El nuevo traje del gobernador

1-Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen (1805-1875) es un autor danés conocido por sus cuentos infantiles, que desde su creación han alegrado la vida y alentado la imaginación de los niños de todo el mundo. Hay uno muy famoso, historia para adultos disfrazada de cuento infantil, que se llama el nuevo traje del emperador. La trama va así:

Un Emperador vanidoso, preocupado únicamente en vestir bien y lucir su ropa, contrata a dos hombres que le prometen fabricarle el mejor de los trajes, el que lo haría incomparable a todos los demás monarcas. “¿Cómo puede ser eso?” pregunta intrigado el Emperador. “La prueba es sencilla, Su Majestad, y además servirá como la prueba máxima de lealtad,” le contesta uno de los hombres, “solamente podrán verlo aquellos que son fieles al Emperador; si alguien no lo puede ver, significa que es desleal, o que es completamente estúpido”. Cuando los dos hombres, estafadores, le entregan el traje al Emperador y lo visten, publican entre los Ministros la prueba de lealtad que significa poder ver el traje; los Ministros pretenden que el Emperador está vestido con ropas magníficas y compiten entre ellos por los elogios a la figura, el donaire y la majestad de Su Majestad. El Emperador sale a la calle para lucir su traje; ya había corrido el rumor de que cualquiera que no pudiera verlo sería encarcelado o ahorcado por traidor, y aunque todo el pueblo lo ve desnudo, guardan para sí su sorpresa y gritan, vitoreando al Emperador. Un niño que estaba entre la multitud, demasiado joven para entender este enredo de adultos, ve al que pasa desnudo, no entiende por qué, y grita “¡el Emperador no tiene ropa!”. La mamá, al lado, lo suelta de la mano pretendiendo que no es su hijo; el monarca oye el grito, voltea a buscar a ese niño desleal. No lo encuentra, gruñe sospechando un engaño, pero continúa el desfile.

La historia tiene inmediatas aplicaciones. Se interpreta, en el contexto de Andersen, como una crítica al esnobismo y la hipocresía de la alta sociedad danesa, y con diversas variaciones, el fondo de la idea, aplicable dondequiera que se reúnen humanos y hay alguien con autoridad al que los demás no se atreven a criticar, es la misma de 1835, cuando se publicó el cuento, hasta el día de hoy.

2-Dr. Johnson.

Ha pasado mucho tiempo desde el 8 de junio de 1976, cuando Regino Díaz Redondo orquestó un golpe de estado al diario más importante del momento, Excelsior, quitó a Julio Scherer García del puesto y manejó un periódico al gusto de la presidencia. Todavía más tiempo ha pasado desde que los conservadores mexicanos lograron clausurar en 1847 el periódico Don Simplicio, donde colaboraban Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez. Aún más años atrás, hacia 1825 el zar Nicolás I otorgó a Aleksandr Pushkin, el más grande poeta ruso, el dudoso honor de ser su censor personal. Y así nos podríamos ir hasta los días felices para los gobernantes en que no había nacido Gutenberg, no había imprenta y no existían los periódicos.

Los tiempos han cambiado para bien con respecto a la prensa. Los gobiernos en donde hay un cierto grado de democracia permiten a la prensa ejercer su oficio, la tecnología ha hecho más fácil y más barato producir escritos, y hasta los pueblos más pequeños tienen un pequeño periódico, quizá semanal. El mundo ha cambiado y la prensa busca su propio camino en estos nuevos tiempos.

El escritor inglés Samuel Johnson (1709-1784), conocido como Dr. Johnson, fue un literato, ensayista, crítico, periodista y hombre de cultura notabilísimo en la Inglaterra del siglo XVIII; se le considera uno de los personajes más distinguidos en las letras inglesas. Creó un diccionario perdurable del idioma inglés (todavía hoy hacen reediciones) y dejó una pléyade de comentarios y aforismos, que muchos autores gustan de referir, por ejemplo Jorge Luis Borges. Uno de ellos tiene que ver con guerra y verdad:

Entre las calamidades de la guerra puede ser mencionada con justicia la disminución del amor por la verdad, gracias a las falsedades que dicta el interés y anima la credulidad. (Noviembre de 1758)

El Dr. Johnson, perfeccionista en todo, criticaba la expansión de los periódicos versus su calidad, utilizando ese estilo pomposo e indirecto de la época, implicando por el tono el bajo nivel del periodismo en la provincia inglesa:

Ninguna especie de hombres de letras se ha multiplicado tanto como los escritores de noticias. No hace muchos años la nación estaba satisfecha con una gaceta; pero ahora tenemos no únicamente en la metrópolis periódicos para cada mañana y cada tarde, sino casi cualquier ciudad grande tiene su historiador semanal, quien regularmente hace circular su inteligencia, y llena las villas de su distrito con conjeturas acerca de los eventos de la guerra, y con debates sobre el verdadero interés de Europa. (Noviembre de 1758)

Esta crítica no es sutil ni indirecta:

Los periódicos son multiplicados diariamente sin incremento en el conocimiento. La historia del periódico matutino es contada de nuevo en la tarde, y los relatos de la tarde son traídos otra vez en la mañana. (Mayo de 1758)

Expresó con elocuencia y con ingenio punzante lo que a él le gustaría que fueran los periódicos:

Escribir noticias en su perfección requiere tal combinación de cualidades, que un hombre completamente adecuado para este fin no siempre se encuentra. En la jocosa definición de Sir Henry Wotton: “un embajador es un nombre virtuoso enviado al extranjero a contar mentiras para beneficiar a su país; un escritor de noticias es un hombre sin virtud, que miente en casa para su propio beneficio.” Para lograr esto no se requiere genio ni conocimiento, ni industria ni vivacidad; pero desprecio de la vergüenza e  indiferencia a la verdad son absolutamente necesarias. Aquel que por una larga familiaridad con la infamia ha obtenido esas cualidades, puede con confianza decir ahora lo que intentará contradecir mañana; puede afirmar sin miedo lo que él sabe que será obligado a desdecirse, y puede escribir cartas desde Amsterdam o Dresden dirigidas a sí mismo.”

3-Publicidad Oficial.

El periódico Reforma publica el 11.4.2013 una nota titulada Urgen regular publicidad oficial, que es un comentario de dos Organizaciones No Gubernamentales (ONG), Fundar y Artículo 19, sobre el gasto oficial en publicidad. Menciona que más de la mitad de los Estados entregaron cuentas opacas sobre el gasto publicitario: 8 no entregaron información, 10 dieron información escasa, 12 entregaron desglose por medios y proveedores, 2 entregaron desglose por medios, proveedores, y concepto; si consideramos aceptables a los dos últimos grupos, 18 estados entregaron información insuficiente.

El asunto es importante por dos razones. La primera, la menos grave, es el gasto en sí y la obligación que tienen los gobiernos de informar a la ciudadanía el destino detallado de los fondos públicos; lamentablemente este es un hecho tan viejo como el Cerro del Muerto y lo que se toca aquí es una de las tantas piedras que forman ese monte. La parte grave es que el dinero gastado en publicidad, principalmente el dinero excesivo, es dinero que sirve para

1-      Ensalzar las obras del gobierno en turno

2-      Mejorar la imagen del gobierno en turno

3-      Tender una cortina de humo con respecto a los problemas

En todas partes que vaya uno del país se ven imágenes del presidente, del gobernador y del presidente municipal: solo, acompañado, sonriendo, serio, abrazando a niños o mirando el horizonte, como si fueran un nuevo Colón oteando el Occidente para indicarnos dónde está el Nuevo Mundo. El mundo periodístico ha seguido evolucionando desde aquel infame comercial “una imagen dice más que mil palabras”, infame porque representa el abuso de la imagen sobre la palabra, de la forma sobre el contenido, de la apariencia sobre la realidad. En spots e inserciones pagadas por los gobiernos, vemos y oímos en todas partes imágenes de los gobernantes, los encontramos hasta en la sopa, con el objetivo precisamente de “posicionar” su imagen en la mente de los ciudadanos como una persona extraordinaria, alguien que con sus virtudes fuera de serie nos va a guiar, a tranquilizar, a orientar y a sacar del bache en que estuvimos… hasta el sexenio anterior.

Desde 1976 hasta 2013 las cosas han cambiado mucho en las relaciones entre gobierno y prensa; en aquellos días se veía a algunos medios como enemigos, se les atacaba; antes de 1976 se les bloqueaba la circulación, se les hacía la vida imposible. El mundo cambió y Gobierno y Prensa ya no son enemigos, son socios, porque el gobierno invierte millonadas en gasto publicitario. El artículo que menciono da la cifra de $4,518 millones de pesos gastados en publicidad durante 2011 por las entidades federativas, y por separado habría que averiguar el gasto federal. Dígame usted si es una millonada o no, dígame usted si los mexicanos preferimos ese gasto en lugar de hospitales, escuelas, mejorar el sueldo a los maestros, investigación científica, calles, presas y caminos.

El artículo también menciona la existencia de medios de comunicación en donde el 80% de sus ingresos viene de la publicidad gubernamental; un medio en estas condiciones es lo mismo que un departamento de la Dirección de Comunicación Social, como la llamé alguna vez, “esa dependencia stalinista dedicada al culto a la personalidad” (http://jlgs.com.mx/articulos/informatica/el-pequeno-hermano/).

Cualquier medio que le entre a este juego está hipotecando su futuro. Como decía el Dr. Johnson, “los periódicos se multiplican diariamente…” y ahora, al contrario de 1758, hay revistas, volantes, pasquines, semanarios, radio, televisión e internet. La competencia es cada vez más dura, y así llenaran un periódico de imágenes del gobernador, no van a convencer al lector de que las cosas están mejor de como él las percibe en su gasto, su ingreso, las escuelas de sus hijos y la seguridad de su colonia. Los medios que ensalzan una y otra vez al Gobierno en general, o a determinado personaje en particular, terminan por desacreditarse y poco a poco van perdiendo credibilidad, auditorio, y terminan por convertirse en planas y planas (hablando de periódicos), de inserción pagada.

El gasto exorbitante que vemos en publicidad oficial tiene ese efecto indirecto: debilita nuestra prensa, convirtiéndola en aliada del gobierno y no en defensora de la verdad. En algunos casos se pierde completamente la medida, como en Veracruz donde el gobernador ha sido galardonado “por sus esfuerzos para garantizar el pleno ejercicio de la libertad de expresión”, cuando ese estado es más que señalado por los problemas que enfrentan los periodistas.

A la prensa se le ha llamado el Cuarto Poder. Quizá en algún momento fue así, pero ahora el nombre sería excesivo. La prensa, al igual que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial tiene que disponer de libertad para cumplir su misión, y esto no es posible si el gobierno, a través del gasto publicitario, puede influir en lo que digan o dejen de decir los medios. Los miles de millones que anualmente van a dar a la prensa, pagados por los gobiernos, son un ingreso cómodo para los medios pero hipotecan su futuro. El día de hoy, casi cualquier periódico tiene su versión en internet; ya estando ahí, puede uno consultar los otros periódicos de la localidad, los de la capital, revistas, blogs y cualquiera de los sitios en donde se difunde información y opinión. En 1976, cuando toda la prensa era escrita, bloquear a un periódico era resolver un problema; hoy en día el gobierno ha perdido esa mal entendida facultad, porque existe el internet.

El gobierno actual no tiene que recurrir a los métodos de Echeverría (darle golpe de estado a Julio Scherrer) ni de Stalin (mandar al director a Siberia) para tener de su parte a la prensa: le da más o menos presupuesto, dependiendo de lo amigable que sea el medio; el gobierno quiere tapar el sol con un dedo y creer que gracias a una noticia publicada en la prensa vamos a tener más agua en el subsuelo, la prensa publica una noticia que solamente los muy ignorantes se tragan; a la larga, ambos salen perdiendo. Creo que la prensa se está jugando su credibilidad y su futuro, al menos en México, si acepta la tentación del dinero oficial. No soy un puritano que quiera reducir a cero el gasto del gobierno en publicidad, pero la cantidad que mencioné arriba me escandaliza, y todavía ignoro el gasto federal. Inundar un medio de noticias benignas, insistir una y otra vez que estamos en jauja, comparar nuestro desarrollo con el de ciudades de Europa, no únicamente es incorrecto, sino que es falso, increíble y genera una desconfianza en el público lector, quien poco a poco, gracias al internet, conoce otras alternativas y si lo desea, puede prescindir de los medios oficiales. Y la realidad no cambia, a pesar de las noticias de primera plana.

Todos los intentos de Comunicación Social por vestir a los gobernantes con ropas magníficas, gastando en prensa como si México fuera rico (miles de millones al año…), son como el intento de los estafadores que le vendieron al Emperador la idea del traje invisible. Naturalmente, todos los aliados del gobernante –en esto tenía razón Andersen- lo alaban cuando ven una noticia favorable, favorablemente pagada a la prensa; el gobernante puede elegir creer que esa montaña de noticias maquilladas puede vestir su gobierno, pero de vez en cuando se alza la voz de un niño o un loco, quien dice que el gobierno está desnudo de buenas obras, porque creemos que la única publicidad aceptable son las buenas obras.

P.D. Una vez más, debo agradecer a Rodrigo sus observaciones y sugerencias.


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