es hermoso y su gente simpática, nos dieron la jarana y nos alegran la vida, nos cantan en los portales y nos ofrecen el café de Coatepec. Pero no hay, ni con mucho, huellas del fruto de la tierra en la abundancia que ves en el noroeste. A pesar de que las condiciones son semejantes, posiblemente más favorables del lado de Veracruz, por las lluvias que traen los vientos alisios que dan una precipitación considerablemente mayor que en Sinaloa, la diferencia en productividad de las tierras es evidente. En Sinaloa ves verde hasta que te cansas, verdes de cultivos que esperan la mano del hombre o la segadora John Deere. En Veracruz, cuando viajas del puerto hacia México, ves matorrales y uno que otro ranchito con algo de ganado. En Tampico el paisaje es más desolador, tierras que se quedaron a medio camino entre matorrales y pantanos, un río Pánuco que no está ni aprovechado ni confinado, tierras planas que hoy están inundadas y mañana dejan ver arbustos, pero que no dejan ver cultivos.

La Historia probablemente nos dé una explicación de esta diferencia que vemos entre ambas costas. La conquista española llegó de Este hacia Oeste, encontraron la mayor cantidad de población indígena del lado oriental, y entre el monje que quiso cuidar al indígena de la barbarie conquistadora y el gobierno que quiso ser paternalista para tener fuerza política a su servicio, dotaron a la población de minúsculas parcelas que no son buenas ni para la autosubsistencia. Luego, la maldición del petróleo que hizo concentrar todos los esfuerzos y alentar todas las esperanzas en la dirección del oro negro, olvidando el oro verde que es el sustento de hoy, que fue el sustento de antes y que será el del mañana.

Hemos hablado mucho de lo que es la Geografía, pero yo sigo sin conocerla. Pero viajo, veo y observo, a veces pienso y en esta ocasión comparto. Dime tú, extranjera, que me digan tus estudios lo que no alcanzan a ver mis ojos de paseante ocasional, de turista atento pero no dedicado. Dime por qué dos lugares que la naturaleza dotó semejantes son tan poco parecidos en apariencia, en frutos de la tierra, en organización y en riqueza. Dime si quieres, que el noroeste concentra la riqueza en pocas manos, pero dime también que en el oriente se distribuye la pobreza al parejo, dime qué le ha pasado a este hermoso país nuestro que tiene tanta mezcla de razas, de anhelos y de tristezas, país al que Dios puso agua y cielo y mar y tierra en abundancia y que nos hemos encargado de hacerlo improductivo, de concentrar la riqueza en pocas manos y la población en pocos lugares, dime por qué viven tantos en el Centro y qué les obliga a ustedes, capitalinos, al brutal desperdicio diario de horas-hombre en el diario y sencillo transporte de tu casa al trabajo y en tu regreso. Dime qué hace que Veracruz, tierra hermosa con gente jaranera, tenga páramos donde podría haber cultivos. Dime por qué Sinaloa, sin vientos alisios y cubierta por la tierra del Baja California, aún así aprovecha lo que no aprovecha Veracruz.

Di por qué.

JL

Kaliningrad, 3.7.2010

Querido José Luis:

Esta historia escrita en forma de carta me llenó de cierto pesar, porque yo puedo compartir tus sentimientos sin dificultad, puesto que también hay aquí, por todas partes, los mismos problemas.

Cuando estuve en España vi huertos con naranjas de fin de año, que no habían sido cosechadas, porque el gobierno paga subsidios a los campesinos iguales a los que hubieran recibido si las cosecharan, pero a condición de que no las cosecharan. La Comunidad Europea había restringido la exportación de naranjas a los otros países miembros, la CE lo regula todo. Mi corazón sufría viendo esos huertos desatendidos. Algunos campesinos tenían que enterrar las naranjas bajo la tierra. Esto es terrible: frutas frescas y deliciosas, llenas de vitaminas, echadas en esos hoyos…

En nuestro país la situación es similar a lo que tú describes. Ambos países han sido generosamente dotados por la naturaleza con climas variados y con recursos abundantes. Pero ninguno de los dos es rico. Rusia tiene una gran cantidad de petróleo y gas, pero nuestra gente es pobre, solamente algunas personas en los puestos superiores del gobierno tienen los beneficios de esos recursos. Tú no puedes ni siquiera imaginar cuán difícil es la vida en Siberia y en las partes centrales de Rusia. En mi ciudad vivimos mucho mejor, quizá porque estamos más cercanas a Europa.

Como tú sabes yo estudié en Orel. Cuando fui estudiante tenía que trabajar en los koljozes durante dos meses cada año. Había algunas aldeas en donde no había ni un solo poste con luz; en las noches que había luna nueva no podías ver absolutamente nada y te sentías indefensa en esas inmensidades. No había (y casi no hay) caminos, y cuando empezaba a llover en el otoño, las ruedas de los vehículos se atascaban muy adentro en el lodo. Toda la cosecha era levantada con la ayuda de estudiantes, cadetes y trabajadores de las fábricas. No veíamos campesinos ni agricultura. Quizá leíste los usuales encabezados de nuestros periódicos: “Batalla por las Cosechas”. ¿Por qué “batalla”? ¿No deberíamos estar contentos si tenemos una estación rica para la cosecha? Sí, pero preferimos ver el asunto en forma negativa. No sabemos cómo colectar la cosecha ni qué hacer con ella. Si el Verano es rico en manzanas, nadie sabe qué hacer con las manzanas. Y así es también con las demás cosechas.
Podemos tratar de encontrar explicaciones para ello en eventos históricos y en las políticas de nuestros gobiernos, y al final concluimos que en esta situación, el factor humano es el más importante. Pero la cosa peor es que tú como individuo no puedes cambiar nada. Al menos, tú pudiste escribir esta historia llena de triste asombro, molestia e incomprensión acerca de por qué nuestras tierras, tan ricas de naturaleza, no son atendidas como se debe. Como lo que tú dices, dos costas de tu país, tan parecidas por la naturaleza y tan diferenciadas por la mano del hombre. Me gustaría que publicaras tus reflexiones, para hacer pensar a quien te lea y puedan intentar algún cambio.

Cuando te leí pensé inmediatamente en mi país, es natural, porque me hablaste de cosas como las que pasan aquí. Al final terminé por darme cuenta que somos habitantes del mismo planeta, que los problemas que vemos son los mismos, y que se deben más a nuestra mano de humanos, que al descuido o a la injusticia de la naturaleza.

Gracias por tu historia; ya ves, nuestros países son casi hermanos.
Lilia.

Postdata. Escribo este artículo con la autorización de mi amiga Lilia S., autora de la segunda carta; mía es la traducción. Le agradezco a ella en nombre mío y en nombre usted, lector, que haya compartido sus opiniones.

jlgs/El Heraldo de Ags. / 1.7.2010