Bismarck y la unificación alemana

(este es el tercero de una serie de artículos sobre grandes diplomáticos)

1-El Despacho Ems.

Entre otras cosas, sabía varios idiomas y podía adivinar el futuro calculando el efecto en el público francés de una noticia que él iba a filtrar a la prensa alemana, después de ser traducido al francés. Era 1870 y le interesaba una guerra con Francia, no porque tuviera un pleito con Francia ni con Napoleón III, ni porque quisiera conquistas territoriales; le interesaba porque veía en esa guerra una manera de unificar a los alemanes en torno a su rey, Guillermo I Hohenzollern, que no era rey de Alemania sino de Prusia. Alemania todavía no existía, iba a ser la creación de Bismarck. Alemania era el territorio poblado por personas que hablaban alemán, pero estaba todavía dividido, gracias a los buenos oficios franceses de Richelieu, en decenas de principados, ducados y reinos como Baviera, Schleswig-Holstein, Hannover y el país donde Bismarck era canciller: Prusia, el más alejado de todos, allá por el Oriente en la frontera con Rusia; los alemanes, guiados, inspirados, presionados y forzados por Bismarck a correr en una dirección, se convertirían en Alemania.

El rey ya era viejo y había ido a tomar unos baños a Ems; ahí se le acercó el embajador francés Vincent Benedetti a solicitar de una manera inadecuada que el rey, como cabeza de la familia Hohenzollern, no aceptaría en lo futuro que ningún miembro de ella pretendiera el trono de España. Resultaba que en España todavía no habían podido tener un gobierno estable desde principios del siglo, y las Cortes Españolas decidieron ofrecer la Corona a Leopoldo, hijo de Guillermo I. Esta decisión puso en aprietos a todo el mundo: Leopoldo tenía más interés en Prusia que en España, su padre no quería separar a una rama de su familia y enterrarla para siempre en España, los franceses empezaron a sentir claustrofobia (rodeados por gobernantes Hohenzollern), y entre los españoles había mucha división con respecto a esta medida. Además, los mismos Hohenzollern tenían la certeza de que esa posible extensión de los dominios de la familia hasta España haría que los demás países de Europa pensaran que los prusianos estaban adquiriendo demasiado poder. Es decir, todos estaban molestos excepto Bismarck, que esperaba los acontecimientos para aprovecharlos en sus proyectos. Su análisis era éste: en caso de que Leopoldo aceptara, entonces los franceses se sentirían amenazados por los alemanes. Si Francia se oponía al nombramiento quedaba mal con Europa, porque estaría metiendo las narices en los asuntos internos de España, que le había ofrecido libremente la corona a Leopoldo. Si aceptaban el nombramiento, tendrían que distraer una parte del ejército en los Pirineos para cuidarse de los Hohenzollern de España, y quedarían debilitados en el Rin, la frontera con los alemanes. Y si Leopoldo no aceptaba, los franceses se enojarían cuando se enteraran y empezarían a decir –otra vez- que Carlomagno había sido más francés que alemán. De cualquier manera, Bismarck salía ganando y nada más tenía que esperar a que los franceses cometieran un error. En política siempre suceden los errores y en las manos de los grandes políticos, casi cualquier incidente puede presentarse como un grave error; Bismarck fue posiblemente el diplomático más astuto de todos los tiempos.

Después de muchas deliberaciones, Leopoldo decidió declinar y Bismarck quiso dilatar la noticia; sin embargo, una redacción alemana descuidada y una traducción al español imprecisa anunciaban para “el día 9” el regreso a España de su enviado Salazar, con la decisión de Leopoldo. Como esto sucedía a mediados de junio, supusieron que Salazar llegaría hasta el 9 de julio y las Cortes tuvieron que terminar su período el 23 de junio, convocadas para el siguiente noviembre. Cuando llega Salazar el día 26, las Cortes ya no sesionaban y no se podía hacer ningún anuncio formal; es decir, con aceptación o sin aceptación, España seguiría sin rey. Se arma un revuelo en Madrid y la noticia de la candidatura se filtra a la prensa francesa. Los franceses ponen el grito en el cielo porque no estaban enterados, y se indignan porque Prusia estaba metiendo las narices para rodear a Francia; se enardecen y empiezan a hablar en voz alta de guerra entre Francia y Alemania.

Bismarck había estado prudentemente enfermo, pero bien informado, en una de sus propiedades en Prusia Oriental. Cuando Guillermo I discutía con su hijo la aceptación, vio que iba a empezar un período difícil, mandó llamar a Bismarck a Ems, pero éste se hizo el sordo y pretextó su salud para no moverse. Se reunió con sus dos amigos fuertes en el ejército, Roon y Moltke, y comentaron que Prusia estaba preparada para una guerra con Francia, siempre y cuando se les unieran los otros estados alemanes, y Rusia no metiera las manos en ese conflicto. Al día siguiente Bismarck habló con el ministro ruso Gorchakov, y se aseguró de la neutralidad de Rusia. Todo listo en cuanto a preparativos, ya nada más faltaba que los franceses los insultaran, cosa de por sí muy fácil, así que se sentaron a esperar el insulto. A principios de julio solamente llegaban los gritos del pueblo francés, pero no un insulto en toda forma. Pero Deus ex machina, llegó algo parecido a un insulto en la persona del embajador francés Benedetti, cuando le exigió imprudentemente al rey Guillermo I que le diera garantías a Francia de que “nunca jamás, ningún Hohenzollern pretendería el trono de España”. No era un insulto sino una estupidez, porque ningún rey da garantías de ningún tipo a perpetuidad, pero Bismarck manipuló el telegrama donde el ayudante del rey le informaba, para dar la impresión de que el embajador había “exigido” al rey, y que el rey le contestó “humillándolo”. Una vez manipulado, lo dio a conocer a la prensa con el cálculo de que al salir la noticia en los periódicos los alemanes se enojarían por la conducta irrespetuosa a su rey, y los franceses saldrían a la calle a tomar la Bastilla de nuevo porque habían insultado a su embajador. A veces, el diablo ayudaba a Bismarck, porque el incidente de Ems sucedía un poco antes del 14 de julio, el mejor de los días para que los franceses se rebelen contra algo. Bismarck jugaba con la sicología de los reyes, y a también con la del populacho. Esta vez le tocó al pueblo, a la masa humana que reunida no piensa, nada más siente y reacciona, así es en cualquier parte del mundo. El resto del trabajo sucio se lo hizo una traducción dudosa de la palabra “Adjutant” que en alemán designaba un funcionario de alta categoría, y al pasarlo al francés quedó degradado a “ayudante”, refiriéndose a la persona que informó “el rey no está ahorita” al embajador francés cuando quiso conseguir una segunda entrevista. Bismarck sabía idiomas, y sabía de las gloriosas virtudes de una mala traducción.

Estalló la guerra Franco-Prusiana: Francia fue humillada perdiendo Alsacia y Lorena, Napoleón III fue hecho prisionero y fotografiado conversando en su cautiverio con Bismarck. Pero no era la guerra con Francia, ni las pequeñas conquistas conseguidas, lo que le interesaba a Bismarck. Lo que le interesaba era que los alemanes –todos, no nada más los prusianos- se unieran en torno a un objetivo común. Nuestros demagogos populistas quieren hacer un referéndum para lo que sea: para elegir gobernantes que nos desgobiernen (las votaciones son un referéndum sacralizado), para ver si siguen en el poder, para decidir si el petróleo sigue siendo nuestro; Bismarck, que no era populista pero sabía manipular a todo mundo, creó un referéndum de facto cuando todos los alemanes se unieron para devolver los insultos franceses, les concedió el gusto de la guerra que querían, y luego que ganaron, les dijo: “ya que estamos unidos, ¿por qué no seguir así?” De esta manera nació Alemania, como una Prusia que absorbió al resto de los estados alemanes después de la guerra con Francia. Las cortes españolas, Napoleón III, Guillermo I, los franceses y los alemanes, todos fueron peones en el ajedrez de Bismarck.

Si algún lector insiste analizar la historia desde el punto de vista ético y se horroriza, le diré que la figura de Bismarck es irrepetible. En abril de 2010 el presidente polaco Lech Kaczynski murió en un accidente aéreo junto con muchos de sus ministros. Los gobiernos de todo el mundo enviaron sus condolencias a Polonia, mientras en los pueblos de todo el mundo circulaba el mismo chiste: “¿por qué no le pasa lo mismo a nuestro presidente?” Este siglo cínico ha perdido el respeto por la autoridad; creo que sería muy difícil que una palabra irrespetuosa de un embajador a un presidente pudiera convertirse en casus belli (causa de guerra).

2-Realpolitik

La organización de las naciones europeas que fue la obra de Richelieu, formalizada en la Paz de Westfalia en 1648, reconocía a Inglaterra, Francia, Austria y Rusia como las grandes potencias; un poco más abajo en la jerarquía estaba Prusia, y al final estaban una España debilitada, y unos estados italianos y alemanes divididos.  Después vino Metternich y creó una organización europea basada en un acuerdo entre las potencias para preservar las monarquías existentes. Bismarck acabó con todo esto mediante su Realpolitik, que es la búsqueda del beneficio nacional tomando en cuenta el balance de poder con las demás naciones. Esto sucedió en 1871, y una gran Alemania se juntó al grupo de potencias, convertido en un país que prometía ser aún más fuerte, tanto en el orden económico como militar. Las virtudes de los alemanes de amor al trabajo, capacidad, organización, abundancia de talentos, eran conocidas por Bismark y fueron capitalizadas para convertir a Alemania en la primera potencia europea; para el año1900 Alemania tenía ya el 16.6% de la producción industrial de todo el mundo, y el ejército más fuerte de Europa. Lástima que los genios no vivan más tiempo, porque Bismarck entendía la diferencia entre poderoso y todopoderoso, y sus sucesores la ignoraron.

Bismarck había estudiado desde hacía mucho la situación que se presentaría militarmente: en 1880 cualquier país pequeño podría ser aplastado por Alemania, pero existía el riesgo de que las potencias protestaran. Hipotéticamente podría buscarse algún pretexto para guerrear contra Dinamarca y anexarla a Alemania, pero Inglaterra y Francia se le iban a echar encima; ¿valdría la pena el riesgo? Lo mismo pasaría si alegaba que el idioma holandés se parece tanto al alemán que no es conveniente que haya frontera que los divida, léase Alemania se anexa Holanda. También hipotéticamente, Alemania podría conquistar Cerdeña, inclusive con la pequeña flota que tenía, pero eso significaba una guerra a distancia y ya se había visto lo que pasaba cuando un país se embarcaba en una guerra así, como Francia contra Rusia en Crimea. Para bien y para mal, Alemania estaba en el centro de Europa y rodeada de naciones poderosas; Bismarck entendió que esa realidad geopolítica no podría cambiar.  Ya había tentado a la suerte en la guerra franco-prusiana y la libró bien porque las otras potencias no intervinieron. Si volvía a tentar la suerte, y la siguiente presa natural de Alemania, es decir Austria, era anexada a Alemania con guerra o sin guerra, las demás potencias se reunirían para atacarla. Y Bismarck entendía que Alemania podía derrotar militarmente a cualquier país por separado, pero no a todas las potencias juntas. Este razonamiento realista moderó las acciones de Bismarck el resto de su actuación como Primer Ministro.

En un lenguaje más moderno, Bismarck realizó una especie de análisis FODA (fuerzas, oportunidades, debilidades, amenazas) para Alemania, y tuvo la habilidad para realizar el mismo ejercicio como si él estuviera en los zapatos de Gorchakov, el Ministro Ruso de Relaciones Exteriores, o de los gobernantes de las otras potencias. Es una de las habilidades que tienen los grandes estadistas, ponerse en los zapatos del otro; es una de las habilidades de los grandes escritores, pensar y sentir como sus personajes, y luego ponerlo por escrito.

La situación geopolítica de Alemania era que estaba rodeado de estados grandes; crecer más, territorialmente hablando, significaría guerra contra una o varias potencias. Por otro lado, no era necesario que Alemania quisiera quedarse con una parte de Polonia para que Rusia le declarara la guerra; era posible, en teoría, que Rusia se aliara con otra potencia para atacar a Alemania. Por ejemplo, los franceses estaban resentidos y podrían jalar a los rusos de su lado, y Alemania se vería atacada en dos frentes. O Rusia y Austria podrían entrar en conflicto con motivo de los estados balcánicos, donde ambos tenían intereses, y entonces Alemania tendría que tomar partido. Es decir, Alemania podía provocar una guerra pero también podía verse arrastrada a una guerra ajena.

Bismarck empezó por hacer una clasificación: ¿quién es mi enemigo natural? Francia, los acabamos de derrotar. ¿Quién es mi aliado natural? Austria, los dos somos pueblos germánicos. ¿A quién debemos de temer más? A Rusia, porque nunca le vamos a ganar; aunque la derrotemos militarmente, nunca vamos a sojuzgar al pueblo ruso, porque tienen 10000 kilómetros para retroceder y nosotros no tenemos capacidad de sostener una guerra en esa profundidad. ¿Dónde queda Inglaterra? Esos son más listos, porque aprovecharon su posición para establecer colonias en todo el mundo, y no ambicionan nada en Europa. ¿Cuál es mi peor pesadilla? Que se junten Inglaterra, Francia y Rusia contra Alemania. Los que lo siguieron, el Kaiser Guillermo II y Hitler, fueron lo suficientemente torpes para no hacer este análisis, y ya sabemos lo que pasó.

Después de sopesar estas condiciones, el trabajo de  Bismarck se enfocó a dos objetivos. Primero, lograr un crecimiento interno de Alemania, que hizo enormes avances en la industria y fue el primer país que estableció un sistema oficial de seguridad social. Por otro lado, como había analizado que agrandar el territorio significaba guerra contra todos, no le quiso arriesgar. En relaciones exteriores, se dedicó a fomentar un sistema de alianzas con los demás países y contra los demás países, una especie de malabarismo diplomático que en sus manos hábiles pudo conservar la paz en Europa y permitir un enorme desarrollo de Alemania. Por ejemplo, manejó un perfil bajo en lo que se refiere a la flota, para no enemistar a Inglaterra. Calculó que Austria, que incluía a Hungría en sus dominios y a pueblos de otras diez lenguas, de todas maneras iba a querer seguir creciendo hacia los Balcanes, apoderándose de lo que iba abandonando el Imperio Turco; el problema era que en esa región vivían Servios y Búlgaros, pueblos eslavos que Rusia también pretendería. ¿Qué hacer? Negoció junto con Rusia y Austria el Tratado de Reaseguro, que hacía que esos tres países se defenderían mutuamente en caso de que Francia los atacara, pero en el fondo, era para impedir que Rusia y Austria se fueran a pelear a causa de los Balcanes.

El Kaiser Guillermo I murió en 1888, subió al trono su hijo Federico, que reinó 90 días y murió de cáncer, y finalmente quedó como Kaiser Guillermo II. Era un hombre ambicioso e inteligente, pero no tenía el talento de conocer los límites de su talento; era la siguiente generación llegando al poder, que usualmente quieren deshacerse de los viejos. Nunca se entendió con Bismarck, nunca entendió que Bismarck le había dado a Alemania todo lo que podía adquirir en superficie, y que el camino que le quedaba era el crecimiento industrial, económico, y posiblemente colonial. Nunca entendió el barril de pólvora que eran los territorios balcánicos, y los inconvenientes de ligarse a Austria –o a cualquier país- de manera definitiva, sin importar las razones. Le fue haciendo la vida imposible a Bismarck, hasta que lo hizo renunciar en 1890. El Canciller le dejó un mensaje que era una profecía caída en oídos sordos: “en veinte años, alguna cuestión pequeña en los Balcanes va a desencadenar una guerra donde todos los países se aliarán contra Alemania”.

Bismarck entendía bien cuál era el balance de poder en Europa, y no quiso traspasar sus límites; prefirió la diplomacia a la guerra, y la evitó a toda costa cuando no veía razón o cuando sabía que iba a perder. Neutralizó a las otras potencias a base de alianzas y de no buscar pleitos innecesarios, pero Guillermo II resultó más soberbio que inteligente, y basó su política en la fuerza, partiendo del supuesto de que los demás países, si Alemania se los proponía, tendrían que unirse a ella por temor al poderío alemán. El problema es que tenía razón nada más en la mitad: efectivamente Inglaterra, Francia y Rusia temían a Alemania, pero no se humillaron para buscar su amistad. Cuando llegó la ocasión de renovar el Tratado de Reaseguro con Rusia, Guillermo II se rehusó, y lo que consiguió fue que Rusia se acercara a Francia y a Inglaterra; en otras palabras, el poderío alemán no consiguió amedrentar a sus potenciales adversarios, sino unirlos, y convirtió en realidad la pesadilla del Canciller de una Alemania rodeada.

Bismarck creó un país demasiado fuerte para ser controlado por personas menos capaces que él. En 1918 el país que él había hecho fue destruido, fue vuelto a destruir en 1945 y es hasta hoy que Alemania ocupa de nuevo un lugar importante en el mundo, pero pacíficamente y unido a todos sus vecinos. Finalmente, Alemania aprendió la lección.

jlgs, 21.4.2011


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