Dos caminos a la locura

A Rodrigo, en su cumpleaños;
porque he recibido de él más de lo que he dado.
JL, 7.9.2012

 

1-Edgar Allan Poe: The Raven.

Poe siempre quiso ser poeta. Así empezó a escribir y durante su corta vida intentó una y otra vez el reconocimiento –difícil- y el sustento económico –casi imposible- a partir de su obra poética. Hoy en día en los países de habla inglesa Poe es ampliamente conocido como autor de poesía y de prosa, pero en México y Latinoamérica solamente son rescatables las traducciones de sus cuentos; la poesía de Poe sigue el destino de cualquier poesía, brillar en el original y remedar un resplandor lejano en cualquier traducción. De la obra de Poe existen muchas traducciones a nuestra lengua; Julio Cortázar, gran traductor de obras en francés e inglés, tomó la serie de cuentos y los vertió a un español preciso y purista, que la editorial Páginas de Espuma (Madrid, 2008) presenta en un solo volumen.

La vida y la obra de Poe tienen la virtud y el defecto de la brevedad, el sino de la brevedad; escribió una sola novela, todos su versos son cortos; sus cuentos, que no son muy numerosos, tienen una porción amplia dedicada al misterio, cultiva el humor y la ironía, y muestra en unos pocos (Descenso al Maelstrom, El Pozo y el Péndulo) una extraña combinación de detalle en el sufrimiento conviviendo con el análisis cerebral, tan frío y austero como puede ser el razonamiento puro. Su vida comenzó en Boston, 1809, y terminó consumida por el alcohol, las drogas, la pobreza y las decepciones en 1849. En esos pocos cuarenta años produjo un puñado de poesías y de cuentos que atraen lectores, cineastas y un admirador anónimo que durante sesenta años depositó una flor en la tumba de Poe, en Baltimore, el aniversario de su nacimiento.

El más famoso de sus poemas es The Raven (El Cuervo), que fue escrito muchas veces desoladas, pulido un centenar de veces y dejando en el camino innumerables vistazos de ideas que no llegaron maduras al autor, y sufriendo él la desesperación de descartar decenas de dádivas de su musa, que lo protegía con inspiración y lo torturaba con la necesidad de descartar algo, muchas cosas. Hacia 1845 el poema adquirió algunas de sus formas definitivas, en plural; hoy todavía es posible encontrar versiones que difieren en detalles y en metáforas, y será tema eterno de discusiones escolares cuál es la versión definitiva.

Su propia vida proveyó a Poe de muchos elementos para inspirar esta obra: nació hijo de un par de actores de la legua, que murieron pronto y dejaron al niño y sus hermanos huérfanos y casi abandonados. Edgar fue adoptado en la práctica por un comerciante rico, John Allan, quien lo crió, lo envió a escuelas, quiso imponer objetivos y disciplina que no pertenecían a la naturaleza de Poe, y terminaron peleados; uno de las últimas escenas de esta parte del drama que fue la vida de Poe consistió en su intento de lograr que Allan lo adoptara formalmente, para poder aspirar a su herencia; heredó nada más el apellido, su padre era Poe. No estaba en el alma ni en el cuerpo del escritor someterse a un régimen de vida mercantil, a llevar en libros de contabilidad las cuentas explícitas que él podía hacer, sin necesidad de papel, cuando elegía el tamaño de sus versos y había necesidad de mantener a lo largo de algún poema esa hipnótica constancia de ritmo disfrazada de palabras y de ideas que vuelve grandes unas cuantas hojas, de las escritas en toda la literatura.

The Raven es un poema que admite muchas lecturas, dos son sobresalientes: el efecto que logra y la manera en que fue construido. Es costumbre entre los autores presentar la versión final de sus obras y dar respuestas equívocas acerca de la manera en que las escribieron; Michelangelo decía “mi trabajo es quitar, de un gran trozo de mármol, las partes que sobran” y así es como nos dejó la Pietá y el Moisés. Mi padre me contó una vez que al terminar la estatua de Moisés, el autor quedó tan impresionado por su calidad, por la apariencia de vida en medio de esa roca, que golpeó la rodilla con un martillo gritando “¡levántate!”; a fin de cuentas, las palabras y la anécdota del maestro nos dejan ante la obra de arte, inexplicable. Pero Poe se tomó la molestia de escribir un artículo maravilloso (The Philosophy of Composition) en donde explica el camino cerebral, racional, de decisiones tomadas ante alternativas, de elección razonada de tema, verso, intención y leitmotiv, que recorrió para escribir el poema; es un artículo que vale la pena leer con cuidado para desmitificar (o para creer aún más) en la magia de la creación de poemas. El objetivo que me propuse al describir aquí es el primero, el efecto logrado.

The Raven es famoso por su estribillo, ese leitmotiv que termina todas las estrofas: nevermore; alrededor de esa palabra está construido el poema, tanto en la estructura del verso como en la concatenación de ideas, con nuevas palabras que son variaciones del sonido …more, ligadas íntimamente al sentido de la estrofa que terminan y creando, mediante esa monótona y obsesiva repetición, un estado de atención y de tensión en quien lee o escucha la poesía; el mismo autor, en uno de sus contados episodios de éxito, visitaba los salones educados de Baltimore, Nueva York y Boston declamando para sus oyentes el poema y juntando con su voz viva el dinero que nunca podía juntar con su voz escrita. La historia es la de una locura, apenas contada en diez y ocho estrofas, dos páginas: el narrador está sentado en su recámara una noche de diciembre desolado, rodeado de libros primorosos y de erudición olvidada, cuando oye un golpeteo en su ventana; piensa que fue el viento, piensa que no fue nada, sigue pensando en lo que pensaba; el golpeteo insiste y el narrador –un estudiante, en la imagen que Poe describe en su artículo- se levanta a ver quién lo busca a esas deshoras. Abre, un cuervo entra majestuoso y sin agradecer hospitalidad, y se encarama encima de la puerta sobre un busto de Pallas Atenea, la diosa de la sabiduría. Poe había preparado el camino para presentar al cuervo; ahora le pregunta cómo se llama, él responde nevermore, y admira la respuesta porque es breve y parece ser sabia. El cuervo había elegido a Pallas como perchero, el cuervo podría ser sabio.

Empieza así una sucesión de preguntas que empiezan en natural (¿quién eres?) y van desviándose en sentido y en deseo a interrogantes contestadas por anticipado, todas con el mismo estribillo nevermore, que contestan lo que el estudiante ya sabía (¿podré algún día ver de nuevo abrazar a Leonora?) de su amada muerta, lo que el estudiante presentía (¿hay bálsamo en Gilead?), lo que sospechaba (¿podré algún día volver a abrazar a Leonora, aunque sea en la otra vida?), y lo que termina por temer: el Cuervo no acepta irse, el Cuervo no se llevará su pico lejos del corazón del narrador, ni quitará su figura del dintel de su recámara. El estudiante es el enfermo de amor, el que sabe perdido para siempre su bien pero lo guarda en su recuerdo, el que quiere dar vida a la que se fue a través del recuerdo vivo que vive en su mente, el que vive para recordar, porque le quitaron el deseo de vivir.

La última estrofa es el resumen del estado en que queda el joven, una vez que llegó para quedarse la visita del cuervo:

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted — nevermore!

Y el Cuervo, nunca agitándose, todavía está sentado, todavía está posado
En el busto pálido de Pallas justo encima de la puerta de mi recámara,
Y sus ojos tienen toda la apariencia de un demonio que sueña,
Y la luz de la lámpara alumbrando sobre él arroja su sombra al piso;
Y mi alma, fuera de esa sombra que está flotando en el piso
Será levantada – ¡Nunca más!

 

Así, en la maravilla de ciento ocho versos, Poe nos describe un viaje a la locura. En español nos queda describir la escasa trama que describe el poema y repasar, laboriosamente, los artificios poéticos que utilizó el autor para lograr su efecto:

el más famoso de todos, el motivo recurrente nevermore;

la concatenación de palabras iniciando con la misma letra:

But the Raven still beguiling my sad fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore —
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
Meant in croaking “Nevermore.”

Pero el Cuervo todavía cautivando mi triste fantasía en sonrisa,
Acerqué un mullido asiento directamente frente al pájaro, y busto, y puerta:
Entonces, hundido en el terciopelo, me puse a enlazar,
Fantasía con fantasía, pensando que este ominoso pájaro de antaño –
Lo que este torvo, desgarbado, horrible, desvalido y ominoso pájaro de antaño
Quiso decir graznando “Nunca más.”

 

el uso virtuoso del verso largo, para introducir dobles efectos poéticos:

And the silken, sad, uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me — filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
“ ’Tis some visitor entreating entrance at my chamber door —
Some late visitor entreating entrance at my chamber door; —
This it is and nothing more.”

Y el sedoso, triste, incierto crujir de cada cortina púrpura
Me intrigó – me llenó con terrores fantásticos nunca antes sentidos;
Y así ahora, para calmar el latido de mi corazón, me levanté repitiendo
“Este es un visitante pidiendo entrada a la puerta de mi habitación
Algún visitante tardío suplicando entrada a la puerta de mi habitación; –
Esto es así y nada más.

 

donde hallamos el recurso anterior, la aliteración (silken, sad, uncertain…) y además la rima interior de uncertain con curtain. Tenemos también en español hermosos ejemplos de rima doble, como este verso de Miguel Hernández:

Una querencia tengo por tu acento
Una apetencia por tu compañía
Y una dolencia de melancolía
Por la ausencia del aire de tu viento.

La elección de un verso largo terminado por uno corto no fue fortuita sino aprovechada con largueza en el amplio espacio que da a un buen poeta una línea de 16 sílabas, Poe imaginó y puso en palabras multitud de imágenes ligadas no nada más por el significado, sino por la música y el ritmo de la poesía.

 

The Raven es una de las poesías más conocidas en todo el mundo, e inclusive personas que no dominan el inglés saben de su estribillo. Para los dos méritos supremos de The Raven: el poético y el hipnótico, los caminos son sencillos si se quieren gozar; escuchar una buena grabación del texto para sentir el ritmo, la métrica, la fuerza del estribillo y la música sepultada en esas palabras; el mérito hipnótico estriba en dejarse llevar por la poesía, vivir una porción de la locura de ese estudiante, quien sentado en un sillón y repasando volúmenes olvidados con los ojos del rostro, con los ojos del alma buscará para siempre a Leonora, a quien nunca más encontrará.

 

2-Fiodor M. Dostoievski: Nietochka Niezvánova

La antítesis de Poe, mirando la extensión y el tipo de sus obras, es Dostievski (1821-1881). Convivieron unos años, pero los separaba la mitad del mundo, la historia de sus países, y sus temperamentos; vivieron ambos vidas de apremio, pero el cultivador de sus sentidos, Poe, consumió pronto sus años, y Dostoievski sobrevivió al paredón de fusilamiento, al exilio en Siberia, a los años de reclutamiento forzoso y todavía le alcanzó su misticismo para vivir los últimos años en San Petersburgo y pronunciar un discurso en honor de Pushkin que ponía al pueblo ruso como el salvador del orbe. Estos años que nos han tocado vivir, más atentos a los sentidos y al cultivo de las experiencias, están más al cuidado de los cuentos de horror de Poe que al episodio de El Gran Inquisidor, metido como “un pequeño poema” entre 1000 páginas que tiene Los Hermanos Karamazov; este “pequeño poema” -palabras del autor-, nos dice más del hombre moderno que cualquiera de las (pocas) obras que intentan explicarlo, y una “novela inconclusa”, Nietochka Niezvánova, nos muestra con la crudeza del espectador de primera fila, a quien está prohibido hablar, tocar al actor, intervenir en el drama, el camino que siguió a la locura y la autodestrucción un pobre músico en Rusia.

El nombre de esta novela es el de su narradora, una niña que queda huérfana de padre, hija de una madre amorosa y sin carácter, que tiene la mala fortuna de poseer mil rublos que atraen a Efimov, clarinetista empleado en una orquesta de provincia. Dostoievski sabe cubrir de misterio algunos episodios, y solamente es de pasada que narra la historia de un director de orquesta italiano que perdió su puesto al frente de otra orquesta de provincia por su mala conducta. El director se pierde en tabernas de mala muerte y entre las malas compañías que frecuenta está Efimov, quien le toma cariño y convive con él a pesar de que patrón se lo prohíbe. Un buen día amanece el cadáver del italiano tirado junto a una zanja; las averiguaciones señalan apoplejía, y un testamento hecho hacía poco nombra a Efimov heredero de todo, especialmente un fino violín.

Así como en Poe el objeto central es un cuervo, en Dostoievski es el violín: el instrumento seductor, el que causa arrobo y pasión, el que canta como los ángeles y el que endiosa, encapricha, trauma y corrompe al músico que lo quiere conquistar sin haber sido elegido; el violín es como los gatos, ellos adoptan a su amo. El violín es el diablo que tienta, que echa a perder, que pudre el alma, que induce a locura. La vida de Efimov está partida en antes y después de ese violín; se nos cuenta, a pedazos, que cayó bajo el embrujo del violín y de las palabras de aliento de su amigo italiano, la primera vez que puso sus manos sobre sus cuerdas. Pudo arrancar sonidos que satisficieron el oído entrenado y quizá atento del antiguo director; lo anima a estudiar el violín, a consagrarse a él, a dejar el clarinete. El episodio es contado de trasmano, sin muchos detalles, como si Dostoievski quisiera nada más dibujar la imagen de un ángel tentador que hubiera tendido una trampa a esa alma, que gozaba de la música y tenía un buen patrón, pero llevaba sembrado el germen de la inconformidad; el italiano, ya muerto, solamente revive para ver pelearse a Efimov con otro músico, quien lo acusaba de falsificar el testamento; el italiano, ya muerto había cumplido su función de tentador y no vuelve a aparecer.

La vida de Efimov ya no es la misma, porque ahí empieza su camino hacia la destrucción, pretendiendo dominar el violín sin estar dispuesto a pagar el precio exigido; Dostoievski maneja con maestría la ambigüedad de este carácter, presentándolo alternativamente como un tipo orgulloso, pedante, despectivo hacia sus colegas músicos, pero internamente con el alma podrida por la duda sobre su propio talento. Hay un violinista que cree en Efimov, llamado simplemente B.; por él conoce años después Nietochka muchos de los hechos que narra. B. se compara con Efimov y se reconoce inferior, en todo menos en un aspecto: dedicación; los años de su relación, con los altibajos y separaciones sufridos por el mal carácter de Efimov le dejan recuerdos a Nietochka de quién fue su padre, que había muerto y que su madre se deslumbró por Efimov y quiso salir de lo que veía como un tormento imposible, su viudez, casándose con el que nada más quería sus pocos rublos.

La pobre niña, de unos ocho años, ve que crecen las desatenciones del padre Efimov –todavía lo creía su padre- hacia la madre, que tenía constitución débil y contrae tuberculosis. Si todo fueran las desatenciones, sería quizá una novela mediocre que podría indignarnos; Dostoievski era un genio y nos presenta a esa alma atormentada que era Efimov desquitando con quien tenía más a la mano, la esposa, sus sueños frustrados, su falta de talento, su falta de valor para enfrentarse a si mismo, su falta de amor por todos, empezando por él mismo. Hay una escena que estruja el alma: la mamá, que mantenía la buhardilla familiar, manda a Nietochka a comprar té; se indulge a sí misma ese placer cuando siente más fuertes los estragos de la tos. En la escalera se encuentran la niña y el padre, él acaba de averiguar que visitará la ciudad el virtuoso francés S. y se debate, como mosca junto a una vela encendida, entre ir y no ir, entre enfrentarse a su propia realidad, comparándose con el gran virtuoso que anuncian, o seguir soñando que como él no hay otro violinista en Europa. El diablo, que acomoda las cosas a su conveniencia, podría haberle dado la excusa de no tener los rublos para el boleto, pero el diablo decide ponerlo frente a su hijastra en la escalera, cuando sale con unas monedas en la mano para cumplir el encargo de su mamá. Efimov entiende por qué salió la niña y lo que lleva en la mano, le pregunta si lo quiere, si es su papito querido, si lo quiere como él la quiere a ella, si también la pobre niña quiere que su papá sea feliz; Nietochka no entiende a su padre, nada más intuye que él prentende esas pocas monedas que la mamá las consiguió con trabajo, y no quiere ceder. El padrastro insiste, y la convence de decirle dónde está oculto el resto del dinero, y Dostoievski pone en su boca estas palabras mágicas, palabras de desquiciado: “en cuanto se muera tu mamá, tú y yo nos iremos a vivir juntos, y seremos felices”, que son chispa en el alma de la niña, quien empieza a vivir la fantasía de irse lejos, con su padre, a ser feliz con él.

Uno de los grandes aciertos de esta novela es la descripción del tiempo tormentoso que vivió Nietochka, pero el centro de la primera mitad, la que describo ahora, es Efimov, su locura y su violín, su talento que él conoce pero que nunca nadie alcanzó a medir, hasta que atraído por esa flama y con el dinero robado a su mujer puede asistir al concierto del violinista S. Regresa a su casa cambiado: no está borracho ni tambaleándose, está sombrío y ausente. Busca el violín que tenía arrumbado meses, lo templa y saca de él sonidos desgarradores para Nietochka, que convencen a Efimov que él no es como S., ni siquiera como B., y nunca será como ninguno de ellos. Se enfrenta a su miseria, a los años perdidos, al talento no cultivado, a las energías gastadas en tabernas y ensueños, a la miseria de su falta de trabajo, de disciplina, de cultivo por su arte. La madre está en cama, se acostó temprano sintiéndose cansada; Nietochka se le acerca, ya no le contesta. Efimov toma a la niña y le dice que en ese momento se van a ir, y desgarra el alma de la niña que no termina por saber por qué tenían que esperar a que su madre muriera, no termina por entender que ya está muerta, sigue al padre por las calles de San Petersburgo en una noche con nieve y ventisca. Dostoievski resuelve esta encrucijada haciendo que Efimov se detenga, ordena regresar a la niña a su buhardilla con el cruel pretexto de ir a ver cómo estaba su mamá, y huye. Ella lo persigue, choca con dos transeúntes, y cae al suelo; a Efimov lo recogen enloquecido y lo llevan a morir a un hospital.

Dostoievski sigue en esta obra un camino diferente al de Poe para describir la locura: en vez de la concisión de un verso elige la prosa, y describe con hechos, con vivencias y con reflexiones el camino que condujo a Efimov a la locura. El lector sentirá repugnancia por Efimov y pensará que su castigo es merecido; sin juzgar al personaje, prefiero notar la maestría con que Dostoievski describe esas almas mediocres, atormentadas por delirios de genialidad que nunca ponen a prueba. La familia y la buhardilla que muestra era efectivamente la forma en que vivían las gentes pobres de Moscú y San Petersburgo en el siglo XIX: hacinada la familia en un cuarto, con cortinas de trapos entre parte y parte de la habitación para separar cocina y dormitorio, su vocabulario nada más incluía esas dos palabras. Dostoievski eligió la música, entre todas las artes, y el violín, entre todos los instrumentos: quizá la mejor combinación posible para evitar la penosa descripción de la caída, peldaño por peldaño, del que pudiera dedicarse a las letras y elaborara en argumentos una historia de su locura.

 

3-Para seguir leyendo.

Mencioné la versión de Julio Cortázar de los cuentos de Poe (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), que los presenta en un solo volumen, con comentarios introductores de varios cuentistas. The Raven puede leerse en internet, y yo personalmente hice una traducción que coloqué en este sitio, donde comparten el espacio el verso original y mis palabras en español:

http://jlgs.com.mx/traducciones/the-raven/

Hay varias grabaciones del poema original:

http://www.jottings.ca/john/voices/sound/08.mp3

http://ia700201.us.archive.org/8/items/raven/raven_poe.mp3 (mi versión favorita, en inglés de Inglaterra).

http://www.stevesvoiceovers.com/audio/rimpici_raven.mp3 (una buena versión, en inglés americano).

Nietochka Niezvánova es más difícil de encontrar; tengo la suerte de haber comprado una modesta versión de Editorial Novaro (México, 1958), pero también figura en las Obras Completas de Dostoievski publicadas por Aguilar, Tomo I (Madrid, 1991). Desgraciadamente no conozco versiones en línea de esta obra en español. Si usted sabe de alguna, por favor comparta la referencia con los lectores de esta página. La puede buscar en alguna librería de viejo, a veces suceden milagros.