Islam 3: Cisma

1-Primeros problemas

La historia de los primeros cincuenta años del Islam nos muestra lo cambiante que puede ser la fortuna, tanto para los individuos, como para los grupos y para las religiones. La envidia o la misericordia nos hacen llamar Fortuna a las altas y bajas en estas historias, pero en algunas ocasiones es posible rastrear las causas de una, y repartir las culpas en el fracaso. Este artículo es una explicación –parcial, naturalmente- de los motivos que permitieron el enorme crecimiento inicial, y las causas que generaron la primera gran división entre las fuerzas del Islam.

Esta historia empieza en el año 0, el año de la Héjira: cuando Mahoma abandonó La Meca junto con sus seguidores y se fue a Medina, a actuar como jefe; medido en el calendario cristiano, fue el año 622. En La Meca lo habían perseguido los grupos de poder que vivían del negocio que les representaba el peregrinaje continuo a la Kaaba, una piedra negra que era símbolo religioso y lugar de encuentro de muchas tribus que habitaban Arabia; cuando Mahoma proclamó que Allah era el único dios y proscribió las demás religiones como idolatría, los Umeyas y otras familias ricas de La Meca vieron amenazados sus intereses, atacaron a Mahoma y a sus conversos, y lo forzaron a huir.

El Islam creció enormemente en los diez años siguientes, hasta la muerte de Mahoma. En este breve tiempo se adjudicó la propiedad de la mitad sudoccidental de Arabia, casi un millón de km2. Aunque no es lo mismo conquistar desierto que tierras fértiles, de cualquier manera fue un avance enorme, logrado gracias a la personalidad magnética del Profeta y a la palabra de Dios que él predicaba: una religión en la que bastaba emitir un juramento para ingresar, con cinco mandamientos sencillos, con la promesa del botín de las conquistas o el cielo (donde habría setenta y dos vírgenes a la disposición del guerrero caído) fueron los alicientes que convencieron a muchas tribus a unirse bajo Mahoma. Algunos años después, cuando se enfrentaron al ejército de uno de los imperios del mundo, los Sasánidas, los árabes salieron victoriosos; enfrentaron al enemigo con la convicción de ganar, cualquiera que fuera el resultado: nosotros damos con alegría la vida que ustedes cuidan con aprensión, porque a la muerte nos espera el Paraíso, y a la victoria, el botín. Esta frase, que ha pasado a la historia ligada a varias batallas, es la mejor explicación que yo encuentro para el crecimiento inicial del Islam.

Con la muerte del Profeta el año 632, el Islam enfrentó su primera crisis. ¿Quién dirigiría el Islam? ¿Alguien que hiciera más conquistas o alguien que reforzara sus enseñanzas? ¿Cómo decidir quién sucedería a Mahoma? Por esta vez, el Islam se mantuvo unido; el yerno del Profeta Alí había sido designado para quedar en su lugar (clamaban sus seguidores), pero un grupo importante apoyó a Abu Bakr, suegro del profeta, y Alí aceptó esta decisión. La historia oficial pretende que fue elegido por aclamación; esto no era posible ya que los musulmanes se encontraban dispersos en un área grande, y no todos vivían en Medina, la ciudad donde murió el Profeta y donde se dio la batalla por la sucesión; los seguidores de Alí impugnaron la designación, Alí los controló y se sometieron. Se mantuvo la unidad del Islam y Abu Bakr tomó el título de Califa, es decir representante, delegado, comisionado. El título completo completa el sentido: Califa rasul Allah (representante del mensajero de Dios), que ponía a Mahoma, el mensajero de Dios, en una posición intermedia entre el hombre común y Allah.

El territorio del Islam y sus miembros había crecido mucho a la muerte de Mahoma y ante la falta de una provisión clara para sucederlo, se presentaron problemas; a medida que pasaba el tiempo y aumentaban las conversiones se hizo más difícil mantenerla unida, sobre todo en tiempos de crisis, cuando moría la cabeza y había que designar sucesor. Detrás de los argumentos éticos, teológicos e históricos particulares a este grupo humano, estuvieron en ellos presentes también los mismos motivos que ha habido en todas partes cuando se trata de dirigir a una comunidad: ambición de poder y de dinero.

En el caso del califato, las circunstancias en torno a la designación de los califas son tan complejos como los de la democracia: quiénes tienen derecho a opinar, quiénes son los que deciden, cómo es el proceso de elección, cómo se valida, y después, las medidas para imponer por la fuerza o por el convencimiento el nuevo poder en toda la comunidad. Esto sucedió al principio, recién muerto el Profeta y por unos pocos años nada más. Después sucedió lo que en los demás grupos humanos: ciertos individuos y grupos con influencia vieron la conveniencia de hacerse del poder, y lucharon por él como se ha hecho en todas partes; el poder es codiciado porque es poder, no porque represente la razón o algún ideal.

En el Islam hubo desde el principio la semilla de la discordia porque un grupo sostenía que Mahoma había designado a Alí como su sucesor: un nombre honorable y respetado por la comunidad, querido por todos y con un grupo de seguidores creía que la designación del Profeta era suficiente para elegir a Alí. Con el tiempo se fueron diferenciando dos grupos: los que se iban acomodando a las circunstancias nuevas, y los puristas, entre ellos los simpatizantes de Alí, cuya veneración por el Profeta la ponían por encima de las aclamaciones que se dieron para elegir algunos califas, o inclusive, ponían en tela de juicio la existencia o la legitimidad de esas aclamaciones, puesto que en materia de decisiones de grupo no hay manera de dar gusto a todos.

2-Abu Bakr, primer califa

Uno de los problemas que enfrentó Abu Bakr fueron los intentos de separación de algunas tribus dentro del Islam. Ciertos grupos que no quedaron conformes con él quisieron independizarse y formar por su cuenta una rama del Islam. Abu Bakr equiparó ese intento independencia a una separación del Islam (aunque los otros podían haber dicho lo mismo), y equiparó esto último a la apostasía, castigable con la muerte. El Profeta había dicho que “no debe haber coacción en religión”, lo que significaba que el individuo estaba en libertad de abrazar el Islam o no. Sin embargo una vez dentro, no había legislación para el caso de quien quisiera salirse. Abu Bakr dijo que el Profeta estaba bien en lo que dijo, pero que una vez abrazada la fe no había vuelta atrás: el que quisiera salirse sería considerado apóstata y castigado con la muerte. Por lo tanto, la rebeldía de las tribus que no querían aceptar su autoridad fue equiparada a apostasía, y por lo tanto, el Islam estaba autorizado a emprender una guerra santa contra ese grupo. No es cuestión de ver quién tenía la razón, sino quién ganó: la  historia la escriben los vencedores. Triufó Abu Bakr; su grupo fue equiparado al verdadero Islam y los apóstatas muertos, exiliados o convencidos por la fuerza. En la historia del Islam se conocen como Guerras de Apostasía las que libró Abu Bakr para someter a las tribus separatistas. Este nombre es una manera de elevar a deber religioso lo que en el fondo era una cuestión de poder.

Abu Bakr ya era viejo cuando accedió al califato y gobernó solamente dos años. Sin embargo, a su muerte el Islam había crecido 100% en superficie, y ahora abarcaba toda la península arábiga. Vivió modestamente y dedicó su califato a extender dar al-Islam, el reino del Islam. Consciente de los problemas que hubo cuando él subió al poder, previó que a su muerte se haría cargo del califato Omar, uno de los que habían sido compañeros del Profeta.

3-Omar, segundo califa

Omar era un tipo grande, fuerte e imponente. De joven fue parrandero pero una vez convertido al Islam canalizó su energía interna y su carácter colérico a servir a la causa. Sus servicios iniciales fueron básicamente los de un guerrero, una espada para proteger a Mahoma. Ante la voluntad de Abu Bakr, por segunda ocasión Alí se vio rebasado pero aceptó la designación de Omar Bakr y volvió a tranquilizar a sus seguidores; pudieron tener una elección del segundo Califa en forma pacífica y Omar tuvo manos libres para extender las conquistas sin problemas internos.

El nuevo califa era hombre que vivió modestamente, y hay multitud de leyendas acerca de su personalidad. Un día viajaban él y su ayudante a otra ciudad, y nada más disponían de un animal para el transporte, así que se alternaban ir sentados en él y caminar por su propio pie. Cuando llegaron a su destino Omar iba caminando, y los que lo recibieron se dirigieron al que iba sentado, aclamándolo como Califa, hasta que los sacó de su error el ayudante; Omar no había protestado.

Pero hacia el exterior, prosiguió una política agresiva de conquistas, y durante el segundo califato se extendieron a Asia menor, y conquistaron el Imperio Sasánida, lo que hoy es Irán e Irak. En términos religiosos, cuando las cosas suceden mal los creyentes pueden pensar que Dios los está castigando por sus pecados, o que Dios los está probando, o que Dios los ha olvidado; cuando las cosas suceden bien, hay unanimidad en pensar que Dios está con nosotros. Durante el tiempo de Omar se dio una interesante racionalización de este pensamiento: por principio de cuentas el mundo estaba dividido endar-al-Islam y dar-al-Harb (reino de la paz, reino de la guerra); de esta premisa se concluye que cualquier acción que extendiera dar-al-Islam era una acción a favor de la paz; por lo tanto, hacer la guerra a dar-al-Harb era en realidad luchar por la paz; tenemos para finalizar esta una curiosa equivalencia que encontraron los musulmanes entre hacer la guerra y hacer la paz.

Con otras palabras y variando los argumentos, encontramos pensamientos parecidos en diferentes religiones y culturas. Por ejemplo, los Cruzados iban a hacer la guerra a Tierra Santa para rescatarla de los musulmanes. Los españoles vinieron a América para traer la verdad del Cristianismo. La URSS se apoderó de Europa Oriental para extender la revolución socialista, y los norteamericanos van a guerrear a Irán e Irak para llevar la democracia a esos países oprimidos.

Fue en tiempos de Omar que las guerras contra dar-al-Harb se empezaron a popularizar como yihad, guerra santa. El Corán lo menciona, pero su interpretación puede ser ambigua y puede significar también “lucha para mejorar el Islam”, un concepto mucho más amplio que incluye luchas contra las malas inclinaciones personales, el mejoramiento de la comunidad islámica, y también la guerra contra países no islámicos. Hay una serie de TV (altamente recomendada) llamada Sleeper Cell. Trata de terrorismo islámico en EEUU, pero presentando en una forma más realista las diversas maneras de pensar y de interpretar el Islam que existen dentro de la comunidad de los creyentes. Uno de los personajes, un estudioso de Yemen muy conocido, dice que layihad más elevada es la lucha interna por el mejoramiento del espíritu; los personajes principales de la serie, los que traman atentados en suelo norteamericano, piensan de otra manera y asesinan al estudioso para callarlo.

La anécdota que mencioné al principio, los guerreros del Islam que lo mismo ganarían con la muerte que con la victoria en la guerra, la conocí referida a la batalla de Qadisiya, el año 637, en que los árabes destruyeron al ejército superior de los Sasánidas. Es un poco más elaborada: los árabes dicen a los persas que se sometan y se conviertan al Islam, y de ahí en adelante serán como hermanos; si no quieren convertirse, que se sometan pagando tributo y los dejarán conservar su religión. Los persas contestan enviándoles un costal lleno de tierra y excremento, diciendo “ahí está nuestro tributo”. Los árabes voltean el argumento y contestan “¿nos regalan la tierra? ¡Con gusto la aceptamos!”. El significado de la palabra tierra en tiempos de guerra se identifica casi siempre con lo más valioso que está en juego, la posesión territorial. A veces se maneja en forma irónica, como en el episodio citado por Borges enEl pudor de la Historia, donde los ingleses le ofrecen al invasor noruego Harald Hardrada “siete pies de tierra y un poco más, puesto que es muy grande de estatura”.

La guerra santa, en el sentido literal de guerra, se convirtió en una forma de vida para los primeros tiempos del Islam. Se vio alimentada por los enormes éxitos territoriales, y la promesa del botín o del paraíso con 72 vírgenes esperando al guerrero. Esta actitud, junto con la poligamia y las leyes severas para restringir el ámbito de la mujer a la casa, crearon una cultura de los hombres y para los hombres en donde la mujer ha sido relegada, y que en algunos países actuales está todavía vigente. En otro lugar ya dije que poner a la mitad de la población subordinada a la otra mitad, sin consideración de otros méritos que el género, es rebajar esa mitad y desaprovechar sus talentos. Los hombres se fueron embriagando de éxito tras éxito a medida que el Islam crecía, puesto que todo lo que podían ver es que la fuerza de su grupo podía más que sus enemigos. Los dirigentes islámicos siguieron la política de la época, de convertir la guerra en botín para el victorioso, con reglas explícitas y favorables para los soldados que habían sido puestas desde los tiempos del Profeta. Ante el éxito evidente, los musulmanes no vieron necesidad de cambiar las reglas que les estaban funcionando tan bien; a fin de cuentas, las mujeres no participan en el frente de batalla más que en raras ocasiones.

Las conquistas se extendieron mucho porque trataron en muchos casos con pobladores que ya eran dependientes de otros amos, sin pertenecer a la élite gobernante. Por ejemplo los pobladores de Jerusalén eran parte del Imperio Bizantino y tenían que pagar tributo a Constantinopla. Llegan los árabes, los conquistan y les cambian de tributo, pero los dejan seguir llevando su vida; su vida cambió de amo, pero no de realidad cotidiana. Además, los musulmanes impusieron la práctica de que el tributo para los que profesaban otro culto era más elevado que el impuesto a los musulmanes, y esto añadió un incentivo para la conversión al Islam. La gente del pueblo, que ni ahora ni entonces entendía gran cosa de sutilezas de dogma y de religión, encontró más cómodo hacer el juramento de ingreso al nuevo culto, renegar del cristianismo y pagar menos tributo. Esta fue una de las razones del avance del Islam en el norte de África, en este caso “avance” en el sentido de conversión, no de conquista.

Omar vivía austeramente, y dentro de los cánones del Islam, fue un hombre justo. Por ejemplo, se preocupó por la condición de los esclavos, tratando de mejorarla; pero irónicamente, murió a manos de un esclavo enojado, que lo acuchilló.

4-Otmán, tercer califa.

También Omar tomó precauciones para su sucesión. Nombró a una sura, un comité de seis miembros que decidiría la sucesión. Estos eligieron dos candidatos: Alí y un musulmán rico, miembro de la familia Umeya, de nombre Otmán. Les preguntaron a los dos su aceptarían la guía del Corán, si aceptarían la Sunna (el ejemplo de la vida del Profeta), y si seguirían el ejemplo de los dos anteriores califas. Alí dijo que sí a las dos primeras, pero con respecto a los califas anteriores dijo que seguiría su propia conciencia. Otmán les dijo lo que querían oír, sí a todo, y fue designado el tercer califa.

Tenía 68 años cuando accedió al califato en 642, y gobernó hasta el 656. Su familia era riquísima (de generaciones) en La Meca y al principio se opuso a Otmán cuando se convirtió al Islam. Sobre su conversión hay una historia que, mutatis mutandis, la hemos oído en otras religiones: estaba descansando, escuchó la voz de Dios que le señalaba al Profeta, y decidió seguirla. En el caso de Omar, antes de su conversión iba a matar a Mahoma, pero tuvo un sueño y gracias a él se convirtió; esta última historia se parece a la de San Pablo en el camino a Damasco. Otmán siguió siendo rico al convertirse y utilizó sus recursos para financiar a la causa, y esta fue una de las razones de la aceptación de que gozaba. Era un hombre inteligente para los negocios, su capital creció y cuando llegó al poder tuvo muchas oportunidades para hacer dinero desde su posición.

Otmán emprendió una obra de importancia capital en la historia del Islam: llamó a los recitadores y a los estudiosos, analizaron los dichos atribuidos al Profeta, compararon versiones, depuraron lo que no estaba suficientemente sustentado, y establecieron la versión definitiva del Corán, el libro que contiene las enseñanzas oficiales que dejó Mahoma, las que en el Islam se consideran dadas a Mahoma por el mismo Dios, a través del arcángel Gabriel. Omar y sus eruditos compilaron una versión, declararon que era la oficial, y eliminaron las otras. Con este paso dejó establecido, de una vez para siempre, el corazón de lo que el musulmán puede y debe creer con respecto a las enseñanzas directas del Profeta. Es un paso semejante al realizado en la Iglesia en tiempos de San Jerónimo, quien estableció la versión oficial de los Evangelios hacia el año 300.

Las finanzas y la administración del Islam se organizaron de acuerdo a las extensiones que habían alcanzado: desde Egipto hasta Persia. Se le juntaron al califa, como moscas sobre la miel, una legión de amigos que también hicieron negocios al amparo de su amistad. La historia oficial dice que él no necesitaba robar, pero que dejó que sus amigos y socios  hicieran lo que quisieran. Era la época de expansión veloz del Islam, y continuamente se añadían conquistas, los pueblos sometidos empezaban a pagar tributo a Medina, y un río de recursos estuvo llegando continuamente hacia el centro. El Islam se parecía cada vez más a un imperio y cada vez menos a una organización religiosa. Naturalmente los musulmanes veían en el éxito la mano de Dios, pero actuaban como habían actuado antes todos los demás conquistadores.

Las provincias estaban muy lejos y se prestaban a cometer toda clase de abusos por parte de los administradores. Salieron horneadas de nuevos ricos haciendo negocios al amparo del gobierno. Principalmente su propia familia, los Umeyas, que antes de Mahoma habían hecho negocios con las peregrinaciones idólatras a La Meca para visitar la Kaaba, otearon los vientos del cambio y se alinearon oportunamente, y siguieron haciendo negocios con los musulmanes que llegaban a visitar la misma Kaaba.

Esta abundancia y el flujo de recursos se aprovechó para construir mezquitas, calles, edificios, palacios, canales, puentes, etc., por todo el territorio conquistado. En este momento de la historia, las versiones oficiales empiezan a tener dificultades para justificar como hombre recto a alguien que vivía en el mejor de los palacios y estaba rodeado de ladrones. Hallamos la paradoja de llamar “austero” a Otmán porque oraba, hacía ayuno y respetaba las fiestas, pero vivía en el más lujoso de los palacios.

Sin necesidad de juzgar la personalidad de Otmán, también en la historia del Islam podemos ver que el dinero no se lleva muy bien con los preceptos morales y con la convivencia armoniosa de la sociedad. El califa tenía un primo favorito llamado Muawiya, al que hizo gobernador de Damasco y le dio a administrar todos los terrenos desde el Eufrates hasta Egipto. Muawiya había sido enemigo del Islam, pero al momento de su conversión, todavía en tiempos de Mahoma, fue recibido haciendo borrón y cuenta nueva con respecto a su pasado. Era una persona hábil y el Profeta aprovechó su capacidad, haciéndole encargos importantes, pero manteniéndolo cerca (como si Mahoma conociera El Arte de la Guerra: “mantén cerca a tus amigos, y todavía más a tus enemigos”); Otmán no conocía tan bien a los hombres como el Profeta y le soltó la rienda al mandarlo hasta Damasco; la ambición desbordó a Muawiya y empezó a formar un ejército leal a él.

Tenían otro pariente como administrador en Egipto, y  la gente estaba descontenta con él por sus abusos. Viajó a Medina una delegación para quejarse con Otmán, fueron recibidos y los despacharon de regreso con la promesa de que el califa se encargaría de hablar con el administrador para que corrigiera sus actos. En el camino de vuelta se le juntó a la delegación otro viajero, al que le encontraron una carta dirigida al gobernador de Egipto con instrucciones de aprehender a la delegación y ejecutarlos; la carta aparecía firmada por Otmán. Naturalmente, regresaron a Medina enardecidos, y reclamaron al califa su proceder. Les contestó que él no había firmado esa carta, y entonces le pidieron que rodaran las cabezas de los responsables, el califa no quiso hacerles caso, la turba se enojó más y creció con todos los que no habían hecho negocios a la sombra del gobierno, es decir la mayoría. Los hechos en detalle serán imposibles de reconstruir; las versiones coinciden en que Otmán se retiró a su palacio a orar, la turba fue tras él, violó la seguridad en torno al califa, y lo mató. Saquearon el palacio, se desbordaron por toda la ciudad atacando, robando, incendiando. Con lugares diferentes y otros nombres de actores, es la historia de las muchas rebeldías que han estallado en la historia cuando un grupo reducido se ha aprovechado de su posición para vivir como reyes, manteniendo al grueso de la población en la miseria.

5-Alí, el hombre de Dios

En estas circunstancias fue que se acordaron de Alí: en medio de esa rebelión abierta, él era el único que tenía honorabilidad frente a todo el mundo, el único que podría rescatarlos. Le ofrecieron el califato en la peor de las condiciones posibles; aceptó porque entendió el riesgo de lo que pasaría con el Islam si se mantenía a un lado. Alí fue el cuarto califa, de 656 hasta 661. Todos los conocían y no fue sorpresa lo que dijo al iniciar: repudiaba el estado al que había llegado la Umma (la comunidad del Islam), había habido demasiados excesos y pondría mano dura para corregirlos. El pueblo llano miró con gusto que llegara un hombre justo al poder, pero los Umeyas y los que se habían enriquecido a la sombra de Otmán siguieron intrigando, esperando la oportunidad para atacar; Alí fue una esperanza para los musulmanes auténticos, pero para los que habían disfrutado el poder fue simplemente quien les hizo el trabajo difícil.

Muawiya y sus amigos confabularon inteligentemente contra Alí: le exigieron castigar a los asesinos de Otmán, lo que era imposible porque había muerto a manos de una turba numerosa, participando gentes de Medina  y de Egipto. Esto significaba que los que eran en el fondo causantes de esos disturbios se pusieron la camiseta de los desposeídos, exigiendo que se hiciera justicia en nombre de ellos. Alí se enfrentó a una situación imposible: hacer justicia según las reglas sería castigar a personas del pueblo que habían sido víctimas de la injusticia por parte de los Umeyas; no hacer justicia significaría que los Umeyas tendrían una bandera para atacarlo.

Alí decidió que no podía hacer justicia con respecto al único acto del asesinato de Utmán, porque no sería justicia. A cambio de eso empezó a hacer limpieza en el gobierno, corriendo funcionarios corruptos o ineficientes, sustituyéndolos por personas que creyó leales a él. El resultado fue que terminó de echarse encima a todos los ricos y poderosos, los Umeyas y todos los que habían hecho negocios en el período de Otmán.

Uno de los que se rebelaron abiertamente contra Alí fue Ayesha, la esposa más joven de Mahoma. Proclamó una yihad contra Alí, éste proclamó una yihad contra Ayesha, y el peor sueño para el Islam, peleando guerras santas entre sí, se hizo realidad; los ejércitos se apostaron uno frente al otro, enviaron mensajeros y llegaron a un acuerdo de principio, pero al final se enfrentaron en una batalla que fue provocada por la gente de Muawiya. Ganó Alí, y al terminar, hablando con Ayesha, se dieron cuenta que ambos fueron peones en la guerra que estaban librando los Umeyas, porque consiguieron que dos personas convencidas de las enseñanzas del Profeta se enfrentaran, se debilitaran, y pusieran ante la comunidad el ejemplo de una guerra entre musulmanes. A la larga, perdieron Alí y Ayesha y también perdió el Islam, si lo quiere usted considerar de acuerdo a las normas de convivencia que les marcó el Profeta.

Alí abandonó Medina como capital, y se fue a vivir a Kufa, una ciudad más al norte, cerca del río Tigris. En este momento Muawiya consideró que ya era tiempo de jugar con cartas abiertas, y se declaró en rebeldía contra Alí. Se enfrentaron las fuerzas en la batalla de Siffrin, que fue una matanza para ambas partes, durando varios meses y que no se decidía a favor de ninguno. Alguien propuso que para evitar más muertes de musulmanes, se decidiera al modo antiguo: los jefes lucharían entre ellos y todos se comprometían a respetar el resultado. Alí tenía 58 años pero era aún fuerte, aceptó. Muawiya estaba echado físicamente a perder por una vida de molicie y placeres, rehusó. Se reanudaron las hostilidades, y la gente de Muawiya utilizó el truco más ruin que se pueda imaginar: clavaron hojas del Corán en la punta de sus lanzas, y en esas condiciones, los de Alí se negaron a atacar. Siguieron negociaciones forzadas en las que se decidió que habría en adelante dos califatos, uno bajo Alí y otro bajo Muawiya.

6-Cisma

Los de Damasco consiguieron lo que querían: tenían la inteligencia práctica para reconocer que el Islam había crecido demasiado para mantenerse unido (a menos que fuera una comunidad de santos). Alí, el partisano de Dios, el que se empeñó hasta el final por conservar la unidad del Islam, terminó por enemistarse con sus seguidores más fieles, los Shiítas, y de esta manera Alí terminó por tener de enemigos en ambos extremos del Islam: los que perseguían las riquezas y los que buscaban a Dios. Los Shiitas no pudieron aceptar que Alí, al que habían elevado a la categoría de santo en vida, el que representaba el mensaje de Mahoma para todo el Islam, se hubiera rebajado a negociar con los Umeyas, despreciables amantes del poder y de las riquezas, y hubiera terminado por aceptar la división del Islam. Dentro de los Shiitas, el grupo más radical y más purista, los Karajitas, se separaron oficialmente, y uno de sus miembros asesinó a Alí.

El Islam se dividió a partir de entonces en tres grupos: Sunnitas, Shiitas, Karajitas. El más numeroso es el de los Sunnitas, el más radical el de los Karajitas.

La tragedia de Alí es la tragedia de los primeros tiempos del Islam: cuando les convenía que alguien verdaderamente recto los gobernara, prefirieron el crecimiento, las conquistas y los negocios; cuando la situación interna se volvió contra ellos por los abusos de los amigos de Otmán, recurrieron a Alí, pero le entregaron un Islam dividido internamente y que en las esferas del poder (como ha pasado en toda la historia de todos los puebls) estaba corrompida por los abusos; en estas condiciones, el Islam llevaba adentro el germen del cisma. Un reconocimiento indirecto de la medida de esta catástrofe para el Islam es que a los primeros cuatro califas se les llama los guiados por la Justicia. De ahí en adelante fueron complemente califas, aunque más de alguno intentó modificar su título a Califa Allah (representante de Allah) porque pensó que ya no necesitaba al Profeta en su nombramiento.

El Islam siguió así el mismo camino que han tomado todos los grupos con motivaciones religiosas o sociales que llegan al poder: durante los primeros tiempos mantienen una línea estricta, se apegan a los ideales. A medida que se estabilizan las condiciones sociales, acceden al gobierno personas que son extrañas a los principios del comienzo, que simple y llanamente aprovechan el poder en su propio beneficio.

Desde esta perspectiva, no es cuestión de religión ni de ideología la razón de los problemas de convivencia que la Humanidad ha mostrado a lo largo de toda su historia. Es algo que irremediablemente brota en el hombre, mostrando que debajo de la inteligencia y de los sentimientos nobles y todos los llamados a la justicia, se sigue encontrando un animal.

Si usted es cristiano y quiere anatematizar al Islam, considere antes que en mundo occidental tenemos no uno sino tres cismas religiosos: el primero separó a la Iglesia de Occidente (Roma) de la de Oriente (Constantinopla), el segundo fue el cisma de Avignon, y el tercero fue la Reforma Protestante. El de Avignon duró poco tiempo y se resolvió, pero los otros dos cismas, hasta el momento, son divisiones irreconciliables en la comunidad cristiana.

 

Nota: para escribir este artículo consulté principalmente Destiny Disrupted, de Tamim Ansary (Public Affairs, NY, 2009), y The Oxford Encyclopedia of the modern Islamic world (Oxford University Press, 1995).