Chejov: Drama

DRAMA

Anton Pavlovich Chejov (1887)

 — Pavel Vasilich, aquí está una dama que pregunta por usted, —informa Luka.— Ya tiene una hora esperando.

 Pavel Vasilievich apenas había desayunado. Escuchando acerca de la dama, hizo un gesto y dijo:

—¡Que se vaya al diablo! Di que estoy ocupado.

—Ella, Pavel Vasilich, ya ha venido cinco veces. Dice que necesita mucho verlo a usted… por poco y se pone a llorar.

—Mh… está bien, llévala a mi estudio.

Pavel Vasilievich vistió sin prisas su abrigo de cola, tomó la pluma con una mano, con la otra un libro, y dando la impresión de que estaba muy ocupado, entró al estudio. Ahí lo esperaba su huésped, dama corpulenta con rostro rojizo, lleno de carnes y con lentes, aparentemente muy respetable y vestida aún más que decentemente (llevaba una falda de cuatro capas, y llevaba un gran sombrero coronado de pájaros rojizos). Viendo al señor de la casa, levantó los ojos y se estrujó las manos, como rezando.

—Usted, por supuesto, no me recuerda, —empezó ella con una fuerte voz masculina de tenor, evidentemente agitada. –Yo… yo tuve el placer de conocerlo en Jrutski… yo… soy Muráshkina.

—Ah-ah-ah… mh… ¡siéntese! ¿En qué puedo ser útil?

—Vea usted, yo… yo… —continuó la dama, sentada y todavía más agitada. – Usted no me recuerda… yo… soy Muráshkina… vea usted, soy una gran admiradora de su talento y siempre, con deleite, leo sus artículos… No piense que lo halago, Dios me libre, yo expreso simplemente lo que debo… ¡Siempre, siempre lo leo! Por otra parte yo misma no soy ajena a la autoría, es decir, naturalmente… no puedo llamarme a mí misma escritora, pero… el caso es que mi gota de miel está en el panal… Imprimí en algún tiempo tres relatos infantiles, usted no los leyó, por supuesto… traduje mucho y… y mi difunto hermano trabajó en “Diele”.

—Sí… eh… ¿En qué puedo ser útil?

—Vea usted (Murashkina bajó los ojos y enrojeció.) Yo conozco su talento… sus puntos de vista, Pavel Vasilievich, y me gustaría llegar a conocer su opinión, o, mejor dicho… pedir consejo. Yo, debo decirle, pardon pour l’expression, di a luz un drama, y antes de enviarlo a la censura, me gustaría conocer su opinión.

Nerviosamente, con la expresión de un pájaro atrapado, Muráshkina acomodó el vestido y tomó un grande y grueso cuaderno.

A Pavel Vasílievich únicamente le gustaban sus propios artículos, y aquellos ajenos que le acercaban para leer o escuchar le proporcionaban siempre la impresión de una boca de cañón, que se mostraba inmediatamente en su fisonomía. Viendo el cuaderno, se aterró y apresuradamente dijo:

—Está bien, déjelo… voy a leerlo.

—¡Pavel Vasílievich! –exclamó lánguidamente Muráshkina, levantándose y entrelazando sus manos como en un rezo. –Yo sé que usted está ocupado… para usted cada minuto cuenta, usted ahora me mandaría al demonio, pero… sea usted bueno, permítame leerle mi drama ahora… ¡Sea usted amable!

—Estoy muy contento… —dijo ahogándose Pavel Vasílievich, —pero, señora, yo… yo estoy ocupado… necesito salir en este momento.

—¡Pavel Vasílievich! –bramó la barina, y sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Se lo pido de corazón! Soy impertinente, soy inoportuna, pero ¡pórtese magnánimamente! Mañana me voy a Kazán, y hoy quisiera conocer su opinión. Regáleme media hora de su atención… únicamente media hora. ¡Se lo suplico!

Pavel Vasilievich era débil de alma y no sabía negarse. Cuando empezó a parecerle que la barina estaba por sollozar y por hincarse, quedó confundido y barbotó con perplejidad:

—Está bien, adelante… la voy a escuchar… dispongo de media hora.

Muráshkina brincó alegremente, se quitó el sombrero y, sentándose, empezó a leer. Al principio leyó acerca de cómo un lacayo y una empleada doméstica, limpiando un lujoso salón, largamente hablaban acerca del barina Anna Sergéievna, quien construyó en la aldea una escuela y un hospital. La sirvienta, cuando salió el lacayo, pronunció un monólogo donde la instrucción es luz, y la ignorancia es niebla; después Muráshkina regresó al lacayo al salón y lo obligó a expresar un largo monólogo acerca del amo, el general, quien no podía soportar las opiniones propias de su hija, y planea entregarla a un rico kamer—junker y encontrar, que la salvación del pueblo se encontraba en la total ignorancia. Entonces, cuando salió la sirvienta, se apareció la mismísima barina aclarando al espectador que no había dormido en toda la noche y pensaba en Valentín Ivánovich, hijo de un pobre maestro, ayuda altruista a su padre enfermo. Valentín había visitado todas las ciencias, pero no creía ni en la amistad ni en el amor, no conocía un objetivo en la vida y ansiaba la muerte, por lo cual ella, la barina, necesitaba salvarlo.

 Pavel Vasílievich escuchaba y con tristeza se acordó de su propio diván. Rencorosamente miró a Muráshkina, sintiendo que en sus tímpanos retumbaba su voz masculina, no entendía nada y pensó: “Que el diablo te lleve… mucha necesidad tengo de escuchar tus tonterías… oh, ¿qué culpa tengo yo, que hayas escrito un drama? ¡Dios mío, qué cuaderno más gordo! ¡He aquí un castigo!”

Pavel Vasílievich miró la división en la pared donde colgaba el retrato de su mujer y recordó que ella le había ordenado comprar y llevar a la dacha cinco arshins de tela, una libra de queso y polvo para los dientes.

“Como no haya perdido la muestra de tela, —pensó él. — ¿Dónde la habré puesto? Parece que en el frac azul…y unas miserables moscas se dieron tiempo para dormirse como puntos suspensivos en el retrato de la esposa. Tengo que ordenarle a Olga limpiar el vidrio… Lee la Escena XII, lo que significa que pronto llegará el final del primer acto. Con este calor y con esa corpulencia, con esas florituras, ¿es posible la inspiración? En vez de escribir dramas, mejor toma una sopa de kvas y ponte a dormir en la bodega…”

—¿Usted no encuentra que este monólogo es demasiado largo? – preguntó de pronto Muráshkina, levantando la vista.

Pavel Vasílievich no había escuchado el monólogo. Se sintió confundido y contestó en un tono tan culpable, como si ni hubiera sido la barina, sin él, quien escribió este monólogo:

—No, no, para nada… muy adecuado…

Muráshkina brilló de felicidad y continuó leyendo:

Anna. A usted lo atormenta el análisis. Demasiado pronto dejó de vivir con el corazón y cedió todo al intelecto. —Valentín. ¿Qué es el corazón? Un concepto anatómico. Como un término correspondiente a los sentimientos, yo no lo reconozco. —Anna. (confundida). ¿Y el amor? ¿Acaso es el producto de asociaciones de ideas? Dígame abiertamente: ¿usted ha amado alguna vez? –Valentín. (con molestia). No vamos a perturbar heridas viejas, no sanadas. (pausa) ¿En qué pensaba usted? –Anna. Me parece que usted es infeliz.

Cuando llegarón a la Escena XVI Pavel Vasílievich bostezó y accidentalmente produjo un sonido con los dientes, semejante al que hacen los perros cuando tratan de pescar una mosca. Se espantó por esos dientes tan desconsiderados, y a fin de enmascarar el incidente, dio a su rostro la expresión de atención inteligente.

“Escena XVII… ¿cuándo termina? – pensaba. —¡Oh, Dios mío! Si acaso este tormento continúa otros diez minutos, yo llamo a la policía… ¡Insoportable!”

Pero finalmente la barina empezó a leer más rápido y fuerte, levantó la voz y pronunció: “telón”.

Pavel Vasílievich respiró aliviado y se dispuso a levantarse, pero inmediatamente Muráshkina dio vuelta a la hoja y continuó leyendo:

—Acto Segundo. La escena se desarrolla en una calle de aldea. A la derecha la escuela, a la izquierda el hospital. En los últimos escalones se sientan los campesinos.

—Culpable… —interrumpió Pavel Vasílievich. —¿Cuántos actos hay?

—Cinco, —contestó Muráshkina e inmediatamente, como si temiera que el escucha escapara, rápidamente continuó: “Desde la ventana de la escuela observa Valentín.  Se ve en el fondo de la escena los campesinos recogen sus pertenencias en la taberna.”

Como condenado a muerte y convencido de la imposibilidad del perdón, Pavel Vasílievich ya no esperaba el final, ni tenía esperanza en nada, y únicamente trataba de que sus ojos no se cerraran y ву su rostro no escapara la expresión de atención… El futuro, cuando la barina terminara el drama e se fuera, le parecía tan lejano, que mejor no pensaba en ello.

—Tru—tu—tu—tu—tu… —se oía en sus oídos la voz de Muráshkina. –Tru—tu—tu… zhzhzhzh…

« Olvidé tomar la soda, — pensó. — ¿De qué me estaba acordando? Sí, de la soda… Yo tengo, con toda seguridad, catarro estomacal… Es sorprendente: Smirnovski todo el día le da al vodka, y hasta ahora no tiene catarro… En la ventana un pájaro voló… un gorrión…”

Pavel Vasílievich hizo un esfuerzo para mantener abiertos los pegajosos párpados, bostezó sin abrir la boca, y miró a Muráshkina. Ella se cubría de niebla, deslizaba ante sus ojos, le salieron tres cabezas y puso la cabeza en el techo…

Valentín. No, permítame retirarme… —Anna. (asustada). ¿Para qué? –Valentín. (por un lado) ¡Ella palideció! (A ella) No me obligue a declarar mis razones. Pronto he de morir, y usted no llegará a conocer estos motivos. –Anna. (después de una pausa). Usted no puede partir…”

Muráshkina empezó a hincharse, creció enormemente y se amalgamó con el aire grisáceo del estudio; se veía únicamente su boca moviéndose; después, repentinamente se hizo chiquita, como una botella, se balanceaba y junto con la mesa se fue  a las profundidades del estudio…

—“Valentín. (abrazando a Anna). ¡Tú me has vuelto a la vida, señalaste un objetivo a mi vida! ¡Me has renovado, como la lluvia en primavera renueva el campo que despierta! Pero… ¡demasiado tarde, tarde! Mi pecho se agita con una enfermedad incurable…”

Pavel Vasilievich fijó los empañados, ensombrecidos ojos en Muráshkina; por un instante miró él inmóvil, como si no entendiera nada…

—“Acto Undécimo. Los mismos, el barón, el jefe de distrito, y testigos … Valentín. ¡Tómeme usted! –Anna. ¡Soy suya! ¡Y tómeme usted! ¡Sí, y tómeme usted! ¡Yo lo amo, más que a la vida! –Barón. Anna Sergeievna, usted olvida, que esto destruirá a su padre…”

Muráshkina otra vez empezó a hincharse… Mirando salvajemente, Pavel Vasílievich se levantó gritando con todo el pecho, con una voz forzada, tomó de la mesa un pesado pisapapeles, y fuera de sí, con todo su brazo lo descargó en la cabeza de Muráshkina…

—¡Amárrenme, la he matado! –gritó un minuto después, ante la sirvienta que llegó corriendo.

El jurado lo absolvió.

Notas:

Hay algunas palabras que preferí dejar semejantes al original. El término barina significa señora de respeto, de familia noble; se aplicaba regularmente a la señora de la casa y a sus hijas. A Chéjov le gustaba inventar nombres y apellidos que casi siempre ridiculizaban a sus personajes. En el caso de la autora del drama, Muráshkina, su nombre viene de мурашки (murashki) ­= feo, horripilante, que asusta. Dacha es el nombre de las casas de campo, construidas con madera. Arshin es una medida de longitud, equivalente a 71 centímetros.

El cuento original (en ruso) se encuentra en

http://chehov.niv.ru/chehov/text/drama—pavel—vasilevich.htm

13.11.2014


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