Libertad de prensa en China

 

Julio César fue un hombre excepcional: además de su talento militar y estadista tenía madera de periodista y escribió Comentarios a la Guerra de las Galias, un clásico de la literatura latina que narra los sucesos vividos por sus tropas cuando conquistaban el terreno que ahora ocupa Francia, la antigua Galia. También poseía sentido del humor: sabiendo que en el ejército celebraban sus hazañas y sus parrandas, que componían versos y canciones en donde lo honraban o se burlaban de él, le gustaba llamar a su tienda a algún soldado de tropa para que le narrara los últimos chistes que se decían de él, compensando a los mejores narradores y posiblemente condenando al destierro en Germania a los peores, que era el equivalente en el Imperio Romano de la Siberia soviética. Ese era el control de la prensa que ejercía Julio César en campaña: quería pasar a la Historia a través de buenas historias; después de él, imitando su celo pero rara vez demostrando el mismo talento, todos los gobiernos han tratado de controlar la prensa; la diferencia es la extensión, el modo y la intensidad de su control.

El gobierno de China tiene actualmente un gran problema con respecto a la prensa. El mismo concepto de “prensa”, entendido en el sentido occidental y moderno de un foro donde se transmiten al gran público noticias y opiniones elaboradas por profesionales, dando la oportunidad al ciudadano de intervenir y dejar su opinión, se encuentra en malos términos con la declaración de que el estado chino está basado en la dictadura del proletariado (expresado en el artículo 1º de su Constitución), que contrasta con nuestro artículo 1º que dice  “… todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución…” La diferencia es el principio en que se basa una nación: en China se parte de lo que es el Estado, derivando obligaciones para los ciudadanos; nuestro país parte de derechos de los individuos, obligando al Estado a hacer lo necesario para salvaguardarlos. En México se llega a excesos como paralizar el centro de la capital en nombre de la democracia y los derechos laborales; en China se tomó una foto que fue extraordinaria por lo insólito: un hombre parado enfrente de una fila de tanques (el hombre de Tiananmen), mientras que en México aparecen en el suelo granaderos golpeados por los maestros. En ambos casos el mundo sigue su marcha.

Los enormes cambios que ha vivido la prensa en los últimos treinta años, gracias al avance de la tecnología, complican la situación para el gobierno de China. Actualmente hay cinco capas de “prensa”, incluyendo en el concepto a los agentes creadores o difusores de información, y al medio que utilizan:

  1. Agencias de noticias
  2. Periódicos y revistas impresos
  3. Radio y televisión
  4. Internet: foros de noticias, blogs, centros de análisis.
  5. Redes sociales: mensajes a través de teléfonos o sitios especializados en internet como yahoo, Facebook, y twitter.

El control de las autoridades es muy claro y fuerte en el primer renglón, pero va disminuyendo y diluyéndose en los siguientes, a medida que aumenta el número de actores y su independencia; el control pretende informar al pueblo chino de aquellas noticias y opiniones que en opinión de las autoridades son las únicas que debe conocer el pueblo chino.

Hay un diario oficial en China, a partir de cuyos contenidos se difunden las noticias del país: Diario del Pueblo, conocido en occidente como People’s Daily. Es propiedad del Estado y todas las noticias y opiniones que se expresan ahí son elaboradas por empleados con línea editorial muy clara, revisadas por censores, pasando varios filtros hasta obtener autorización para publicarse. Las noticias del extranjero son monopolio de  Agencia de Noticias Nueva China, conocida en Occidente como New China New Agency. Tiene más de ocho mil empleados, oficinas en las principales ciudades chinas y en 105 países; su objetivo es proveer a China de las noticias internacionales, también es propiedad del Estado, y además goza de monopolio en sus funciones. Si efectivamente todas las noticias conocidas en China provinieran de estas dos únicas fuentes, el problema sería mucho menor para las autoridades, pero a partir de la prensa impresa los problemas empiezan a complicarse.

En teoría, los periódicos deberían apoyar la línea socialista plasmada en la Constitución, que traducido a términos prácticos significa no publicar nada que moleste a las autoridades o al partido. Al principio de la época comunista esto no era un problema porque los periódicos estaban patrocinados por el Estado, y los periodistas eran simplemente empleados suyos a quienes se les pagaba por escribir lo que el patróna quería. Pero a partir de los cambios en la economía entraron en juego las fuerzas del mercado: el gobierno ha bajado o eliminado los subsidios a los periódicos y estos tienen que ver por su subsistencia y lidiar con el problema de una entidad que ya no les da dinero pero de todas formas se puede enojar por lo que se publique. Técnicamente el control de la prensa escrita es viable porque transcurren varias horas entre la escritura de una noticia, su paso por el proceso editorial, impresión, distribución del periódico, consumo por el público: basta con que el censor se aparezca todas las noches cuando están formando la edición del día siguiente, suprimir lo que no debe de ir y se resuelve el problema oficial. Pero el número de periódicos y revistas en China ha crecido mucho (hay 2,000 y 10,000 respectivamente) y eso multiplica los requerimientos para los censores, por lo tanto el control se hace elástico. En estas condiciones de supresión de noticias peligrosas, el morbo actúa y cuando alguna se publica una nota contraria al régimen atrae muchos lectores, que de otra manera estarían aburridos leyendo noticias oficiales; es la versión del amarillismo en la prensa china. El periódico Diario Metropolitano del Sur publicó la noticia de que habían arrestado a Sun Zhigang y lo golpearon salvajemente estando en custodia de la policía hasta matarlo; Sun era un diseñador gráfico en Guangzhou que había olvidado su carnet de identidad, la policía lo arrestó porque no pudo identificarse y terminó muerto en sus manos. La noticia provocó reformas al sistema de arresto, levantó grandemente las ventas del periódico pero también envió a la cárcel al editor, acusado de corrupción; las ventas se fueron al suelo cuando el medio recuperó la línea oficial. Los periódicos chinos también tienen sus anunciantes y patrocinadores, interesados cada uno de ellos en promover sus productos y en vender a través del periódico. Esta es una presión más para la prensa, que se encuentra en la necesidad de publicar verdaderas noticias (que atraen al público y la ira de las autoridades) para aumentar sus ventas y tener contentos a los anunciantes, o tener contento al gobierno que ya no paga como antes.

China tiene actualmente 1500 estaciones de radio y 3700 canales de tv, con una audiencia respectiva del 95.4% y 96% de la población, es decir prácticamente todo chino escucha la radio y ve tv; se calcula que 400 millones ven todas las mañanas las noticias a través del canal CCTV. Mantener esta audiencia representa el enorme esfuerzo para complacer a las autoridades cuidando forma y fondo de noticias, y dar alimento para la razón, la curiosidad, la inteligencia, o el morbo en cantidad suficiente como para tener esa audiencia; radio y televisión, que se han vuelto mucho más populares que los periódicos, tienen para las autoridades chinas el problema de que no existe el intervalo de tiempo que tenían en la prensa escrita para censurar opiniones, porque un comentarista podría espontáneamente decir algo que al régimen no le conviniera. Esto significa, en términos prácticos, que el control sobre estos medios es inevitablemente menos estricto que en la prensa escrita, aunque el Estado tiene el monopolio sobre radio y televisión: todas las estaciones le pertenecen.

El verdadero problema para el control es la comunicación basada en internet y teléfonos celulares: no hay empleados que puedan correr, cualquier ciudadano puede participar ahí como generador de noticias, cada mes se generan miles de millones de mensajes y notas en la red y cualquiera de ellas puede ser ofensiva a las autoridades. China ha respondido desarrollando métodos muy sofisticados para controlar esta información, monitoreando continuamente las páginas de internet, bloqueando totalmente páginas consideradas peligrosas (por ejemplo Facebook), bloqueando temporalmente algunos sitios, removiendo contenidos “nocivos” y etiquetando a sus productores, eventualmente persiguiéndolos. Se habla en tono irónico de la nueva muralla china, la Muralla Electrónica China, un sofisticado conjunto de algoritmos y procesos para monitorear y eliminar y bloquear contenidos “peligrosos”. Ahora bien, esta sofisticación tiene su precio, porque alguien tuvo que crear y mantener esos algoritmos: el precio es que China es cuna ahora de los mejores hackers del mundo, quienes por supuesto, pueden voltearse contra las autoridades. El país tiene actualmente cerca de 1000 millones de usuarios de celulares, y cada uno de ellos es una amenaza potencial a esta paranoia de la seguridad. No existe la tecnología para monitorear los millones de conversaciones diarias que se dan, pero sí se han desarrollado en China centros de monitoreo y almacenamiento de mensajes de texto, para bloquear los ofensivos, almacenarlos todos y tener una biblioteca de babel que contenga todos los pecados políticos que cometen los chinos.

Con esta enorme maquinaria técnica y humana al servicio de la no-información, China ha conseguido bastante de lo que quería. En algunos casos, más le hubiera valido no controlar la información, porque las consecuencias fueron terribles; hay algunos ejemplos bien documentados, que mencionaré aquí.

En la provincia de Henan sucedía que los campesinos pobres eran estimulados por las autoridades a vender su sangre para obtener dinero. El proceso se realizaba sin cuidado, la sangre de diferentes donadores se mezclaba, y al utilizar esa sangre en receptores, cada uno recibía las enfermedades acumuladas de aquellos de quienes se había mezclado la sangre. Unos pocos casos de HIV se convirtieron en un millón; en la aldea de Donghu (municipio de Xincai) el 80% de los adultos eran HIV positivos en 2001 y al año siguiente en esa aldea la tercera parte de las familias tenían un padre muerto de sida y el otro enfermo de sida, lo que se convirtió en el peor caso mundial de incidencia de sida en una comunidad. Valientemente, el periódico Semanario del Sur publicó las noticias y ya que se trataba de un caso de epidemia el gobierno tuvo que reaccionar, reconociendo en 2002 que tenían 600,000 enfermos de sida en China y otro tanto por diagnosticar, y doblando los fondos para combatir a esa enfermedad. Este caso terrible se dio por una ignorancia elemental de las reglas de higiene en tratamiento de la sangre, que deberían ser difundidas regularmente por una prensa responsable pero ciertamente no son parte habitual de las noticias políticas que el gobierno sanciona.

En noviembre de 2002 se presentaron varios casos de SARS (severe acute respiratory síndrome) en Foshan, provincia de Guandong. El gobierno decidió no reportar la situación a la OMS (organización mundial de la salud) durante dos meses, luego bloqueó las noticias a la prensa durante seis semanas, y cuando finalmente llegaron expertos al lugar para conocer el problema, ya había en todo el mundo 2200 casos, de los cuales 1200 estaban en China. El gobierno matizó la noticia sin imaginación diciendo que el asunto estaba bajo control, hasta que en marzo de 2003 se dio un caso en Beijing, y como la gente no estaba enterada, al menos diez doctores y enfermeras fueron contagiados a partir del enfermo que llegó a Beijing.

China tuvo un problema semejante al de la leche contaminada de CONASUPO que se presentó hace unos años en México. La empresa Sanlu Group, elaboradora productos de granja, distribuía leche infantil; pero que los productores de leche y las granjas que surtían a Sanlu Group le agregaban melanina a sus producto para que la leche infantil vendida al público tuviera mejor apariencia. Antes de las olimpiadas de 2008 en Beijing se empezaron a recibir quejas de niños que se enfermaban y otros que llegaban a morir después de tomar esa leche. Con las olimpiadas encima el gobierno decidió que no era oportuno divulgar la información, esperó que se fueran los visitantes extranjeros y hasta entonces investigó. Resultó que desde noviembre 2007 se habían recibido quejas de esa leche infantil, que era un producto adulterado, y que la melanina que venía ahí de regalo causaba daños a los riñones. Como se esperaron tanto para investigar y tomar medidas, consiguieron que se enfermaran 300,000 niños, y varios de ellos murieran. Las autoridades enviaron a prisión perpetua a la presidenta de Sanlu Group, otros dos de sus colegas también recibieron sentencias de por vida y dos más fueron condenados a muerte. El gobierno ofreció dinero para compensar a los padres, pero no pudo compensar de ninguna manera la pérdida de vidad.

China vive los excesos del capitalismo salvaje y del autoritarismo, convergiendo en un punto: falta de libertad de prensa. Se han abierto las puertas a la iniciativa privada, el nuevo empresario se da cuenta que puede hacer las cosas a su conveniencia si obtiene protección de las autoridades, y las soborna o las invita a la sociedad; cuando hay problemas le echan tierra al asunto bloqueando la difusión de información y todos están contentos excepto los afectados.

Pero de vez en cuando se filtran casos que son verdaderamente trágicos. Uno de estos egregios ejemplos son las escuelas malhechas de la provincia de Sichuan, que se derrumbaron cuando hubo un temblor muy fuerte en 2008; el incidente ocurrió en horas de clase y murieron en este desastre, aplastados por muros y techos defectuosos, entre 5300 y 10000 niños. Una vez más la corrupción apareció ahí como un cáncer que corroe a China, y que no se combate adecuadamente porque no se conoce, y no se conoce porque no hay suficiente libertad de prensa.


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