Prometer todavía no empobrece

El curso de nuestras elecciones en 2018 y el de las norteamericanas en 2016 tienen grandes semejanzas. Ambos países contamos con candidatos del establishment, políticos de carrera que al amparo de los partidos han logrado su postulación: Hillary Clinton, Meade y Anaya tienen eso en común; por otro lado, un candidato que toma por asalto el establishment con la fuerza de su carisma y se presenta como alguien del pueblo, el que entiende sus necesidades y puede representar sus verdaderos anhelos. Trump arrebató al GOP (Grand Old Party, partido republicano) la nominación, consiguiendo los votos de la base de afiliados al GOP que por muchos años habían sido ignorados por la cúpula. En México AMLO dispuso de más tiempo, pudiendo separarse del PRD cuando ya no lo pudo mangonear, convertirse en líder rebelde en el exilio, y aprovechando las leyes a su favor de la mejor manera posible: creando un partido político (recuerdo que al principio era un movimiento ciudadano nada más) y disfrutando del generoso presupuesto que despilfarra la Constitución entregándolo a MORENA, para que hiciera lo que quisiera con él. A los ciudadanos el SAT nos exige reportar en las facturas de mil pesos hasta el color de los calcetines, pero los partidos pueden no entregar cuentas. Trump no necesitaba dinero para la campaña, y el Peje se lo sacó del bolsillo a los contribuyentes.

Ambos pueblos han tenido en sus manos dos opciones. La opción A: candidato(s) egresados de la clase política, con un discurso que es variación de lo que se ha dicho durante muchos años; la opción B, un fulano que se declara independiente del establishment (Trump tomó distancia de Washington y AMLO ha señalado a la mafia del poder como “los otros”), que habla en el lenguaje llano, estúpido y poco informado de las muchedumbres y no con el discurso racional y elaborado de quien pasó por Harvard o por la UdeQ, y que promete la tierra prometida al que se lo merece, es decir al pueblo llano trabajador y no al empresario ni al que tiene dinero.

Trump prometió al mismo tiempo bajar los impuestos, defender el empleo, impedir que los países extranjeros invadan “injustamente” los Estados Unidos con mercancía subsidiada, va a aligerar la burocracia y especialmente va a drenar el pantano de Washington, es decir terminará con la corrupción; también quiere proteger a EEUU de alienígenas, es decir todos los inmigrantes de México para el sur, construirá un muro, y hará que México pague por él. López Obrador no va a subir impuestos, va a dar trabajo o becas (a elegir por el ciudadano), todo mundo tiene derecho a la educación, incluyendo la superior y por lo tanto no habrá rechazados, y ante todo, al igual que Trump, va a acabar con la corrupción. Los dos candidatos comparten otra cosa en común: no dicen cómo se quitarán la corrupción, que efectivamente es un problema muy grave. Entre paréntesis y en mi opinión, la de EEUU es más seria porque allá está insertada en las leyes, al permitir que las empresas puedan aportar cantidades ilimitadas a candidatos, y en cambio nosotros nos damos baños de pureza porque nuestros partidos solamente tienen el dinero que reciben del presupuesto, con la posible excepción del que pellizcan al otro presupuesto, el que se ejerce en obra pública; en Estados Unidos tendrían que cambiar las leyes para terminar con la corrupción, a nosotros nos basta cumplirlas.

No es manía de lanzar malos augurios decir que si no se dice cómo se va a resolver un problema grande, es que no se tiene ni idea y no se va a resolver. Más pedestremente, existe el apotegma político “proyecto que no está en el presupuesto es letra muerta” pero no se aplica muy bien a la corrupción, porque sería algo así como “hay que crear una partida para compensar a los corruptos lo que se robarían”, que es otra forma de corrupción[1]. Mi augurio está reforzado por la experiencia de Trump: el pantano no ha sido drenado, su administración está llena de escándalos, y su gabinete es al mismo tiempo el más rico y el más corrupto de todos, con la posible excepción del que encabezó López Portillo. Yo tengo otra certeza: a AMLO no le interesa acabar con la corrupción, comprará a todo el que tenga precio y tratará de cubrir el sol con un dedo; si quisiera manejar con honestidad los dineros, ya hubiera entregado cuentas del presupuesto de MORENA.

Estos dos candidatos tienen más en común: cero tolerancia, cero respuestas argumentadas, revires basados en ataques personales a quien les hace un señalamiento y complejo de víctimas. A Trump lo persigue la prensa con fake news, AMLO ha sido marginado por la mafia del poder. Los dos pueden expresarse en un solo idioma, son elocuentes en cero idiomas, dominan ningún idiomas extranjeros; en ambos casos los argumentos brillan por su ausencia y se comunican con slogans y declaraciones; ambos prometen felicidad para sus seguidores, tienen ideas retrógradas en materia de energía (Trump quiere revivir la industria del carbón y AMLO quiere construir una refinería; ¿para qué? ¿Cuándo las energías fósiles van de salida?), los dos tienen ignorancia enciclopédica en materia científica y demuestran esa ignorancia con un desprecio hacia las relaciones causa-efecto que se dan en todas las cosas de la vida. Si bajo los impuestos, habrá que compensarlo (Trump compensó aumentando la deuda pública en $1 trillón de dólares), si les regalo dinero a los viejitos o a los jóvenes o a los que todavía no nacen, hay que sacar ese dinero de algún lado (AMLO dice que los ahorros de la corrupción son la varita mágica); si va a construir 3,000 km de muro, lo va a pagar México (en esto Trump sí considera causa y efecto); si Slim defiende el nuevo aeropuerto, que lo pague Slim (también el Peje es perfectamente lógico), si Rusia construyó el Transiberiano con sangre, sudor y lágrimas es justo que México tenga el suyo, aunque ningún flujo de personas y mercancías desde CDMX hasta ninguna frontera justifique la enorme inversión necesaria.

Trump es ignorante de ecología, y AMLO es ignorante de geografía. En el tercer debate ponía los ojos en blanco para hablar de las riquezas de México, y decía que lo tenemos todo, en particular ¡México tiene agua!, lo cual es un disparate del tamaño de la luna y prueba que AMLO visitó el país pero no aprendió nada. En toda la meseta central (territorio entre las dos Sierras Madre, la frontera norte y la cadena montañosa Colima-Gdl-Morelia-DF-Veracruz), el agua más bien brilla por su ausencia, con algunos añadidos como el desierto de Sonora, pegado a la costa. Este territorio es más de la mitad del país (1 millón km2), no tiene ríos naturales, y el agua que está aquí es de la lluvia, más bien escasa porque ambas cadenas montañosas retienen la mayor parte de las lluvias que vienen de los océanos. En Aguascalientes, cuando yo era niño llegué a ver el agua al fondo del pozo en el Colegio de la Paz, antes de eso existía El Estanque; luego sacábamos el agua de pozo a 100, a 200 metros y ahora vamos en 400 ó 500. No hay un solo río que nos sirva para obtener agua dulce, mucho menos para navegar, el noreste del Valle de Ags. se riega con la Presa Calles… cuando llueve en el verano. México tiene un enorme problema de agua, con la paradoja de que algunas regiones se inundan, como Tabasco y Chiapas, y otras padecen sequía recurrente, de Querétaro hacia el norte. Si no se toman medidas para remediar este problema, en unos años más no sé lo que pasará con las ciudades, campos e industrias en esa zona. En estas circunstancias, que todos los que vivimos aquí conocemos bien, es insultante escuchar que alguien me quiere convencer de entregar mi voto diciendo que México tiene agua; además de insultante es ignorante y estúpido. Si usted cree que exagero, considere el siguiente dato: la Presa Calles tiene 340,000,000 m3, y el río Mississippi arroja al mar en promedio 16,792 m3/seg. Haciendo la división, obtenemos que en 20,248 segundos de desagüe de ese río se llenaría la presa calles, es decir en unas seis horas. Eso sí es tener agua, los Estados Unidos fueron bendecidos con el Mississippi; México no tiene agua, aquí la tenemos que buscar debajo de las piedras.

Pero estos son nuestros candidatos y de ahí saldrá el siguiente presidente. Norme usted su criterio, porque prometer no empobrece, tampoco llueve por decreto y los ahorros de la corrupción –si se logran- alcanzarán para muy poco.

[1] La corrupción no admite tratamiento recursivo, nota para los programadores.


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