La Guerra de Texas. 3 – Breve independencia de México

1-México en el limbo.

El gusto por la independencia conquistada en septiembre de 1821 le duró a México muy poco, apenas año y medio; pasó la euforia, se asentaron las fuerzas naturales que han guiado a los mexicanos, y cayó Iturbide del poder en marzo de 1823. Las consecuencias directas de este derrocamiento, en contraste con el efímero Imperio, son profundas y de largo plazo; pueden resumirse en desunión, lucha interna y ausencia de cualquier tipo de consenso; el Imperio momentáneo que vivió México es también emblemático de nuestra naturaleza, y fue un ensayo de lo que habría de pasar en el país durante un siglo. Breve, pero instructivo para comprendernos será el Imperio.

El triunfo del Ejército Trigarante no fue el triunfo de una ideología, mucho menos de los ideales proclamados por Hidalgo y Morelos; tampoco fue una victoria militar, porque ya no hubo lucha armada. Sí fue la traición de una parte del ejército realista a España, fue la renuncia a luchar de los españoles que habían quedado leales a su país, fue la primera manifestación de un deseo muy mexicano: “ya no queremos que nos gobierne fulano”, deseo únicamente negativo; también, y principalmente, fue una negociación entre las cabezas en conflicto y un acuerdo para repartirse los beneficios del nuevo país, precisamente entre aquellos contra los que se había alzado la revolución: los criollos y los peninsulares. De todo esto, lo más importante y emblemático de nuestra idiosincrasia es precisamente la negociación, la victoria política de criollos y españoles, que vieron la conveniencia de canalizar el impulso revolucionario a su favor y volverse independientes, en vez de vivir en un país bajo la guerra y sometidos a una madre patria lejana y agobiada por sus propios problemas.

El artífice de esta negociación fue Agustín de Iturbide, flor de un día puesto que su talento político se agotó en este evento. Nació rico en 1793 en Valladolid, mismo lugar que Morelos; era hijo de españoles y se alistó en el ejército realista contra los insurgentes, peleando muchas batallas y ganando todas: contra Liceaga, Rayón, Morelos. Era de la clase de hombres a quienes apasiona la guerra: pelear contra el enemigo, hacerlo con heroísmo, ganar batallas y cubrirse de gloria. Se comportó en forma sumamente cruel con los vencidos, y aprovechó la ocasión para quedarse con numeroso botín de guerra; el odio contra los insurgentes venía de que habían saqueado una hacienda de su familia. Ambicioso de gloria y bienes, se creó un problema porque fue acusado de robar, saquear, quemar y hacer comercio ilícito; los problemas legales, de los que se libró sin recuperar su honor, lo forzaron al retiro. Hacia 1818 estaba dedicado a la parranda, despilfarrando su capital, pero en 1820 volvió a comandar un ejército y analizando las circunstancias, entendió que la única forma de terminar la guerra era juntando en un solo frente a los criollos y a los grupos insurgentes; aquellos, porque no cederían sus privilegios; éstos, porque podrían quedarse como grupos rebeldes en las sierras del Sur, el actual estado de Guerrero, indefinidamente. Concibió la fórmula “religión, unión, independencia” como una meta común para los dos grupos, en donde efectivamente la religión y la independencia eran deseadas en ambos lados (aunque por razones diferentes), y la unión fue un eufemismo, concepto expresado de los dientes para afuera, alabanza a una condición que nunca había existido en el país: unión.

La vida política de México nació con la participación de demasiadas naciones; no únicamente el antiguo dueño y la que quería independizarse, sino también contribuyeron a enturbiar el panorama los Estados Unidos y Francia; el primero, por su cercanía con México y sus intereses expansionistas; el segundo, porque mantuvo jaque a España durante el tiempo suficiente para debilitar el poder del Rey, permitir el surgimiento de las Cortes y favorecer que el poder no perteneciera en forma clara ni al rey ni a las Cortes durante varios años; irónicamente, hasta la nueva República de Colombia intentó meter su mano en nuestros quehaceres. La participación de Franciso Javier Mina, español que llegó felizmente a Estados Unidos en 1817, donde consiguió armas para pelear junto con los insurgentes mexicanos, manifiestan la buena disposición de EEUU hacia nuestro país; los problemas ocasionados por Francia a España fueron mucho más amplios, contribuyendo a socavar la autoridad de Fernando VII y a dejar a la Corona sin recursos, problema que repercutió en la Nueva España: para colaborar con la madre patria, el virrey Venegas envió en 1811 todo el dinero del tesoro. Este hecho y las noticias recurrentes de problemas en Europa forzaron a los criollos a darse cuenta de que España estaba muy lejos y llena de problemas que repercutían en sus posesiones en América resentían: por falta de control, de soporte adecuado con tropas, y por el drenaje de recursos para ayudar a la corona. Los criollos querían reactivar la economía desgastada por la guerras propias y ajenas mediante reformas que los favorecieran, y cuando Fernando VII regresó al poder en 1814, después de expulsar a los franceses de España, se pensó que las cosas volverían a su ritmo normal y podrían dedicarse todos a sus negocios en vez de estar preocupados por las guerras. Pero la participación del rey no fue adecuada (era de poco fiar; pesaba sobre él haber conspirado contra su padre Carlos IV), el poder se le escabulló de las manos y en 1820 se restituyó la Constitución de Cádiz. Los criollos en México terminaron por convencerse de que los problemas en España iban para largo y pensaron en una solución diferente: un país que fuera independiente de España en donde pudieran hacer negocios como sabían hacerlo, es decir conservando sus privilegios de clase.

Durante las guerras de independencia creció la importancia del ejército; los oficiales eran españoles o criollos, la tropa mestiza o indígena. Permanecieron leales a la corona hasta el año 1820, pero las campañas interminables en provincia convirtieron a cada ejército, con su jefe, en un grupo independiente del poder central; esta fue una de las razones de que apareciera el caudillismo, que ya en el México independiente se convirtió en un verdadero problema. Por ejemplo, Calleja fue el militar realista más importante en todo ese período; tenía problemas con el virrey Venegas, quien lo destituyó pero el ejército se opuso y Calleja conservó el mando. Durante ese tiempo se le acercaron los insurgentes para convencerlo de cambiar de bando, pero Calleja no los denunció, seguramente evaluando sus opciones; más adelante lo nombraron virrey y se alineó con la corona. Las provincias, mientras más alejadas de la capital, más fácilmente se convertían en feudos de sus gobernadores militares, como Nueva Galicia (Jalisco) y Nuevo Santander (Tamaulipas); la extensión del país requería que los militares se hicieran cargo de la seguridad en los caminos, y algunos oficiales aprovecharon para volverse emprendedores y cobrar por protección, acumularon dinero y crearon vínculos económicos con el país, aunque fueran españoles.

España continuaba dando bandazos. En 1820 Fernando VII fue obligado a jurar la Constitución de Cádiz y restituir el poder de la Junta, que era anticlerical y pretendía abolir el fuero eclesiástico, acabar con los diezmos, abolir las órdenes monásticas y los jesuitas, y terminar con la Inquisición. Naturalmente, el clero a ambos lados del Atlántico se inquietó, protestó y trató de ver por sus intereses; estos eventos contribuyeron a formar los movimientos anticlericales que se dieron en México.

Por su parte, Iturbide había madurado sus rencores y sopesado sus alternativas. En noviembre de 1820 recibe el encargo de mandar un ejército para combatir a Vicente Guerrero, que libraba una guerra de guerrillas en la sierra del actual estado de Guerrero. Iturbide vio una oportunidad política: una manera de terminar con esa lucha indecisa de años, y tomó la iniciativa. Para ganarse a la Iglesia, declaró que la religión católica era la única y definitiva del país, y que no había razón para atentar contra el fuero eclesiástico; para los criollos, les propuso un país independiente de España donde podrían crecer, conservando sus privilegios; para el populacho, les vendió el espejismo de la unión, un país en donde todos serían iguales aunque algunos grupos conservaran sus privilegios. El clero y los criollos se unieron, viendo sus intereses; los caudillos insurgentes vieron la oportunidad de terminar la guerra y conseguir la independencia, aunque no en los términos que hubieran querido; todos aceptaron dar el paso, con mayor o menor conciencia de que estaban conservando una situación socialmente viciada que podría dar origen a problemas más adelante; todos estaban cansados de la guerra. Iturbide se convirtió en un héroe nacional, por haber consumado la independencia y por defender la religión católica, que la inmensa mayoría del pueblo profesaba.

La luna de miel duró poco; es cierto que el pueblo vitoreó a Iturbide y celebró la Independencia, pero los problemas se atoraron cuando se trató de gobernar. Las causas principales fueron errores de juicio de Iturbide, las desigualdades sociales que se conservaron, y las ambiciones personales de la clase política mexicana, que entonces hizo su aparición y ha seguido siendo nociva para el país hasta el día de hoy. Todas estas condiciones cristalizaron cuando llegó el momento en que México se gobernara a sí mismo: ¿quién lo iba a hacer? ¿basado en qué leyes? ¿quién crearía las leyes? ¿cuál sería la forma de organización del gobierno? ¿república o monarquía? Estas preguntas, que son absolutamente legítimas en cualquier país, principalmente en uno que acaba de nacer, son letra muerta si no van acompañadas de dos cuestionamientos: ¿quién va a trabajar? Y ¿buscaremos un consenso o buscaremos a lucha continua? Cuando hay un equilibrio entre los actos de gobierno y los del pueblo, cuando hay alguien que dirige a la nación y el resto de la nación se dedica a actividades productivas, puede avanzar el país. En la medida en que los afanes públicos están concentrados en el gobierno y se olvida la necesidad de volver productivo al país, entonces el país está destinado al fracaso. Eso fue, entre otras razones, lo que originó los grandes problemas de México entre 1821 y el fin de las Guerras de Reforma.

2- Junta, Regencia y Congreso.

Los problemas se presentaron en la Junta que hubo necesidad de nombrar, cuya obligación principal sería convocar al Congreso para que redactara la Constitución. Mientras tanto, de una manera vaga y a las conveniencias de las partes en juego, la Constitución de Cádiz sería utilizada para gobernar al país. La idea de Iturbide era crear una sola cámara en el Congreso, en donde la representación fuera proporcional a la importancia de las clases, ergo, favoreciendo a los estratos superiores; el Congreso sería elegido por elección directa. También se proponía una segunda cámara para representar al pueblo en general, lo que daría una organización semejante a la de Inglaterra. Inmediatamente después de la Independencia, México no tenía monarca, que era una de las condiciones propuestas en el Plan de Iguala: la corona sería ofrecida a Fernando VII o a un príncipe europeo; en el ínterin, gobernaría una Regencia, cuyas atribuciones no estaban definidas y cuyo nombramiento estaba al arbitrio de las fuerzas políticas. Era entonces una complicación de tres niveles: 1) nombrar una Junta para que convocara a un Congreso que no se sabía cómo estaría compuesto; 2) nombrar una Regencia para que gobernara mientras había monarca; 3) esperar que el Congreso existiera y promulgara una constitución. Estos y otros problemas son de esperarse cuando se crea un país, pero la rapidez o lentitud con que se resuelven dirá mucho sobre la futura estabilidad; en el caso de México, durante cincuenta años se estuvieron discutiendo los mismos puntos, muchas veces no con argumentos sino con la fuerza de las armas; en el camino, México perdió más de la mitad de su territorio.

Iturbide terminó la guerra con el rango de generalísimo; creó una Junta en donde únicamente había notables, es decir personas de los estratos superiores, que efectivamente tenían más formación y más elementos para asumir el cargo, pero el pueblo llano quedó completamente fuera. Los ideales republicanos y democráticos, que fueron parte de las ideas que animaron las guerras de independencia, quedaron anulados en este nombramiento, tanto por el procedimiento (designación directa por Iturbide) como por excluir al pueblo llano. Se había declarado en el Plan de Iguala la igualdad de todos, pero llegado el momento de la verdad, aparecieron las desigualdades. Es cierto que un hombre preparado puede aportar más a una Junta que un analfabeta, pero no es correcto dejarlos fuera; Iturbide pudo haber seleccionado hombres del pueblo a la Junta, cubriendo el expediente de igualdad, y ver la manera de influir en sus puntos de vista. Por otro lado, esta designación no fue más que un reflejo de las grandes desigualdades que había en el país, que pusieron a Iturbide en el dilema de ser muy democrático e incluir, proporcionalmente, a una mayoría de analfabetos en la Junta, o dejarlos fuera y recurrir a hombres más preparados.

Pero hubo otros problemas relacionados con este nombramiento de notables, en donde incluyó a la nobleza y la aristocracia; estas personas debían sus títulos y puestos a la Corona, no contaban con méritos hechos ante el pueblo de México ni propios ni de sus antepasados. No había en México las circunstancias de la nobleza europea, que en muchos casos cuentan con antepasados que dieron gloria a su país, como Winston Churchill, quien era descendiente de Marlborough, el militar que venció a las tropas francesas en la batalla de Blenheim (13 de agosto de 1704). Churchill podía enorgullecerse de este pedigree, el curriculum de los nobles mexicanos se llenaba con favores del rey.

Pero estas consideraciones no estaban en la mente de la Junta, quien se declaró Soberana, a pesar de haber jurado fidelidad al Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, que declaraban a México como monarquía. La Junta tenía treinta y ocho miembros y la Regencia cinco, con el poder inciertamente dividido entre ellas. Cada una por su parte se declaró soberana y dedicó su tiempo a las pequeñas y grandes intrigas que componen el movimiento de las élites políticas, lo que en tiempos normales es de esperarse y no causa excesivo daño, pero que en tiempos emergentes, estos pleitos internos pueden ser fuente de catástrofe. Así sucedió como ambos grupos, y los resultados fueron tan nefastos que originaron, años después, el comentario de Justo Sierra de que más le hubiera valido a Iturbide actuar como dictador ilustrado, que abrir la puerta a un juego político de intención democrática y ejecución caótica.

El encargo principal de la Junta era convocar al Congreso. Semejante a la anécdota que dice “un dromedario es un camello designado por un comité”, la Junta inventó en noviembre de 1821 un procedimiento indirecto, complicado y estúpido para determinar los miembros del Congreso:

  1. Los ciudadanos elegirán en cada lugar a sus electores.
  2. Los electores elegirán a los alcaldes, síndicos y regidores de los ayuntamientos.
  3. Los ayuntamientos elegirán a un Elector de Partido; los Partidos son las clases sociales militar, clero y profesiones (principalmente abogados).
  4. Los Electores de Partido de cada Provincia nombrarán a los Electores de Provincia.
  5. Los Electores de Provincia, en la capital de cada provincia, nombrarían a sus diputados, en principio uno por cada clase social.
  6. Los diputados se trasladarán a la ciudad de México para instaurar un Congreso que se calculaba tendría 162 miembros y 28 suplentes.
  7. El congreso estaría dividido en dos cámaras; la asignación de cada diputado a una u otra, sería por suertes.

¿Qué podía esperarse de una disposición así? El caos. Por cualquier lado que se mire, está mal; mencionaré solamente tres de sus defectos. 1) Poco tiempo para ejecutar, ya que el proyecto es de fines de 1821, con la intención de realizar este “proceso electoral” durante diciembre de ese año. En esa época, un país de más de 4 millones de km2, pobres comunicaciones, la simple noticia de lo que habían de hacer en California tardaría más de un mes en llegar desde la capital. 2) Demasiado complicado. 3) El pueblo llano estaba ignorado, tanto en la falta de presencia en los diputados, como en el proceso mismo. Básicamente, enviaron la instrucción de que negociaran entre las personas de influencia (pueblo excluido), para enviar diputados de cada provincia.

Además de esta convocatoria, que era la razón de su existencia, la Junta ocupó su tiempo en minucias totalmente triviales para un ente de tal nivel, como acusar recibos de comunicaciones del clero en donde informaban haber designado a ciertos prelados para puestos eclesiásticos; también discutieron si a los procuradores se les debía llamar utilizando el respetuoso “don”; si los alumnos de cierto colegio tendrían  que asistir a cursos en la Universidad. Eran 33 vocales y la asistencia a las reuniones tan nutrida como en la moderna Cámara de Diputados, a tal grado que discutieron si con solamente 3 sería suficiente para formar quorum. En materia de impuestos, votó por la medida populachera de eliminar impuestos sin prever de dónde se obtendrían los recursos que cubrían los gravámenes abolidos; la Junta, encargada de convocar al Congreso y nada más, le endosó al Congreso (un órgano legislativo) la responsabilidad de decidir acerca de los hospitales que habrían de crearse. Cuando la Iglesia luchaba por zafarse de la autoridad civil, la Regencia dio por buenos los últimos nombramientos hechos por la Corona, pero la Junta se opuso. También se discutió a fondo en la Junta el asunto de la esclavitud, que es una materia definitivamente legal y le correspondía al Congreso. A Iturbide decidieron regalarle un millón de pesos más veinte leguas de superficie (aproximadamente 360 km2) en la provincia de Texas, aunque el país acababa de salir de una guerra extenuante. Y también discutieron si le daban título de Vizconde y Marqués a un cierto personaje con influencias.

El Congreso no fue menos y ocupó su tiempo sabiamente. Contra Iturbide dirigieron buena parte de sus esfuerzos, haciéndole desaires como obligarlo a sentarse en el lado izquierdo del presídium y no en el derecho; llamaban a informar a los ministros, que no tenían mucho que decir, en particular al de Guerra, y juntos hacían cálculos imaginarios sobre el estado de una fuerza militar inexistente. La Marina contaba con cinco embarcaciones (no todas funcionales), Hacienda decía que no había dinero, Relaciones estaba muy productiva intercambiando correspondencia con gobiernos latinoamericanos; tuvieron que cerrar la Academia de Bellas Artes por falta de dinero. Cuando las Cortes rechazaron los Tratados de Córdova, sus enemigos aprovecharon el viaje para criticarlo (con razón) de que quería que México recorriera el camino viejo: división de la sociedad en clases y privilegios de unos cuantos, que a Europa le había representado tantas calamidades. Pero también atendieron asuntos mayores, como analizar si los días de fiesta propuestos por Fagoaga (16 de septiembre, 28 de Agosto por San Agustín, 13 de Junio en Guadalajara), serían suficientes; también nombraron una comisión para que estudiara la mejor forma de honrar a los Héroes de la Patria, incluyendo a Mina y a O’Donojú. Concedieron indultos indiscriminadamente a contrabandistas y delincuentes, socavando el concepto de justicia; no fue sorpresa que los crímenes se multiplicaran, contando los reos con la impunidad, situación que en ciertos niveles actuales todavía existe.

La situación se complicó a partir de febrero de 1822, porque las Cortes Españolas repudiaron el Plan de Iguala y desconocieron la Independencia de México. Se podría pensar que una vez independiente, México podría desentenderse de España y sus opiniones, pero uno de los errores de juicio de Iturbide fue proponer a Fernando VII para el trono mexicano, ya que era de esperarse que España no aceptara la independencia, y en esas condiciones Fernando VII no podría, políticamente hablando, aceptar el trono. El error de Iturbide fue doble: por una parte ingenuo, rayano en lo tonto, al pensar en Fernando VII; por otra parte político, porque no tenía madurando un plan B, qué hacer si Fernando no aceptaba. Para él podría ser una oportunidad de subir al trono, pero mucha gente, inspirada en los ejemplos de Francia y de EEUU, aprovecharía la circunstancia para inclinarse definitivamente por la República. A fin de cuentas, perdió Iturbide y salió perdiendo México,

Se presentó otro problema con respecto a los puestos eclesiásticos. España tenía un privilegio otorgado por el Papa a los Reyes Católicos (en tiempos del descubrimiento de América, 1492) para que ellos hicieran esos nombramientos. Una vez separado México de España, no podía argumentarse que el privilegio lo tendrían ahora las autoridades mexicanas, pero quisieron ejercerlo, el Arzobispo Fonte dijo que él tendría que nombrar esos puestos, y se generó una gran dificultad porque estaba en juego el manejo de recursos cuantiosos administrados por el clero. Por convicción liberal o por codicia de los bienes eclesiásticos, apareció también el anticlericalismo que ha existido en México, que quería entonces suprimir las órdenes monásticas, en especial a los jesuitas. Los frailes, que defendieron a los indígenas de los españoles y no permitieron su extinción (como con los indios de Norteamérica), les crearon condiciones para sobrellevar su destino de ciudadanos de segunda (o de quinta) bajo sus amos europeos; como resultado, los indígenas estuvieron oprimidos durante siglos, se les enseñó a vivir con resignación cristiana sus males en esta vida y no se les preparó para el pleno desarrollo de sus capacidades, sino se les señaló muy claramente su condición inferior con respecto a los europeos. Este tipo de problemas los arrastra todavía México hoy en día, por ejemplo en el estado de Chiapas: extenso, una maravilla de recursos naturales, y un escaparate de la pobreza extrema en que están muchos de sus habitantes indígenas.

Junto con las desigualdades sociales, el otro gran problema de México era (y es) la economía. En 1822 el país estaba devastado por la guerra, y la Junta decretó reducción de la alcabala (una especie de IVA) y de varios otros impuestos, sin analizar un balance de ingresos y gastos del gobierno. El comercio estaba repentinamente abierto a todo el mundo, después de que España bloqueaba inclusive el comercio entre las colonias, pero no existía la experiencia ni las relaciones para aprovechar esta oportunidad. No había dinero y se pidió una suscripción (donación) voluntaria, que fracasó, y el gobierno empezó a tomar dinero de donde podía: obligó a la Iglesia a hacerle préstamos forzosos, con lo que se generó otro problema, porque parte del dinero de la Iglesia era usado para financiar a los mineros, que ahora se quedaron sin crédito y tuvieron que pagar anticipadamente lo que debían, quedándose sin capital para operar.

Ante la falta de dinero, el ejército estaba mal pagado y se generó descontento entre sus filas, con deserciones y baja de moral, lo que fue un caldo de cultivo para que jefes locales se rebelaran contra el gobierno, o más bien dicho, contra el gobernante en turno; así fue como cayó Iturbide.

Uno de los asuntos legales más importantes fue la Soberanía del país. Superficialmente es posible pensar que se resolvió en el momento en que México se vuelve independiente, pero el problema persiste por dos razones: 1) en qué o quién recae la soberanía; este es un asunto de honor; 2) quién ejerce la soberanía, lo que es un asunto de poder. Probablemente Iturbide tenía en mente coronarse cuando redactó el Plan de Iguala y estableció que el trono sería ofrecido a Fernando VII, quien seguramente lo rechazaría; pero este Plan fue un acuerdo en puntos esenciales (como la igualdad de los mexicanos ante la ley) dejando muchos huecos, como la ausencia de Constitución y quién gobernaría mientras conseguían un príncipe que lo aceptara. Cuando el Congreso fue instalado el 22 de febrero de 1824, inmediatamente declaró que en él radicaba la soberanía, con lo que se generó un problema con Iturbide, quien consideraba que la soberanía radica en el soberano, es decir el rey, y con un poco de suerte, en él mismo.

El gobierno estaba difusamente dividido en ejecutivo, legislativo y judicial, pero los cuatro actores principales (congreso, junta, regencia, Iturbide) conspiraban para acaparar la mayor cantidad posible de facultades. El Congreso, declarado soberano, exigió que todos los funcionarios prestaran juramento de obediencia a él, y para simplificar las cosas destituyó a algunos miembros de la regencia que eran iturbidistas, y colocó a gente leal a él. Cuando llegó la noticia de que las Cortes había repudiado los Tratados de Córdoba, hubo alegría en casi toda la población, y los actores principales vieron, cada uno a su manera, una oportunidad: Iturbide y sus amigos, para coronar a Iturbide; el pueblo en general, para verse libre de España, aunque no hubiera una idea clara de lo que se quería hacer con esa libertad; los republicanos vieron allanado el camino a la república. Estas divisiones se polarizaron entre iturbidistas y republicanos, los pleitos en el Congreso se agravaron, Iturbide pidió dinero para el ejército y se lo negaron, y decidió presionar renunciando a todos sus cargos.

3-Iturbide emperador.

En la noche del 18 de mayo de 1822 el sargento Pío Marcha, al mando de los Sargentos de Celaya, se lanzaron a las calles de México para proclamar emperador a Iturbide. En esa época no había figuras públicas de relieve en México, Iturbide contaba con el mérito de haber logrado la independencia, y el pueblo se solidarizó con los soldados que aclamaban a Iturbide. Irrumpieron en el Congreso, les presentaron un hecho consumado, y el Congreso declaró emperador a Iturbide; así ganó una partida momentánea, fruto de una presión popular. Más adelante no estuvo el monarca en condiciones de sostener su poder, cuando se presentaran otros problemas.

Iturbide fue coronado Emperador, y parte de los asuntos importantísimos que despachó el nuevo Imperio fueron la creación de la Corte Imperial: dispensar títulos elevados a toda la familia de Iturbide, nombrar maestro de ceremonias, encargado de cucharas, encargado de cucharitas, encargado de tenedores y encargado de cuchillos en la Corte. En esto se fue tiempo, dinero, adulaciones y el Imperio no consiguió formar la corte deseada, pero sí consiguió irritar a la población por el gasto –calificado como dispendio- que se efectuaba en un país empobrecido; todos los opositores a Iturbide, fueran borbonistas o republicanos, encontraron nuevos motivos para atacarlo. Aunque él mismo no quiso excederse en sus ingresos, el daño económico, y principalmente el daño político, fue muy grande y a la postre, se convirtió en un clavo más para su ataúd.

México era un país enorme, desde Utah hasta Panamá; pero en vez de organizar adecuadamente el territorio y ver la manera de poblar efectivamente el norte (no se necesitaba una guerra con EEUU para darse cuenta que cualquier terreno abandonado es tentación para el vecino), Iturbide creó “órdenes” para distinguir a los mejores mexicanos, honor que quizá merecían pero que era mucho menos importante que poblar Texas, por ejemplo. Estas distinciones contribuyeron al convencimiento de que de las tres proclamas del Plan de Iguala: Religión, Unión, Independencia, la Unión era la que menos preocupaba al gobernante, porque estos privilegios iban a dar a manos de los que ya eran privilegiados.

Las logias masónicas se convirtieron en el lugar adecuado para intrigar, por la secrecía de esas organizaciones, que daban refugio seguro y oportunidad para que los desafectos al régimen se reunieran, opinaran, y planearan la manera de derrocarlo. Al principio estuvieron afiliadas al rito escocés, y más tarde, con la ayuda de Joel R. Poinsett, enviado de los Estados Unidos, se introdujo el rito de York. Las logias agrupaban, liberalmente, a los antiguos insurgentes, a los europeos que querían traer un príncipe de casa real, a republicanos y aspirantes a puestos públicos, a empleados y cualquiera que deseara algo. Se convirtieron en partidos políticos en ciernes, todavía sin una organización clara, pero radicalmente diferentes de un partido, por la secrecía. Por el lado positivo, abrieron las puertas a la discusión sobre los asuntos políticos; por el lado negativo, magnificaron las facilidades para la intriga y la oposición per-se, que ha estado presente en la vida política mexicana desde entonces.

El ejército se convirtió en fuente de problemas, para Iturbide y los que lo siguieron al frente del país. La paga irregular motivó muchas deserciones, pero en contraste había exceso de estados mayores y músicos cobrando en el ejército; soldados removidos del servicio activo y puestos a las órdenes de oficiales, un incremento excesivo en la proporción de oficiales, que esos años llegó a un oficial por cada dos soldados; como se decía en la época de la Revolución, “un ejército de puros generales”. Para contentar a los desafectos, Iturbide propuso subir el rango militar a todas las tropas que estuvieron en el Plan de Iguala, aunque ese hecho no tuvo consecuencias militares, ya que no hubo batallas; no se premió el valor militar sino simplemente el haber desertado a tiempo del ejército realista para unirse a Iturbide. En cambio al ejército de Vicente Guerrero, el que efectivamente había mantenido viva la lucha por la independencia, lo dejaron con la misma graduación.

El Congreso se convirtió en un foco de oposición a Iturbide, acicateado por las logias y por los miembros masones. El Emperador quiso bajar el número de diputados y deshacerse de algunos enemigos, pero no lo consiguió. Como necesitaba dinero para su gobierno, tomó el Fondo de Perote y Xalapa ($1’297,000) y el Congreso se lo echó en cara, y la lista de los enemigos era casi tan amplia como la sociedad: partidarios del Plan de Iguala, republicanos, los que querían traer a un príncipe europeo, y los que querían un monarca mexicano, pero que no fuera Iturbide. El poder real del Emperador era tan endeble que el brigadier Felipe de la Garza, jefe militar de Nuevo Santander (Tamaulipas) se presentó al congreso y dijo que una vez roto el tratado de Córdoba, procedía crear una república, ofreciendo el apoyo militar de 2000 elementos de caballería; conspiraba abiertamente contra el gobierno establecido, pero lo dejaron regresar a su base. Iturbide expulsó al ministro de Colombia (Miguel Santa María) que estaba intrigando en México por la república, el Congreso se indignó, Iturbide les contesta que dónde estaba la Constitución que tenían que hacer, le contestan que “están en eso” pero que por mientras no hay problema ya que vale la de Cádiz, Iturbide se enoja y el 26 de agosto de 1822 encierra a varios diputados en Santo Domingo. Se armó un revuelo por el ataque a los representantes, la violación de su integridad, etc., y la situación se puso candente. En la discusión, Gómez Farías propuso disolver el Congreso, pero el diputado Mangino habló y dijo que lo más prudente era esperar el curso de los acontecimientos, y se votó esta propuesta[1]. De la Garza protesta y  se levanta en armas; nadie lo secunda, él se apacigua y las cosas siguen como estaban. Iturbide decidió encarar la situación abiertamente, habló al Congreso y les dijo que estaban llenos de conspiradores que lo atacaban en todo lo que hacía, y que en ocho meses de trabajo, no había ni rastros de Constitución, lo que era su trabajo primordial. Disolvió el Congreso el 31 de Octubre, y nombró una Junta Constituyente el 13 de Noviembre para que redactara, ahora sí, la Constitución.

En Veracruz estaba Santa Anna al frente de las tropas, había tratado de apoderarse de San Juan de Ulúa, el último bastión español, e Iturbide decidió destituirlo. Viajó a Xalapa, en el camino se le perdió el equipaje, el alcalde Don Bernabé Elías lo recibió con todos honores pero no resolvió nada del equipaje; Iturbide se enoja y manda que le coloquen al alcalde el aparejo de una mula, que lo carguen de mercancías y así lo hagan desfilar por el pueblo; de esta manera pierde Iturbide un partidario más y se gana la enemistad de Xalapa, puesto que el alcalde era apreciado. Separa a Santa Anna del mando militar y le ordena que se vaya a México, pero ignorante Iturbide de lo que es el alma humana, deja al criterio de Santa Anna cumplir la orden o regresar a Veracruz para seguir intrigando, lo que hace a lo grande: se levanta en armas proclamando la República, el 2 de diciembre de 1822. El jefe español de San Juan de Ulúa, Lemaur, lo dejó hacer lo que quiso porque estaban en comunicación y Santa Anna le había informado que iba contra Iturbide, enemigo de España. El gobierno manda a otro militar, Echávarri, a oponerse a Santa Anna, pero ambos pactan y el movimiento contra Iturbide crece. El 13 de enero de 1823 Vicente Guerrero y Nicolás Bravo se levantan en armas, en febrero la plaza de Puebla se une a los rebeldes y el 23 de marzo de 1823 se declara inexistente el poder de Iturbide. El Imperio Mexicano había durado diez meses.

4-Opinión.

La situación en esos primeros tiempos de independencia sirvió para que afloraran las peores características de un pueblo:

  • Ausencia de diálogo.
  • Negociaciones “en lo oscurito”.
  • Todo mundo preocupado por el poder y la propia dignidad; muy pocos preocupados por lo que se tenía que hacer.
  • Ejército con exceso de oficiales.
  • Oficiales con ejército de soldados-sirvientes.
  • Habilidad para rechazar lo que fuera.
  • Formación de grupos que luchan por privilegios.
  • Los problemas importantes, sin planteamiento y sin solución: campo, alimentación, minería, vivienda, caminos, finanzas públicas, ejército.

Iturbide, por su parte, demostró una carencia total de habilidad política, su talento se agotó al identificar que la Independencia se podía consumar juntando a realistas con insurgentes. Su defensa a ultranza del catolicismo es una de las muchas críticas que se le hacen, pero sufren de la falta de perspectiva histórica. La inmensa mayoría del pueblo era católica y muy pocos hubieran visto con buenos ojos un Estado más liberal; por otro lado, la Iglesia era una fuerza política importante, y hubiera tenido enormes problemas con ella si se atreviera a plantear un estado laico; yo creo que México no estaba maduro en ese momento para aceptar libertad de cultos, aunque creo que cada individuo tiene libertad de elegir su religión. Convertir a México en una monarquía fue una decisión discutible, porque abría la puerta a una lucha de poder entre el congreso y el monarca, para empezar por la cuestión de la soberanía. Es posible que hablar de república desde el Plan de Iguala hubiera sido mejor, pero no hubiera evitado las luchas por el poder que sangraron al país durante muchos años. Definitivamente, el proclamarse “emperador” fue una soberana tontería, ya que eligió un título todavía mayor al de “rey” en un país que estaba empobrecido y lleno de problemas. Con respecto a sus antiguos camaradas de armas, los puso en el aprieto de tener que dirigirse a él conforme a ese título, lo que resultaba humillante para alguien que hubiera luchado en las mismas batallas; mexicanos al fin y al cabo, canalizaron su molestia burlándose del título y haciendo mofa a sus espaldas. La relación con el Congreso fue pésima y le faltó astucia para darse cuenta de que muchos lo atacaban por motivos personales y no por convicciones profundas, no identificó que lo mismo que lo traicionaban a él podrían traicionarse entre ellos mismo, no fue inteligente para ponerlos a pelear entre sí, no se hizo de una base de soporte con adeptos y las dos medidas que tomó con respecto a los representantes fueron extremas: primero les impuso su nombramiento como emperador, y finalmente disolvió el congreso.

El mayor problema de México, en mi opinión, fue la falta de unión: la discrepancia tan grande entre riquezas, poder y educación entre las clases acomodadas y el pueblo llano. Una vez liberados del poder real que ejercía España, las fuerzas en México quedaron a su libre albedrío y aprovecharon para protestar y para destruir, no para construir. No había manera de crear una meta que fuera común a la mayoría de los mexicanos, se formaron alianzas efímeras que luchaban contra otras alianzas, el país descuidó su economía y su supervivencia, ya no digamos su crecimiento, y de esta manera preparó el terreno para que algunas provincias se separaran voluntariamente (como Centroamérica) y otras fueran víctimas de la depredación, como Texas.

La herencia colonial dejó muy mal parado al país, una vez que se hizo independiente.

[1] “El Congreso está en el caso de guardar silencio por ahora en este negocio, esperando que el tiempo aclare los sucesos que no pueden quedar sepultados en el olvido, hasta que el curso mismo de ellos indique en las diferentes circunstancias cuál es el camino que debe seguir el Congreso”.


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