Educación y valores

 

Leo en el periódico de ayer que un adolescente de 15 años, que estrenaba un celular regalo de su mamá, esperaba el camión para ir a la escuela. Se le acercan unos sujetos, le dicen que entregue el celular, el niño se niega; le quitan el celular a la fuerza y lo acuchillan. El niño queda tendido en la calle junto a la banqueta.

Leo hoy 24 de octubre un interesante artículo de José Woldenberg, donde analiza un libro de H.M.Einzerberger llamado Perspectivas de guerra civil, en donde se refiere que desde hace veinte años ha habido estallidos de violencia en todo el mundo que son localizados en puntos aislados, que no perseguían un objetivo a largo plazo, que eran simplemente expresiones de violencia por parte de los que participan en ellos; ya no son la lucha por un ideal de los revolucionarios de los sesentas, son simplemente venganza contra el mundo de algunos individuos, destruyendo cosas.

Leo el día de hoy que el crimen bloquea el acceso de ayuda para los damnificados de Guerrero.

Veo el día de hoy también una fotografía que ilustra con fuerza el problema de las viviendas edificadas en barrancas y zonas de humedales, en este caso en Guerrero; se menciona a Octavio Mijangos, actual delegado de CONAGUA en Guanajuato, a quien se señala culpable de otorgar permisos para invadir zonas federales en Guerrero, y de desviar fondos en Tabasco, también cuando ocupó ese cargo en esos estados.

Leo que el Procurador de Aguascalientes acusa a dos jueces federales, Rubén García Mateos y Hugo Peiró Valles, de “desviar el sentido de la justicia”, unos días después de que el gobernador anterior Reynoso Femat ganó un amparo.

Y si abrimos el periódico de cualquier día del año, encontraremos noticias semejantes: asesinatos, robos, jueces corruptos, episodios de violencia, funcionarios muy enriquecidos; para los que no quieren enterarse de esa parte del mundo, todos los días tenemos futbol, beisbol y espectáculos.

Cuando se presenta un problema como el horrendo crimen del niño asesinado, el pensamiento vuela inmediatamente a tratar de saber más pormenores y a informarse de lo que ha hecho la policía; ni uno ni otro pensamiento, ni lo que haga la policía, devolverán a ese niño la vida: todo lo que se haga después de un asesinato es hablar a toro pasado, cuando la tragedia ocurrió y no hay marcha atrás en lo irremediable. El gobierno tiene que administrar la justicia, en este caso encontrar a los asesinos y castigarlos, pero el gobierno no puede responsabilizarse de lo que hagan los ciudadanos; son hombres y mujeres que en ejercicio de su libertad, a veces cometen crímenes.

La mejor medicina es la preventiva, también a nivel social. El asesinato de este niño me hace cuestionar qué se podría hacer para evitar que sucediera; descarto al gobierno y a la justicia, porque ésta entra en acción después de que ya ocurrió el crimen; quisiera saber qué podría haber hecho el gobierno, o los padres del niño, o los asesinos, o los padres de los asesinos, para que este crimen no hubiera ocurrido.

Viejo y cansado, después de haber conocido la Rusia rural, el gulag soviético, la época del deshielo y la caída de la URSS, preguntaron un día a Solzhenitsyn cuál era en su opinión el problema fundamental de su país. El maestro contestó “Rusia ha olvidado los valores cristianos”. En efecto, Rusia había sido un país nominalmente cristiano durante muchos siglos, desde la conversión del reino de Kiev al cristianismo, hacia 950; qué tan cristiana haya sido Rusia durante todos esos siglos es cuestionable, pero todavía el último zar ser murió creyendo en el slogan de “autocracia, ortodoxia y nacionalidad”. Probablemente Solzhenytsin tenía razón, yo simplemente pondría la fecha del olvido unos siglos atrás de 1917.

Si a mí me preguntaran cuál es el problema fundamental de mi país, contestaría en términos semejantes. Ya he dicho que el problema número uno es la educación, y he insistido en que educación no es nada más transmisión de conocimientos y habilidades sino que debe inculcar una ética en el niño; no tiene que ser la ética cristiana necesariamente, cualquier religión o filosofía que predique el respeto al prójimo podría funcionar. Hablo de una ética en donde el prójimo tenga el mismo valor que uno mismo, y por lo tanto, hay que tratarlo como a uno mismo. De hecho, algunas variaciones del protestantismo no cumplen con esa hipótesis, porque aceptan la doctrina de la predestinación, según la cual Dios tiene ya decidido para cada quien el lugar que ocupará en el cielo o el infierno después de la muerte, y por lo tanto, no importa lo que se haga en esta vida porque la suerte ya la decidió Dios. Otras variaciones de esta doctrina son aún más perversas, puesto que llegan a utilizar la religión para señalar a una nación o grupo humano como “elegidos” de Dios, y por lo tanto, en nombre de Dios se toman muchas libertades con las demás naciones.

La sociedad moderna nos enseña fundamentalmente dos valores: 1) hay que facilitar las cosas, y 2) hay que disfrutar la vida. Millones de anuncios comerciales en todo el mundo están basados en este paradigma: “con el producto X te la vas a pasar muy bien”, “los nuevos celulares tienen más memoria y procesador más rápido”, o propaganda subliminal como que vas tener la mujer de tus sueños si bebes el Wiskey Z. En medio de este paradigma está el dios dinero, el ser supremo de nuestra sociedad moderna, porque “madre, yo al oro me humillo / él es mi amante y mi amado / pues de puro enamorado / anda contino amarillo”, verso que escribió Francisco de Quevedo en el Siglo de Oro Español, cuando probablemente existían los mismos valores sociales que hoy, nada más faltaban computadoras, celulares y automóviles.

Coincido con Solzhenytsin, y trato de aplicárselo a México. En realidad México nunca ha sido muy cristiano: de nombre sí, pero no en la práctica. Cierto, tenemos incontables iglesias y capillas dedicadas a la Virgen de Guadalupe y a otros santos; cierto, hay peregrinaciones a San Juan; cierto, cuando viene el Papa echamos la casa por la ventana. Recuerdo cuando vino Juan Pablo II, mi padre me preguntó si no iba a ir a verlo, yo vivía en el DF. Le dije que no, yo no sentía ninguna emoción por su visita, porque estaba seguro de que en cuanto se hubiera regresado, cada quien volvería a ser el mismo de antes. Juan Rulfo ilustra mejor que yo el uso perverso que se le puede dar a una peregrinación: en Talpa narra la manera en que llevan a un hombre enfermo a visitar a la Virgen de Talpa entre su esposa y su hermano, con la conciencia por parte de ellos dos que el enfermo no soportaría el viaje y al fin serán libres para amarse.

Coincido con Solzhenytsin, pero no quiero dejarlo en el amplio concepto de “cristiano”: como decía arriba, cualquier religión que predique la igualdad entre los hombres y el respeto que nos debemos sería tan buena como el cristianismo para efectos de convivencia humana; pero este es el problema fundamental de México: somos un país sin valores éticos. Si acaso conseguimos remontar la corriente y enseñar a nuestros hijos otros valores aparte de la adoración al becerro de oro, entonces dejarán de aparecer niños muertos porque defendieron su celular.


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