El arte olvidado de la correspondencia

En la fiesta para recibir el año nuevo 1927 se enteró Marina Tsvetáieva que había muerto Rainer María Rilke; en un sanatorio, sereno y bien cuidado, como debe ser; sin que ella estuviera enterada siquiera de su enfermedad, lo que no podía ser; sin que ellos dos se hubieran encontrado nunca, sin que las palabras y los versos que se enviaron durante seis meses pudieran hacerse ciertos, sin ella: eso fue inconcebible. Muerto el objeto de su posesión, esa fuerza de la naturaleza que era Marina Tsvetáieva tumbó el muro de su posesividad alrededor de Rilke, y descargó su tristeza con el amigo común, el que los había reunido, Boris Pasternak; le da la noticia con desesperación. Días después escribe una carta al amigo muerto, uno de los monumentos de la poesía rusa del siglo XX, que empieza con una felicitación a Rilke por el nuevo lugar en donde se encontraba:

С Новым годом — светом — краем — кровом!
¡Feliz nuevo año, y luz, y orilla, y hogar!

Le pregunta cómo es el lugar, qué es lo que hay detrás de las montañas, cuáles son los ríos que ahí fluyen, cómo será Niza sin turistas. Quiere saber cómo se escribe allá, si hay taburetes para sentarse, el color de la mañana, si las montañas son el Paraíso, rima muerto con Rainer (umier/Rainier), le dice que lo espere, le dice “hasta la vista” pero se cuestiona “¿hasta la vista?”. No quiere esperar a morirse ella, y le pregunta por las nuevas rimas (¿se regocijan?), por las palabras de allá, quiere saber cómo es el nuevo lugar. Le confiesa su temor: “Nos veremos – no lo sé” y lo ama en su esperanza: “Pero estaremos en paz”.

Esa carta-poema es un prodigio de ideas que se agolpan para salir, parecen multitud desbocada que estuvo encerrada y vio una puerta –la pluma de Tsvetáieva- para salir al mundo. Todas las cartas que escribió Marina a Rilke fueron así, desde la primera. El había tomado la iniciativa en Mayo de 1926, siguiendo una recomendación del amigo común, Boris Pasternak: “…es una poeta innata, tiene un enorme talento…” y le recomienda enviarle algún libro suyo, quizá las Elegías de Duino, recién publicadas. Rilke le envía una carta que es –como todas las de su vida- un monumento a la elegancia: Usted y yo nos tocamos. ¿Con qué? Con el roce de las alas / con el roce de nuestras lejanías. / Porque un poeta único es el que vive, y a veces  / alguien que lo lleva se encuentra con otro que también lo lleva. Rilke tenía el don de convencer a cada uno de sus correspondientes de que era un elegido; Marina necesitó estos pocos versos –una dedicatoria, al paso; una manera de regalar con elegancia sus propias Elegías de Duino- para inflamarse de amor por Rilke: ese volcán de sentimientos que hacía erupción en palabras nuevas y combinaciones inesperadas, esa poetisa innata, Marina Tsvetáieva, le contestó a Rilke que …tú no eres mi poeta más querido (porque “más querido” implica comparación), eres un fenómeno de la naturaleza, que no puede ser mío … sino la poesía encarnada.

Rilke había nacido en 1875, y Tsvetáieva en 1892; él era un alemán nacido en Praga y que prefería estar fuera de Alemania, ella era rusa sin remedio, fue rica cuando nació y ahora estaba expatriada y pobre en un pueblito de la costa de Francia; él era el modelo de los poetas de todas las naciones, y de ella se decía nadie la ama, algunos la odian por venganza, solamente unos pocos la quieren o acaso han leído su poesía. El poeta consagrado se había consagrado a la poesía, y la poetisa trataba todavía de encontrar su lugar en este mundo, porque en el mundo del arte ya lo había encontrado. Rilke vivió un matrimonio fugaz que le dejó una hija asentada “en algún lugar de Sajonia”; Marina vivió hasta su muerte un matrimonio de encuentros fugaces: por la guerra que se llevó a su marido, por su pérdida imaginada, por el reencuentro breve, por la pobreza, por el exilio, porque él regresó a la URSS para ser fusilado, porque ella regresó también a buscarlo, porque no lo halló, porque otros amores (también fugaces) que compartieron con ella su cuerpo. Rilke escribía sus cartas como si las hubiera revisado cien veces: párrafos largos, ideas centrales, expresiones elegantes; siempre amable, descriptivo y convincente. Marina escribía sus cartas como hacía todo en la vida: con pasión, con ardor, con tres objetivos a un tiempo, inventando lo que no hallaba porque el ruso (o el alemán, o el francés, o el español, que también conocía) no era suficientemente vasto para contener sus ideas.

El encuentro era probable; el entendimiento en el arte, seguro; el amor, imposible. Ella urgió a Rilke el encuentro, y le proponía mil lugares; él contestaba amable y atento, pero nunca dijo el lugar ni la hora. Vivían relativamente cerca en ese verano de 1926: ella estaba con sus dos hijos en St. Gillés, en el Mediterráneo francés, y él había ido a tratarse a un sanatorio en Suiza; unos pocos kilómetros que hubieran sido cubiertos –en un sentido o en otro- si él no estuviera enfermo o ella no fuera rusa. Rilke vivía los últimos meses de su vida, sintiéndose enfermo de algo que la Misericordia quiso revelarle el nombre sólo un mes antes de su muerte: leucemia; Marina, la rusa, no podía ingresar a Suiza porque Lenin había vivido ahí, y había huido, al amparo de las fuerzas alemanas en 1917, para llegar hasta las tropas rusas y ayudar a organizar la revolución. Rilke era pudoroso y tenía aversión a ventilar sus intimidades en público; era poeta y la poesía le bastaba para decir Sie lächelte einmal. Es tat fast weh (Ella sonrió una vez. Fue casi doloroso) cuando quería hablar del contraste entre el gozo de recibir una sonrisa, y la pena de sentir a la mujer lejana. Los amores de Marina eran públicos y crearon escándalos hasta en esa sociedad que se desmoronaba; fueron conocidos también del marido, Sergei Efron; él aceptó su triste destino de acompañar –fugazmente- a una esposa que era un genio y que él no podría quererla como ella lo hubiera querido. Rilke vivió como asceta, un sacerdote consagrado al poema; ella quiso beber el mundo a torrentes.

Pero Marina solamente entendió que no vería a Rilke cuando supo que había muerto. Él le había informado sutilmente, apenas como insinuación, que estaba enfermo, pero ella le contestaba

Райнер, я хочу к тебе, ради себя, той новой,которая может возникнуть лишь с тобой, в тебе.И еще, Райнер («Райнер» – лейтмотив письма) – не сердись, это ж я, я хочу спать с тобою – засыпать и спать.Чудное народное слово, как глубоко, как верно, как недвусмысленно, как точно то, что оно говорит. Просто – спать. И ничего больше.


Нет, еще: зарыться головой в твое левое плечо, а руку – на твое правое – и ничего больше.

Нет еще: даже в глубочайшем сне знать, что это ты.

И еще: слушать, как звучит твое сердце. И – его целовать.

Rainer, quiero estar contigo, alegrarnos, renovarte,lo que sólo puede ocurrir contigo, en ti. Y todavía, Rainer (Rainer – el leitmotiv de mi carta) no te enfades, soy yo, quiero dormir contigo adormecerme y dormir. Palabra maravillosa del pueblo, tan profunda, tan verdadera, tan indudable, tan absoluta, como lo que dice. Simplemente dormir. Y nada más.

No, todavía no: enterrar la cabeza en tu hombro izquierdo y la mano en tu derecho y nada más.

Todavía no: incluso en el sueño más profundo saber, que eres tú.

Y todavía: escuchar, cómo habla tu corazón. Y besarlo.

Este portento de leitmotiv –que en realidad no era “Rainer”, ese sería tan sólo un leitmotiv subyacente- que fue la repetición de una palabra, “todavía”, dándole el milagro de tantos significados con tan pocas letras:

…y todavía,…  / …y nada más. No, todavía no:… / …y nada más. Todavía no:… / …y todavía:… / … y…

Es una suerte para nosotros que no haya usado Marina en este fragmento la enorme habilidad del ruso de concentrar mucho significado en pocas palabras: la primera frase de ella citada aquí (“Feliz año nuevo, y luz…”) es una torpe traducción al español que preferí al insulto de la repetición: “Feliz año nuevo, feliz luz nueva…” porque nuestro idioma tiene otros recursos, pero no todos los que explotó Tsvetáieva en ruso.

En esta correspondencia Rilke nunca le dijo explícitamente que estaba muy enfermo; además, ella no quería escuchar eso, no quería aceptar que el poeta había aceptado su matrimonio fugaz y su hija lejana porque quería solamente hacer una cosa, poesía. Al principio de sus cartas él lamentó que no se hubieran encontrado años atrás, pero como quien junta lamento y aceptación. En los dos lados fue seguir una historia de cartas con muchas personas, sumadas en miles de ella y de él. Las cartas de esta correspondencia son para nosotros el espectáculo de dos grandes hablando entre ellos, de ellos, de poesía y en poesía. Marina le llegó a declarar su amor, pero quizá fue más su naturaleza arrebatada y la adoración que casi todos los poetas europeos sentían por Rilke, que el amor de mujer a hombre, o el deseo de su carne de mujer por la carne de él. Hay tanta belleza en estas cartas, que hasta la referencia al beso –puerta de entrada a todos los amores- está rodeada de un halo que no deja ver si ella quería yacer con él, si la ternura la guiaba, o si su espíritu –el supremo poseedor de cualquier poeta- era el que hablaba, en metáfora de besos, de lo que es la belleza.

Rilke también le dijo que la amaba, en poesía y sin esperanzas: Los amantes, Marina, no deberían saber tanto de su final. Deberían ser como nuevos, sólo su tumba es vieja… El amor y la muerte, en sus cartas, está presente como en toda la poesía de todos los autores. Aquí Marina aporta el ímpetu, y Rilke la elegancia. En un poema anterior (Das Lied des Bettlers, la canción del limosnero) habla del orgullo que puede llenar a todo hombre, con una imagen inspirada: el pordiosero habla y dice que reposa su oreja sobre su mano, y la escucha como su fuera nueva; se compara con el poeta, que lo pide todo cuando él se conforma con pequeñeces; pero vuelve a poner su oreja en su mano, y con esto ellos no podrán pensar / que no tengo un lugar dónde poner mi cabeza:

 

Das Led des Bettlers La canción del limosnero
Ich gehe immer von Tor zu Tor,verregnet und verbrannt,
auf einmal leg ich mein rechtes Ohr
in meine rechte Hand.
Dann kommt mir meine Stimme vor
Als hätt ich sie nie gekannt.
Voy siempre de puerta en puertaEmpapado de lluvia y quemado por el sol
De repente pongo mi oreja derecha
En mi mano derecha.
Entonces me aparece mi voz
Como si nunca la hubiera conocido.
Dann weiß ich nicht sicher wer da schreit,ich oder irgendwer.
Ich schreie um eine Kleinigkeit,
die Dichter schrein um mehr.
Entonces no estoy seguro de quién grita, Yo o alguien más.
Yo grito por una pequeñez
Los poetas gritan por más.
Und endlich mach ich noch mein GesichtMit beiden Augen zu;
Wie’s dann in der Hand liegt mit seinem Gewicht
Sieht es fast aus wie Ruh.
Damit sie nicht meinen ich hätte nicht,
wohin ich mein Haupt tu.
Al final cierro yo todavía mi caraCon los dos ojos cerrados;
Como entonces posa en mi mano su peso
Parece casi todo en reposo.
Con esto ellos no podrán pensar que no tengo,
Un lugar dónde poner mi cabeza.

 

 

Esta poesía de Rile, y el primer verso que mencioné (la última carta de Marina a Rilke) se parece en sus preguntas, su añoranza y su deseo de seguir al poeta muerto a ese lugar nuevo, a las ideas y las imágenes de otro poema alemán, el que cierra el ciclo Winterreise (viaje de invierno), escrito por el poeta Wilhelm Müller y utilizado por Schubert para componer un ciclo de canciones extraordinarias (hay muchas grabaciones; recomiendo la de Dietrich Fischer-Dieskau):

Der Leiermann

Drüben hiterm Dorfe
Steht ein Leiermann,
Und mit starren Fingern
Dreht er, was er kann.

Barfuß auf dem Eise
Wankt er hin und her,
und sein kleiner Teller
bleibt ihm immer leer.

Keiner mag ihn hören,
Keiner sieht ihn an;
Und sein kleiner Teller
Bleibt ihm immer leer.

Und der lässt es gehen
Alles, wie es will
Dreht, und seine Leier
Steht ihm nimmer still.

Wunderlicher Alter,
Soll ich mit dir geh’n?
Willst zu meinen Liedern
Deine Leier dreh‘n?

El organillero

Detrás de la aldea
se encuentra un organillero
y con dedos entumidos
toca, lo que puede.

Los pies descubiertos en el hielo,
tiembla aquí y allá
y su pequeña bandeja
permanece siempre vacía.

Nadie lo quiere escuchar,
nadie se fija en él
y su pequeña bandeja
permanece siempre vacía.

Y él deja que todo pase,
todo, como sea
toca, y su organillo
nunca está en silencio.

Viejo maravilloso,
¿debería ir yo contigo?
¿quieres tocar mis canciones
con tu organillo?

Muerto Rilke, la que se quedó con su soledad tuvo que esperar unos años para reunirse con él. No fueron muchos. En 1941 Sergei Efron, su marido, pensó que podría hallar de nuevo su patria en esa extraña Rusia que él ya no conocía, y regresó con la hija de ambos, Allya, a la URSS. Fue una época en que muchos rusos enfrentaron el dilema de luchar por su patria, aunque ahora fuera bolchevique, o sucumbir ante la amenaza de los alemanes. Cuando Efron y la hija llegaron a la URSS, fueron arrestados ambos; cualquier ruso que hubiera estado en el extranjero era sospechoso. Marina no sabía de esta suerte y persiguió su destino: también regresó, también fue hostigada, pero no le dieron la muerte del paredón, como a Efrón, sino la orillaron a un destino más cruel. Fue deportada a Yelabuga, sola, sin trabajo y sin esperanza. Se le habían juntado demasiadas pérdidas: una hija muerta (una pequeña dada a un orfanatorio en Moscú en la hambruna de 1919 para que ahí sobreviviera, y que murió de hambre); un esposo fusilado; una hija en prisión. Escribió una última carta para el hijo pequeño, y se ahorcó.

Ellos dos, los poetas, no sé dónde están; posiblemente estén juntos. Todavía acá nos reunimos usted y yo, lector, y podemos alegrarnos porque Rilke y Tsvetáieva nos dejaron versos hermosos (aunque irrepetibles en español), muchas imágenes y el énfasis de algunas expresiones que, a pesar de mi incierta traducción, pueden decirnos lo grande que fue su poesía.

13.5.2011