Dos maneras de hacer las cosas

Desde que supe del puente subibaja, construido así por error de cálculo de sus ingenieros, yo tuve la enorme tentación de saber qué se sentiría ir manejando rápido un coche y pasar por un camino que se moviera subiendo y bajando. Aquella noticia la conocí cuando estudié Ecuaciones Diferenciales en la Universidad, y uno de los ejemplos del tema era el puente colgante de Tacoma, en el estado de Washington. Después de estrenado, en la década de los treinta, los jóvenes del lugar notaron con regocijo que en ciertas condiciones de viento el puente empezaba a oscilar para arriba y para abajo, vibrando como si fuera una cuerda de guitarra, y poco a poco el lugar se hizo famoso porque llegaban los coches a hacer fila para sentir el vértigo de pasar rápido por el puente cuando estaba subiendo y bajando. Lamentablemente, la diversión se les terminó un día que el puente empezó a oscilar de más, finalmente reventó sus amarres y cayó al suelo. Luego del desastre, cierto funcionario local declaró a la prensa, henchido de orgullo, que “volverían a construir el puente, en el mismo lugar, exactamente igual que como estaba antes”. Después alguien observó que volver a hacer exactamente el mismo puente sería lo mismo que volver a ver su destrucción, y lo hicieron diferente, calculando la frecuencia natural del puente para vibrar (si me lee un músico, quiero decir la nota musical que daría el puente) y evitando que entrara en resonancia, que fue lo que lo tumbó.  Aquel funcionario lleno de orgullo estaba a punto de descubrir que hay tres maneras de hacer las cosas, lo que hubiera invalidado este artículo, pero afortunadamente, siguen siendo todavía dos las formas de hacer las cosas: 1) hacerlo bien a la primera, 2) hacerlo mal y muchas veces.

Antes que nuestras autoridades locales calculen su frecuencia natural y traten de cambiarla para que no entre en resonancia, invito a mis lectores a que visiten en su coche el Paseo San Marcos, desde Juan Pablo II hasta la Isla (sic) San Marcos. Más o menos a medio camino hay una débil imitación del puente de Tacoma, un hoyo que quedó en la tierra, en el carril central junto al camellón. Para gozar de la emoción, recomiendo velocidades superiores a los 80km/h; si usted decide correr el riesgo, calcule antes la frecuencia natural de los amortiguadores de su carro (que debería ser igual a cero) y sólo después circule por ahí. ¿Por qué gozamos de ese espectáculo en nuestro plano terruño? Podemos buscar los antecedentes en el acertadísimo proceso de construcción que siguió el proveedor que ganó ese concurso, suponiendo que haya habido uno. Poco después de terminar la parte del Paseo San Marcos que va de Av. De la Convención hasta el Río San Pedro, un día vi que empezaban a levantar el flamante piso de concreto hidráulico que recién habían puesto ahí. Ante el escombro tirado pensé que el gusto de la nueva avenida nos había durado algo así como una semana, pero después vi que en el piso de tierra que habían destapado le echaban encima más tierra, luego llegaron las aplanadoras a dejarlo ahora sí, parejo y muy compacto, y que ya al final no les alcanzó el presupuesto para ponerlo de concreto, como el resto de la avenida, y quedó un parche negro de asfalto hidráulico. Confirmé con alguien que tenía cara de ingeniero que la primera vez que habían hecho ese tramo no habían sido muy apegados a eso de asegurarse que el suelo estuviera plano y bien compactado, y que ya empezaban a hundirse algunos tramos en el Paseo recién estrenado. Unas semanas después, ese tramo estaba de nuevo relativamente parejo, pero en el segundo tramo, del Río San Pedro hacia el Poniente, todavía contamos con nuestro atractivo turístico tipo Tacoma. Aproveche usted ahora, antes que nuestras autoridades se acuerden que ese tramo también hay que compactarlo.

Ayer fui al Correo para averiguar cuánto cuesta enviar un paquete a España. La señorita que me atendió me explicó que ahora se tardan más en llegar a su destino las cartas y los bultos, “porque todo llega a México primero”. Al principio pensé que le estaban copiando a UPS su sistema de distribución, ellos tienen centrales que concentran los paquetes de una zona y después los envían a su destino final; así simplifican el proceso de enviar los paquetes que reciben (todo se manda en un primer paso hacia la concentradora regional), y solamente las concentradoras regionales tienen que manejar los destinos finales. UPS hizo sus cálculos y se detuvo en las concentradoras regionales sin llegar al extremo de concentrar todos sus envíos del país en un solo lugar. Pero Correos no le está copiando a UPS, Correos le está copiando al rey de España Felipe II. Este rey era tan inseguro y tan burocrático que quería estar enterado de absolutamente todos los asuntos del reino. Y así, veía él personalmente tanto las grandes empresas, como el pleito con la reina Isabel de Inglaterra, como las peticiones de indulto para algunos reos que le enviaban desde la Nueva España. En el primer caso, el rey le atinó con sus vacilaciones a la única tormenta en el Atlántico que hubo durante aquel año fatídico Agosto de 1588, y la Armada Invencible no pudo conseguir sus objetivos. Y también, por lo general no funcionaban las peticiones de indulto, porque independientemente de la decisión del rey, tardaban tanto en ir y venir entre América y Europa que el reo se moría antes, o sus verdugos consideraban que “el que calla otorga”, e interpretaban la tardanza en responder como silencio del rey, y el silencio como condena. En estos términos me explicaba la señorita del correo el nuevo proceso de sus envíos. Yo le preguntaba que si alguien depositaba una carta aquí mismo en Aguascalientes para un domicilio cercano, digamos al Palacio de Gobierno, qué harían ellos. “También, aunque vaya aquí a la vuelta, primero tiene que irse a México”. Al final, en tono confidencial me platicó que lo que antes se tardaba un día, ahora se tarda quince. Supongo ingenuamente que los costos del Correo también aumentan con esta medida, pero qué bueno que nuestras oficinas gubernamentales no se manejan con criterios de ahorro y de empresa. En este caso, mi recomendación es llevar personalmente sus cartas al Palacio de Gobierno.

Nuestras autoridades hacendaria hacen su lucha, es decir, intentan cobrarnos a todos más impuestos; ese es su trabajo, y este país no podría funcionar, ni bien ni mal, sin pagar impuestos. Para lograrlo, Hacienda tenía tres caminos: irse sobre las grandes empresas, meter a todo mundo en el padrón, o apretarle las tuercas a los pequeños y medianos contribuyentes. La más fácil era la tercera, se fueron por ahí. Ya habían inventado hace algunos años una serie de burocracias para la emisión de facturas (cédula impresa, imprentas autorizadas, folio autorizado por el SAT, vigencia de los folios) pero no resultó suficientemente buena, así que ahora nos vamos todos con la factura electrónica. Publicaron el famoso Anexo 20, donde explican de una manera clara para los informáticos la manera en que deberán hacerse las nuevas facturas. Esencialmente es un recurso para poner una firma electrónica a las facturas, que sea inviolable, para que dé seguridad al comprador y que no se pueda falsificar. Echaron a andar la maquinaria, las grandes empresas empezaron a hacer sus facturas electrónicamente, pero las pequeñas y medianas siguieron como estaban. Luego Hacienda les habló dulcemente al oído a las grandes empresas, exhortándolas a exigir a sus proveedores facturas electrónicas, éstas lo hicieron, y poco a poco los contribuyentes han empezado a hacer las facturas por medios electrónicos. El empujón final fue el anuncio dado por Hacienda de que se haría obligatorio el uso de la facturación electrónica a partir del siguiente 1 de enero. Como se habían publicado dos opciones para el contribuyente, que comprara un sistema que hiciera las facturas electrónicas, o bien, que contratara los servicios de un proveedor externo, se daban facilidades razonables al contribuyente para poder cumplir.

Pero así como en este país no hay mal que dure seis años, también es cierto que no hay disposición de Hacienda que no sea parchada y enmendada tantas veces que termina por convertirse en un Frankenstein de lo que fue al principio. A medio camino los informáticos del SAT descubrieron que estaban usando una función “hash” que no era suficientemente buena, y la cambiaron por otra función “hash”, que como todas las “hash”, no es perfecta. El cambio en la ley se hizo al modo ya acostumbrado: “…los contribuyentes que hayan optado… podrán utilizar la vieja función… y los que no…pues que usen la nueva función”, es lo que dice en el fondo. Y para el 2011, poco antes de terminar este año, nos recetan una nueva regla, que dice en términos llanos que siempre no, que la forma en que dijeron que se tendrían que hacerse las facturas electrónicas ya no va a ser válida, pero que si usted ya había empezado a hacer facturas electrónicas entonces sí se podía, y que si no, iba a tender que contratar a un PROVEEDOR DE CERTIFICACION, pero que por mientras siempre sí, que le podía hacer como habían dicho antes. ¿Usted le entendió? Pues le aseguro que ni su contador le ha entendido. La cuestión es que Hacienda, luego de publicar una ley que explicaba razonablemente bien cómo hacer las facturas electrónicas, cambia nuevamente la jugada y hace intervenir a un tercero, el proveedor de certificación, en un ambiente ya de por sí enturbiado en donde la mayoría de los contribuyentes no acaban de entender qué es una factura electrónica.

¿Cuál va a ser el resultado? Muy sencillo: descontrol, molestias, preguntas que el respetable público hace a la H. autoridad y que sus asesores no saben contestar (lo invito a usted a que les pregunte cuál es la diferencia entre un Proveedor Autorizado de Comprobantes Fiscales Digitales (PACFD) y un Proveedor Autorizado de Certificación de CFDI), parches a las enmiendas y enmiendas sobre los nuevos parches, y al final, un bisnieto del Frankenstein fiscal-digital que nadie va a entender. No hay necesidad de hacer intervenir, de manera forzosa, a un tercero en la facturación de los contribuyentes. Los esquemas planteados anteriormente eran claros, y todos los fabricantes de software masivo (Inventpaq, SAE, etc.) y los desarrolladores en áreas especializadas habían adecuado sus programas para cumplir con este requisito, pero ahora hay un cambio en la legislación, y básicamente nos dice la autoridad que siempre no, que por razones que guarda en su real pecho, como decía Felipe II, ahora tiene que ser de manera diferente.

Cuando leí el original Anexo 20, hasta me parecía difícil creer que fuera una ley promovida por Hacienda: el anexo era claro, entendible y le faltaba la insufrible verborrea acostumbrada de “a la cantidad obtenida en el inciso 2.J deberá sumarle la quinta parte del 17% del número que pensó elevado a la segunda potencia…”. Yo llegué a considerar a ese Anexo20 un parteaguas en la legislación fiscal, porque al fin veía el reconocimiento de las autoridades de que el manejo de los números es mejor hacerlo como dicen los matemáticos, y no como dicen los contadores. Además, los procesos estaban bien descritos, y los algoritmos necesarios se documentaban bien. Por un momento pensé que por fin, habíamos ingresado al Primer Mundo. Pero no, ya me pellizqué el brazo, y cuando desperté, vi ese nuevo regalo de Hacienda, ese “proveedor de certificación” que nos va a ayudar a complicar los impuestos y a recordarnos que de las dos maneras de hacer las cosas, nuestras autoridades fiscales siempre han de optar por la más mala.

¿Mi recomendación? No haga nada todavía, espérese. Todavía faltan dos meses de 2010, sesenta y un días más que sobrados para que nuestros legisladores vuelvan a parchar la legislación fiscal.

jlgs, El Heraldo de Ags., 28.10.2010


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